domingo, 13 de junio de 2010

un líquido imposible

Yo vengo a ser un líquido imposible, un cáliz de mi sangre,
un lavadero en el que abreva el monstruo de los días perdidos,
testigo de una diáspora de genios que fueron hombres francos,
hombres que mantenían controlada a su bestia famélica
y soportaban la común discordia con espíritu ajeno.

Tengo una discreción en cada ceja y no fabrico estatuas
de dioses acabados, ni de héroes con ganas de vivir;
me apoyo en la cancela de la puerta y observo la desgracia
de las nuevas familias enlutadas, su lodazal angosto,
la curva descendente de sus aires de grandeza corrupta.

El vicio me libera, me transcurre, se apodera de mí
con garras ominosas, uñas largas, dientes de leche agria,
me tiene descarriado entre algodones, me canta sus injustos
abucheos, me irrita con el cuento de la felicidad.

Llevo la faz del mundo en los bolsillos y la facha solemne
del concepto grabada en la mollera. Me desconozco un poco
entre las muchas personalidades que adopta mi sentido.
Unto mis rebanadas temporales en el aceite hirviendo
que bulle en las entrañas de los báratros que señalan mi rumbo
y me dejo caer en la mitad del cielo bondadoso
con la descongestión en la mirada que busca el infinito.

Yo vengo a ser un padre, un padre nuestro, un seminario ausente
precipitado a la salud del pueblo, otro poeta muerto,
otro poeta, al cabo y a la postre, otra resurrección,
Lázaro congelado en las hogueras de la cruz y el martillo,
ángel acentuado en cada sílaba, sombra que sabe a cuerpo
y alumbra un espejismo natural de levedad pictórica.

Llevo los números de la vergüenza soldados en la frente,
y los tengo en la punta de la lengua de fuego que me abrasa;
me vuelvo a dividir en mil secretos, en mil constelaciones
absueltas del pecado transparente que funda la memoria.

El vicio me acorrala en un oscuro ángulo de silencio,
trámite que me aguarda consternado, pero me alcanza sólido,
con la potencia nuclear del viento que agita los océanos
y la seguridad acartonada del francotirador.

Quiero un nombre ligero para dárselo a mis hijos hambrientos,
un nombre triste que comience en verso y lentamente vaya
descendiendo a la prosa, despojándose de sus antepasados,
un nombre en pleno rostro, con narices, y con los ojos verdes
dando a luz un futuro perseguido por daños y propósitos.

Tengo que decidirme entre dos almas, andrajosas y dulces,
y no le encuentro sorna al desenlace que propone la fiebre,
encuentro sordidez, remordimiento, palabras a traición,
calientes como rosas inefables, y vértigo instaurado,
un pandemónium de pequeñas fosas donde yacer infame,
inerte, tierra adentro, hecho un payaso deprimido y horrible.

Pues vengo a ser la voz de la experiencia, y acudo a los entierros
vestido de donjuán peripatético (un cáliz de mi sangre,
una copa de nieve inalterada, recién desprevenida).
Y acudo a las radiantes comuniones con el traje raído
y los zapatos huérfanos de estilo, los calcetines rotos,
las mandíbulas tensas, semejantes a cepos clandestinos,
la mancha de sudor bajo la axila creciendo hasta la náusea,
produciendo un hedor insospechado que fulmina pretextos,
y un sombrero invisible, encasquetado a la salud del vulgo,
que puede parecer algo de pelo o un bombín demodé,
según se mire al hombre o al poema, según y cómo sean
de culpables los ojos que lo miran de sus propios defectos.

a veces

A veces resucito, a veces muero.
A veces creo en dios, a veces en el diablo.

Dimito de mi ser con relativa frecuencia
y correteo las plazas abocado al espíritu,
planeo sobre gruesos hemisferios que juegan a los polos,
escarbo porque sí con unas zarpas
-con unas zarpas rosa carnes-vivas-,
afincando al esclavo en la paz de la tierra,
azotando al esclavo que llevo en la memoria.

Siempre que alguien proclama: ¡muera la inteligencia!,
hay un nido de víboras que festeja la creación del espanto.
El miedo nos defiende de los ellos que rebuznan,
de los bárbaros que especulan con la sangre
y nos exponen al oprobio galáctico.

Dan ganas de decir:
¡No estáis solos, modernos animales!,
que haremos instrumentos para salir del fango
y serán como las cuerdas que rodean los cuellos,
como regazos tibios y cadenas formales.

La libertad aburre. Recordamos los mitos.
Nos vence la nostalgia de una aldea grotesca,
con sus formidables garrotazos en el cráneo.

Algunos alicatan cuevas hasta el techo -simuladores humanos-
y se beben un zumo de naranja antes de zamparse la ración grasienta,
fornican en silencio y es lo único que hacen en silencio,
balbucean un idioma y hablan de carrerilla un mísero dialecto.

Otros espabilan para hacerse los tontos y convencer al padre de la novia.

A veces muero solo, a veces en familia.
A veces creo ver la forma de la bestia, su número de teléfono.

Declino invitaciones y me quedo en el ático, escarbando raíces,
desnudando al esclavo que trabaja en mi alma.

presentación

Libre al fin, liberado de mi yugo,
me presento a los ágiles poetas.
Soy Esteban Granado y me conjugo
como el verbo volar de las cometas.

Con mis obras menores apechugo
y también con mis obras incompletas
(las mayores me sacan todo el jugo
de las venas poéticas secretas).

Guardo buena memoria de lo antiguo
para no recaer en el olvido,
pero soy partidario de lo nuevo.

Ante ustedes, poetas, me atestiguo,
libre al fin de mi yugo, desuncido,
y dispuesto a tomarles el relevo.

el impulso cotidiano

Lo que tejiera el día, la noche lo desteje,
y en la ilusión deshecha germina otra mañana,
otra de abrir los ojos y de sentir el agua
que peligrosamente hace girar el mundo.

Un sol de camposanto arrecia en la llanura.
Localiza mi cuerpo dolorido y se ensaña
en la carne cubierta de llagas invisibles
(registra vida en mí, más allá de las sombras).

En propiedad el duelo, me reintegro al paso
religioso del tiempo y araño unos segundos
de nostalgia al continuo reverdecer del siglo.

Lo que fuera del día, la noche lo apacigua,
y en su serena fuente se beben las palabras,
¡qué mansa luz, entonces, deletrea mi nombre!

al borde de la luz

Al borde de la luz, lo veo todo negro,
diáfano que lo viera de tanta poesía.
Incurro en el pasado y allí me desintegro
en miles de recuerdos que duelen todavía.

Incurro en soledad -de lo que no me alegro,
por más que algún silencio despierte mi alegría-
y, en su huérfano vientre, al cielo reintegro
los restos del naufragio del alma que tenía.

¿Al filo de qué verso se funde la materia?
¿Al borde de qué abismo se ve la luz sagrada
cuya fecundidad arraiga en lo profundo?

Irrumpo en la verdad, termino en la miseria.
Lo veo todo negro, y no me desagrada,
por más que sea negra la pena en que me hundo.

martes, 8 de junio de 2010

poética

primer verso


Una fisonomía descarnada,
una sombra más larga que las nubes,
más diáfana que el tiempo.
Algún talento innato:
el fúnebre talento que avasalla
desde el engendro al cuerpo,
origen que es origen y palabra.

