Es el lenguaje poético, el lenguaje de
la minoría. Ah, si Emily hubiese conocido la liquidez de las pantallas
blancas, su pluma inagotable, ¿no
habría calado su entusiasmo la densidad perfecta del espejo? En el Parque los
hechos
fluctúan como manivelas insomnes de un
engranaje informal, nada es permanente, ni siquiera el recuerdo de la esencia,
su monolítica espuma.
Es que el lenguaje poético no tiene
remedio, disimula
pero le crecen las uñas, y los dientes;
digamos que reina en el vacío y se parece. Semejante a un Stonehenge
verbal, el parlamento definitivo, la
mesa que nos representa. