viernes, 28 de febrero de 2014

y en la curva del parque


Tú no habías sufrido lo bastante. Tenías que recibir tu castigo por quererla.
(Constance, de Patrick McGrath)


Tres rosas rojas rozan la penumbra con su corazonada anunciación;
son un vestido de verano abierto por la espalda,
triple salto mortal, tirabuzón de seda, presa fácil, tan fáciles de cortar
con los dientes: así (si con un beso no se corta una flor).
Otros labios rojos besarán su cuerpo, se confundirán con el brillo extenuante,
serán parte de ella, sangre de su sangre antigua.

Habrá una rosa negra de sangre azul precipitándose al vacío.
Las muchachas irán a ver pasar el agua cubiertas de luz, su encanto
recibirá postales del futuro. Una de ellas meditará su primera palabra
y guardará silencio mientras comienza el ocaso del baile.

Pues las pequeñas rosas viven sobreviviendo al cisma, interrogándose.
¡Son tan imaginarias! Imaginan un campo, hierba aterrizando hacia poniente,
silbos duraderos, aves últimas con galas tropicales: el jardín que no les pertenece.
Santo jardín.                          
                        Oh, sacramentales rosas del invierno, ¡decidíos!

Una historia completa, un cuento que exprimir frente al reflejo del estanque,
y a pesar del arpa. La gente que merodea, tanta gente en el jardín
ocupando los bancos, paseando cogida de la mano de alguien que no se ve, no está.
Las mujeres, los niños arreglados para el trabajo del parque,
los jóvenes ruidosos atravesando etapas, humeantes y pálidos.

Cada muchacha tuvo su rosa roja, su ángulo peinado haciendo efecto
en la cara radiante, en los ojos pintados de turquesa. En el alma siguiendo la raya de los ojos,
su raya azul airado de infinito cielo. La rosa con la curva
y cada rosa con su movimiento único, mezcla de conciencia y cálculo
(arándanos y nueces y coches de bomberos).

Pero una de ellas, la más hermosa, casi redonda y fértil, casi a la sombra,
como escalando la pared más alta, hiedra y rosal, con esa agilidad de extremidades plenas,
piernas profundas como ramos de aire, medallas en el pecho, lazos al cuello, horcas,
balas de sangre, extrañas trenzas como filtros de amor. Negra con el pelo negro
a la temperatura del sol, la más hermosa, casi tímida, casi pasando frío,
sentada, reclinada a la sombra de los pétalos,

            solo     una                de                                          ellas,

tan atrevida por naturaleza, revelará su nombre apegado a la tierra
y la rosa obtendrá su bautismo y su incendio reducida al breve impacto de una imagen menor.




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martes, 25 de febrero de 2014

por el camino del jazz


Escapa el arte a la mano tranquila, busca la palma del jazz,
el puño americano. Las baquetas redoblan su interés por el ritmo, su desdén por el piano
que rezonga y se mortifica. El pianista es un tipo esbelto como Fats Domino:
se las sabe todas. La banda arranca gritos de la soledad que amarga. Ni el público desfallece
ni hace calor aún, se amontonan los recuerdos en la esquina de la barra.

Otra mujer fatal vestida de carmín. Sus medias que aprietan los rombos de la noche.
A media luz, el humo parece una señal de humo. El hielo tintinea al compás.
Todos abiertos al crudo espectáculo. Es el crooner que muestra su tenebroso interior.

Así que la cantante rectifica su afro vertical. Se llama Janelle y posee un secreto nubio,
es poseedora de un lance, un paso crónico sobre el rocío, una batidora instrumental.
Sus ojos garbean reclutando neón, verificando el desarme de los gangs.
Afina y canta sin perder la cabeza; su dibujo se anima cuando el bajo irrumpe
en la canción con su línea proteica.

En la pista, los pies son más rápidos que el ojo, son pies de foto, mala literatura.
Hay un reguero de sudor que comienza en el cuello de la rosa y se desliza
sinuoso hacia el torbellino. La pequeña bailarina jadea sin motor, frena su instinto
para girar un rato contenido, pisa unos labios demasiado finos para decir su nombre.