Para tener tesoros, alquilarlos
y ceñirlos al trámite:
un sello de papel con sus valores
expresados en forma de mansa eucaristía.
Para tener un ángel de la guarda,
el talento preciso, el sueño insuficiente;
la clase de cordura que recurre
a la putrefacción, y no al instinto
sabueso de volcarse en el dolor.

Nacen los héroes.
En la esperanza del llanto conciliado,
en el ansia constante de un sonido pacífico,
también, de aquel sonoro
ferrocarril atlántico que sembrara promesas
y, amasando la piedra y el insecto,
fuese campana de los días libres.

La música es aquello que nos mueve,
aquello que nos hace y nos conduce.
Es la letra del aire,
la canción de las sombras,
el rudo desenlace de la luz.
Tiene un sentido gris
que apenas nos inquieta,
por mucho que se vista de colores alegres
y, con necios aplausos,
en las noches aciagas del verano inclemente,
la jaleen los débiles muchachos.

(Y los creyentes son como atletas del ritmo
y distribuyen píldoras radiantes
.)

La música dispersa, descoyunta
cuellos de cisne, médulas,
torres espléndidas y minaretes.
Está en las amapolas consternadas;
en qué trigales puros,
en qué hierba dejada a su albedrío.
A veces, duerme el sueño de los crápulas,
corre sus aventuras,
o aprende economía
en el cuerpo glacial de una ramera.

Está en el ruiseñor,
orate de la fronda,
sobre su arrullo experto, su líquida presencia,
allende la fragancia de las prímulas,
más allá de la esencia natural.

Sobreactúa, en el fondo;
su expresión adolece de tanta melodía
que optimiza en exceso los paisajes.
Es por eso que debe permanecer oculta
entre las frases desafortunadas,
los jubilosos himnos,
las salves y los credos delirantes.

Aire callado, pues,
efluvios: humo.
Los ápices del sueño. Es el amor.
Lo incorruptible que nos abandona
en la niñez y vuelve, de soslayo,
a contarnos su historia paralela,
a narrar sus anécdotas humanas,
su lánguida herejía,
cuando ya no cabemos en la magia.

Un arca antigua
derramando sus dones,
una sustancia de ligeros vértices
acampada a la vera del camino,
una bruma pictórica
asida al breve pulso de la realidad.

Es de este modo
que se materializa la penumbra
en los pequeños corazones rotos,
y exige su tributo la nostalgia
a la jovialidad interrumpida.

Es en la música que se aligera
el tiempo a cada paso
y explotan las jornadas agobiantes
como perlas encintas de sudor,
que se aprenden los vicios de una vida,
los atajos, los túneles
inmensamente hendidos en la tierra,
el tránsito celeste de una mota de polvo.

Cuerdas vibrantes
arrancándole esquirlas al espacio,
sogas de rancia estirpe
abarcando cañones,
viajes organizados
por qué desfiladeros inefables;
verdugos en la línea de salida.

Cuerdas que ahorcan, miden, circunvalan,
muestran su autoridad a las distancias cósmicas,
se cuelgan de una viga y barbotean
metáforas de tono improcedente.

Una obscena canción sacude la ciudad;
las jóvenes maquillan sus ombligos,
ignorantes del leve tumulto de los valles,
sus risas extenúan
la parquedad ascética del hielo que perdura,
excitan el contacto,
el doloroso nudo
que sólo primavera restituye
con un escalofrío.
La risa que revienta las aceras
y causa estragos en el firmamento,
tan pegadiza ella, tan flamante.

Crecen en el asfalto,
flores de mal agüero
ataviadas con túnicas de piel. Y no son rosas.
Llevan el apellido de la espina,
la coraza ideal,
el espejo que aterra;
arrastran un decrépito color,
una fragancia ínfima
e inspiran devociones arcanas.

Estas flores del mal, que son tan sabias
y ocupan el cenit de los jardines.



segundo verso

¡Oh, la invasión del arpa!
Órganos que fluctúan su emergencia
-¿qué otras flautas sonríen
con esa enferma sobriedad acústica?-,
ceremoniales, sordos,
serenos en presencia de algún dios,
tensos frente a sus ídolos de barro.

Leyes de hierro
que gobiernan la mano del artista
y la fecundidad del arco iris,
la senda de la pluma
y su descanso errático,
el corriente descenso a lo vertiginoso
que realiza el verbo
cuando el ruido rebasa lo tangible
y deviene completo en su caudal impulso.

De repente, una página se escandaliza de
su blanco proceder en un cuento de hadas;
no en otra superficie
imprime el vate su correspondencia,
graba el pérfido sello de su antorcha.

Y la verdad espera, disfrazada de angustia,
el tenue advenimiento de la sangre,
su fatídica hora, el momento solemne
de los vasos que estallan,
de las urnas que escupen sus cenizas
describiendo una trágica secuencia
de imágenes y versos.

Libre la mano de los ecos dóciles
y las voces apenas perceptibles,
guiada con brutal sabiduría
por el fragor mendaz de la batalla,
el cañoneo arisco de los púlpitos,
patios de monipodio,
conducida al cadalso,
al rectángulo negro del abismo.

Ah, la canción de guerra,
castrada sinfonía,
desfilando sus tercos festivales,
destripando el candor civilizado
de los rostros sin nombre.
Épica del horror
y la miseria impuestos al destino.
Impacientes tambores, aguerridas cornetas
y un sinnúmero gris de sepulturas,
unidos en el grito tenebroso
del miedo natural
(noche de arengas, disciplina inglesa,
ya fértil en cadáveres,
como estéril en átomos de infancia).

Cerebros al final de su andadura,
enloquecidos cráneos
de ironía finísima,
miembros desordenados;
una defectuosa lengua muerta
para expresar la fe,
lejos de aquélla que imperiosa exalta
el vuelo de las aves
y adorna las cabriolas de los potros,
no la que tiende, sin esfuerzo alguno,
a la felicidad sencilla que transmiten
las aniñadas góndolas
o las nubes de cara sonrosada;
una lengua furtiva,
bifurcada en su bárbara serpiente,
para dar fe de ausencia y pensamiento
y liberar al mundo de su implacable autismo.

Soflamas hechas en el misterioso
idioma de los seres inhumanos,
sonidos guturales que provocan el pánico:
una piedra en la luna del estanque.

Diríase levitan a la inversa,
dos metros bajo tierra,
mordisqueadas notas de tensión inaudita
que desconocen la inconexa pauta
de los limpios acordes que sostienen en vilo
las sucesivas bóvedas,
mas, ocurre que vuelan en bandadas elásticas
agitando las ondas que le hablan
directamente al nervio corazón.

Nada supera el valor del estigma,
ningún dolor excede su escarmiento,
ninguna herida sangra más despacio;
es cuestión de dormirse en los laureles
e idear una hermética, un discurso
abierto a la fortuna.

Lo breve, desfallece.
Y permanece el ruedo;
predominan el ruedo y el pastiche,
la irrechazable oferta del altar
y la desproporción de las fachadas.

Es en la herida que se aplica el hierro
candente y es la espuela
la que penetra en carne viva y viene
a torturar los huesos,
a desacreditar las mieles del verano
y a vigilar las sienes enemigas,
el bajo vientre aquél de los mayores.

Cuánta revolución en un grano de arena,
en una gota destinada al fiasco,
en los estrepitosos mármoles
de los holgados caserones que se dibujan en las ruinas;
qué poderoso elenco de materias
se apelmaza en un copo
de acrobática nieve;
qué sustancia requiere de una forma
derivada del odio y la costumbre
y cuál halla su molde en las esferas libres
batidas por la curva rigurosa del tiempo.

