domingo, 30 de octubre de 2016

más que los cisnes de la noche


Ah, craso escenario, grueso hacia la bóveda, corintio y escorial,
espeso brebaje. El arte se defiende de las especulaciones, bordea su propio seminario, acude a la representación
de su inocencia con un bazuca bajo el brazo, un incendio preso entre los labios. El caso es distraerse,
llevarse la secuencia.

Furia. La policía consume el excedente. Solo incauta a los incautos. La poesía
contraria fuma por los codos, es un manantial de humo, el aquelarre. El poeta ha saltado del árbol
para ver ángeles, pero no ha visto ninguno, compañeros. Cuervos, hay,
derivan versos que cazan al vuelo, los cuelgan y los verifican; su análisis: este poema es corto,
falso, duele como un clavo en la suela del zapato, algo que te baja el ácido de golpe (y al cabo de los años
se recuerda como si fuese, pica en la boca, se retuerce en la manera de salivar, en el puro
estanque de las metáforas, el riachuelo de la vida).

La vida estriba, está viva, duele como un clavo en la cabeza, un septiembre
negro, la rúbrica del juez. Acaso Jordan no tenga miedo a las tablas,
a las plantas ni a la sed. Su poema se retuerce bajo la bota oscura de Gabriel, ¡no!, es la bota oscura de otro cuerpo
vestido para morir. El poema duerme arrullado por el eco de la industria,
abulta como una pantomima innecesaria, la joroba probable del matemático, ese que pierde al ajedrez.

Tanta gramática sobra: es un accidente; esta gramática carga entre paréntesis
con un gramo de soul para el pecado. Andarse por las ramas avanza una caída a ciegas; ¡vayamos al museo
de los diez centavos!, veamos al artista romperse los molares
inferiores con un martillo neumático en miniatura, ¡qué perfomance culinaria! Para la gente.

La gente está en el mapa, diseminada (ahí) sobre las calles corrientes, los callejones
lobunos, de cara a la pared. Manejar el espectáculo y volverse
loco por una sombra dibujada en la nieve, algo que pisotear.

En el proceso, los poetas han apedreado al pobre hombre por existir en su lengua nativa,
casi lo atropellan y lo sacan a empellones por la verja. La xenofobia es un poema que ha escrito mamá
con sus propias frases y sus coces. Como la luz proviene del parque –en su acepción
vulgar– ha conservado intactos algunos huesecillos curvos de la nariz
y que rimaban entre sí en desorden. La sangre es el ingrediente para la rubedo,
digamos que subyace a la desintegración de algunas almas torpes.

Hoy milagro no habrá, nada de esperanza; antes al menos daban partidos de fútbol por televisión
(según varias escrituras lacradas con jarabe social). Jordan rapea un subtema con toda su nación encima,
toda su ración del hop, su recelo. A belleza no le ganan las estatuas del puente,
los cisnes de la noche ni las líneas adultas de la profecía. Su pelo exige una reparación, invita a la fortuna,
pero siempre es un beso lo que recibe del aire. Demasiado esquemático para convencer al mundo de su encanto.




miércoles, 26 de octubre de 2016

meteóricos trenes salen de su novísima estación


Este amor se desmorona, hace aguas en la escena intratable
de su propio misterio. No basta con soltarse el pelo; Jordan se ha llenado el corazón de humo.
Es mejor el silencio, pero la voz se repone, lanza su potestad oblicua contra el trono
mínimo donde se resigna la náusea y el sentimiento
adquiere el tono lento de la creación.

La escena resume la elegancia del tiempo. Hace tiempo que todo ha terminado de repente: los abrazos, la tibieza
cursiva de la atmósfera, los besos rotos como el cristal desnudo, drusas de papel. La sombra
ha contaminado el enfoque del cuadro; los pájaros ya no le sacan espinas a la oscuridad, no se libran
de cometer infinidades. ¡Oh, injusta!, naturaleza mezquina que compromete
nubes y ofrece solamente claridad y arrojo. Es en los ojos donde expira la secuencia origen del espacio,
cesa su paulatina conversión en un seno vacío, sin voz más allá de las tinieblas.

