jueves, 30 de marzo de 2017

naru


Con su nombre de agua y sus prisiones; era verla entrar por el lado tenebroso del parque,
apenas consumida, compartida, apenas con la lluvia en la muñeca como un reloj de oro, su cuaderno rojo paulatinamente
liberado, entregado a las aves. Vuelan todos sus versos,
una bandada de palomas agitándose en la lejanía. Oh, llega el tren
masacrando la hierba vestida de blanco, arrecia el humo y la sirena denuncia un trato de amor, pregunta
por los ojos destinados al cielo, por los labios debidos a su entrega.

Ah, Jordan solía esperar su llegada, la veía venir en su limusina negra, sometida al imperio de la fantasía más que del recuerdo,
doblando las rodillas y elevando la frente rendida al peso de su conjetura, unida a la inmovilidad
frecuente del cabello, el ameno proceso de su reencarnación probable; ella sugería un tiempo
de serpentinas, instrumentos de viento, cuerdas que rodasen por un tobogán
alado. Nueva por cada palabra arrojada al olvido,
musitando un velero cargado de silencio entre la magnífica longitud de los verdes océanos, las flores y su irisado rumor,
tantos arrecifes ebrios de victoria.

Siquiera un trago del laborioso enigma antes del ocaso, luego, la calidez de un beso ideal, su forma esférica,
planetaria, atómica, la emocionante debilidad de su tacto, el texto
impronunciable que derramaba su acento, su deje mesiánico. Era un paraíso de metales, carreras hasta el fondo de la escena,
pañuelos rotos en medio de una historia sin declive
delimitando la bruma y su reino asediado por la magia.

Dictaba la música su redención, otra oración de pago; y los sacerdotes vigilaban el andamio
como cuervos, habían enloquecido por culpa de los pájaros,
o a causa de la tierra perforada. Ella, con su nombre de agua, no era el ángel ni el profeta, su milagro contenía paciencia,
el tipo de candor que determina la sangre, algo extraordinario pero al límite de la realidad,
algo esporádico, sumamente impropio, un gobierno celeste dedicado a la noción
soberana del espacio.

Y las notas daban un rodeo para sortear las nubes más esbeltas, recortaban esquinas para verla reír
desde sus pies descalzos y el torrente platónico de su pelo negro. Su voz era un reclamo, un suvenir remoto verificado
en la sonrisa desnuda de su boca, en las alas que bordaban su nombre hacia las comisuras del futuro.




lunes, 27 de marzo de 2017

una introducción

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Ajeno a la verdad que ve, deserta
de todo indicio de agitada vida;
la suya en el poema yace muerta
junto a una rosa muerta y desmentida.

Ajeno a la belleza, se despierta
sobre un lecho de rosas: se le olvida
según sale de casa por la puerta
y ve una rosa muerta en la avenida.

Detrás de la verdad que miente sola,
de la belleza que se arruga y miente,
hay un ser o no ser, un frío alterno;

detrás de cada bala, una pistola,
de cada verso, un alma que lo siente,
de cada rosa muerta, un sueño eterno.

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¿Desde dónde se ve? Se trata del universo observable (el parque universal) desde la copa del árbol,
desde el balcón del primer piso frente al mar, desde la tumba. Desde el árbol, un tropezón de palabras, una cosmética
emperifollada de sonidos con músculo, algo de aliento defendible, la proximidad de verbo
y su esdrújula carente de significado, su premonición. El libro archisonante:
‘Levantad, carpinteros, la viga del tejado’, los ojos de dios rematados por una línea de los ojos, el malva
distintivo de los príncipes.

Se ven las paredes pintarrajeadas como por un azul travieso; sabios ajedrecistas
sentados a la mesa dándose patadas en las espinillas: ¡mejor jugar a las damas!, un duelo sin grandes esperanzas,
mejor frenarse y observar el mundo desde la butaca del salón.