Janelle pronuncia el verso con extraño ardor, la nota asciende desde el estómago,
broca, brusca, boca, lista y a punto de fabricar su cadena de montaje sonoro, recta
como un espejo delante de la nada. El cristal entra en quiebra, los vasos,
vertiginosamente alzados, derraman un sonido chocante.

La batería carga el martillo neumático, solo la voz precede al estallido de la voz.
El silencio cruza las piernas y se dispone a escuchar,
el tiempo cae sobre las mesas como un imperio dejado de la mano del hombre.





domingo, 23 de febrero de 2014

el paisaje real


Se abre una puerta refrescante y la madrugada se aleja
como una promesa ingrata. El suelo está de cambio, la mudanza sucede
entre la hiedra y el mármol. Las hormigas construyen sus pirámides, pero no son esclavas.

Anchas piedras amortajan el río que discurre intermitente por un millar de aldeas.
La ribera es un campo experimental, un molino de aspas vegetales.

El amor se pasea solo por las sendas levantando cordeles de polvo,
peligroso como un virus, dramático, y combativo. Se disputa una pelea sin jueces;
el amor y el odio forcejean, se amenazan de muerte, se zarandean a gusto,
amoratados ambos, ambos destripados aireando sus partes
(se advierte al fondo un hedor a camposanto, una campana pasa rodeando el horizonte feliz).

Todo el país de las hadas constituye un fracaso rotundo. Las hadas brillan más
que los elfos y sus princesas, pero sus milagros no duran una temporada, se esfuman
envueltos en un halo de poder adormecido. Los milagros de las hadas
son verbos como por arte de magia, sin recorrido en el discurso ideal.

Pero ellas... Esta Princesa de los Elfos tiene un nombre de veintiún sílabas y sabe contarlo
sin respirar. Es un nombre irrespirable. Los jilgueros pueden llamarla sin escandalizarse
y ella también revolotea y dispara su acento tan rebelde, pues su pelo es un fogonazo de auroras,
sus ojos recuerdan la caligrafía del viento, su edad es un principio, un tesoro sin alma.

A la altura de algún dios, la noche inspira una escena romántica, desluce una manera de besar.
La tierra sufre el mordisco de las coordenadas y asiste a la consagración de la belleza.
Hacia el cuarto menguante, la Princesa conspira contra el sueño. En su presencia,
retroceden los ángeles y los reyes inclinan sus pesadas coronas.

A flor de piel, la oscuridad se embosca en los recodos, deslía su madeja de sombras,
atraviesa portales invisibles, cuerpos mágicos, bordea el lecho del amor ensangrentado y débil.

viernes, 21 de febrero de 2014

delicada


Mira al frente sin dudas razonables, como si no fuera con ella
tanto amor.

Reinician su miseria los aparatos públicos, pero no hay más silencio que el suyo,
el vacío descrito en la pizarra. Tras el cristal, una paloma que representa algo.

La música viene del sur, síntoma de un flamenco recitado a conciencia,
sincopado, remasterizado y pasado por el filtro puro de una batería funk.
Bases soleadas y mesiánicas, una ración de genuino delirio. La palabra inconexa,
liberada del tedio macerado en los púlpitos. La palabra obrera que trabaja de noche
batiendo mermelada.

Se resigna a escuchar a otra persona (más impersonal). En qué sueños camina por el aire
levantado sonrisas como se entierra la semilla de un beso.

Alguien pregunta por los sonidos que acreditan el tiempo reinante. Nadie va. Ella se siente,
realiza ejercicios naturales de suerte que florece apenas. Rompe
la monotonía azulada y la transforma en un sendero gris (hacia la historia).

El sol está de buen humor,
las nubes baten palmas con sus manitas húmedas, el arco iris enuncia su protesta.
Pero los árboles echan humo, están que se derriten,
como mucho, manifiestan su ánimo a lo largo del río.

