lunes, 30 de junio de 2014

primera línea


Iba a escribirse un verso apurado y coral.
Estaba la pluma.
Estaba la luna.
Estaba el papel hermoso color avellana. La idea revoloteaba entre la tormenta de ideas de los sabios.
Los sabios intuían el poema, pero no el verso, producto de una mente insana.

El verso podía ser neumático o andrógino. El andrógino vestía un traje chaqueta e iba sin maquillaje,
llevaba un corte de pelo a lo garçon. Su pelo era tan negro que una estrella chocaba contra el fondo.
En cambio en el neumático todo era excesivo, una talla más, todo sobresdrújulo, de verano.

Los versos de verano son impúdicos y beben demasiado.

Así que iba a escribirse un verso invernal bien constituido. Justo eso.
Estaba el teclado.
Estaba el pecé.
Estaba la pantalla ultraplana y ecológica a rajatabla. La pantalla era también preciosa
y parecía reclamar un tratamiento impactante, pulsaciones, latidos con significado.
La estética del caso era puntual, puntiaguda, no pasaba por su mejor momento.
Humo que echaban las mentes prodigiosas.

Se propuso alquilar un sinsentido o un pensamiento débil y barato y luego reconducirlo, trabajar con él,
darle forma mediante una sucesión de agudezas generales. Bombardearlo con materia gris.

Reclutando a un gran poeta. Una chica muy bonita desesperadamente rubia. Oriental. Una chica africana
o afroamericana de trémulos labios temblorosos. La chica morena cruza las piernas
y comienza a pensar.
Se desata una invasión de luces, una pléyade pletórica de cirios máximos. Se encienden los incendios
que maculan el horizonte y desperdician trama. ¡Oh, fuego promiscuo! Arde.

La propiedad.
La integridad.
El valor de una palabra interminable. La poesía se agota: bienvenido el horror, el dolor, el arte.
El verso está acabado. La muchacha se levanta y se alisa la falda con un movimiento dulce.
Se toman instantáneas del evento.

Estaba allí la sangre; había tantas lágrimas.
Hay una huella, como una marca, un rastro.
El beso en el papel, una violeta por el aire. Un beso que se apaga antes de empezar a arder.




domingo, 29 de junio de 2014

la inmaculada concepción del verso


Hay una mancha en el abecedario.
Una espantosa flor. Están la P, la Q manchadas de grasa como la hoja de papel
de periódico que envuelve el bocadillo: un rato a la sombra.
Es una mancha estratégica. Poética.

Se dividen las letras en razón a su esplendor. El poeta tiene un modo de creer.
Su manera de estar enamorado. Hay una mancha estricta en su carrera, un borrón en la historia.
Es necesaria una pizca de culpa, una pizca gigante de dolor, un roto en el costado,
un descosido enorme y antiético.

La primera letra fue cualquiera. Era Mayúscula y encabezaba una patrulla cósmica; su misión:
salvar la tierra con sus moscas y su reja panorámica y global.
Es preciso un fulgor inoperante, tan oscuro. Para esparcir la claridad del pensamiento,
su llama viva, hace falta una muerte controlada, una renuncia curtida en el exceso y la ausencia
(que viene a ser un mismo patrón).

Su letra musical decía un rápido fraseo, una guitarra al estilo del sur, el frente amplio de las artes.
Ahora el silencio se condensa en un cubito de hielo
que hace ¡plop! al ensuciarse. He ahí el ruido total de la galaxia, la suma
de las supernovas. Pues el poeta se debe al éxito y es la gente que lo rechaza y lo abuchea
la equivocada, siempre.

Vamos a manipular el arte a quitarle una letra íntima, a sonsacarle la verdad.
Veremos un fácil interrogatorio, sin violencia apenas. ¿Quién? ¿Dónde? Y, sobre todo, ¿por qué?

La bestia está cansada de perseguir bellezas inconscientes. Quiere su dominio.
Quiere un traje de los domingos y un misal, quiere tatuarse en los dedos de las manos Love&Hate,
un sombrero guapo para hacerse la interesante.