Escuchando a un cantante de góspel con sus emociones, su belleza interior; he ahí la banda sonora
del cotarro, detrás del rap ensimismado en todas sus carencias afectivas, su melancolía grupal, tras la sangre
bautizada por un predicador tóxico. Conectamos entonces con la escuela de modelos,
esa galaxia espiral. Los chicos desfilan con las manos esposadas,
una venda en los ojos para no sentir la indiferencia de los ángeles, heraldos de la ciencia. Es la creencia de la mayoría la que traslada
manojos de relumbre, haces de lava cruda, brasas sobre las que caminar con un niño a la espalda, ascuas
literalmente en ascuas como párrafos sin salida, versos diseñados por la voz de un farsante.

El universo mengua, se ve que va menguando en el color del aire, la nula claridad de las nubes,
la escalera que va perdiendo sus peldaños
celestes. El poema tropieza al principio con una preposición desenfadada, salta al piso sin romperse el astrágalo
(de milagro) y continúa hacia el abismo derribando figuras con los codos.

Ensayaba Jordan un prodigio cualquiera y en la parada del bus un monstruo
apareció con los faros encendidos. Esto lo advirtieron incluso los más escépticos, que iniciaron la construcción
de un monasterio en la altura, incluso Mara y el KRIT detuvieron su periplo eterno para visitar las obras
incipientes, el inmediato vuelco de una estructura sobre la gran superficie devastada por el Arte y sus manifestaciones
extemporáneas. Hace tiempo –dijo Jordan– que no veo el sol, su dorada efigie destructiva,
y no siento el calor restaurando su templanza en mis labios amargos.

El universo es un lugar amable; eras y colisiones, la materia y sus antídotos. El caso es contemplarse
en plena acción, tenerse en cuenta en el espacio y desaparecer entre otros nombres familiares. Como los ángeles suelen
revelar después de un par de tumbos de horizonte: el tiempo dura lo que dura el tiempo,
lo que es un modo de decir adiós y una forma de echarse hacia adelante.

viernes, 24 de marzo de 2017

el mar y la palabra


Jordan y su séquito de personalidades. Esta es la peligrosa
naturaleza de la naturaleza. El parque se masifica: 100 habitantes por kilómetro cuadrado,
incluyendo ratones y otros seres inferiores, sin contabilizar los pétalos, las figuras de hierba ni los electrodomésticos
adultos, el ancla de robots sostenida en vilo por el último edificio rutilante.

De cierto, los soportales son el mismo averno; por allí deambulan ambulancias sin chófer,
máscaras sin cuerpo, elefantes del circo y monos correosos,
también los chicos malos de una película sin dogma.

             Jordan finge una parada militar, cien hormigas con sus cascos
             de combate, 100 habitantes por centímetro visado. En el cubo del parque
             florecen los residuos y hay como una especie de cementerio
             de prestaciones sociales, existe una franja capital que engloba
             miles de hipotecas basura y un rescate bancario, un vertedero de entidades
             en quiebra simulada.

Todavía no hay naves espaciales ni Emily Fastson deslumbra con su endiablada autonomía mecánica
y su frescor alienígena. El ángel ha confundido, como suele, su lugar de aterrizaje y ha fiscalizado sus cuentas en la oficina
equivocada; en los archivos del distrito se encuentra un expediente motivado y decente con su nombre de pila
por triplicado ejemplar. El despegue consiguiente, la órbita, el misterio,
todo el control de la gravedad y sus pulcras pasiones, la quemazón artística
producida por un manto de silencio.

La verdad es que el tiempo dispara a quemarropa
y las chicas parecen monarcas absolutas embutidas en sus jeans de terciopelo y su inmortalidad,
princesas en un aeropuerto inexistente.

Aparece un árbol habitado por cada mil habitantes (por kilómetro aplicado), un solo árbol en el mapa
riguroso de la realidad trazado a vuelapluma por un ente abstracto con poco recorrido metafísico,
es decir, un dron defectuoso. La música ahora es un híbrido entre el recital adolescente y la pesadez intrínseca del corrosivo
metal; grandes altavoces jalonan los rápidos de la plaza que fue sobre el terreno, jalean
al artista transitivo, héroe de los microbuses.