Ella consulta su reloj de madrugada. Se remonta a su espíritu, sin prisa. Representa un estadio
propio, una manera estimulante de no ser el ángel que parece.

Sucede que el recuerdo está de parte del futuro, interviene.

Ella sin nombre,
tan hermosa que viaja con su escenario a cuestas: dispone de una compañía estable. Sombras
que se agitan, sombras que frasean, balbucean gritos sin mecanismo sonoro.
En el acto principal se ensaya un beso. Turbio no, casi torpe
o demacrado.

El público sigue concentrado en sus aparatos funcionales y no presta atención.
Ella profetiza un mohín con gran seguridad en sí misma, y se absuelve.

(Nadie sabe por qué los gatos no son tratados como menores de edad.)

La muchacha que fue se desmorona sobre su pecho bruscamente.
Y es muy emocionante cuando suena la música
y a fuego lento inflama el poema culpable que acaricia su boca.



foto de Rocío Montoya


miércoles, 19 de febrero de 2014

perspectiva interior


La vida es así de seria. Reírse no tiene gracia. A veces alguien muere porque la vida
es tan seria como una mañana al sol, un bandazo, una estocada.

Los hombres viajan para verse desde otra perspectiva, pero siempre se topan
con la misma efímera impresión, el mismo cuadro incontestable.

Una mañana al sol es ideal para decir adiós en la distancia, despedirse con estilo.
Los días húmedos son para vivir al abrigo, bajo techo, arropados al calor del hogar del prójimo,
hartos de vecindad medrosa y cálida. La nieve excita los sentidos, ¡es tan propicia
a la esperanza! La lluvia significa un velo que hay que descorrer. Pero un día azul,
templado y vigilante no tiene nada que ofrecer más que su espacio. Y su final.

Dicen que la muerte es rápida como una flor, cuando se corta la flor. La flor que yace
en el suelo, pisoteada y rígida, incrustada entre las páginas de un libro sagrado.
También las rosas necesitan más luz para morir.

Oh, adiós a las muchachas que bizquean la blancura de sus blusas nuevas,
gacelas embebidas de virtud. Adiós a las colinas prietas de su hierba dócil,
los caminos que se estampan contra la terquedad del bosque.

Otro día amanecerá para no ver el sol; no habrá un mañana ni será constante el viento,
ni el mar conseguirá su pasaporte al cielo encanecido. Los pájaros vendrán a sucederse iguales,
tristes como su anhelo de escapar al abrazo de la luna. El aire tendrá otra consecuencia
y el deseo excavará su tumba con las manos ardientes.

Digamos que la vida se contrae como una enfermedad hereditaria;
es preciso avenirse al pudor del olvido,
cuando el olvido ha sepultado en la memoria los años felices que nunca existieron,
exiliarse en el último andén del pensamiento, sin disculpas ni palabras mágicas,
sentirse solo en la tierra. Solo como un ciprés enojado de sí.






sábado, 15 de febrero de 2014

instrucciones para morir de amor


No llores. Hay tiempo para morir. El aire está
cada vez más alto.
Este olor viene de dentro. Huele a sangre a todas horas. Este miedo se compone
de sangre. El color es de un granate casi intacto
con vetas carmesíes en los límites de la fatalidad (donde los sucesos al azar se multiplican
y se intensifican y ocurren varias veces cada vez, cuántas veces cada vez).

No llores, acompaña a ese hombre a su funeral, discútele la gloria.
Hay tiempo para estar a solas. La gente se reproduce como una cinta de vídeo,
esa que habías visto (no es spoiler). Lo máximo es filmar una interrupción
del embarazo, que es cuando se te pasa la vergüenza y el mal trago de vivir.
No. Y no. Lo mejor es presentar un documental inédito en el festival de cortos y perder
por la mínima. Un buen documental ha de llamarse con el nombre de un ingrediente cualquiera.
Y ha de tener una intriga rugosa,
su fantasía, su píldora y su horroroso jarrón.