Se filtra una ilusión,
por entre las rendijas y las grietas mayúsculas
que edifican el templo del ahora;
desciende graves rampas de memoria,
toboganes de olvido,
navega redes cárdenas o trascendentes piélagos,
cabalga, a ratos, presa
de la incapacidad y la vergüenza,
una constelación de sueños rotos.

Se infiltra en las gargantas
y grita en las entrañas: ¡arrancad!;
desarraigad banderas,
haced jirones el santuario donde se fragua la masacre,
derribad los helados paredones
de la patria invisible,
pretended la caricia de las hélices,
el yugo de los besos,
¡la fiebre adolescente que funde los instintos maternales!


Si apenas es un trance;
el reputado ensueño
de quien no ha visto el mar,
su albiceleste onda,
siquiera en las pantallas
que invaden de pobreza el horizonte.

Aterido maná que degenera en salvas de granizo
y, así toca la atmósfera con los dedos urgentes,
define una potencia de la selva,
resuelve una ecuación inacabada.

El género de dudas
que burla los controles de la ciencia
e insiste en su gramática
con la saña invariable del maestro.
La mística violada,
huérfana de cachetes afectuosos,
reducida a cenizas
como una casa nueva
(la pelota en el parque, y las exequias).

Que difundida absorbe catedrales
y vomita cacharros tan inútiles,
defensa que conduce con genuina flor.

Inspiración.



es digna de alabar

Existe una poética loable
que frecuenta las anchas carreteras,
las barras de los bares, el alcohol,
y consigue una plata desvaída,
lunas de caramelo
flotando sobre áridas planicies,
espejos de cartón e ilegibles acrósticos,
que arrebata con ínfulas
de prosa norteamericana, humos de mítica autopista,
venenosas serpientes y plumas de alquitrán;
que describe las rocas con su fornido acento
y es la espiga orgullosa,
la reina personal de la cosecha,
el tronco más inmóvil,
pero vivo.

Contiene sus verdades,
en el rastro moderno del aceite,
la marca de sudor bajo la axila,
el sudor en la frente, que se desliza y mancha,
la próxima parada del tranvía perfecto.

He aquí una épica de acción grasienta,
quizás engominada
hasta el buen paroxismo de los ejecutivos
adictos al mercado;
la gesta persuasiva, el sufrido glamour
de los artistas y las marionetas
al servicio de un miedo inteligente.

Aporta versos dignos,
últimos versos imperecederos,
intriga, por momentos, en su desigualdad,
y sigue, atónita de versos, escayolando cielos plúmbeos
y dando marcha atrás con perspicacia.

Infunde lejanía de road movie,
cansancio de ascensión, trato de cima,
ofrece su avanzada redentora,
su patrulla de lobos y marines,
y conserva el prestigio
intacto de los árboles en llamas.

Con el gran padre blanco y su poema excelso,
su homilía vernal y enredadera,
replicando senderos en las tardes de otoño,
izados hasta el fin de su estatura
los versos condenables,
excluidas las ramas del amor
y sus hojas perennes,
y sus líneas románticas prescritas
en aras de una nimia rebelión.

Que gana en concreción y pierde en trascendencia,
que no traspasa porque sus fronteras
ocupan meridianos antagónicos
y porque tiene sitio
para disimular su centro, agallas para corromperse.

Atentos al dolor,
que es del color de su perfume neutro,
o de color amígdala, amoratada y fresa
y color silla eléctrica
a juego con la cámara de gas.

El dolor del suburbio derribado.

Escalofríos en la cola del paro, en la escasez del pan:
todo lo interminable
alzado en armas contra dios y su miseria omnipotente.
Sin una tradición de emperadores,
mitificando su pequeña historia,
ahítos de carisma,
inventando epopeyas a la medida de los superhombres,
manejando el ridículo con levedad artística.

De su reciente sangre, ¡qué decir!,
¡qué añadir a su huella pavorosa!
Afirmar que su rango prevalece
es ocultar un orbe de profetas,
menospreciar su encanto es un error,
definir su tamaño
resulta, ciertamente, una empresa titánica.

El país en los pétalos de una rosa nupcial,
los cálices en ruta, golpeando el asfalto
con sincero temblor. Glaucos atardeceres
prisioneros del frío,
auroras en estado de excepción,
juergas nocturnas y felicidades
capaces de poblar de maravillas
una vida cualquiera.

Después, el espejismo
que sucede al encuentro con algo extraordinario,
la máxima aproximación a la verdad inaccesible
que pueden permitirse las hebras del cristal;
insomnios y problemas, tardes sin existencia,
apagadas ventanas
configurando pozos de petróleo.



de ignorar


Otras extenuaciones
pertenecen al medio cotidiano
e imitan la ceguera de los besos,
absorben energía e irradian producción:
un credo, una liturgia de pueblos tan absortos.

Seguramente vuelan.

Alas que se despliegan excelentes
con esa fortaleza de músculos completos;
plumas que vaticinan la corrección del aire,
su infame tachadura,
el vívido paréntesis que introduce la brisa
entre las oraciones expiradas
y las subordinadas al sordo pensamiento;
y es casi una corriente taxativa
que lanza meteoros
por troneras, balcones y azoteas,
que masculla tejados
y vulnera los templos con ingenua caricia,
la que galopa por el firmamento,
así, pulcra estampida de pegasos,
arrebatando el cuerpo a las estrellas
(de su vuelo bonito,
brota una plétora de intimidad
que multiplica la salud del mundo).

Alas para nacer junto a los héroes,
celebrar antológicas victorias
y asistir al mecánico despojo de la guerra;
versallesca o festiva,
¡qué digna esclavitud!,
la torva liviandad
que simula cargarse de cadenas
mientras concibe un plan vertiginoso.

Cuenta cada modesto atardecer,
cada jugosa perla de rocío
animada de hielo en su cintura,
cada infinito alarde de la tierra;
como el remoto silbo
que ahoga el ruiseñor en su plumaje,
las impermeables copas
de los árboles, cuentan,
y cuentan con los dedos de su alegre inconsciencia
los jardines nonatos que anidan en los valles...
¿Qué objeto, apenas blando,
no adquiere carta de notoriedad
en un renglón u otro de ese himno?

Hay un eco inmaduro,
esbirro del fervor que prolifera,
un resabio de viejo continente;
y navajas de miedo, empalizadas
que imitan cordilleras,
agujeros que son fosas comunes,
pulsantes cementerios
anclados sobre míseras colinas,
vigilados por negros centinelas de altura
(pero menos aciagos, siquiera deprimidos,
y los ecos agudos pero llanos
y las navajas níveas
y los huecos tal vez como oquedades,
pero menos que lóbregas,
azules de una gama primitiva).

De su vuelo bonito, de las garzas,
retorna, flor-estela,
cómplice del pasado amenazante,
y sin embargo vuela, tan menuda,
tan ciegamente opuesta a su perfil,
arrojando siluetas por el techo,
dardos anónimos de llaga fina,
de febril picadura y mano etérea,
que conmueve y extiende el dominio del águila
-su república frágil-
y almacena volúmenes de invierno,
cepas revueltas, olas de calor,
que deviene lugar fuera de sitio
y musita palabras ilegales
que conjuran en vano a la belleza.

