viernes, 31 de julio de 2015

variaciones sobre un mundo agotador


Hombres: os he amado. ¡Estad alerta!

Otro libro se ha convertido en luz
interior. Los pasos son como latidos, despropósitos, ingenios que modelan el lenguaje. Se recapacita
y las reflexiones son mucho más complejas bajo el terror: al miedo, como al calor,
se agitan las ideas. Suena un musical de angustia, un jazz que no lleva a parte alguna,
estático. Zapatos de claqué, una divertida pajarita, la mesa puesta para cien invitados.

Se percibe el aroma de los platos que desfilan; es un destilado de sangre, sudor y fuerza. El sudor está grapado
ya a la piel, la sangre es un conglomerado seco, no fluye ni por dentro, se atasca
en un pozo de dolor agudo. Típico dolor de muelas arrancadas. De cuajo. Los instrumentos aúllan, asusta
verlos alineados sobre una bandeja de latón.
Se trata de dos manos y dos ojos. Laceraciones a cuatro manos, una bandada de procedimientos.

Las paredes oyen, todas la puertas chirrían con violencia. En cada corazón hay una habitación numerada
-la 400- que es lugar de tránsito. Siempre se espera: en las estaciones, en las delaciones.
Por el aire los nombres se desplazan a gran velocidad, a menudo se confunden,
gritos que parecen el mismo grito, el mismo nombre.

Largas filas ahuyentan horizontes con su estoicismo; mansedumbre, demora y pedazos de pan. El pan,
de ayer, las horas pasan hoy. En la fila no se avanza lo bastante, es difícil dar un paso en falso
hacia la libertad, pero las nubes vuelan inocentes, libres también.

En la habitación ha empezado el espectáculo: cierren los ojos. Las almas se apresuran,
alean pensamientos nuevos. El hierro tropieza con los huesos que se funden y confiesan lágrimas de sal. Hay
perros que han comido bien, chinches que devoran almas. Se amontonan los cuerpos
como en una rebelión o un estallido. Una gota de sangre ha caído en la libreta vacía, ha hablado.

Personas en un mundo fatigoso, artistas de la monotonía y la ausencia, corazones precisos;
las cortinas echadas como en aquellos tiempos, la mesa puesta para los que faltan,
los discos apilados formando dos columnas clásicas: Louis Armstrong, Duke.
En casa, la familia aguarda masticando el silencio, igual que sus vecinos, o tal vez no.




lunes, 27 de julio de 2015

por el hueco del ascensor, un vestido de novia


Por el hueco del ascensor ha caído un deseo,
un vestido de novia. Chicas que al salir de casa dicen adiós. Hombres que no parecen diferentes.
La calle no resbala, las aceras no muestran turbiedad alguna ni esconden vegetación. El bosque recibe
su cuota de elegancia directamente de la naturaleza; hay una perfección innata
en el gusano de seda, una repugnante perfección en el campo natural.

Por contra, la gente permanece ajena, extraterrestre, fuera de foco; su forma de condenarse
resulta opaca. Es cierto que hay infierno, pero solo para los indeseables que no creen en él; se trata de una construcción
mental que, sin embargo, toma cuerpo en el inconsciente colectivo hasta suturarse
en la realidad. El infierno pertenece a ese diez por ciento.

Los infinitos son aparentemente distintos de la llama eterna y contrincante, de la lágrima pura
que reverdece su instinto al son de una banda de jazz mal encajada. El jazz es una maquinaria sagrada.
Pero hay tanto de cada que se supone no alcanza un final; una reproducción
tremenda e incontable por los siglos de los siglos, la duración máxima para el regodeo del mal, su confianza
en la sangre; oh, la destructiva pasión que sienten los poetas por el arte
es un síntoma frío. A pico y pala, un martillo neumático para demoler los templos, denigrar ese arte de siervos.

A vueltas con la raza, los artistas se comunican en un lenguaje local que no puede sustituir a la violencia.
El arte es una suerte de violencia en un entorno restringido, un ímpetu extremado e injusto
que se afana por destacar entre la multitud. Genios hay que se subvierten y divierten,
maman de un pecho exangüe, crean su propio mito con extractos de gloria depravada.

Literalmente, la vida se deforma desde el nacimiento hasta alcanzar el demacrado rostro que nos mira en el espejo.
A los diez años el rostro ha comenzado a ajarse, a devaluarse e imaginar los surcos convenientes,
el cuello ha iniciado su descenso hacia la tauromaquia.