Aquí moran el infierno y el ángel. Alas de fuego que recobran la salud,
rayas de azufre y píldoras de indiferencia. Dios cobra por su protección como un extorsionador curtido, un mafioso
cualquiera. La música: hay que pagarla. Jordan ha pagado sus bases
religiosamente y ahora se regodea. No tiene por qué llevar un arma, pero la lleva. No tiene por qué
llevar un alma cuando asalta el paraíso.

Viajar a la ciudad desde el parque caótico e indescifrable, ¿cómo sin tomar el tren!
Meteóricos trenes que silban la marsellesa, apenas tocan su raíl de invierno (novísima estación). En el andén,
el viajero deslumbra con su maleta perfecta, su aura contracultural. El poeta se alumbra con un zippo
birlado, tirita por la vía innecesaria: se ha roto las gafas tirándole piedras al espejo.

También la muerte cuesta abajo se derrumba, deja de ser divertida, se hace
rara, muestra su perfil más cómodo y chocante, como decir hiriente, hirviente, hosco, demasiado
inteligente para determinada forma de pensar, casi dulce en comparación con otros lances
especiales. La experiencia anda confiscando sueños con una red atrapa-mariposas. Los cuerpos
promedian un pasado diverso, dispuestos a la enfermedad y el desarrollo. En esta zona el parque se recita de memoria,
los chicos respiran ansiedad si les miras a los ojos.

Vamos a ver a los novios. Alguien ha dicho te amo: aunque no estuviera mintiendo, es difícil de creer.
Suspendidas las palabras en una hamaca de sentimentalismo insano, esta absurda creencia en el peso nuclear
de las verdades, su gravedad pudiente. El amor se ha cobrado otra víctima (a su ritmo);
viene dando patadas en el pecho como un cigarro puro, un policía de barrio,
un funeral en medio del cotarro del Rap.




lunes, 24 de octubre de 2016

analógica


Ahora que lo tiene delante (calla), cierta forma indistinguible
que suda un poco,
ríe un poco
(sin avisar).

Alguien que está pendiente
ha escogido la rosa.
Lleva un libro más montesco;
tarda en abrirlo con gran delectación. Aunque no pesa nada, el libro sigue ahí como una muralla,
un baluarte digno,
diáfano también.

Recitar está de moda en el café central, lástima que no haya un café central,
ni haya café.
El parque es el perfecto laberinto donde caerse muerto,
visitar a los abuelos, abrocharse el cinturón.

Los chicos estudian para matones en la escuela de Marte, rompen dedos,
parten de cero y alcanzan cotas extraordinarias de terror, comparten celdas en la prisión abandonada,
pasean de dos en dos, de tres en tres, en grupos
colaterales.

Jordan flojea (y calla) porque lo tiene delante y no sabe quién:
¿quién será?; sus ojos no vacilan, hablan de un orgullo metaliterario,
se repueblan de lágrimas.

Por ella hay que llorar un poco, dejarse dicho, recapitular,
borrar todo rastro de silencio (o fantasía) en cada poema de amor (o fantasía), toda huella
de dulzura en cada poema.

La poesía ha cesado –desconocida–, como si los espejos no fueran con el tiempo,
no fuese la lluvia a calar(nos) tan despacio.


photo by Enkrypt

segunda parte


Atrincherado en la biblioteca pública: sin leer, sin querer, sin hablar. Ha superado un curso
básico de desesperación. Animalillos corrientes, corrientes de aire,
falta de pronósticos y literatura. Silencio, se cree.

El poema es perfecto porque la tiene a ella. La tiene encima como una nube rosa. Ella sobrevuela el antro,
duda si entrar en liza. De forma que las palabras cambian de idioma con serena eficacia;
duermen solas con su pérdida, arropadas por su marco dinámico, sábanas de hilo musical.

