martes, 28 de abril de 2015

humo al final del corazón


En su corazón se asienta una ciudad roja como el baile, un desierto azul como la hierba.
Alto corazón con sangre de paloma. En la ciudad todos piden auxilio, desde la enfermera
guapa vestida de blanco, hasta el reverendo en busca y captura; el agente de bolsa y la detective de homicidios,
todos buscan la verdad en un grumo de café, la belleza en un gramo de cocaína cortada con speed barato
y desamor. Los edificios ruegan misericordia, bien tallados, obligados de estatuas y mármoles peludos;
son raros edificios de diez plantas sin escalera de incendios, bien acabados, remachados de estatuas
y pivotes, rampas aerodinámicas para ver las estrellas. En la terraza, toman el sol desnudos los caballos negros,
aquellos jóvenes rezagados.

En su corazón el baile se torna una amenaza (la raza es importante,
novelística). La tarde cae ausente sobre el sueño de la luz, que yerra una y otra vez su aprendizaje.

Lo correcto sería sucumbir al encanto efímero del arte ciudadano, hecho de esferas y tiempo que perder. Lo difícil
es no fingir ante la industria que ensaya fórmulas sofisticadas de practicar el desastre.
Por la avenida, que repite sus tramos característicos, circulan los abetos de una vida mejor, las navidades
del padre y un mes de vacaciones pagadas en un infierno-tipo (nada de trabajar durante el mes de vacaciones
pagadas en el infierno). En la ciudad el trabajo no existe, no insiste -por el momento-, hay un paro estructural que no permuta 
ni se detiene en estadísticas. Distintos ángeles se ocupan de limpiar las calles con estruendoso batir de sus alas
largas como tablas de la ley, enunciadas en idiomas ocultos.

Su corazón favorece el dulce empeño, la sinceridad que daña por igual y completamente a la familia.
En la ciudad hace años que los árboles pasaron a una vida diferente, más subterránea, no tan a la vista, pasaron a ser
dominio público invisible, como si fueran billetes grandes, obras de arte al alcance de la pequeña burguesía
no-ilustrada, despiadada, inútil en términos tradicionales. En el desierto florecen las arterias deducibles
y una renta per lápida -superconductora- que achicharra las fiestas de guardar; las palmeras han dado paso
a un césped irritable que no se puede fumar.

En su corazón hay un estanco donde se vende amor
en frascos de nicotina gris; oh, tristes hilios inflamados, hilos de humo como antiguas señales.

El amor recuerda un instante de benevolencia y una eternidad de ayuno. El hambre es el defecto, el efecto
expresivo de esta clase de amor. Llueve sobre el asfalto al rojo vivo, la lluvia ácida percute
y abrasa sentimientos con cadencia estipulada, doméstica. Las estatuas van cediendo su contenido formal hacia la curva
abierta de los planes de futuro, como personas corrientes. Ella se figura una alteración
depende de qué estilo, sin tribulaciones, el largometraje de su existencia pasado a fúnebre, fatal velocidad,
a toda máquina, con las máquinas a pleno rendimiento de sus engranajes palpitantes.

Y entre tanta fidelidad cruza un atajo de sombras que no se inspira en nadie, toma aliento en la espesura.
La redención atruena por debajo del mar como un seísmo controlado. Ella aduce una infección espiritual para deshabituarse,
un dolor agudo en la parte que ama y linda con el resentimiento; dice que va a portarse bien, pero ya no lo cree
porque lleva una ciudad abandonada y un desierto en mitad del corazón.



JR Artist

sábado, 25 de abril de 2015

el proceso


Escribir sobre (...). En código de alto nivel: indescifrable.
Escribir para un recitado rápido, al filo de las olas, en alas del viento cuadriforme. Solo por ser del sur,
esa extraña rapacidad del ambiente. Solo por ser del soul y con el ruido del aceite crepitante.
Se escribe sobre el silencio, en silencio. Todo por decir, hasta su nombre, su cantidad,
su libro. Cada uno con su libro entre las manos vacías, algo entre manos, un asunto
turbio, como casi siempre. El poema ya se mancha y mancha los pulgares de ceniza, de tinta, los entinta
justo para estampar la huella, es una comisaría, una aduana.

En comisaría se oyen los portazos, como en el poema, que se cierra en banda. Ella ha abierto una ventana
y el sol desarrolla su talento para la infiltración, quema más que un deseo. La realidad es blanda con sus héroes;
ella viene a ser real, ha terminado con su espejo una relación adulta, sus manos ya cartografían
el sendero único del parque, aquel con sonido a flor, última flor.