Si lloras, que se note el escándalo, que se enteren tus padres, que repiquen los libros.
Si una lágrima, que se jodan los poetas, malos adivinos, necios príncipes.
¡Que llamen a la policía! El incendio no es en los bosques tupidos de Montana,
es Aquí. Ahora.

El llanto es una convención autoritaria, un burro torpe que tropieza,
cocea y no es tan plateado. El llanto no rebuzna porque tiene corazón y se enamora.
Tanto amor es para no llorar. Hace tiempo que el llanto es la mitad del corazón
(pero la otra mitad tampoco sangra).

Algunos animales huelen las moléculas de sangre mientras aún circula
a toda velocidad. Y se ponen como locos, saltan,
aúllan, gruñen y muestran sus dientes amarillos. Algunos hombres buenos o famosos
husmean y registran el miedo igual que perros sin collar.
Suelen ir armados.

No llores. La felicidad es para los tímidos. Para los niños. Para los marineros rasos.
Es para no llorar. La felicidad es un injerto en el alma por un lado u otro.
Se oye un ¡crack! y un angelito se muere en el purgatorio.
La imagen impacta. No es que haya Sangre por el suelo. No Tu Sangre.
Ni vísceras.
El suelo está algo abandonado, como un cielo sin presión atmosférica o una montaña sin cruces.
No es que haya plumas, huesos, carne en estado de descomposición, carne fresca.
No parece haber ropa. La desnudez de un ángel no es erótica,
sino valiosa, puerilmente artística, propia de un arte intruso, incomprendido.

Habla. Mueve el arpa. Ama. ¡Llora porque es tu deber!
Ama porque estás tiempo
de sonreír con infinito corazón y retener la sangre de tus labios.





jueves, 13 de febrero de 2014

conjetura antes de una ilusión


Descarga el pensamiento su tormenta pálida. No se ralentiza nada, se realiza
pero encuentra altas barreras de premonición. El pensamiento es siempre de una forma
no verbal, adimensional; es interesante saber, ver lo que ocupa, el gráfico de su región-O
que se aleja deprisa, la mezcla que contiene y lo caracteriza tanto: sus razones.

Y tuvo un presentimiento falso, falto de gramática o grandeza, sin expresividad, difícil de contar.

¡A ver lo que se piensa!

Por la fuerza, reunieron un fondo y extrajeron a dios, un tesoro indignante.
Las almas recibieron un ultraje tras otro y dejaron de habitar la noche. Ella sintió el vacío
debajo de la piel, la siguiente persona que pugnaba por salir a la luz. Su pensamiento
realizaba falsos giros en el idioma de la realidad, apretaba un espacio como Central Park
en la palma de la mano izquierda; era una esponja alrededor del vientre.

Lanzaba dardos desafortunados que se clavaban en el humo, sus palabras esféricas,
sin agudeza, aguijones casi ciegos, orgánicos como la fiebre.
El deseo forjaba calamidades personificadas, estereotipos odiosos. Ella, cohibida en su ángulo
cambiante, controlaba los tiempos: lo que tardaba el frío en traspasar el hueso delicado;
pensaba en su memoria, imaginaba la sonrisa de una imagen suya,
formulaba preguntas para la posteridad.

Por delante del sueño, pasa el cadáver más hermoso. Nadie se duerme en la materia gris
ni sale a cuerpo a la tormenta psíquica, que disfruta su omnipotencia rigurosa.
La intensidad con la que niega tres veces el cariño, mil veces el amor. Es un talento para gritar,
un genio en alto, el trazo seguro de un pintor decente pasado por el oblicuo tamiz del arte
hasta que el lienzo sangra su verdad de oferta -meticulosa insania-, su egoísmo atroz.

El amor solo se piensa por un instante adentro, un cascabel mecánico. Sobre la hierba,
extendido, un mantel de silencio, el sol tiznando las alturas, el húmedo arco de su pie.
De pronto, un fantástico argumento (¡Eureka!), la noción no transitada.