Jordan analógica, presente como una solución desorientada, la entropía
aumentando entre casas de vecindad. La gran ciudad se comió al bosque de un bocado saludable.
Creció el gueto, ¡si no hay gente! Ni motores. La gente aguarda en esta zona muerta del parque, doblando espejos
con los ojos. Ni siquiera existen ciegos para ver lo que tienen delante, el pequeño fondo de armario de la rendición,
la perdición, el auge inesperado. Pluma, papel
y un sentido de las emociones. Este dibujo es mejor que la mejor de las fotografías porque sucede a un alma
cruda tras el rubor de las mejillas, fuera del cuerpo (que ya no es de nadie).

Jordan analógica,
hablando por teléfono con dios. Otro poema de la mano, rescatado entre las ruinas
del vacío. La lluvia es un placer porque crecen las flores como uñas, como pestañas en rama, el pelo de los muertos.
En el parque, los extraños musitan sus decálogos en medio de la decadencia general. Ni que la decadencia
fuese la plaza mayor, cumple su objeto, asume su porción de vertedero: versos
automáticos sorprenden al transeúnte, son como balas y suenan como balas de matar. Versos de repetición,
todos iguales, hechos con un saldo de sombra, sobrantes del banquete luminoso, el día a día
que resiste y no reduce su divina proporción, su producción exagerada.

Hasta el poeta se muestra lejos del gueto; al pie de una escalinata bien trazada, sucia
escalera de incendios donde duermen los parias. Ella puede verlo cuando mira al cielo, tumbada sobre la hierba
que merece su estima, rodeada de humo por las cuatro estaciones de su pelo. Una rosa en el pelo
es la señal. Y los chicos pasan de largo tarareando una bomba de relojería pop, el último
derrame de la batería antiaérea.

El milagro acontece porque ella no lo ve. El Libro. La superficie conocida,
salpicada de sangre en polvo como una mítica portada. Poemas que se mueven en el interior de las palabras,
sestean, serpentean, libran su masa verdosa sobre la arena del cielo. Ha terminado el show, la gente friega
las paredes de blasfemias y metáforas siniestras. Alguien enmudece, alguien pierde el sueño,
pierde pie en la fungosidad aleatoria. La realidad es un plano miserable inscrito en el contexto de la nada. 


miércoles, 19 de octubre de 2016

se hace saber


Nada ocurre fuera del soul. El gueto es una fórmula poética, tiene que ver con la acumulación
sentimental. La capital crece desordenadamente: hacia cualquier parte del sur. Los amigos del gueto pueden
entrar en tu casa y abrirte la cabeza, pueden robarte porque han aprendido la lección. Ah, no acudieron
a la academia nocturna (no a la adecuada), ni probaron fortuna en los cenáculos.
Aprendieron el abc de la gastronomía, a no morirse de hambre.

Se apuntaron al estilo astronómico, dedujeron la universal sobredosis de una frazada de luz,
formaron líneas y corazas y entre las líneas
insertaron corazones alternos.

Este era el chico que leía con celo: a Dexter en un trapo, a Fante en un cajón, y no se sabe a cuántos más
y no se sabe a quién. O leía deprisa a Danticat remordiéndose,
a Walser, y Albertine. Nombres para pulir sobre una cartulina cruda, una página en alto, una tapia encalada por error,
nombres que no suenan por el altavoz de la marea, que no son los micrófonos
de siempre ni salen en la foto digital.

Tantos nombres empeñados en escribir un verso.

Jordan está cometiendo. Anda por ahí. Conoce al poeta mejor que a su familia.
Ha leído los trópicos y las ambiciones, ha dejado de leer en un momento dado. El canto de los pájaros
acompaña un poco, transita poblaciones aéreas,
expediciones por el lado salvaje de la música en directo. Decimos que un cuerpo
vivo modifica su entorno, lo convierte en un páramo inhabitable, lo llena de desperdicios y color.
El poema tiene conocimiento de la situación, acota los parámetros
vivifica el acento y entra a matar sin arte (valga la resonancia).