Esta mancha no se va. Se extiende perdurable, existencial por la inmensidad del plano,
contamina los ríos caudalosos y los manantiales, arruina lagunas vírgenes. Es un cuadro abstracto
colgado en la salita del pastor de almas. Un desgarro en la urdimbre constante del sistema.



















sábado, 28 de junio de 2014

quién ha bailado así


Nada mejor que verla de mañana,
nueva para el reloj, recién nacida,
tan cerca del secreto de la vida,
tan física, tan fieramente humana.
 (anónimo del siglo XXVIII)

Y, ¿cuando no haya baile?. Sus zapatos
arlequinados, que se marean un poco (¿adónde han ido?), ¿qué harán?
Hay un camino largo y especial que no conduce a las ciudades, que parte de la gran ciudad y no se acaba,
llega hasta el suburbio y no se acaba, se retuerce cerca del vertedero
y no se acaba jamás.
Lo recorren todos los días un pelotón de niños sin mochila, sin balón. Niños que hacen el chorra
y se pelean, vivos todavía. Juegan las niñas, y una de ellas llegará a salir a flote,
tal vez se haga cantante cuando le cambie la voz.

Janelle, si baila, monopoliza la hermosura. En cada parque del mapa un modelo completo
dignifica el ambiente con sus actualizaciones y su mejor sonrisa de cristal. Pueden llamarla Cindi
o Rebeca, también por otro nombre realmente palaciego que no sea Carolina.

En este momento ha empezado a moverse, tan resuelta, impecable; un paso que se multiplica por mil
y son dos pasos, suficiente para crear escuela. No es ejemplo de perdición aunque muestre su anhelo,
su contrariado afecto. La luna del espejo metaboliza la imagen radiante, borrosa de su cuerpo en llamas
y retorna una silueta comprensible a ojos del público cortés. Las madres se empecinan
y alguna de ellas
tal vez vea crecer un rayo en sus entrañas.

También hay hombres, claro que se mueren por una resistencia, un trabajo de acero;
hombres que manejan con solemnidad sus automóviles para el desguace
o consiguen gangas para matar el tiempo. Hombres que no quieren a Janelle y la desean
porque es perfecta y come como un pajarillo, tira como una locomotora de vapor.

En este parque, Cindi abre los ojos y se mueve hacia la izquierda (un movimiento anárquico).
Inicia un baile que reposa en la nube más cercana y tiene sus ribetes de danza de la lluvia,
otro espectáculo de las caravanas. Digamos que la hierba es el material
del que están construidos los sueños de la gente. La gente que sueña con grandes praderas es normal.
Cuando baila, Janelle se llama así. Sus caderas oscurecen el cielo y su pelo roba luces al ocaso.

Entresemana toda la vida es prolegómeno, no se divisa, es un estadio que se anula.
Fatalmente, pasan los días como radios y en la radio siempre está sonando un presidente muerto.
¡Ah!, pero el sábado. Los sábados tiene que llover y no lo hace, tienen que llorar y no derraman
una sola lágrima. El sábado pasado, Janelle tuvo una fiesta en el salón y cantó una balada
sin título acompañada al piano por un duende.
Hubo baile y sus zapatos contaban con los dedos las baldosas, hacían eses sin explicación.

Ahora, el viento cae por el balcón abierto. Los niños vuelven a la carga.
Pero el silencio tiene nombre de mujer.

miércoles, 25 de junio de 2014

futuro perfecto


Mañana volvió a llover. Charcos por hacer(se), gotas pálidas. Dando el invierno
gratis a la manivela del calor. Regresaba Janelle de su desplazamiento periódico con el corazón
sobrecogido, ya que esperaba encontrar el amor.
                                  
Alguien lo había escrito:
«Dentro de poco, el amor será la joya del sagrario, un espectáculo intolerablemente serio.
Las muchachas reirán entretenidas. Se irán a casa después de todo. Luego bailarán en los portales,
recitarán su lema en la escalera y besarán a los padres que descansan».

Mañana, de repente, se hizo nieve. El granizo lloraba. Los glaciares inundaban el alma.
Pero los caramelos no habían aumentado su precio y el niño pudo relamerse por última primera vez.
El frío era una escafandra tentadora para estar a salvo. Presenciar el frío reservaba su intriga,
su parte nostálgica. Janelle se venía del calor que hará
cuando la estrella se estrese finalmente
(las estrellas tienen malas pulgas: son tan insociables).

Aprender a bailar es como aprenderse. Aprender a besar es como beberse un zumo de melocotón.
Los pequeños bailaban atónitos por no llorar. Así entraban en danza y cosechaban energía.