Hay que pensar también en el amor. Dejarse de intenciones y pasar trágicamente a la acción.

El pensamiento aguarda su motor en llamas, la fogata, el índice acusador.
Ella remonta un amago de melancolía y prepara una nueva feliz coincidencia.
Tiene ideas como estatuas: su propia idea sobre el azul del mar,
su inapelable juicio metafísico sobre el alcance de la poesía.

lunes, 10 de febrero de 2014

ecos de una dulce soledad


Cierta diplomacia del recuerdo, que protesta en voz baja de cara a la pared;
su voz es una estampa, la postal ingenua. En el recuerdo hay un verso que no rima
con el verbo, no despierta a la realidad, no informa. Asalta el pacífico descanso
con su amalgama de notas y sus variedades, ñoñerías y zapatos de charol. Chiquilladas,
lances que estropean la jornada apacible, que no saben estarse y proliferan adrede
contaminando con sus matices plenos nada hieráticos la plácida condensación del tiempo.

El clima desgrana su rap sobre una base otoñal, pero hace invierno y el infierno avisa
de sus intenciones, siempre férreas. El frío no basta para congelar el vértigo feliz que asciende
por la garganta y bucea, y busca. Se mira cómo cae la lluvia y es casi como mirar un mar pequeño,
un mar de góndolas y olas compasivas que posee un solo horizonte. La lluvia es de verdad
y es tan certera que baila en el recuerdo.

Todo el viento mortifica, tanto viento es un estorbo para la soledad. Permanentemente en retirada,
el viento desconoce las horas que transcurren, las clasifica, las desmenuza con paciencia.
El llanto se merece algo de cielo de este lado del cristal. El llanto fluye desde un pozo de memoria,
es un río seco que merece su eco diáfano, su longitud de plata, forma que se deshace.
Pues la lágrima del espejo no es aquella, esta tarde de invierno que ve llegar la lluvia en soledad
se da un aire al amor. Allí, bate el recuerdo sus alas negras y la espuma reblandece aristas,
escoge un lienzo para desprenderse de sí y de su estado hipnótico.

Tiernas palabras abusan del sentimiento, cruzan charcos, invaden la parábola posible.
Las palabras son dulces como luz, brillan como la luz de un sueño, a la luz de su epílogo;
hay una palabra que significa eso y parece volar en alas de la luna, significa sombra
y es tan dulce como un melocotón. El beso trae consigo su término insaciable, su frecuencia,
el anhelo perfecto que no sabe por qué, la sonrisa más profana y más recta, su penuria.

Tras el cristal, el rostro es tacto, es labio, y labio, es la pantalla para mirar el pasado en su pureza,
cómo respira el tiempo, dónde está el aire que se fue entre todo. La soledad se vuelve cariñosa,
despliega un mundo alrededor del día de mañana, una solicitud espontánea y febril,
lanza su estela hacia la confusión y el miedo, abre la boca para decir amén.





sábado, 8 de febrero de 2014

el poeta se asoma al abismo y descubre el amor


Ella ocupa una terraza cerca del primer fondo del abismo, hueca de amor, tan tranquila, hojeando las páginas de su espejo con expresión interna (lo que significa que hace gestos invisibles). El poeta visualiza un espejismo coronado por una singularidad a simple vista (lo que quiere decir que puede verse). La imagen no fluctúa (ni funciona), sino que permanece en éxtasis, adormilada, como expresando una intención básica cualquiera. ¿Jilgueros? No. ¿Nubes sonrosadas? No. La mecánica del sitio podría ser universal, un lugar vacío donde sonreír sin ganas, donde aguardar el milagro de la resurrección.