El poema agoniza, tan breve, diseñado para su autodestrucción. Ella los prefiere al peso,
derrotados como fiambres en la morgue, Made in Jamaica. El parque se tiñe de la presión que ha descendido del cielo,
con sus rejas apócrifas y sus funcionarios, gente uniformada que devora toroides como dios.

Para enterrar el exceso, tierra para el desayuno, tierra para el martes por la tarde;
cuando salga la luna, cuando el aire se vista de fulana y pida fuego por las esquinas. Subiendo escaleras
(es un buen intento), la manera de hallar el fósforo de la verdad. Se te ocurren
historias y peldaños, frases fuera del soul, prolegómenos para una noche de guerra.

Se hace saber: dentro del poema hay un mundo que revienta (de gran literatura)
y un puñado de almas.





domingo, 16 de octubre de 2016

dylan-nobel


La belleza es una profesión. Su profesión. Se trabaja duro
entre los arrecifes de la biblioteca pública
–preámbulos, inmediaciones de Liberty Street–, donde los patos saltan al vacío. En el estanque
se rema como se escribe: a cuatro manos llenas; se canta sin voz, casi sin estro en la garganta. Cerca
de la luz, las barcas parecen luciérnagas que fumasen demasiado, el humo asciende compungido
como un antílope sin tierra, un cielo sin clamor (sin glamour).

Estudiada hermosura. Para ser bella tienes que leer:
            
             El Diario de un Escritor
             La Trilogía de Deptford (oh, sí, esa misma)
             Todo Roth (Henry)

(para empezar)

Jordan solo ha leído. Le falta aún, ¡lo que le queda!, todavía es tan joven para ser más bella.

sus labios son así, sangre de rosa
sus manos, aire roto entre la piel
su boca, un nido que se arrima al fuego/nido que se arroja al mar

Porque su alma se perfecciona bajo la llama azul de la misericordia. Tiene un poeta bajo sus plantas
y lo riega con calma y sin cariño, ¡es tan joven para el sentimiento!
Ahora la educación absorbe todo el tiempo del tiempo, es un limbo en esencia
que no admite lapsus ni batallas perdidas.

             si tus padres crackearon de chicos en un sórdido país del bronx
             fueron hechos prisioneros
             se hicieron abogados para cambiar el mundo

El parque es forjador de espíritus ingenuos. Como los niños no van a clase (son de otra clase). Siempre hay
alguien rezando en los portales. Medios de comunicación que informan de la última epidemia.
Un espejo en cada sombra (para mirar atrás). Hoy, Jordan: en su aniversario. Modela un juguete de cristal, una pipa
larga, espiritosa. Hoy, Jordan: ha practicado su furtiva alquimia, ha visto un ángel de papel
que volaba en un trozo de mañana. Esta noche lo volverá a ver. Certezas que se consumen como cajas de munición
(y dice Marlon James que nunca sobran balas en Jamaica). Curioso es que la droga ha dejado de ser un espejismo;
el tráfico se fortalece per se: aguadores, busquimanos, heroínas de barriada. Estas leyes de plata se vulneran solas,
formidables agentes, traficantes puros y flexibles. La belleza esnifa su dosis a la puerta del colegio,
los padres se ofrecen como caramelos a la puerta del colegio, luego pasa el camión de la basura.