Promiscua intimación,
que ya militariza las entrañas,
ya diezma los sentidos,
en su catarsis uniformadora,
pues todo lo rezuma de misterio
porque todo lo quiere transparente,
y recuerda a los juegos infantiles,
a la primera sangre del primer beso en falso,
que brota manantial para quedarse,
al primer escenario del amor ideal.

Escuela de ficción:
un centenar de fiordos interpreta a cien damas en apuros”.
El agua oscura, el agua un mar de lágrimas,
los elfos vegetando al pie de sus melenas,
pergeñando conquistas enojosas.
Y los reinos cansados de sus clases sociales,
hartos del pleonasmo de sus líderes.

Tiembla el país del arte,
bajo la mesa, las extremidades
se sacuden el peso de los siglos,
los extremos se tocan
y es grave su contacto, perentorio,
un soplo independiente que origina
flaccidez en mandíbulas y miembros.

Comienza el espectáculo verbal.

¡Oh, necedad itinerante, qué peligrosa tu franqueza
impregna las baladas inocentes!



de creer

Por último, la fe,
sugerencia de fuentes torrenciales,
ocultos manuscritos,
bibliotecas presentes y futuras;
drogas que preponderan y vomitan espuma,
que a veces prenden en la carne seca
y ocasionan incendios
que calcinan hectáreas de conciencia;
drogas que degeneran vida propia
y se consumen hasta la sustancia,
que devoran las millas a millares,
desde que surcan procelosos índicos
infestados de algas,
perlados de diamantes arrecifes.

Es una introducción a la indecencia
esa fe que predican los pastores,
algo no repentino, algo estudiado,
preciso y demasiado virtuoso.

Ahora, el verso esperanzado, el verso
que rinde pleitesía
a las cartas antiguas y los propicios rumbos,
siempre desconocidos;
verso fuera del mundo, signo errante,
cometa y arlequín,
esquina con Rimbaud y aquellas flores
de inconfesable aroma,
desagradablemente íntimas, como pecados de familia.

Ahora, el verso navegante, el sueño
profundo, hospitalario,
de los campos solares de Ketama,
el trance maquinal o el estro zurdo
de los muertos divinos, su apaciguado numen.

De pronto, el verso es polen, es el polen marítimo
que tira por la borda ramilletes de orquídeas
y se agarra a los mástiles con deportivo afán.
Es la letra escarlata que inaugura la estrofa,
mariscal de su ejército versátil,
el marinero raso
que ejecuta sin pausa las órdenes del viento.

Ahora, es el progreso de la idea
lo que consigue hegemonía y forma;
quedan atrás los dátiles desnudos,
los animales y los cazadores,
y ciertas estructuras de maldad
desaparecen de la vista tras nebulosos cortinajes.

Son postergados los del arco iris,
en respuesta a su plena ineficacia,
y se ven los demás favorecidos:
colores del montón, colores ciegos,
cualquiera en la paleta del pintor inaudito,
cualquiera de la pesadilla, cualquier inexpugnable atisbo
de la belleza inerte.

Naturaleza cero en el programa,
humanidad allende toda ley,
resentimiento, furia;
por doquier, el amor
insatisfecho de los corazones,
el amor terrorista de las mentes,
con su química inicua
fabricándose celos y desplantes.

En el programa, un solo de ternura
para decir que hay un sentimiento;
en el poema un metro para medir las frentes,
una vara mojada,
un rasero de porte alejandrino.

En el poeta un sesgo proletario,
un resplandor obrero capturado en las fraguas,
un vicio campesino
y un latido hacia el éxito de mayo:
fulgores del oficio.



recapitulación


Aquí, la brújula para el poeta,
una mayéutica cercana a la mejor del universo,
a la voz apacible del maestro artesano,
que es una voz de manos que deshacen
y de brazos que creen en sus manos,
una voz conductora, fecunda de promesas,
surcada de penumbras,
sumida en el letargo del adiós.

Tocan a despedida las campanillas rojas,
los pañuelos se estrellan
contra el fugaz contorno de lo ausente.

¿Qué no dirán los versos extraviados
en pantanales sórdidos o embarazosas ciénagas,
lejos del aura fácil, protectora,
de la elocuencia lírica?

(¿Dirán estaca, cáscara y estómago,
burdel y cuerno, playa y catecismo?,
¿se rascarán las ingles
adoptando posturas deshonestas?,
¿o bien renunciarán a la rima sencilla de la carne
y, en consonancia con su jerarquía,
ascenderán en odas verticales
al paraíso de los pervertidos?)

Las elucubraciones no encuentran acomodo
en esta poesía gobernada
por groseros fantasmas, hadas buenas,
personajes sin fondo
e idílicos mosaicos vegetales.
No es posible frenar este torrente
de potestad y crédito,
este aluvión de gemas precintadas,
esta manga de mar entrometida.

Porque los versos gritan lo que sigila el tiempo,
la parte fehaciente del discurso vital,
lo innombrable, sujeto a la censura previa
de la pobre cultura ensimismada.
Gritan silencio, aúllan su fiereza nocturna,
vociferan, gentiles, sus consignas
prerrevolucionarias
y omiten el acero que tuerce voluntades
y demuele basílicas modernas y palacios.

No son hermosos. Su belleza no impone mandamiento alguno,
ni responde a la sana percepción
que los ecuánimes ejercen sobre sus ávidos instantes,
más bien se corresponde con el néctar urbano
que engrasa el mecanismo sutil de las cloacas,
y con una visión efervescente,
escabrosa, del llano acontecer.

No perfuman las páginas de incienso
como botafumeiros balbucientes,
aturden con el trágico hedor de los cadáveres
y esparcen una ronca pestilencia
que repugna el olfato de los sabios.

Tampoco hablan de dios.
Impíos que se apartan del milagro
que aprecian los corderos, sin renunciar por ello
al ímpetu formal del mesianismo.
Creyentes que transigen con la duda
para reconocerse en la palabra.



la verdad

Un estremecimiento. La columna de humo
escala en el vacío; las volutas dispersas
se descomponen pronto, ahuecadas y rubias;
tiran las chimeneas en una variopinta densidad
de sucedáneo smog y nubecillas raras,
las nubecillas químicas que van adecentando
la maraña suicida de ponzoñosas frases,
y que van corrigiendo, tachando verbos laxos
de acción invertebrada, anotando panfletos
al margen de la ley en impasibles crónicas,
desechando modales demasiado lujosos.

No cabe otra semántica,
otra estructura, otro andamiaje, otra manera de crecer
y transportar la voz.

Afuera, no habrá almas, ni pasaportes válidos,
ni célicas aduanas donde ensayar sobornos
o fingir el dominio de las situaciones.
Habrá solo una tiza para marcar las lápidas,
un empinado umbral de aterradora planta:
prosperarán los cardos de convincente espina
en beneficio de las amapolas,
y el matorral, en auge florentísimo,
medrará entre barbechos y trigales.

Así, repta el poema,
con esa parsimonia de séquito final,
bajo las alambradas populares,
escorado hacia el dogma
e inoculado de vulgares estereotipos, partidario
de los significados relativos
y de la incertidumbre, pero inclinado al grueso
trazo que preconiza la comedia
y no a la extravagante pincelada,
antes al rengo hipódromo de la amena tertulia
que a la fraternidad intelectual.

No suelta prenda, en síntesis.
Se reserva el mensaje,
abdica de su trono y exhibe su poder apocalíptico.

Es una marioneta estropeada.