Solo en su humanidad el genio se asemeja a dios. Teniendo en cuenta que dios no es sino un clown
con manecillas de reloj (un reloj de arena diseñado por Warhol). Si dios es tiempo,
el genio es un reloj de arena incalculable, la cascada que pregunta por el ritmo, el director de orquesta que da la salida
al funeral del jazz, o dispara un solo de samba que patea el asfalto embalsamado en humo y personajes especiales.

El policía no parece diferente cuando se acuesta después de una jornada codiciosa. Tal vez algo más grande
y más pequeño. Tal vez algo más íntimo y desacostumbrado al sueño.
Quizás algo más sucio y más contrario: extraño como un perro redundante.



Defacement (The Killing of Michael Stewart) by Jean-Michel Basquiat


sábado, 25 de julio de 2015

‪#‎SayHerName‬


No están los ángeles de luto. No existen tanto.
La biblia no prepara para esto. En la iglesia se escucha que hay amor. Con sus coordenadas
terrenales. El amor es un fracaso rotundo; cuánto sentimiento se retrae,
tira la toalla. Mejor no decir nada, no hablar de ello y dejar que sucumba, caiga por su propio peso ,
por la talla escrupulosa de sus besos aherrojados.

El amor solo existe cuando falta, cuando falla algún mando en su cabina. Yerra la voz, calla la luz. En la oscuridad,
las caricias son parte de una forma sin reflejo. Los espejos ocultan su afán corporativo
durante las noches más recalcitrantes, manejan un listado de paciencia,
sobreviven al odio. Venimos de una nube donde no se distingue
a dos palmos, donde la distancia es una cruz fallida, el paisaje, un fondo de armario; éramos eternos como niños,
sabíamos renacer entre la niebla, cómo llegar tarde a un cumpleaños.

Cazadores de destinos. La muerte ha desembarcado su problema, ha dejado caer un piano sobre el dedo meñique de la fe
arruinando su virtud, un piano, un hacha de guerra, una roca del tamaño de una casa común.
Los muertos se han quejado (amargamente).

La cuestión no es estar muerto, sino morirse. De qué. No es lo mismo, la noticia está en el modo, la casuística,
la serenidad del asesino. Ha ocurrido un accidente. La tierra tiembla, se derrumban
edificios, campanarios, matan gente, se abren simas nauseabundas de las que surgen seres encubiertos,
policías con pistolas eléctricas y placas herrumbrosas. Rompe el tsunami
y el agua bendita se desplaza a la velocidad del planeta con docilidad cinematográfica.
La realidad es fotogénica solo cuando niega el holocausto.

Se burla de todos, el amor. Los ángeles visten túnicas a flor de piel, prendas unisex,
discurren algoritmos desnatados, destensados, que no sirven para poner en marcha la máquina del tiempo.
En otra dimensión, pero en este mundo, unos seres ingratos que no se reconocen a simple vista
manchan la reputación de la materia, farfullan un idioma universal.

En Texas, Sandra Bland ha muerto porque es la tradición.
Era joven y hermosa, alta y orgullosa de su voz, libre como un sueño inalcanzable. Ella, sobre la hierba, sometía al imperio,
construía una imagen poética. Ahora y para siempre el enemigo es un ángel vestido de azul. 



jueves, 23 de julio de 2015

un caballo indescriptible


Dulce temblor que viene a recordar el fuego. Los ángeles sospechan de otro dios,
otra María luminosa. Una chica morena -siempre K- deambula por el salto
sin tropezar en el presente. Su potestad es la mirada
escrutadora, capaz de discernir y de evaluar, considerar un trance o resumir una consecución. Ha descubierto
un resplandor en el último horizonte, allá que sueña América con más praderas verdes, más calor. Dulce su mano dulce,
aletea un segundo este milagro y la realidad se modifica, se mortifica porque ha soñado ella,
ella ha saltado fuera de su amor.

Hay un caballo cerca del camino. El sendero que arrecia y se conforma, se derrite entre altísimos y cipreses,
héroes escénicos. El deseo ha moderado su conciencia. Los planetas reprimen, expectantes, una exclamación de asombro:
Marte está en la guerra, Venus, en su piel. Todo viste dorado, el esplendor no surge de la hierba
mortecina ni del cielo miserable que ondea como un trapo deslucido, nace del corazón de la montaña, al ras
de la marea, como el río dispone su caudal entre dos peñas gemelas. La tierra ha recibido su encargo
más difícil y debe responder por tal debilidad. Ese camino no tiene descripción, es imposible su curvatura solar,
su desencanto personal y etéreo, sin flores ni guirnaldas, sin un tipo de hierba más briosa, ni una sola
placa familiar. Rojo que resalta su finura de hierro, azul que reverbera como un paso de siglo, verde que ratifica su catálogo
de incendios. El arte de cavar bien hondo no es (oficio) trivial.