Jordan cursa el Dylan-Nobel: seis meses en el puto centro
del dolor. Memoriza todo Dylan en una flor cortada y tan preciosa como un as de corazones,
una flor maltratada por la vida. El futuro es así, tan hermoso como el rostro invisible de la muerte.




viernes, 14 de octubre de 2016

el aura


Secretos como dunas de arena universal. Este es el secreto de la soledad: un cielo
bombeando su ignorancia sobre la conciencia. Supongamos que desciende, hecha de sabor oscuro,
sin criterio, un alma verificable, espíritu dinástico, que traslada su baúl de certezas y todo el peso
de su corazón a prueba de silencio, desembarca así sobre la pura roca para dolerse con la fibra del cristal,
emprender la búsqueda. Es la palabra nueva, el acertijo fútil; como sonarse la nariz y darse aires de princesa,
dictar tres leyes necesarias y un testamento creativo; superar la pobreza que crece con el viento
y se propaga, necia, por los callejones distribuidos en la tierra: Dogma y sucesión.

Ella dialogaba con tal fuerza, tal vigor imprimía a su demanda. Desconcertada en el mundo. El cromo que te falta,
la cruz que asombra, llama que desenchufa el bosque. Los árboles querían una reina, alguien sobrenatural,
dispuesta a lo mejor de su dulzura. Un ciprés enviado por el suelo, santo de raíz, lamentablemente muerto
como todos los cipreses, encajado en su coraza espacial. ¡Que si hablaba! Fechas, reivindicaciones laborales,
órdenes superiores, tal vez, del mismo firmamento, firmadas y selladas por Homero, Demócrito, el impasible Ulises.

Los ángeles comportan una serie de obligaciones. La primera es creer. Doble o nada, el ángel resiste la comparación,
se descalifica, usa la parte humana de su parte y juega, el azar es su promesa. Falsifica la historia del tiempo,
protesta contra el desencanto, da clases de poética desde los barracones. Ha recorrido el campo antes del campo,
antes de la memoria ha olvidado su aliento. Su época es ahora y es poco cuidadoso con los números: ayer
fue hace una eternidad. Ella –ángel– se mueve elástica y fluida, va concluyendo donaciones, su físico atormenta
pero es una manera de estar en equilibrio. Por la noche, cuando la felicidad se adueña de la mente cansada,
aturde el ruido de las oraciones y la herejía funda su peligroso reino, sobre la crucifixión de las ideas se eleva
un pensamiento que antecede al de los héroes y desoye la rutina de los dioses.

Venid –exclama–, reyes derrotados, lánguidos poetas de orejas coloradas y vulnerables labios. Llega el poeta
y se define, rota como un satélite infinito, roto de norte a sur, de lado a lado devastado por el hambre, por el hombre,
por el aire que se asoma al precipicio de la razón. La respuesta suele comprender cierta lluvia de fuego, ese diluvio
corroído por la naturaleza dañina de las olas, el divino parecer de las gotas abiertas. Hay una plaza porticada,
arcos como ballestas asesinas, la celebridad del monasterio resignando su aurora a la fortuna, tierra de príncipes.
En toda la ciudad el fuego asedia, prohíbe la confianza, no es esperanzador ni denota el renacer pletórico del idealismo.

Como en vida, ella tan romántica, desnuda en el albero de sus pies descalzos, invitación al tacto de la hierba,
suave terciopelo de sus mejillas rosadas de misterio: un pecado venial. Oh, sucia materia infectada
de sangre, descubierta en sus pómulos, hincada en sus rodillas pérfidas. Qué delicada su forma, geometría
intacta, el acto de su propia muerte escenificado hasta el límite, transmitido por el Libro, recreado en mil cenas familiares.
La náusea transitando la cruz de los pulmones, esquivando cerezas y sordas profecías. Ente volador, trepador,
(tarde) encaramado al tren, sobrecogido en el vientre de la bestia, Job y Katerina, el bien y el mal haciéndose manitas
con los invasores. Esta es la poesía del triunfo sobre la espina, la victoria sobre el tesoro impío que fecunda los andenes,
traza el laberinto de la mina preñada de riquezas. Aquí aguarda el sacerdote con su túnica grasienta,
pero ha caído en desgracia frente a la claridad, el águila dorada que llama a los cadáveres por su nombre completo
y señala a los vivos con una sombra digna de su estrella.




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