             Jordan ha fondeado en la primera curva
             del enjambre, según se documentan la gloria enloquecida
             del ángel transparente, su corta primavera y su lujuria;
             así se continúa el desfallecimiento puramente pronunciado,
             deletreado por la sangre que corre hacia su público de monaguillos y estetas,
             reinas de la constancia y el apuro, hijas del humo ciego y la inconsciencia, divulgadores
             de espanto, lobos cómplices. Dueña de la mejor sonrisa del estado en cien millas a la redonda,
             sobre la rama del Olimpo, dentro del mar y la palabra.




martes, 21 de marzo de 2017

(es)


Abatido el micrófono, los pájaros cantaban, piaban las palomas mostrando sus caninos atrofiados;
o así se veía por la televisión. Era un parecer poco dado a las efusiones
amorosas, un espejismo atolondrado que jugaba al despiste con la forma.

Por orden:
si el mundo existe (es) en su campo de sentido. Por el campo hacia dios. Todos en sus campos, incluso (la bella) Katerina
llegando antes de volver atrás, diferida en su pasillo eterno, su eterna divergencia. En el verso se intuye
la disonancia final, la rigidez de un trébol. Sobre el incendio, nada se pudo hacer.
Los gorriones bajaron de su limbo y empezaron a trocear el cielo. La música trinaba encima del televisor;
rombos por los que meter el brazo entero, que sacaba un fajo de surrealismo,
presentes de buena calidad, orfebrería fina y panecillos rellenos de placer.

Vieron a la chica-milagro, fue vista, como una virgen de fátima por sus pastorcillos, pero esta vez eran los chicos del gang.
No traficaba la crema milagrosa, el chocolate ungido, ese polen sincrético,
ontológico y tan extremado. Llevaba un maletín, ejecutiva descalza, con su vestido blanco marca (blanca) de la casa del señor.

Vistosa fue la aurora; el horizonte flagelaba credos nocturnales, aquilataba el concierto
mínimo de la fantasía, ¡qué orgullo! Amanecía/Anochecía como en un fin de los tiempos sincopado. El poeta
desde su árbol comestible, árbitro de la fortuna,
contaba con los dedos relámpagos y naves, también los coletazos del Ángel.

Eufemismos aparte, el lance tenía su destinataria,
modestamente. Angel viajaba en primera persona tarareando un éxito
cuando el suceso golpeó su frente con vertiginosa acrobacia. Distaba, pues, de ser un encontronazo manifiesto,
se alzaba el prodigio en tantas voces, tanta altura tomaba el disco, tanta la flecha del arte. Se entiende que aquel sueño
–demasiado pesado para el sueño– generó su propia ingenuidad
externa, su propia belleza declinante.

Silbos del estanque, áticos soleados, balcones con vistas al próximo pasado de la humanidad,
hierba, mullida hierba, todos los elementos del parque y el cadillac vaporoso –del que Mara bajó sin inmutarse–
agotando el silencio, la familia y su nueva maquinaria,
Jordan y su animal de compañía, todos los sacramentos del parque haciendo sombra a la nación,
haciendo sombras antes del combate; en el centro, una novela negra como el aire y una chica negra subyugando el rap.




domingo, 19 de marzo de 2017

proyecto sobre el aura original


Angel afianza sus raíces, descalza como viene; ella es la que inspira,
la que se desmorona sobre la tierra fértil, y se deja caer como una bendición, otra clase de lluvia y de gorjeo,
cierto revoloteo de pequeñas alas t-o-s-c-a-s. Su lenguaje topa con la ladera, el bosque plantado en la montaña
rusa de las emociones (son nuestras emociones), con la pálida montaña y su estatura marcial,
su compostura y su estado, choca con el silencio que se (nos) impone y con la ausencia razonable de dios.

Angel es un poema que ha vuelto a nacer, se ha rehecho en medio de todo tipo de anomalías,
ha salido con fórceps de la imaginación de la mañana, ese territorio
dulce de las contracciones
y la luz.