K ignora una maraña de sucesos, la hechura del espacio, su real urdimbre cochambrosa,
más relata un capítulo de sombras, pero formidables. Conoce una canción y es suficiente para situarse dentro del reloj;
sopla el futuro por todos los oídos, por las perneras, desde el tobillo misterioso al muslo derramado en carne. La parte
suave de la medianoche especula con el tiempo, germina como una plantación de mariposas, K
resulta que ha venido a propagar la llama.

Nada más que un camino para el sueño, divisadero que alumbra la fortuna de otear
o medir la longitud del abismo. Trazas de literatura desperdigadas por el suelo como piñas secas, maná para la lumbre,
palabras huecas como el mismo idioma que se cuelga de los muros bajos del monasterio. Una senda
hacia el sol. La tragedia de estar vivos, tantos como iban desapareciendo por la cuesta
sin tararear un grito, sin entonar un cómico castigo ni luchar por su vida como fieras salvajes. El recuerdo es un arma
labrada con honor. Ella retuerce el acero y lo excomulga antes de lanzarse a la revancha. Ya lo había escrito
en la canción de ayer, la última de un álbum memorable que todavía late en el silencio.

Los poetas se burlan de la noche que hace, no renuncian al frío de los cuerpos;
su espejo es demasiado pequeño para K, que ocupa un eslabón tremendo en la cadena del aire,
cuya voz se derrumba con un escalofrío divino. Parece que la ciudad dormida ha festejado el poema con una tormenta
de placer, ha hincado una torre de humo en el tablero celeste, se ha despojado del ruido.

La chica más hermosa pretende visitar un hospital en ruinas. Ha recorrido el mundo hasta la estación del tren
y en el apeadero se halla, prodigiosa, esta visión de la felicidad sin existencia apenas, su espejismo
completo. Tiende K a la aparición de su figura endemoniadamente bella, su plataforma de estrellas bajo el brazo, labios
que demandan la plenitud de un beso audaz para su boca inocente, una forma
sincera de besar su espíritu y compartir una brizna de su alma con las nubes que saltan y se abaten.




lunes, 20 de julio de 2015

quince años de soledad


La soledad se desconecta sola. Se descontenta sola, gira como una peonza. Sola.

Están la soledad y ella, que nunca está sola; a su alrededor, un hervidero
de músicos y cantantes pop, un remolque de rappers haciendo sus pinitos en la lírica.

La soledad es un pupitre en medio del desierto,
en un solar imaginario, rectángulo planchado de hormigón sin paredes ni uralita, con goteras de serie
y una pizarra virtual. El profesor está solo ahí, tan solo que es una voz radiofónica
bizarra como la de un carrusel deportivo.

En compañía de quién; detrás suyo una inflamación de guardaespaldas, todos con auriculares y armas deportivas.
Por delante, el manager, un productor de éxito dueño de las bases más cool del sonorama.

Luego, la soledad recién hecha a fuego lento, lista para la mesa, plato único.
En la ciudad, la confusión de las almas alcanza su cota más clásica y arisca. El arte es una misión de solitarios;
un arte que elude la promiscuidad y la deriva adolescente del amiguismo desatado, más auténtico
cuanto más entregado a su miseria elemental, unicelular,
a su número atómico y su temperatura.

Sin embargo, ella a su brillo, a su memoria. Ella y sus pretendientes, príncipes o marineros rasos, nombres
del espectáculo, novias románticas como Carmilla y otros cadáveres con salud de hierro.

Porque estar solo es un domingo. El dominio del vértigo se extiende por unas montañas rocosas
(hasta el bosque). Las flores son predominantes, hay rosas que anteponen la soledad a la belleza, prefieren
el tacto de la noche a la compañía de los enamorados, la humedad del rocío a las lágrimas tibias del amor imposible.
La soledad no es esto. Florece en la sesión continua, en el pasillo angosto del expreso
que recorre los campos sin destino ni brújula: es un fantasma bueno cargado de metáforas.

Una pirámide de risas y, en su ápice, la historia. El plato rueda hasta perder el ritmo,
Alguien se arranca a bailar, no ella, que ahora sobrevuela el parque, rehúye la acción,
da su palabra ante un tribunal de jóvenes airados. El poema ha dejado de fluir con un renacimiento
-que es como un estertor, o viceversa- y la película muestra sus créditos interminables: cientos de ayudantes
y un puñado de actores secundarios.