Ella nos dijo que no habrá Princesas. Entonces no había un reino
ni sus héroes, las espadas carecían de valor, las armas no eran peligrosas sino artísticas.
Era de temer la magia. Quienes conocían algún truco proferían amenazas
y se granjeaban el respeto: cuestión de actitud, como en el rap.

Lo cierto es que Janelle no rapeaba, afinaba tanto que podía grabarse en una caracola,
en un tronco centenario. La música se filtraba y disponía sus adornos de carbón,
figuritas en el mismo árbol de navidad.

El tiempo se perdía entre relojes y citas, maneras de no verse y de no hablar.
El beso que esperaba se había retirado de la circulación y echaba a andar y se marchaba pronto,
se quedaba solo una hora más. Hasta las diez.
En el parque, las diez no habían sido nunca. Janelle paseaba sin fumar siquiera, empezando la noche.
Un cuerpo ajeno, el miedo. Sintió su escalofrío preferido, aquella mano en la cadera que fue el amor.
Sus labios se sacudieron la promesa de un momento feliz y alcanzaron su fase magnética por separado.

Gracias a la oscuridad, en el preciso instante en que la lluvia dejaba de pensar en su futuro
e iniciaba un prometedor descenso sincopado, alguien encajó un golpe de suerte (acaso inmerecido)
y tuvo una visión: en aquel día de mañana, llovía y ella
-sea como fuere tan hermosa-
observaba caer las gotas pálidas desde la ventana rota de su habitación.




lunes, 23 de junio de 2014

germinal


AZ está en casa y aunque nadie la vea sigue siendo hermosa como un pequeño barco de vela.
Fuma. Está fumando porque es joven. En la televisión un maratón de dibujos animados, el Pato Lucas
cabreado, Bugs por ahí también. Azealia ha dejado en la mesilla la novela de Walter Mosley
justo cuando Mouse estaba punto de cometer una de sus sangrientas equivocaciones (un buen momento).

Afuera el barrio bulle y rebulle de
vida,
todo muy sespiriano, destacado. Digamos que el calor no tiene la culpa.
Hace calor. La música ha desparecido del mapa pero claro que no (se nota), nunca lo hace.
Ahora está sonando un rap poco elitista, apaleado, el aleluya de los perdedores más recalcitrantes.
Abajo, en el parque, se produce la enésima acometida de la sangre. No son bandas,
solo muchachos que buscan una excusa para pasar la tarde.

Un perro que afronta la pesadilla del tiempo con resignación y cierta hombría de bien: mejor imposible.
Está el tiempo que ha decidido quedarse.
Vino para quedarse en algún instante lejano cuando aún no tenía detractores,
el mesías era un ser de otro mundo
y dios se zampaba piruletas como un niño malcriado
(con la diferencia de que a éste nadie se las compraba, las creaba él mismo).

Luego dios pensó en los monasterios y empezó a creer en sí. Los hombres, por aquel entonces, eran negros
y el racismo no tenía pretendientes, era pura ideología celestial. Así que llegaron los hielos
y el hacedor se constipó y dejó de interesarse. Más o menos.

Y hasta aquí la Historia. AZ no termina de pensárselo. Está imaginando un blues con rimas aterciopeladas
mientras se pinta las uñas de los pies de color manzana (un color inteligente). A tres manzanas de allí,
las chicas pedalean y muestran algunos tatuajes. Y todos fuman como si fuera el último día de sus vidas.

Hay un muchacho con sobrepeso que anuncia su mercancía en absoluto silencio.
El trasiego permanente pertenece a la cotidianeidad y sus monolitos, como los santos de la isla de Pascua,
que no están bien ni mal, pero aguantan el tipo y se comportan.
En el comportamiento está la salvación.
Ya no suena Dre, ya no suena Snoop, ya no suena Nas. Suenan otros con sus muletillas.
La lluvia no se aprecia porque siempre está lloviendo bajo el sol.

Esta lluvia es un escándalo, no deja salir de casa. AZ en el sofá templando su corona, la sortija fatal
que no se pone, la pulsera de brillantes que es tan cara y azul.
Porky se despide algo abochornado.
Hay una terminación, un acabose que insta e inspira y guarda relación con un despido colectivo,
un movimiento de tierras, un desprendimiento estudiado. Da pena terminar así.