Fertilidad es la palabra y cómo la suplican los quicios de las puertas, los balcones extendidos por el aire, la forja
misma de la historia repetida. Tanta gente sin recuerdos, tanta épica
fascinante entre ladrones, la puesta en escena en los márgenes del egoísmo de la mejor
obra del espíritu, su magnífica egolatría representada en un bosque de piedra,
arena dura y simplificaciones acerca del peso del agua en las manos curtidas.

Esta cruda melancolía parece difícil de entender,
ardua tal y como un incendio provocado por el sol que se levanta, mitigado por la noche inmediata y culpable;
el ángel sin zapatos de gamuza, sin maquillaje –como Alicia–, su hermosura
flota a tres o cuatro metros de altitud describiendo un paisaje
moderno de naves espaciales y torres de babel.

Milagros como rápidos cohetes, espectáculos certeros, crepúsculos controlados descritos en tres o cuatro líneas de programa,
espejos decimales construidos a favor del viento que se atasca en el marco de la iglesia,
que rompe en fracciones las campanas y surca el infinito celo de la autoridad celeste.
Comedidos actos que desafían logros infantiles, las especulaciones más introvertidas, crean de la nada
artilugios y canciones, crían animales sin origen
y sintetizan partos en su prosa dogmática.

Oh, terrible abogada del Arte, Angel probable, mérito casual; planeas un edificio común, pero esto es lo que arraiga:
una catedral de sombras, un pasillo cortado, un puente de estatuas y carruajes,
la serenidad que preside la fuerza, la voluntad que asume compromisos de hierro y levanta secretos como
pájaros de niebla. Esto es lo que triunfa: el doloroso misterio del alma frente al mundo
                                                                                                                                          [cercada de futuro y soledad].



sábado, 18 de marzo de 2017

now


El cielo estaba oscuro y, sin embargo, llovía;
¡rómpete, Ángel!, ¡hazte ahora! Now. Oscurecía de pronto y las notas consumían oxígeno con avidez
paranormal, un ser romántico agusanaba las flores, las manzanas
y el verbo en nombre del señor.

Para el verso, incontaminados, inmaculados ángeles biliares
con la vesícula intacta, divinos órganos suyos intocables. Autores de librerías y conciertos, de museos y paradas militares,
alados vínculos, desertores de una legión áulica, primos del paraíso. El carmen
vibra con las pisadas neutras, sin peso alguno, de sus estandartes. Ella ha volado de nuevo y su montaña
resurge, habita conciencias con su tamaño general, es un país
detenido en la gloria.

Por el parque pasan coches con matrículas falsas, banderas de conveniencia,
repletos de noticias también falsas, también inconvenientes. Nadie los ve pasar, apenas una leyenda
urbana, el mecanismo simple de la próxima ensoñación.

Mirad hacia arriba y vedlo: el árbol o el balcón, no ambos a la vez; no es un certamen poético,
se trata de descubrirla en su momento, en una balsa relajante y tímida, algo oscura desde luego, algo tensa, tenebrosa,
de incluirla en la frontera de la realidad, donde los pensamientos se precipitan al vacío
(nulo y verdadero) del olvido. Puede llevar un vaso en la mano, las uñas pintadas de color azul,
el mítico color del combustible de una nave espacial, un color veraniego a pesar de los hielos en el vaso de vidrioso azul.

Ella ha sido diseñada por un formalista en rehabilitación, que ya no toca el método,
está limpio como una patena en cinco dimensiones y está como los chorros del oro incluso en aquel pliegue invisible,
indetectable, replegado sobre su propia incredulidad y su propio
calvario, su libro de memorias y su hagiografía desnortada. Pero ella es hermosa como el amor que sabe a tulipán de fresa
y se comporta bien.

A todas horas el ángel necesita alimento (o es un cuervo); no dan abasto los rapsodas mudos de la industria, los rappers
naturales (exceptuando al KRIT y sus discípulos); su belleza debe ser representada
sobre la nadería del ápice con un pincel de silencio, sobre la luz con una comba de felicidad;
en el centro de la noche, como un árbol o un balcón desiertos, llenos de vida, es decir, tan bellos
como una esperanza pisoteada.



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