FIN

personal

Érase una persona de su cuerpo,
una persona física, perdón, de raza humana,
que, sencilla, sincera, atolondrada, pero culpablemente hinchada de su anhelo,
repetía el silencio de los tiempos oscuros.

Un cerebro global la recostaba sobre las nubes líquidas y amorfas;
henchida que bebía los vientos tramontanos
o plasmaba su plácida indolencia en una colección de dinosaurios,
pues forrado de niño y encogido de un vértigo tremendo e infantil
oscilaba su espíritu entre las precauciones y las ganas
de conocer el trauma de su origen.

Lectora de contratos y prospectos,
aficionada al ruido desbordante que glosa los deberes ciudadanos
y a la fraternidad vestida de payaso narigudo,
su personalidad aparecía envuelta en mucho celofán extrovertido,
dando impresión adulta y masculina, siempre aferrada al núcleo de la media.

Mantenía sus propias relaciones,
su círculo de afines con la mano en la espada,
la conexión aguda, marsellesa,
el tipo de contacto que sugieren los peces;
también, alguna relación, impropia de su materialismo,
con las personas serias de corazón abierto en las que todos pueden confiar.

Festejaba excitada su presente,
la negación fecunda del esfuerzo,
la performance inicua que su fatalidad ejecutaba, al menos,
una vez por espejo desteñido,
una vez, como mínimo, por cada espejo roto,
por cada insano manantial de fauces
que se cruzaba en su promiscua y peregrina trayectoria.

Docenas de pecados tiraban de la manta de sus noches anexas,
lucifer que yacía a su costado engendrando sustancias,
desmineralizando el horizonte.

Que deshojaba margaritas con matemática humildad
erguida en su pecado imperdonable y tenía un amor y un automóvil gris.

Una persona que se agigantaba hasta ocupar las naves del polígono,
las bocanadas de salud del parque,
la práctica totalidad de las colmenas injuriosas;
y era súbito el modo y era gráfico el modo en que millones de gargantas
jaleaban el nombre de la bestia unidas en la furia.

Una persona no-fugaz, al mando de sus partes pudendas,
multiplicada por ejércitos encadenados a la paz
de las esquelas y los lirios, agazapada en su albedrío;
un ser inestimable dejado de la mano de los dioses,
condenado a la máxima pureza y a las perplejidades del mesías,
y, sin embargo, netamente ufano de su sabiduría humanizada
(así, la negación rotunda del laberinto y sus reveses,
el esperanto fértil de los sueños, el salmo trepidante que sacude las bóvedas).

Un individuo abstracto que deseaba un orden
-igual que se desea descansar del trabajo
cuando pierden coraje los nervios y la sangre-
y desinteresado, sin ningún interés por la palabra
(más allá del notorio mostrado por las voces del modo imperativo).

Que tremolaba cadenas, no obstante su libérrima conducta,
y yugos del tamaño de su sombra,
también heridas en perfecta infamia,
sarnas de poca monta, discretas confusiones...

Se componía un cuadro vetusto y, a la vez, inmaduro, venéreo y digital,
animal en un sentido metafísico:
cualquier escena sobrecogedora hallaba correlato en su cadencia.

Topaba con la ciencia y con los libros.
Los libros, tan compactos en su enigmática escritura y su remota soledad,
atorados de imágenes, densos como románticos vaivenes,
escritos, traducidos y parlantes,
importunaban su veloz rapiña, entorpecían su destreza errática.

Hacía bien en esquivarlos, los esquivaba con soltura
pasando de puntillas por las estanterías,
sin respirar apenas el polvo acumulado,
inmaculado y sabio, la huella cultivada,
el festín pantagruélico de los hombres con gafas,
la indigestión de letras sazonadas al gusto superviviente de los poetastros.

Los libros eran frágiles en su filosofía,
las ideas de hierro forjadas en la flor de la experiencia
sucumbían a golpe de zumbido,
la reflexión se diluía en ímpetu
y las prolijas descripciones se aproximaban sin dobleces
al espejismo de una herética antigua.

Y se escandalizaba de las páginas
y de las encuadernaciones de los numerosos tomos
de la enciclopedia, de las obras completas y las antologías.

Ningún lenguaje impreso escapaba a su crítica ignorancia.

Un hombre de su tiempo, una persona intacta,
capaz de aligerarse de continuo con esa leve desesperación
que hace presa en las mentes elegidas en el completo instante de la muerte.

domingo, 6 de junio de 2010

el rapto

Cultivo un grado de genuflexión honrosa.

Los sauces pandilleros de la esquina del parque,
que siempre me zarandean y luego hacen chocar sus ramas
como si fueran manos de gigantes alegres,
y que siempre sonríen con malicia poco antes de llorar,
me han recomendado que busque empleo en el Ayuntamiento.
Pero yo no codicio el minuto de gloria del jardinero;
no siento piedad.

Mi pequeña pretensión,
mi enfermiza pretensión es demoler,
cruzar la línea roja de la retórica
para deshilvanar el mensaje,
escriturar los arquetipos acentuales,
apisonar el mítico terreno de la flecha.

Pues vengo a hablar de la literatura -en alzas
que me alzo como vago caudillo-,
que es hablar de los hombres que lo tienen todo en la cabeza.

¡Y cómo lloro la forma de las nubes abúlicas!,
su percusión inane, su impronunciable saga,
estrangulado que rindo mis naves de papel,
mis aviones bombarderos,
hechos de lágrimas y tierra fina,
y depongo las banderas infrahumanas
y corto por sorpresa los mástiles adultos.

Cultivo y no cosecho, porque yo,
que sólo tengo un verso entre los dedos,
no estoy hecho de plantas ni sanos minerales
y me ahogo en mi agua corporal, mi líquido epitafio
y todo lo demás que cubre demasiado.

Un verso contra el ciclo de las palabras únicas
que componen historias magistrales de larga duración.
Un verso efervescente, por lo tanto, que compite
con la veracidad de los grandes relatos,
con las montañas mágicas y los reyes impuros,
los caballeros tristes y las ballenas blancas
los dioses insensatos y su asfixiante verosimilitud.
Un segmento festivo, desorbitado, ajeno, tangencial,
libre de condenarse a la misión del fuego,
reo de su nostálgica eficiencia, su plena certidumbre.

Aquí presento mi coraza de panteras
(rugen como panteras
especiales).

Hiberno aquí, lastimosamente pobre y casi híbrido,
polarizado por un millón de bosques que arden en su cuerda
disecando sonidos apacibles.

Heme allí, sentado en la pereza,
donde burlan los presos el castigo divino,
la forma fluye en balsas de dimensiones tiernas,
los ángeles firman su inicua maravilla
y las rosas guardan el dulce silencio de los ciervos.

¡Duplicado de mí!
Febril y anestesiado como arena de la playa,
sorprendido en mi extensa maniobra evasiva.

Ocurre que no soy espejo de mis horas
y el tiempo es un navío que sacude sus velas incendiarias,
se retracta y golpea con el puño directo.
El tiempo es un obstáculo para mi salto del ángel
-salto oblicuo, caída numerosa-,
una muralla medieval de entonces, cuando las hoces
dispersaban su parca melodía por los surcos
regados que yacían con el sudor del níveo amanecer.

¡Allá los ejercicios moderados de los buenos artistas!
Allá ellos con sus amapolas, sus elevados nimbos y su Atlas.
Allá su enciclopedia de clausura, su románico ambiguo,
sus primeros recuerdos industriales.
Viven de la belleza que suscitan las novias
y el campo robustece con natural orgullo,
hozan en la armonía de los pórticos,
¡ninguno se confiesa permanente!