La soledad es una religión. Es un cuento de hadas que acaba donde empiezan los demás.
La soledad tiene quince años. Son otros quince años
de soledad.


domingo, 19 de julio de 2015

100


Lleva cien años muerta. Cien días. Cada día. Y aquello que se hizo a conciencia
ahora quema, es decisivo. Palabras que toparon con un muro y se fueron trabando. Ella sobre la hierba;
tan hermosa como una flor pintada, hermosa como un terreno
al sol, vacío entre los árboles, hecho para una casa de barro, para una casa
y una vida mejor. Un surco para que corrieran los niños: al llegar al arroyo, el perro que salta hasta la rama, el agua
que brinda su sabor metálico y real.

Esta sonrisa no deja de mirarlos a los ojos, no para de volar ni de volver,
traspasa ríos sin puente, montañas sin sendero. Su pena es un alivio. El espejo tendría motivos
para no sonreír, motivos para gritar un nombre y repasarlo, y pasarlo de nuevo por todas las imágenes,
por toda su barbarie con sombrero tejano.

Hay asesinos que ignoran su cometido, de pronto llega el día y los advierte, les susurra al oído
una ulceración de odio, una creación del odio, su odio preferido que les sale de dentro; es algo
fantasmal, un rapapolvo del destino. A veces, con la biblia entre las manos, gastada y casi mugrienta, un fémur para golpear
y ser feliz, una quijada de buey y que corra la sangre, que se esmeren las heridas
abiertas. Oh, este digno trabajo de ser alguien y dirigir la nave del futuro, esta determinación sobrehumana de matar.

Es el imperio de la ley. Trozos de bandera desparramados por la hierba, una estrella que no brillará jamás,
un pico que se clava por los ojos. Ella viajando a través del tiempo, desafiando la relatividad;
he ahí el gran experimento, la física cordial de las ataduras.
Ya regresamos a mil novecientos dieciséis, porque hay un ancho sur por todas partes.

El sudor es real, el dolor es real, son reales las luces apagadas. Ellos se empeñan en matar y tienen prisa,
los ojos vidriosos; estudian la muerte con empeño, aprenden el daño, la fisonomía correcta que presenta el horror.
El blues que no termina, resuena como una marcha fúnebre, es un epitafio
ligero. Pero todo es silencio, no hay niños en la calle, no hay hombres por la calle, no hay más cielo que el sucio cielo gris,
solo una ingenua mirada, una mirada sola hundida entre las rejas,
un paraíso que se aparta del recuerdo.

Da consuelo la luz, el día nace para siempre depositando flores en su tumba. Piensa.
Ella está muerta el día antes de morir bajo la luna. Su alma está en camino, ya divisa los márgenes de la verdad:
es tan bella como un punto dorado. Dios observa la masacre, observará -¿a quién?- el mismo plano eterno: hubo un chasquido,
el cuello roto, el alma bizqueando por el techo, ya en camino hacia un espacio fantástico.
En medio de la tierra, donde está el corazón que aguarda su momento, que la lleva esperando
cien años, mil años. O un instante.




jueves, 16 de julio de 2015

el viaje de K


Grecia ha vuelto a asombrar a las tinieblas.
En Europa ya no quedan paredes que pintar. Ya no hay trenes que pintar, ni escaparates.

K se ha ceñido la túnica, lleva una túnica para la representación de la tragedia que nos adormece. Lleva
un rayo de sol en la mochila, algo de viento sur, guarda un verano a plazos que de noche no calienta lo suficiente.
El tren viaja hacia el sur, viaja hacia el mar y continúa su efecto,
salva el estrecho y entra en África por la puerta de atrás.

Esta tragedia se llama a pulso, se llama economía y es un punto sagrada. Los burócratas agonizan después de haber
comido tanto. Los tecnócratas agonizan de tanto reírse. La política es un globo sonda
que chantajea a los cielos, un dron manejado por un piloto suicida. La política es el arte del traje caro y la corbata
elegante, de los zapatos de trescientos euros para estar sentado. La política es un dron manejado
por un economista de la escuela de Chicago. El arte es dibujar al político en la ducha, en su casa de campo
mientras descansa y concede declaraciones a la peonia del jardín. El arte es retratar
a la secretaria de estado mientras dibuja un gato en su jardín de invierno.

