viernes, 28 de octubre de 2011

una dosis de párvula filosofía

Sombras victoriosas apuñalan el alba.
La luz pierde el compás y merodea por el espejismo cotidiano
forjando un eslabón depredador que diezma el tornasol de las mejillas
y resume el carmín en una línea de fuego.

Camino del colegio, la niña cree que las rosas son estúpidas
como madres que abusan del color.

Dos clases de barrenderos patrullan las aceras aleladas,
los que tienen un sueño y los que no.
Los de la primera clase no llevan auriculares.

El autobús desplaza su peligrosa mole de conexiones eléctricas
por la intransitable avenida y los árboles gimen enclaustrados,
cimentados en balsas de ínfima naturaleza.

La composición del aire abandera una deriva heroica;
una creación melancólica que se balancea entre el cielo y la tierra
inflige daños colaterales en las mentes adultas.
La vida y la muerte coinciden en cometer sus fechorías al trasluz,
inmunes a la evolución del pensamiento,
lejanas al momento en que suceden ubicuas.

Así, la niña no sabe amar ni entiende la belleza;
prescinde del escalofrío que propicia el recuerdo,
pero refleja cierta nostalgia, cierta forma de no ser invisible;
sus trenzas áureas -su viva imagen-,
augura un arte principesco en el oscuro trayecto
y fulmina a las rosas con la grávida mirada repleta de vestidos de fiesta.


miércoles, 12 de octubre de 2011

algo de sombra

Puesto detrás del aire el grito ronco,
delante de la luz, algo de sombra,
cuerpo sin alma, leñador sin tronco,
polvo que va debajo de la alfombra.

La voz, un matorral, cargando espina
por el camino azul de la garganta,
rota bajo la frente que se inclina
coronada de espinas sin ser santa.

Elevado el famélico alarido,
vuelve la calma a sojuzgar el pecho
y vuelve a hacer la paz en él su nido
sobre las ruinas del que había hecho.

Un vibrante silencio se condensa
entre los árboles y los tejados.
Nadie va, nadie viene, nadie piensa,
ninguna flor confiesa sus pecados.

Y, sin embargo, la verdad se mueve
y su forma de luz también perdura;
el sol sigue brillando, pero llueve,
y nunca se ha escuchado voz más pura.

domingo, 2 de octubre de 2011

la casa blanca



Un edificio vacío. Vacío o rehabilitado.
Un edificio exyonqui. El edificio habitado por familias de última generación.
La casa vacía. La casa de putas. La casa del amor.
El caserón con cuatro paredones
y cuatro esquinas de reputación intachable.

Viven aquí, acomodadamente. No está vacío.
Aquí se crían. Y, por la noche, duermen.
Las palomas que a veces son gárgolas vigilando en el tejado neoyorquino.
La lluvia que a ojos ciegas multiplica sus plantas.

La casa blanca fue una pequeña dirección general de seguridad,
un manicomio en permanente estado de revista,
el cielo enladrillado del infierno
(¿no hay belleza en la súplica,
majestad en toda humillación?).

Sudor contrarrevolucionario,
sangre de infinitos colores rojos;
y aquél chasquido garrafal del hueso.

No contiene millones de alaridos. Está vacío.
Aquí pernoctan irreprochables trabajadores.
Viven niños y perros en demencial jauría.

Un edificio moderno, sin memoria histórica ni terrores nocturnos,
ocupado por hombres y mujeres de negocios.

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