La chica es tan guapa que no hay sol. El poeta palpita con el corazón por los suelos, palpita él, late sumido en la hecatombe del despertar, el alba orlada en fucsia, la simultaneidad de los amaneceres todos de una vida. Lagrimea un poco sin sentido común, se revuelca mentalmente. Luego, se arroja al vacío escalofriante y, sin saber cómo, planea a pierna suelta y con soltura demorando a su antojo su descenso, paladeando el sabor de un beso alado. Ella levanta la cabeza de su libro mágico y sus miradas se cruzan como dos ríos bravos (lo que parece indicativo del flechazo habitual en estos casos o, en su defecto, de la afamada colisión imaginaria entre espíritus inexistentes).

El poeta, haciendo honor a su puntual linaje lírico, improvisa una rima cortés a modo de saludo:

¡Oh! (el ¡oh! es preceptivo) y etcétera*.

La muchacha sonríe sin excesivo entusiasmo y ladea la cabeza para quitarse los auriculares, de los que inmediatamente brota una música desquiciada y pura. Saca un cigarrillo raro, lo enciende y el espacio entre ellos se atesta de un aroma salvaje, un crepitar de semillas ardientes, aceite hirviendo. No habla (lo que se conoce como enmudecer de súbito, pero con la acción sostenida en el tiempo) más que por los ojos, que reducen el poder de las sombras e iluminan levemente el violento cuadro. Así, transcurren cinco minutos de reloj de arena (siglo más, siglo menos). Al poeta le tiemblan las piernas, se le cierran los ojos, irritados por el humo tan espeso y dulzón. El silencio toma cuerpo y se convierte en una solución inesperada. Por fin, la hermosa ciudadana reacciona, ensancha su perfecta sonrisa y sin decir palabra echa a andar hacia el hondo caudal del paraíso.


____________________________

*Asomada al balcón como si al cielo
se asomara la tímida cabeza,
aburrida de estar pegada al suelo
como se aburre un ángel cuando reza.
El alma en posición de alzar el vuelo
para surcar el cielo de una pieza,
alma que tiene el corazón de hielo
como una estrella henchida de pureza.
Empeñados los ojos hacia arriba
oteando el silencio más profundo,
el hermético rango del abismo.
Espíritu sin voz que lo describa,
sin dios que lo rescate de este mundo,
ni cuerpo que lo libre de sí mismo.




jueves, 6 de febrero de 2014

sin (re)conocimiento


Retiene en la memoria el simple resurgir de una estrella, con su temperamento.
Dice: así es la estrella. De gran corazón, fósforo e infierno (Fósforo e Infierno).

Se hizo así la casa deshojada, se le cayó el otoño encima, encima se le vino el día de mañana
y fracasó a su manera, del porche al grumo de estilo colonial. Del pedestal al cuello balanceante.
La casa era magnífico retoño. Y la casa escribía panegíricos, ladraba con su labia y con su labio.

Luego se la vendió a un navegante que siempre estaba hundido (nada personal)
y olvidó algunas frases, otros temores. Aparecieron grietas
nimias de momento, lápidas ajadas en los archivos del distrito;
como recordaba varias instalaciones sucesivas no le dio importancia.
Es un error común, despreciable, pensó

Pero no se permitía un negocio redondo. Refractaria al contrato; ya, a la visita guiada,
cuando sacaba a relucir sus fantasmas
encadenados a un ritmo de viejas calderas, puertas y ventanas tensas como cerraduras.
Servicial, el viento aseguraba su intendencia acústica,
la lluvia se dejaba (escapar)

Retiene el nombre de la estrella y se conforma. No es poco. El nombre de una estrella
es un extraño libro, un testamento nuevo como un evangelio insolente. Todos sabían
que la estrella era dios, dijo el sacerdote al final del primer acto.

Parece ser que tuvo algún simple tropiezo, sucedió lo imprevisto y la estrella con su traje de nova
salió al balcón que daba al trecho de la Vía Láctea y perdió pie.
Pero en la casa se tomaba el té y nadie protestó.

Dice (más tarde): la nieve no me deja ver, no puede verme.
Y se acerca al telescopio para encontrarse con quién. En serio (en serie). Una revelación.