Es indispensable humanizar a nuestros dioses. Creemos en el fondo monetario. K no cree. Es agnóstica
porque ha visto el dinero manar del surtidor central, ha comprobado su saldo y ha pedido
un préstamo al jardinero, que se lo ha denegado en horas bajas.

Grecia ha comenzado una revuelta. Sus poetas han comenzado una revuelta. Pero en España hace mucho calor.
Ya se sabe que en julio solo se alzan los muertos. Y los asesinos.
A los cuarenta grados el tren ha dejado de arrear. No funciona la luz, el vagón de cola ha iniciado una protesta:
exige un cambio de estación.

K fantasea su túnica barata, su piel es un trofeo, sus ojos hacen islas en el horizonte,
su risa es un mediterráneo de palmeras. Costa Azul. En Marsella gastan un curioso acento. Los mejores autores
murmuran para ella, se abren en canal el verso. Incluso se habla de un verso que ha alcanzado
las playas, ha escalado por el mapa. La idea, en castellano. El castellano es un idioma puro,
no se esconde de la felicidad, pero no es una lengua para amar. Amar así es un ejemplo sordo, apenas un deseo,
un espejo donde olvidar la voz.

La revolución se piensa en español. No esperamos a la primavera. Nadie quiere otro invierno.
Hay una chica que ondea una bandera roja. Y canta. Su voz es imposible de olvidar. Su amor es imposible,
                               pero está en el poema
                                               desde que el tiempo está en la eternidad.




martes, 14 de julio de 2015

unplugged


Un pañuelo. Y vamos con el vacío. Aparece la nariz de K. El vacío es un pañuelo así, hecho hasta el fondo,
formado como una cueva, una honda. Que esconde, guarda, entraña una plétora de objetos íntimos e iguales:
un arpón, una caja de música, el orbe universal. La caja de música suele corresponder al primer recuerdo.
El cielo y su armonía, tal vez unas manos adultas. La nariz de K no se encuentra dentro del pañuelo,
gira fuera del rostro a la altura de los hombros, a la altura del pecho delicado,
aspira el puro fuego de los pensamientos.

Ella cuenta con una voz nasal que repercute y vibra. Vibran las cuerdas vocales en su frecuencia lírica,
logran un sonido ecuánime. Entonces el ritmo de la vida suprime ciertos cánones,
acertijos y flujos, se reinventa en medio de las avenidas, en cualquier dirección, hacia adelante, al sur. Los autos moquean
constipados, las radios abortan, sonríen los televisores sin señal.

Se ha desenchufado el mundo. Bonita acústica, buen juego de pies, el baile, siempre el baile.
Hay que ir a bailar, no es un compromiso, ni el baile de fin de carrera, ni la presentación en sociedad de la chica
más linda. Es una danza que nace del hip-hop y su exégesis real, política. La política que surge del tesón del barrio
y aumenta sus decibelios en la calle insegura, sobrevuela los baches con su tabla de skate. Las chicas
obran su entusiasmo y comparten; llevan tatuajes en el cuello, en las manos. Trabajan
el cuerpo a cuerpo y conocen el sabor de la victoria.

La marcha del vacío es una carambola rítmica, se nutre de tal velocidad que asume sus predicados en silencio. K
rompe el silencio con un solo de voz. Está tan sola como una variedad del universo, como el beso
entregado a cada nuevo amanecer. Al alba, es natural salir a contemplar los frutos del cariño, su parquedad.
Hace falta un estilo propio para internarse en el bosque sin sollozar ni mostrar desaliento.
Cuando las cosas van mal y no alcanza el dinero, tampoco el aire.

El rap ha completado su base, dibujado la estampa del color. Ella bascula entre millones
de realidades. Se atribuye un marcado candor, una especie de conocimiento, pero arduo, posiblemente ilegal.
Las venas de sus manos son azules como el tiempo. Sus ojos vierten ciclos en versión original o han prodigado la lluvia.
Hierba. Se ve que tras la hierba hay esperanza. Los crédulos esperan una bendición inocua,
un salto al abismo del pentagrama, la tranquilidad de verse reducidos al mínimo tirón del espectáculo.

Sale a escena. Viste un crepúsculo dorado, lleva unos zapatos de carbón;
sus labios insinúan con atrevimiento un verso añadido a su prosapia: particularmente encantador. La gente
tiene que reír, tiene que ceder espacio al plan divino y las canciones que comienzan a caer del cielo. Público
domesticado predispuesto a la gran noche química. El aire se comporta como si fuese luz.
K se produce en un corte genial, su pañuelo acoge las almas de los pájaros.




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