Y ahora la radio se enciende y mastica una propuesta.
El órgano que avanza a lo John Legend sin The Roots. Una base que fascina por su fragilidad de uso,
tan útil y, sin embargo, tan espesa. Cuando llega la voz, cuántos la esperan, cualquiera está cantando
y su manera es la del vértigo, su acento el de la fuerza, su piel la de dios antes del génesis. 



sábado, 21 de junio de 2014

otra historia sin final feliz




¿Qué fue de su belleza? ¿Qué se hizo
de aquella imagen cincelada en roca
y aquel cabello que rizara el rizo
de aquello que se mira y no se toca?
¿Qué fue de aquellos labios, del hechizo
de aquella pura y desolada boca
que por arte de magia se deshizo
en  tanta voz y tanta risa loca?
¿Qué de su melancólica manera
de mirar con el alma para fuera
y los ojos abiertos hacia dentro?
¿Qué de su corazón inviolado,
latido por latido, el más amado
y del que tanto amor fuera al encuentro?




No es una estación, carece de la cualidad precisa y optimista de los cuerpos inmóviles,
de las realidades construidas. Cada realidad observa su cultura, su monumentalidad, esta calma frustrante
deuda de la suave monotonía. La fijeza mantiene su orgullo intacto, por lo que no puede hablarse de su valor.
Existe una necesidad imperiosa de cambio y transmutación,
una industria boyante de la variedad y el gusto. Así, lo que no se altera, lo que permanece, lo estable, cansa.
La monarquía es un berrinche institucional, horrible. Los reyes son figuritas de cera poco agraciadas y flojas.

AZ sabía algo de algo. Conocía el prospecto indicado. Había estudiado la posibilidad más oportuna.
No en vano, era. Era una Princesa encandiladora, sin padres permisivos ni padres anticuados,
sin padres reinantes pero con una gran dote, un tremendo baño de oro por la espalda. Nada de miseria
ni penalidades en su dulce vida y obra. Su obra era excesiva, un poema glorioso.

La traducción del poema glorioso de AZ era otro cantar. Fue una Empresa directamente encargada
a un poeta menor colgado de una percha, hecho de flores, partícipe de un libro incomestible.
Azealia lo cantaba bien. No era por esto. Se metía con los pobres raperos y dictaba su norma eléctrica
(incluso para J). Ni estaba en guerra, ni entabló batalla con el KRIT. No tenía que ver.
Sus canciones no colisionaron; onda por onda, no invadían el espacio cuantificado, líquido en esencia.

Es inevitable la digresión hablando del extremo. La procelosa belleza exige un alma en danza.
Ahí llega Janelle, representando. Su motivo se dirige hacia el suelo primordial, el piso muerto.
La escena anda abarrotada de estelares movimientos. Las paredes más gruesas no consiguen evitar
la difusión del ruido que rebota musical y andrógino, nada periclitado.

El poeta no llegaba, no. Y AZ se mofaba de su angustia, de su proceso terriblemente lento,
su creación tan deleznable, arreligiosa, atea sin duda, que no sacaba lo mejor de sí, del texto inusual,
la maravilla léxica que hacía reverdecer los campos mustios al ser recitada o en silencio por su propia
fuerza sensorial, la fuerza del eco que no se ha pronunciado y ya devasta. La poesía se quedaba corta
a la hora de plasmar los minuciosos escorzos gramaticales del estro mayestático, la frondosa
postura de la prosa correcta, el epitafio de la literatura en ciernes.

Había que forzar un mantra estólido, algo inefable a la altura de la fortuna exótica repantingada
entre las líneas y también en el blanco del papel. Las letras que eran lyrics y formaban un corpus íntimo,
el relato fascinante de la desafección.  El poema basculaba entre la lírica barriobajera y el romanticismo crudo
de los arsenales, entre la facundia y el tránsito. Intraducible, inexplicable. AZ sobre un monopatín
quemando asfalto. La Princesa embutida en sus shorts plena de extensiones capilares y fiereza cosmética
revitalizando el arte con rectitud y mala idea.

No se acaba con la belleza intranquila.  Ésta se desencaja, continúa el baile,
invierte sus ahorros en una máquina de discos. Flirtea con desconocidos en el andén del metro,
bebe como un cosaco, se droga hasta la náusea de la heroína. Que no se tranquiliza su hermosura móvil,
puesta en funcionamiento con solo apretar un botón intrascendente en la cabina de mando del Olimpo.