Yo vengo con la furia de las nodrizas rubicundas y aleves,
con el estetoscopio del doctor,
el sextante inmoral y la brújula arcana
que descomponen al náufrago,
con una pluma rota entre las manos
y una brizna de hierba entre los labios.

Y vengo a demoler los castillos de luna,
a derribar las zanjas,
a ser murciélago atroz.
Vengo a ser una sombra que declina
y se apodera de la luz que acude a la mirada,
un ave en tránsito, impregnada de otoño,
mecida por el viento segador.

los sauces se fuman el reflejo de una estrella
y consideran la quietud del riachuelo
ordenan las palabras de la noche en liras imposibles
hablan con el deseo de una voz histórica


Tened mis precauciones, os doy el estremecimiento
que organiza mi espalda,
el material que luce en mi postura,
la doblez endiablada de mis sueños:
no habrán de concederos un respiro...
...

Mas, ¿cómo derruir, cómo arrasar desde la sima ingrata,
cómo asaltar el mundo desde la prieta fosa del pasado,
si apenas arañar la superficie parece una entelequia,
una utopía verde, una deliberada ensoñación?

Será de forma que las nubes trinen
y bendigan los cielos su contraste.
Habrá una matemática gloriosa para describir las trayectorias
decadentes de los planes destinados al fracaso,
y sonarán sirenas infalibles
por pistas forestales y avenidas redondas
llamando a la desgracia.

Un eco habrá
en medio de esa especie de ingravidez formal,
el eco de la causa,
el origen del humo despeinado,
la metafísica del excremento.

presentiré montañas o lagunas preciosas
diferente seré de los espejos
cúbicos en semejante esparcimiento
iré por las majadas majadero,
disimulando corvas y rutinas
lívido y simultáneo

¡Oh! Y me recibirán a hurtadillas los clérigos,
de puntillas sobre su epifanía,
vivaces entonando cofradías de guerra,
envueltos en sus togas apagadas.

Juez que seré del mundo y de su arte menor
cuando los sauces me describan el método:
la línea recta -senda y pureza en exceso- que delimita el reino,
la línea roja de la sangre brava,
la secreción que raja el firmamento vestida de palabra,
el vibrante rocío de las prímulas.
...

En carpas, festivales y aulas serenas de perfil castaño,
reconocí la cumbre
y me subí a los cárpatos del aire
como si fuera musculoso polen, número atómico,
roca indirecta,
y proyecté catarsis, seísmos en el vientre del futuro,
revoluciones húmedas, bailes en el abismo,
pasos valientes al crepitar del fuego.

En la casa, leí, me hice un hombre
(desde que presumía de tener un verbo
y poseía el don del verbo atribulado),
así que comprendí las monsergas más autoritarias,
los sermones marítimos, las homilías fétidas del cuervo;
y en casa de los padres supe lo que sabían nuestros padres
y quedé horrorizado, marcado en el espíritu
con el intenso estigma de la vinculación.

Hoy recuerdo el agradable escarnio, mi piadoso designio,
desnaturalizado y vuelto del revés, trastornado en poema,
en verso elíptico y tornado angular de piel vertiginosa:
ni me conmueve la imagen fósil de su grandeza,
ni me daña su magno sentimiento,
su sentimentalismo atronador.

Simplemente, ocurrió que leí lo que leían las personas
que tenían un nombre y supe lo que todas ocultaban
en sus pérfidas mentes absueltas de pecado.

Hoy, un gramo de suplicio se encharca en mis retales
y lo recito al borde del orgasmo indefenso,
al filo del impúdico éxtasis,
de carrerilla, al grito diminuto del insecto,
instaurado el deseo en mi garganta.

Así que lo comprendo y me quedo mudo.
Se me anulan los ritmos cerebrales.
Es cuando el rictus ejemplifica el ansia,
toma cuerpo el instante y se congela el vuelo de la flecha.

En concreto: adiós a los recuerdos
(habré de liberarme de ellos para difamar mi obra,
que así parecerá más frágil,
más sostenida en el vacío por los sueños,
menos épica, por cierto,
que así parecerá disminuir en forma
y cotizar al alza entre los materiales,
y tenderá al destierro que bordea las fuentes,
separada del bulto inconfesable,
pero real de la experiencia humana).

¡Ah!, ¡cómo equilibra el hueco de la nada!
Ahora sí que empiezo a doblegar la pluma
y empiezo a erosionar paisajes ominosos.

Siento la contracción de los instintos
cobrándose la pieza de mi alma: caza mayor.
Triunfan las correcciones en todos los sentidos
y la novela se desvanece
dejando una maraña de flojas resonancias;
las palabras abdican de su razonable solio,
se tambalean, átonas,
y las tramas oscilan sus hojas de plomizo desagüe
hasta caer de bruces contra las fosas.

Siento los cementerios como si fuesen áticos
y los gusanos como pájaros sedosos que burlan el océano;
me han dicho los cipreses que los huesos levantan polvaredas,
que algunos huesos son de plástico porque renuncian
a llevar una vida fácil
y que otros se despiertan a las cinco para ir a trabajar.
Los cipreses son sabios;
despojados del énfasis de la nación,
no temen a los hombres,
esos seres locuaces de repugnantes hábitos.

Los cipreses -todos los árboles- son pura acción,
naturaleza pura, y sus admoniciones llevan el sello grave
del futuro espectáculo que habrá de estremecernos
(ellos retozarán en la pestilente ciénaga de mi memoria
y adornarán mi sangre con fascinantes selvas,
en mi debilidad, afirmarán su impulso,
compartiremos fértiles ganancias
y seremos eternos con cada gota de lluvia).

Estudio la majestuosa fauna del pasado,
su gran literatura encuadernada en piel
y su literatura de autopista,
presa en la extrema dimensión urbana,
también las frases hechas del amor
que responden al mismo canon bífido.

Me recito en la penumbra suave de unos ojos artísticos
y acabo balbuceando versos desconocidos a mis ojos,
que manejan pinceles y cinceles como ángeles,
pero tienen un fondo de silencio.

Nada de recordar
a los niños pequeños de los colegios mayores,
ni las norias lejanas, ni el sable de madera,
ni la felicidad del cuerpo en armas,
el primer cigarrillo, el primer ajetreo, el primer golpe,
la primera ocasión de ser humano.

Una oquedad infinita enroscada en el tiempo
o un azulejo suelto en la pared de la cocina,
tanto da;
el camino es camino a pesar de la bruma.
...

Mi extraña pretensión es demoler los vanidosos templos
y edificar entre las ruinas ligeras estructuras voladoras,
¡oh pájaros sin léxico!,
pulcros sistemas sin nombre ni apellido
capaces de vivir en la miseria.

Mi herramienta es el odio, que es amor a los párpados
y es amor al espasmo cotidiano.
Respiro odio en los preámbulos del combate ciego,
aire revolucionario, éter de fractal estirpe,
el numen con el himen y los párpados, nebulosos y osados,
el cum laude de las frases de efecto invernadero.
Me ahogo en la mendaz extravagancia de un venablo sin duende.
Sangro torrijas de papel cebolla y me arropo con tablas de planchar.