Ha decidido quitarse el pañuelo, ponerse un vestido; una elección difícil, engorroso trámite,
que así se escribe el mundo. La reseña del cuadro es admirable; el vestido tiene una caída que se encoge,
un suicidio a cada paso y está hecho con una tela rota, confeccionado con suficiente amor.
A la sombra, parece del color del pelo tanto como del color del mar. Sucede un cielo azul que no acierta a desentonar del todo,
prístino o primerizo, que oscila como un pájaro valiente. Ella diseña a toda prisa
un género de dudas anterior a la masacre, un verbo intransitivo para salir de casa sin peinar.

Se conoce que el espejo tenía su costumbre, el acero de su pelo negro lucía demasiado tranquilo en la pantalla,
demasiado curioso, brillante como un término inusual. El lenguaje espectral absorbe claves
inicuas. En su habitación, el criptógrafo sufre las consecuencias de su profesión, el lector abunda en la materia,
quiere leer trozos de vida, contemplar escenas de otro tiempo. El descifrador anhela el universo
insano de los versos, su procacidad juvenil, las piernas de la poesía: esa desnudez.

Keny voltea un segundo. No hay concierto ni es momento de tomar precauciones.
El poema arranca a desinstalarse en el sofá produciendo una nube de humo que no se tiene en pie. Su primera letra
es débil como una promesa, contiene la promesa de una revolución maldita, un espectáculo
de masas fundado en la coreografía de la desesperanza.

La escritura es una acusación formal, un proceso contra el alma, una escena en el teatro de la soledad.




jueves, 23 de abril de 2015

una equivocación


¡Hagan literatura, señores! El casino abre sus puertas. Al vagabundo no le ha tocado la lotería,
pero tiene un libro en la cabeza: novela realista. Hace falta sudar para que se cuele el frío por la página,
es mejor dejar la hoja en blanco en el alféizar, así como en el mes de enero,
que entre una indefinida sensación de malestar, la ventisca retrógrada que inunda el cerebelo.
Qué buena distancia se toma entonces con la gloria, la calefacción central, la caldera del gas.
Es la distancia tomada por la cuadra, con sus animales gigantes pegados al burladero, sus animales
dóciles, prestos a la coz atrabiliaria, aunque mansos y bellos
como estatuas cubiertas de mugre, luceros en un espacio convicto.

La falacia es que ella haga literatura con una leve inclinación de frente (si acaso fuera posible tal estigma,
tal contorsión deliberada). Sobra el currículo machista, vertiginosamente entregado a la dominación social,
tan atávica, secular por parte de su dogma. Algún teórico falta a la verdad vestido con la túnica
rampante de los sacerdotes, la magia estéril del creyente adormilado.

Ella necesita luz para contar la historia, que no es que la conozca,
no es que no haya ocurrido, que no es que no se le haya ocurrido mientras camina hacia dónde
con las manos libres y sin auriculares, sin nada entre las manos salvo una pelota de aire fresco
casi puro.  Tampoco existe el perro que debería corretear a su lado con estela y eficacia caninas, con retintín
perruno asfixiante en su dulzura, grabable y recargable, sampleable en cualquier versión menos literaria
o más afín a su existencia.

Toda estridencia funciona a medias, desde la descripción acalorada hasta el fondo de armario miserable,
documentado a golpe de magna enciclopedia, como de incógnito. La brevedad aquí funciona como un funicular
que se desplaza con un ojo puesto en el abismo, se precipita; la brevedad que es la trampilla
del maestro zen y su haiku deprimente que tanto acelera el pulso de los diletantes, tanto desagravia,
¡qué manejable! Si es preciso recitar sobre una multitud de diez personas enteradas de algo,
que han leído algo (¡no va ser a Bernard Malamud!), saben lo que vale un cubito de hielo,
su tintineo falsario adecuado a la ración mensual de manicura por el arte.

Esta muchacha escribe para el rap, lo que no habría de sorprender a nadie, dado que el rap
es la inocencia de la nación, encarna lo más entreverado, lo enjaulado y demás, lo más cuerdo y cercano al bien común.
Dios aplaude las rimas y las colecciona con deleite, se las aprende en un chasquido, en un latido
de su corazóndejesús: es un hecho. La deidad, del lado de los genios, como siempre.