¡Oh, la felicidad! No se concede un momento de reposo, siempre perseverando en la desventura,
profundizando en el rencor, masificando el odio. Y entre todos los versos acabados, entre tanta penuria,
la imagen completa de un paisaje independiente, los ojos, la boca fundida, el hueco reciente de la soledad.
Dentro del cuadro, la simplicidad de un reto por el color más auténtico y el marcado acento que brinda la confianza.




miércoles, 18 de junio de 2014

donde se discute la longitud exacta de los besos


A sus labios acude la distancia. Se multiplican los besos bien doblados.
La información viaja en discretos paquetes de confianza que contienen el inicio de una canción,
evocan un recuerdo misterioso. La verdad ha ocurrido ya. No volverá a mediar de esa forma
continua y elegante, esa manera luminosa. Ahora y para siempre suena la cara B de una promesa.

Sus ojos inauguran un pasillo oscuro que desemboca sin miedo. Prolongan su mirada
hasta el foco. El infinito trama algo que no puede resumirse en la primera frase calculada de una novela gris.
Todo está incluido en la llama oscilante de un candil: la parsimonia de la edad, el agua y otros materiales.

Ella sabe que la distancia no implica una rendición, por más que su final agote la memoria.
Su belleza es un arma cargada de nostalgia. Pero el cuadro miente y se reinventa;
es una locura. Pararse un minuto a observar el futuro temiendo repetirse sin descanso.

Tremenda tensión: aire abocado al olvido. El aire, materia prima de los sueños, abre su vientre y crea.
El nacimiento de una obsesión. Es un acontecimiento de color azul.
Aquella manera luminosa fue un error de estilo, un modo agónico de no engañarse
pese a la evidencia en contra del amor y la magnitud escénica de la separación.

Hubo tal vez un tosco magnetismo, se produjo quizás una atracción disimulada por el espacio. Acaso
fue una palabra diluida entre montañas de signos, bits obedientes, groseros ejercicios de las máquinas,
absorta en su medida y sin embargo tan radiante sobre el horizonte reticular del universo,
tan frágil y de nuevo gigante bajo el ruido y la furia.

El espacio tiende a la prolongación indefinida de sucesos, es como un cuerpo gesticulante.
Es obvio que el amor sucede igual en cualquier dirección que se pronuncie;
en la lejanía, ¡habrá que conformarse con el eco!

Ella bendice su palabra en la conciencia antes de que su pensamiento celebre la consideración del vértigo,
antes de que se facilite la razón al músculo, mucho antes de haber sido larvada por el dogma.
¿Verdad que no se tiene? La verdad no se sostiene, se viene abajo
con el estruendo de una bomba H detonada en el vacío.

Tipo Test. Basta de deshojar margaritas y tréboles. El amor es tipo test,
consiste en elegir. Ella siempre escoge la rosa. Nunca escoge la rosa. O qué más da.






domingo, 15 de junio de 2014

el oficio más ingrato del mundo


Crónicas acerbas, frescos manantiales, palabras esdrújulas. La situación es crítica
para la literatura, que no parece un arte sino una secreción inevitable del tiempo,
el continuo que discurre
y se va narrando
literalmente.

El ejemplo está en la calle, en la chica que pasea con su perro o sin él, despacio
o tal vez echando chispas y empuñando una radial en su apogeo sónico,
cortando baldosas con profusión de acerada pulcritud.

La literalidad es lo que ocurre, es lo que se le ocurre al realismo cochambroso
sin trampa ni decorado de cartón piedra que lo avale. La muchacha que es guapa o vulgar,
que viste bien o mal, pero con zapatillas adecuadas al baile que ha de trascender.

Está invitada al baile.
No todas lo están. Se desliza por la acera y el sacerdote cómo la observa con ojos libidinosos,
turbios como el alma de algún dios. Por contra, que paz acude al espíritu del trabajador solitario
que se toma su tiempo antes del descanso para aprobar la hermosura fugaz de su existencia.

La literatura ya no se parece al arte. La poesía ha madurado como un coco,
ha florecido como la mariposa del té.
Y los poetas.
Se comportan. Adquieren hábitos funestos.

Un poeta adoptó la costumbre de hablar en términos poco edificantes de su propia obra.
Afirmaba no conocer nada del amor ni de la vida.
Y algunas muchachas se lo reprochaban entre risas y jolgorio y le espetaban alegres:
¿Para eso eres poeta? Más te valdría hacer algo de provecho.