¡Estoy tan cerca de morir de espaldas!,
tan cerca de no ver siquiera el puño arcano del puñal mecánico
cercenando los planos espectrales,
que rehúso la buena compañía de los peores libros
y de nuevo me indigno ante la plataforma ufana
que impulsan los autores consagrados al tedio.

Formo parte de un séquito hostil, la caravana púrpura
que franquea las puertas del averno con una rosa en los labios,
y llevo un grueso fármaco en las venas calientes
que salta de latido en corazón.
...

Un poema no es una mujer,
aunque luzca las curvas moderadas y el aroma in fraganti
de las damas católicas,
tampoco es una casa donde mudar de acervo
o meditar sobre lo intenso que debe ser el arte,
ni una biblioteca donde acudir a las citas inteligentes
del internacionalismo literario.

Un poema es un cráter cavado por un crápula,
una erosión cercana al vertedero,
es un piano de cola entre neumáticos,
un peso que te quitas, una evisceración de las mejores,
un escándalo que avanza a toque de corneta puntiaguda,
una presencia jubilosa entre las nubes.

El poema es la sombra que procura ocultarse,
la sombra tímida que rueda por la noche,
el fantasma dantesco del estro digital.

Es la torre de marras -torre inversa y torre de Babel-
es el infierno y cubre demasiado,
es un invierno cogido por los cuernos,
¡un libro de oración!,
como si fuera un libro cogido por los cuernos,
untado de milagros, carcomido de insomnios.

El poema es un himno a todas horas,
la pulsera del prójimo,
el éxodo de un pueblo despreciado,
la suma contumaz.

Pero yo busco un verso con gancho de derecha
y maldigo las plantas aromáticas
y el encanto materno de la bóveda celeste.

No me conmueven las felicidades rubias
asidas a su gama de nostalgias,
ni me ofenden apenas los preclaros talentos
productores de auténticas elipsis,
simplemente, me ausento de su estilo furioso,
que me salgo a fumar de su imaginación invertebrada,
y me fumo los átomos que asedian el contorno de sus obras.

Poetas neosucios, neoobscenos,
de los que escriben polla y fóllame
y se corren de gusto entre arcadas de elite.

Yo les diré por dónde se abandona la gloria,
por dónde se desciende
al fondo en que terminan los hoteles y las chicas del club,
el maxifondo árido de las minas de polen,
la pena principal.

Y les enseñaré a medir el rancio costado del obrero
desde el tajo a la mesa del quirófano,
sólo por desquitarme de su ramo.
...

Incluida la noche, soy ahora el más bruno, el más opaco.
Ningún celoso vate supera la intrincada
simbología de mis párrafos escuetos,
la nimiedad visual de mis escorzos
o mi superlativa hexagonía,
que es un dolor cansino que duele en los riñones
antes de apoderarse de los verbos.

Me sueño destructor de las odas brillantes,
con sus admiraciones y sus látigos de siete colas,
desguazo los pretéritos y me conjugo al fresco
regenero las místicas imágenes a base de gerundios
y me desgarro la camisa en los enlaces propios de los versos;
abundo en la pamema,
me reitero en las contradicciones,
suprimo determinadas líneas,
dibujo tormentas en la malla invisible de las cláusulas.
...

la montaña de lema horizontal
vocifera desde su libertina cumbre
sopla un céfiro honrado
y los pájaros vuelan como puntas de flecha
sensibles a la pauta sanguínea del espacio

los jardines dan buena coliflor
las damas se merecen un descanso

En el jardín que prefieren las princesas,
las dóciles avispas juguetean con el aliento gris del manantial,
concentrada en un palmo de terreno, se pronuncia la hierba,
y los robles endurecen su fama
haciendo abdominales que deforman su tronco florecido;
el ambiente concibe su juventud, vive los días transparentes,
la difusa claridad de las horas,
la intratable frescura de la tierra cubierta de riquezas.

El sol alabardero siempre triunfa a las diez de la mañana,
el momento fecundo que aguardan los románticos
para despotricar de la fortuna.

En el jardín,
el alígero pie de la doncella registra la tensión y palidece,
encallecen sus manos, se aceleran sus hombros
bajo el peso del agua.

El estanque rezuma una soledad glauca
y hasta cierto punto milenaria,
arrullado por el claro zumbido del enjambre;
un efluvio dogmático se abre paso entre la soldadesca
de cardos y ortigales,
y las flores temerosas de dios
se disponen a huir de su vasta hermosura
de rosas incendiarias.

Los bancos cotillean sentados a la sombra,
las estatuas hacen girar sus cuellos para ver el futuro
y en sus recios pedestales puede vislumbrarse el ágil pestañeo
de la roca salvaje.

Una mariposa lenta diluye los sonidos del encaje floral,
los nidos piensan en su prole catastrófica
y las esposas de los pinos trabajadores
-que soportan con estoicismo el síndrome de abstinencia-
perforan las arterias de la madre
en una decadente invitación a la derrota.

En el jardín, todo prolifera.
Prolifera el amor, voluminoso y férreo,
terráqueo hasta la saciedad del desamparo,
el amor compulsivo que dirime razones en sus insanos márgenes,
también, una necesidad de ser amado, de ser correspondido.

Hay una biblia en verso escrita en las cortezas de los árboles,
un espeso catálogo de huesos escrito en los senderos de verano,
toda la poesía;

súbete a la montaña
hasta donde alcance tu vista
toda esa poesía es parte del jardín

...

De medianoche, anduve por el jardín en llamas,
ondas nocturnas que fabricaban hoces de platino
con esfuerzo agrario,
ondas de luz, acaso pertinentes, luces fósiles
extraviadas en medio del conflicto,
emigrantes en un país terrible,
de nuevo los pequeños habitantes y los grandes espíritus,
otra vez la penosa gangrena
que desarrolla el tiempo en las pieles ocultas.

Una serie de animales astutos
correteaba entre madrigueras y desperdicios otoñales,
y un deje torrencial, confiscado a los cúmulos ariscos,
impregnaba remotas hectáreas de secano.

La soledad se oía
como el vestigio del metal que agarra,
de la tiza que agrede, de la rueda que gira y se traslada;
el pálpito del mineral era visible,
con suaves letras de neón,
en el éter fecundo, y el aroma del polvo estrechaba las manos,
dirigía las piernas ofertadas al baile.

No se oía el amor,
por más que el dolor suplicante que aborta los gemidos
la mayor atención reclamara a los tímpanos
y obrara con tal saña el infortunio
que se vieran los nervios
amarrados al potro de su fatiga cósmica.

Describí una parábola
y estuvo mi tropiezo en la primera línea de los ángeles,
que eran gaviotas negras y reptiles;
rodé así por el inhóspito césped,
como quien dice esfera mantenida en suspenso,
saltándome las cercas de los gnomos con grácil impotencia
y fui a salir al metro del olimpo
sin un centavo encima,
sin un clavo.

Estuve en el jardín,
pero no hallé
ninguna idea que sujetara con fuerza mi reflejo.
...

Los corazones venden castañas recién hechas.
Virulentos druidas acechan en las esquinas de madera,
ancianos supervivientes a dos inundaciones,
los veo por el rabillo del ojo,
tensos de tanto amar a las mimosas,
con un ojal de orgullo en la solapa
y un negativo imberbe en cada espejo.

