viernes, 24 de junio de 2011

las cosas por su nombre

Bajo una estrella sin nombre.
Imaginando el nombre verdadero de la estrella.
Un nombre largo como un gúgol, una enciclopedia británica de nombre,
el íntegro universo de nombre natural.

Su descripción no es lo de menos. Es una estrella joven y arrogante.
Un lucero que pasa contoneándose por la gran Vía Láctea
que hasta las singularidades rememoran su furioso pasado
y los púlsares laten con indebida parsimonia.

Esto es importante:
podemos afinar los antiguos instrumentos (el lenguaje), no nombrarla.
No podemos llamarla como se llama a una persona,
ni siquiera como se llama a un dios.
Su nombre es una historia que desafía a los poetas elegidos,
es una trayectoria descrita en el océano del tiempo.

Por cierto que la estrella tiene nombre,
un nombre utilitario (el bautizo ya fue; no asistió nadie, de hecho).
Simplemente, una estrella no se llama Rigel o Bellatrix.

El nombre de una estrella excede cualquier ambición fonética imprudente.
El nombre de una estrella comienza en un instante nada antrópico
(pues, al principio, su nombre fluctúa en el falso vacío y es difícil aprehenderlo).

Conocemos su masa, su velocidad, su brillo y temperatura, su composición;
también hemos calculado la distancia que nos separa de ella, la tenemos catalogada.

En suma, hemos vuelto a tomarnos demasiadas confianzas.

Decimos Sirio -es un decir- y estamos definiendo un punto en el espacio,
poniendo un mote, lejos de la mera evocación de los infiernos absolutos.

¡Tanto Sol y es una mota de polvo en la galaxia!
El Sol es el infierno y sus hermanas son ángeles caídos,

Bajo una estrella sin nombre.
Imaginando el nombre verdadero de la estrella
(que debe ser el de cada una de sus partículas elementales y nos quedamos cortos).

viernes, 17 de junio de 2011

bandera roja

Antes de ser poetas, fuimos bandera roja
y asolamos las calles asoladas,
fuimos jóvenes durante un gesto soez de las estrellas
y arrancamos historias al vacío.

Luego, desembocamos, como un río de tez angelical,
junto a una playa ahíta de cangrejos biempensantes.
Incluso aquella noche,
nuestras almas brotaron para volver a morir.

Caímos -de espaldas al futuro-  
en una de esas trampas que fabrican los sueños con un poco de vida.

Antes de ser hermanos, teníamos algunos animales -no una granja-
e íbamos al cine a catar enojosas novedades,
leíamos la prensa con gafas atrevidas
o jugábamos al fútbol, con asiático empeño, en la turbia pantalla del pecé.

Con el tiempo, dejamos de ser comunistas
para hacernos, como Marx, socialdemócratas
y cambiamos la fiesta del primero de mayo por un festín de soledad privada.

Pero un viento de clase sopló simultáneamente en varias direcciones
y acudimos entonces a las plazas a convencer a dios de nuestro talento,
llegamos a creer en la piedad del verbo.

Ahora estamos solos, como antes, en otra encrucijada.
Nos basta la tristeza para iniciar el baile.

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