El llanto consternaba al vecindario, la epidemia fuerte. No podían venderse las mansiones
alineadas a lo largo de la avenida que llegaba hasta los árboles: antes, sollozaban las manos.
La casa que yacía vacía como estaba. Qué vacía sin número, ¡ah!, ni buzón ni encanto,
camino empedrado, cerca pintada... No se acercaban los niños.

La estrella puede verse sobre la casa en llamas,
como puede reconocerse de palabra el futuro, formando un corazón de luz fluorescente. 






miércoles, 5 de febrero de 2014

extracto de pureza


Qué bonita sonaba su piel en aquel vestido africano: remoloneando. Aquellos rizos
leves viajando por el cielo hasta los hombros. El color conocía su color, la piel era más piel
bajo el dominio del fuego; los dedos escapaban al pincel y salían del espejo para siempre,
solo un momento, apenas un instante rezagado, cedido por la eternidad. Sus labios que acababan
de captar un sinónimo culto: el peso exuberante del acento, la sangre
vinculada al signo, la desinencia exacta, el arte mismo sin nada que perder.

Un grito, una canción exasperada, un lazo en la garganta para acordarse del tiempo;
el pecho bombeando aire como si fuera un destino automático, el acto vital
de redondear la melodía, de saberse la letra e incluso la letra del silencio, el himno de la muerte,
que no está escrito aún en otro idioma. La traducción era infinita, un dialecto imposible,
se deshacía el verbo entre las manos vírgenes; la gota de saliva que soltaba chispas
y producía amor en todas partes. Una centella propia acordonando el ojo izquierdo de la noche,
un sótano en la mirada, azoteas surcadas de palomas coronando la frente, águilas en el pecho.
La mente enfebrecida en su carrera, restringidos los fármacos, los libros.

Después del baile, la conciliación. El beso a nadie más, el abrazo suicida, el brazo suelto;
el brazo que se lanza hacia adelante sin asomar el pulso, troceando energía,
catapultándose como un eco desterrado, libre para agotar cualquier hilo de voz.
Su planta estática, ese latir de curvas desplumadas, tangentes, tanto abismo.
La ternura, de fiesta, tras un alud de líneas rojas, atardeceres llenos de memoria.

También su cuerpo alrededor, de visita aquel día luminoso y frío. Cuarenta grados a la sombra
del hielo permanente. La piel más fría que la nieve hermosa, más física que su descenso
arrebolado y seco. Para caer en gracia sin aventar suspiros, sin espacio.
Su cuerpo de un color tan rápido, perdiendo forma, desangrándose a sorbos su silueta,
su especie rítmica estacionada en un redoble azul, su voz pendiente de alguna propiedad insólita,
nuevo don que agradecer a la inocencia, otra falsa virtud que reclamar al espíritu.

Talento en su interior, sobre la fundación de la sonrisa o la cortina eléctrica del pelo;
su cabello en razón, labios armados, sus labios abrasando cada rastro de luz,
cada segundo de arco pronunciado por el firmamento, cada partícula estancada
sumando su atracción universal; ella en su fábrica del karma, precintando un solo poema.

Dos ojos que pelean. Y al comienzo era un salto de piel multicolor;
cuando los ojos transmiten la clase de éxito que sucede al dolor y los versos no hacen falta
para delimitar el recuerdo ni reportar el ansia, entonces, la soledad es bastante, es necesaria,
la soledad es tan clara como un vaso de agua y el amor es un líquido sordo, cristalino y aéreo
que ronronea al fondo igual que un motor sagrado o un corazón a punto de romperse.

domingo, 2 de febrero de 2014

toda la verdad


Llovía sangre. El aire soportaba una reencarnación de primaveras,
dentro de ellas, la luz parsimoniosa.