Ahora habrá que hacerse un nombre como un salto mortal; Keny ha escrito, no con sangre,
su nombre sobre el agua (puso Keats: una equivocación). Y la canción seguía infatigable, decía infatigable
que la gramática se le iba por los suelos para volver atrás, romperse el cuello
hacia el fulgor extremo de la belleza muerta. Un resumen en contra del poema (elogio del famoso borrador).




domingo, 19 de abril de 2015


Hasta un rostro sin rostro, el arte ha deportado el silencio. Pestañas como las manillas de un reloj de pulsera.
Tronos vacíos para una política dulce, el recuerdo de una fecundidad extraordinaria,
un egoísmo rural. La palabra y el voto, el verso y su coda, la verdad y su ingrata parentela; revueltos
con un dígito de sangre apelmazada, la huella en el catastro.

La policía acude con presteza, ley en ristre, desordenadamente. Dijo el sargento: perdimos los modales.
Hay una joven que realiza sueños como lienzos demasiado blancos para la música.
En un sentido estricto, la abstracción consiste en un pequeño lío que se traen los poetas con la luz,
que no les representa -dicen-, que es harto difusa, no enlaza con sus reivindicaciones
sindicales; la reacción es un cohete contra la institución sagrada y sus matices,
un corchete fugaz en la línea equivocada, el banderín del hoyo cuatro sobre el campo de minas: hagan par.

De acuerdo. La belleza suple, suma, garantiza. Cuando estalla el terremoto y se desfiguran las notas,
los astros palidecen en sus órbitas, no concuerdan los vicios con los planes y la felicidad
se desmenuza en sacos terreros o fichas de dominó; ¡oh!, la belleza emerge inexcusable, psíquica,
transportando un elemento grave, no nocivo, sincrético, virgen como la primera vez
de la memoria, la primera radiografía de tórax.

Hay un no sé qué de la fortuna que no pierde pujanza ni se obsesiona con el fondo del río. Por ejemplo,
la muchacha que lleva los calcetines blancos y la blusa morada a tono con esta luz preciosa
que alardea de brecha o infinito, cómo camina su réplica infantil, culmina su proceso -y su procedimiento
es ágil-, cómo entra en combustión sin demacrar el ambiente. Esta chica francesa
que hace girar el  mundo a título de aliento, su gesto directo a la mandíbula del aire, un potro
antisistema. Gente que observa probabilidades y se queda extasiada, inflada de extrañeza en bruto,
algo tan puro y raro como una obsidiana en la colada, un diamante en el parque de los príncipes.

Ahora suena una canción llamando a la belleza por su nombre de pila: Tú. Su ritmo contraviene
las normas, el sueño no descrito, ¡pero con qué fabuloso dramatismo! Los disturbios suceden en la cola del paro
y la policía acude con tamaño, poderosamente, crece en consecuencia y se bifurca, lengua y predicado.
¿Qué significa un verso sino la decepción de la mayoría?

El arte se condensa en los poemas que faltan. Ella ha escrito el poema que tiene que salir,
el de portada con su pórtico libre, el poema que tiene que romperse la cabeza en la rodilla, en el bordillo y el yunque;
otra hemorragia de sinceridad: pronóstico reservado. Es tal el trauma, la violencia creativa
que surge del fracaso, ¡es tan bella la fauna! expuesta a su peligro de extinción, la metáfora que llueve
sobre el alma, el cálido rearme y el enjambre humano. Un punto muerto, parafraseando al premio nobel de la paz.

Prólogos ha de conocer la Historia, historias con final urgente. La dorada quietud de las palmeras,
alterada siquiera por el tedio: un viejo trovador asmático. Y la crema fluvial de sus mejillas
derivándose por el terreno como un tierno romance entre la luna llena y el crepúsculo. Sus ojos
extranjeros dando forma a la modestia, su cuerpo ajeno y solo entre la multitud de otras personas sin nombre.




viernes, 17 de abril de 2015

marseille


Hay en Marsella un jardín que se lo rifa el mar, roba oxígeno al mar, empuja al mar. Es un jardín
sin límites que termina en el eco de su propio silencio. Un espacio frenético
donde proliferan los sauces, huérfanos de su naturaleza. Los niños tienen prohibida la entrada,
los perros tienen prohibida la entrada. Patria de insectos, lecho de orugas y materia gris,
perlada como un tiempo que amenazase lluvia. Allí, una hormiga levanta su bandera,
graba un videoclip en el paisaje marciano del camino mientras el sol se abate
sobre el porche. El sol habla del agua y la ceniza con su voz creciente, dice la verdad,
aunque queme. En el jardín no se menciona el parque, alrededor no hay parques, en la vecindad no hay;
ni los libros de texto glosan la pertinencia del monte bosquejado.