La crítica, indefectiblemente, montaba en cólera a cada paso en falso de la pluma casi inédita del vate,
tanto como loaba la inefable virtud del autor cotizado,
su genuino reclamo editorial,
su valor de mercado. Por tanto, el crítico severo hinchaba el pecho como un pequeño zeppelín
y vagueaba en los cafés, ojo avizor.

Ella cantaba para el poeta y el silencio decía que sí, establecía un baremo imparcial del buen gusto
imprescindible. Se daba una expansión de ambas conciencias al unísono entregadas al sufrimiento
puro de la creación artística.

En el escaparate, una ración de arte maquetado y compuesto, con su etiqueta de consumo preferente.
Todos en el negocio de hacer las preguntas oportunas.
La poesía contra la pared planteándose estas cosas del oficio.




"Valkyrie"
model: Kinga Józefiak
designer: Agnieszka Osipa costume & fashion designer
assist: Remigiusz Babiło
photo: slevinaaron
Soneto Crítico

La crítica y su espíritu funesto,
harta del arte que es su bestia parda,
harto su estómago del indigesto
guiso sublime que en su mesa aguarda.
Viene la nueva pluma echando el resto,
sin padrino ni dios -pluma bastarda-,
en la artesa unas rimas de repuesto
y una voz que ante nadie se acobarda.
Fundado en su criterio partidista,
la espera agazapado en su revista
el crítico más duro del momento,
harto de hacer reseñas complacientes,
armado de sarcasmo hasta los dientes
y dispuesto a guisarla a fuego lento.






viernes, 13 de junio de 2014

uppercut


El poema se blinda. KRIT avasalla el silencio. Y ella en aquel planeta suyo
con su pensamiento, su privacidad, su sol también. Todo puede llegar a ser descorazonador
sin necesidad de desmandarse. Los corazones tienen sus reglas y no siempre terminan empujando sangre.
Ella barre con su mirada un sistema virtual, nada le llama la atención, nada.
Proliferan los nombres, las fotografías de autor, los mensajes plásticos y generales, los mensajes acústicos,
las letras descarriadas y los anuarios de saldo.

KRIT tiene la llave, que para eso es el monarca más democrático. Su sonido es un gancho
a la mandíbula de cristal del hombre blanco (hay un crujido). Se nota que este rap es científico en el método
y en el discurso. El discurso a ella le dice poco: otro poema. Luego surgen las dudas acerca de la calidad
del aire, que si hay bastante rima viajando al polo norte, si la tercera costa ha entrado en erupción.

Pero ella toca la guitarra y desliza sus dedos con un chirrido por el mástil, con la inocencia debida,
la fortaleza. Su voz se compenetra con una especie de intermezzo que contiene también algunos trinos,
algunos golpes secos, la fuerza del viento. Así que no avasalla, se trasluce una cierta tensión
que gravita entre objetos sin forma. Por su parte, la voz se llama como ella, lleva ese nombre africano.

Todos los árboles tienen su raíz. Las canciones tampoco pertenecen al mundo de los sueños.
Hay una canción arraigada en la tierra, como todas, que florece sin mácula.
La flor es para ella, para el pelo. Porque es hora de hablar de la dulzura, sus labios de café, su aristocracia.
Es el momento del alma, ¡cuánta luz! Se acelera la voz, el pulso, el pálpito.
Las palabras abandonan su confortable estado y representan.

Ahora nadie quiere saber nada de ella, salvo el poeta. A nadie le interesan las mociones, las respuestas,
los malentendidos. Nacen melodías dispuestas a crecer sin atención, a parecerse al miedo.
La canción se vuelve un coro de ángeles. KRIT escupe realidad porque no hay otra cosa (....) menos real.
Sueña realidad y describe fantasías Tan Emocionantes.
El poema se blinda. Es el comienzo de una bonita amistad entre una sombra compulsiva y su gigante verbal.

Ella es hermosa (¿quién lo dice?). Y quién lo grita. El espejo del baño no lo va a negar.
En el autobús, en la cafetería, ninguna piel protesta, ninguna afirma lo contrario. Se ha rendido la luz,
sin embargo, a su pura excelencia, la callada plenitud que plantea su encanto.
Ni libros ni escenarios: una silla a la puerta de casa
y un verso que no sabe a quién le importa.




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