La chica siempre es ella, firme en su postura,
de sorpresa en sorpresa, ya sale de la caja envuelta en papel de regalo,
ya cruza la calle, entra por la puerta, está esperando, se fuma un cigarrillo
y el autobús cierra filas, aspas. El tornado convierte la soledad en un torno a ella,
en torno a ella vuelan los animales grandes de la granja, las sillitas de enea, la mesa franca
puesta a la salud del pueblo. La intimidad es un verso que suena a basta ya, a déjame
que tengo ganas de moverme (de aquí).

Tenemos lo que tienes que ver, aquí está ella
comiéndose un flan temblando de emoción, tan guerrillera. Sus manos son, flirtean haciendo
eses por la carretera, manos de ángel sin piedad. Está en el gran letrero luminoso
de la tienda que se ve a cien metros si se sube mirando al cielo la avenida. Ella fuma-fuma-fuma.
Sus pulmones son de aire, fuelles invencibles. Pero el hachís no vale lo que cuesta conseguirlo,
la hierba es un perfume y nada más, un buen intento, solo una escapada.

La chica siempre es ella, una muchacha de fondo, al fondo, una muchacha oscura preciosa
siempre, de veras. Es una actriz global, inaccesible cuando camina a contragiro, la pretensión,
el brazo hacia la sombra. El nervio femenino de su anzuelo, su traqueteo férreo, su nombre
de coral azul basalto. Viene frotando el cobre, dándole vuelta al genio de la lámpara.
Sobre su estilo montan los estudiantes un tablado, este escenario para su arte,
el arte de la guerra que se aprende en la universidad popular y se olvida en el barrio.
Ella que dice ¡vamos! y allá que se construye un sitio, el nido umbroso, la hoguera que trepa
al universo. El humo es un extraño, miente y no deja huella,
no sabe más que hablar de sus cenizas. En los escaparates de la avenida sin número,
esa avenida larga, la misma que recorren las chicas malas con sus zapatillas rojas una y otra vez,
subsiste la imagen lívida, la imagen sombra que arrebata el corazón a los artistas
(¿sabes?, donde se funde el iris en la contemplación de un beso).

Manos llovían en la noche cerrada, sobre la noche y su plantación de besos rudos,
caían de otro cielo los dorsos encantados, palmas encendidas. Mientras, la gente así
miraba al suelo en busca de una moneda para comprarse amor. La gente así es así de normal,
así es la gente como recién bajadas las escaleras del portal, recién salida de la ducha,
así como acabándose de despertar del sueño estoico que nunca se recuerda. Tenemos
lo que se lleva hoy, aquí está su cuerpo revuelto con la gasa y el tul, de celofán y espuma,
ella está en la calle y el autobús parando en su nueva parada y las nubes dejando de llover
por un instante en un lugar del mundo. La piedra y el lago, la magia y la piedra, el beso eterno.
La torre del castillo, mudo el cuervo. La historia de un beso sin alma, una religión sin días hábiles.
Todo por la ciudad arriba y la avenida que no acaba, nada de bosque, la esperanza por el fango,
el aire espeso de la seguridad infectándose de miedo. Luz. Y luz. Tenemos luz en el espacio
y en la tierra. Un espejo para ella.

Su espejo derretía. Primer cristal. Al principio, el fuego alzaba su manita en clase
para preguntar al sol. Nuestra chica del cuento -princesa o no- silabeaba el baile clásico,
la gran manzana, barría ojos con los labios pintados de marfil. Y guardaba un secreto deshonesto.
Leía novelas bravas, se sabía Jim Dodge de carrerilla y estudiaba la norma ascética de Coover,
el filamento de Noon, la armónica culposa de Steve Earle, el trago más amargo de Edward Bunker,
el entero corpus incorrupto y sincero suspendido en el pico del águila imperial.

En el espejo, la paradoja final de la belleza, la ocultación del mito, la carne en su metáfora,
en su país de sombras, aterida pero solo del calor trazado en la memoria como una cicatriz.
La perla suya derramándose siempre por la mejilla lunar, su cuerpo esférico
bajo tres dimensiones. Y un tiempo de penumbra
para (no) enamorarse.





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