Es tan hermoso el jardín que a su lado son diminutos los lagos y es ínfima la montaña, el cielo es una pizca de color.
Y las mejores vistas del jardín, la perspectiva reina se divisa
desde la memoria. Por la tarde hay una inmensidad de colores, alguna que otra mariposa,
madres con sus cochecitos ilegales (la policía hace la vista gorda). La vista es gorda y lujuriosa desde distintas partes
que enfatizan su cordura, distraen. No distorsionan. Se permite un vaho de realidad,
un baño de certeza flambeada, picos de luz.

El parque, sin embargo, existe. Es donde está (ella). Es el cuadrilátero de su presencia, el cuarto
de la casa de la calle del bloque de la gran ciudad, octavo piso. Es la ciudad que se reblandece y se reduce,
falla en su afán inquisitivo. Se desconoce su paradero REAL. Podría decirse así. Pues ella forma
cuadros como casillas blancas, pero es la reina negra y se conduce con demasiado valor
en la voz. Su blues corteja, aluniza en el escaparate de la joyería y la alarma es demasiado cansada para el flow.

Dicen que en Marsella ya no hay rap porque ella quiere recordar el invierno. Y de su pecho
brota un después que no encuentra su ritmo entre un millón de beats. En el parque los muchachos persiguen una sombra
que resopla, echa humo como un fabuloso habano de contrabando. La fruta pende de mil ramas metálicas
y los chicos con su campo a través, al runrún de la sombra deshaciéndose en halagos,
palabras que no riman con la flor, con cualquier flor. Ella fluctúa en su escala,
medianoche antes del alba, curiosea por los cuatro costados de la noche más próxima.

Se acaba el mar, persigue luz la esmeralda de la aurora. Su pañuelo como un ramo
de acaudaladas rosas. Sus ojos con estilo, su vestido arrancando chispas a la extensión incalculable
de la selva; el triple de grande que otro bosque, pinos altos, nostalgia. Las agujas retornando a la posición del ángel.
Todo desarraigo se amontona a las puertas de ese infierno, intercede por el alma
que desesperadamente llama con los nudillos despellejados inflamados en sangre, desprovistos de genio.
Trances que sustituyen al miedo, perforan la calma como si fuera piel. Ojos que se compran ropa
nueva, besos que tramitan su amargura y giran como bólidos fijos en un carrusel pasado de moda. Besos que son pares
y en parejas rodean tal pecado, ruedan por un ancho con futuro, mastican hierba y no tabaco rubio,
hierba blanca y frutal. Cuántos lejanos príncipes no recordarán ese momento, el instante en que ella
nació a la violencia del deseo y asomó una mano blanca a la altura dichosa del espejo 
que siempre quiso azul.




lunes, 13 de abril de 2015

a Noelia, con dolor y calidez


Fuera de ti, la tarde está cayendo,
el tiempo insiste en derrocar sus días,
la luz sigue montando en los tranvías
y todo es comprensible. Y lo comprendo.

Fuera de ti, ¿de qué me desentiendo,
si hay un clamor de madrugadas frías,
de rejas y afiladas celosías
que no defienden lo que yo defiendo?

Sueña fuerte -¡con fuerza!-. Piensa alto.
La noche espera el inocente asalto
de tu risa, que apenas se retrasa.

Esta vida se pasa en un segundo
que pesa en la conciencia de otro mundo.
Todo pasa, Noelia, todo pasa.




sábado, 11 de abril de 2015

prosa


Violines penetran por el hueco, se introducen en
la sociedad; gente con una bolsa marrón en la cabeza reclama las miradas
para sí. La policía dispara a la música negra, quiere matar al soul.
Los norteamericanos blancos son seres humanos (cuesta decir). Hay un arte maravilloso que no se sabe
si es arte o es un lamparón en la moqueta de la generación perdida; que no se sabe si es un arrozal en Vietnam
o un túnel hacia ninguna razón. De la casa blanca ha comenzado a manar un río de sangre casi brown, que es negra
como el alma del soul.

Pero en el parque la policía no entra
por miedo al escenario. Allí los perros le ríen las gracias a cualquiera, el humo promociona la virtud de su marca.
En el parque existe una violencia soterrada que parte de la carne, los cuerpos amontonados al calor;
el sol es la metáfora siniestra y la metonimia ardiente: astro rey. Por el lado de la luna nunca hay dioses
a mano, todos aletargados, párvulos.