Escribo en mi cuaderno lo siguiente:

mi grotesca intención es demoler
columpiarme en el gótico y desautorizar a los patrones
bordear el rincón del esperpento
feliz de ser quien soy
el homicida
el fracasado jack el hombre abierto

nada que descuidar
será instantáneo
una deflagración un cataclismo
el crack de las aceras
el boom inmobiliario de los peces

y me siento mejor, mucho más ganso,
superdotado sólo para el odio -esa virtud en riesgo-,
diferente a los cárteles de la palabra justa,
al mando de una fobia con los días contados.

Repongo el mueble bar de mi conciencia
y me sirvo unos cócteles de miedo;
me creo religioso durante una fracción de pensamiento,
entro en mi templo con la cabeza gacha
manifestando un padrenuestro antiguo;
no llego a caer de rodillas, la ilusión se deshace
y los trozos de dios se transforman en lágrimas
de un cielo que procede del abismo...
...

¡Atrás!

Porque llevo la grúa y el martillo pilón,
la percuciente glosa, la tuneladora de prosas cobardicas,
el devastador pestañeo del tsunami in-mediático.
Porque llevo en los genes la palabra invisible,
el vocablo inaudito que trasciende géneros y hermenéuticas
y no admite prosodia ni caligrafía que perturben el vuelo de la idea,
la palabra tenaz, ramificada,
la que nunca se escucha a pesar del silencio,
tranquila como suele desplomarse en los divanes,
emanciparse en la cabeza hueca,
surtir de espanto al pecho que no llora.

¡Teneos!,
desgranad vuestros nombres en francés,
vuestra trova meliflua,
lejos de mí.
...

Todo mi verso es huella de una acción,
de una acción tan concreta como freír un huevo
o quebrantar su cáscara con un golpe de suerte
o tomarlo cuidadosamente del estante.

Cualquier algarabía me subleva,
también sensible a la acrobacia cuántica,
al suceso perfecto, que ni ocurre ni deja de ocurrir,
sensible a la conducta teatral que reprimen las bestias,
al polen que reforma los pulmones,
desde luego a la rosa presente en las espinas del pescado,
por supuesto a la espina que aromatiza el bosque encantador.

Toda mi gracia es basura.
Amontonada gracia,
sin precio que marcar en el teclado grasiento,
sin peso en la balanza de los ecuánimes,
alta basura en su montón de estiércol,
detritus impalpable.

¡Oh!, la vuestra es pura gracia,
deliciosa la vuestra,
la gracia del amor y del talento,
del puro amor que vale un Potosí
y del talento innato para los negocios,
la intersección cabal que devenga intereses
por la demora en alcanzar la gloria.
Así que presumís de armonía y donaire,
que presumen de ingenio vuestras punzantes diatribas
y vuestra poesía exhibe sus intocables bíceps con furtiva elegancia.

Yo sé que dependéis de la sonrisa cínica
como del palmetazo quasimodo,
de las fluctuaciones del mercado
tanto como del patriótico mesías que habita vuestra farsa;
y sé que la verdad que os hace libres
sólo funciona porque desconoce la miseria real.

Toda mi gracia es basura, mas apenas se esconde
tras el humo famélico del tabaco cargado de esperanza,
apenas se divorcia de mis manos;
quizás se descomponga,
pero me aguanta el tipo.
...

Un secreto que tengo y cojo la dialéctica del napalm,
el bolígrafo rojo que cauteriza tomos nauseabundos:
una revelación a la que asisto,
un regalo de reyes, los juegos reunidos marca ACME.

Yo paso la factura del modesto albañil
y le añado el valor de mi avaricia,
la astronómica cifra de los muertos que soy,
el innúmero censo que me elige entre pares.

Pues espero un descenso, una pedrada mágica en la sien.

... Lo mío es de un tendón mulitpolar
que me ha salido en medio del cerebro.
Es una enfermedad contra el sistema
(contra el jurado compuesto por reputadas personalidades
del orbe intelectual
),
el accésit que humilla, la escultura piojosa,
las tertulias opiáceas, opacas como rayas de cansancio infinito.

Lo mío es de un total por el contrario;
es una impugnación, un interdicto,
un proyecto de ley en pleno rostro
que instituye el fatídico declive de la forma.

La crítica que instruyo es de rango interior,
arruga los relatos con artera ignorancia,
los desprotagoniza, emborronando imágenes logradas,
y pone al descubierto su tísico andamiaje:
su chapucero afán por lo cotidiano
o el licenciado ardor de su rabieta clásica.

Es poesía,
pero con dos pistolas que disparan en ráfagas modernas
(que disparan en ráfagas moliendas
que disparan en ráfagas...
).

Es poesía armada, no profética,
forrada de metales injuriosos,
la que arrastran mis pies,
con el abatimiento crónico que prohíjan por las sendas del parque,
y mis manos por medio del frotamiento inicuo
que se riza en la piel calenturienta.

Es poesía, amigos,
fermenta a todo tren, ¡y traquetea!,
atropella en los pasos a nivel y se cambia de aguja y de caballo,
hace trasbordo en la estación de Francia una noche de invierno,
sobrecoge las fiestas en la penumbra atroz del sonido directo,
horada las colinas indiscretas con ímpetu vulgar,
gira sobre sí misma, y traquetea.

Su buen balance, extraordinario ingreso,
sentido del humor, corte de pelo, fornida comprensión, liricidad,
hacen de mi poema un ARLEQUISMO,
una temeridad continuada,
como un Murillo calcado de un Picasso extraterrestre.
...

... tú eres inferior porque naciste
con un talón de aquiles al revés
y fuiste envuelto en un sudario bonito de horrorosa blancura
y calentito fuiste a nacer a la sombra
que nació tu madrastra en ese instante de furioso dolor...

Comulgo con el pensamiento verde,
y convivo con él, aquí en la selva, en mi selva temática del cine,
desde donde observo el horizonte de sucesos de la realidad;
por eso lanzo parcas reverencias a los príncipes
y me someto en parte al esplendor de su corona,
pues no he palpado el suelo de mi tumba con dedos ateridos
para postrarme ahora ante la vida...

Se mofaron los sauces, en su tónica:

‘tú eres inferior porque naciste...’,

y yo les preparé una merendola de fruta agusanada
hurtada por las aves tironeras, delincuentes aéreas,
y dancé alrededor de su estatura hercúlea
estimulando mi gradual proceso de putrefacción
al ritmo de la savia inmaculada

los sauces son hermanos
hermanos o soldados
los sauces son mis hermanos

tienen muerte
causan dolor
igual que los soldados de los hombres

aman para quedarse
se afianzan
...

Procuro esta palabra perniciosa, a favor de la sangre,
mi palabra en formato de ariete que se carga los muros de la patria
y desentierra una moral inmunda,
mi tropa de fonemas al rescate del sello editorial,
como quien dicta un verso bolchevique frente a los sacerdotes,
quien dictamina su verdad de acero,
quien da su testimonio enardecido
culpándose de toda una traición.

Avanzo entre las ruinas de los grandes autores
con mi sutil apisonadora cimentando el descrédito del arte,
no pertenezco al eje de los súbditos
que conceden entrevistas a la prensa nocturna,
apenas ironizo con el sagrado amor y sus calamidades,
casi me aburro de mi sin parangón superfelibre;
mi rama no se troncha ni se divide en cachos prefulgentes,
no mancilla la prosa ni resbala en el haiku,
más aguanta lozana la elástica acometida del canto popular,
se resiste al colectivo imán de las antologías,
rechaza sinecuras de probada falacia,
se aparta, se margina, se protege,
se blinda, se vacuna contra el tifus,
florece en un recodo del jardín.

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