No hay forma. En el poema no hay forma de relacionar, si todo está relacionado, si el corazón
es la fruta más amarga y los profetas se esconden tras un seto mal cortado, bajan del árbol a la zanja,
aparentan sentido común.

El crítico ha expuesto su miseria, ha desnudado su elocuencia para nada;
gesticula ante el secreto, comulga en una iglesia de santos perdedores. La palabra ha sido descuartizada en origen,
ya no exhibe su nombre como una trenza larga, su Rapunxel ha muerto entre gigas de glamour.
Es ausencia de significado lo que escurre el día, que surca frontispicios, columnas
de reloj, absorbe luz en ecuaciones bellas, hordas de luz.

Donde estaba la mosca, ahora está la acción, yace la acción, sepulta el verbo. Un verbo sepultado es un tesoro
a descubrir de noche, una manera de acercarse a la secuencia atroz de los acontecimientos.
Las partículas se pirran por el aire, por el arte, constituyen Grecos, se germanizan, filosofan
en su acelerador de confianza. Cuántos camareros que son príncipes, filósofos, cuántos intelectuales
en la cola del paro, el think tank de la parada del bus.

Ella parece que no, pero lee una novela gorda, el grueso tomo de lomo inmarcesible. El libro es
divertido, un Ignatius, hombre desolado. La novela tiene truco: el mejor nombre es el que no se ve, el que se aparta
cuando se pasan las páginas; sin embargo en el verso demasiado nombre es poco, hay un hambre
de siglos por la notoriedad, esta sed de cultura, tan personal.

El agente ha vuelto a apretar el gatillo, jamás se cansará de hacerlo: nota de su entrenamiento,
prosa de su enfrentamiento con el mundo. En el suelo hay un hombre herido, un nombre ensangrentado
que tararea el blues, por no decir que muere.




jueves, 9 de abril de 2015

una ventana a la realidad del arco iris


Esta ventana da al parque. El árbol. Al otro lado de la ciudad hay un parque inmenso
que no tiene salida. El parque siempre está del otro lado. Cuando quiere, la llama y ella se levanta
del sitio y saluda, se inclina y saluda, camina con esa determinación de las estrellas. Un recorrer la senda,
perderse en el espacio.

Instrucciones:
gritar
ondear una bandera blanca
ondear una bandera negra
sentarse a esperar al Minotauro

Amanece como nunca en la ventana que da al árbol que da al parque que no tiene canción. Los obreros
comienzan a domarse el instinto de salir corriendo, a doblarse
por un módico precio: he ahí la salsa de la vida. Antes de ayer, ella iba al trabajo con la ilusión por los suelos,
intacta; a romperse las uñas, a despeinarse, sin acercarse por la zona verde
del contrato, el ecosistema donde el aire se reproduce más temprano y los átomos
chocan con violencia contra el tiempo.

Es preciso escuchar. A trompicones, la música desarrolla su evidencia (hace época).
Trece es el número de la suerte. Pero un miércoles trece no pasará a la historia. A la naturaleza
no le impresionan las fechas ni tiene fecha de caducidad. El árbol sigue engrosando sus anillos mágicos,
como la aguja en el surco, como si fuese un LP coleccionable
a 33 revoluciones por cada estación.

Ayer, ella creía que la revolución era posible. Llevaba algo rojo, a tono con sus pensamientos;
llevaba un pañuelo en el pelo de dos colores suaves,
deprisa
deprisa

Había entrado al recinto por la puerta de atrás (la que no encierra), saltado la verja, la valla pintada de amarillo
limón. Entre la quietud sagrada de las flores y el manso arrullo del silencio, la realidad
constaba sin acontecimientos, adormecida. La realidad dormía debajo del puente y pedía limosna
a los jilgueros, fumaba como un crío cabreado.

Esta música suya perfecciona su evidencia verbal, transfiere nuevos elementos al registro.
Es un poema, y cruje; ha resucitado en una voz dinámica que no se tambalea (iba a rogar
por la gente que se muere en urgencias, pero lo detuvo la policía).

En el parque huele a dignidad. A hierba.
A flor de partitura, un relato a juego con el sol. Los versos se meriendan la pureza a las cinco de la tarde,
hacen novillos, agudizan la crisis.
El cuento del amor se reconstruye en frío, es una casa gráfica
con ventanas que no dan a ningún alma. 


Angel Haze   pack 2 strong nigga

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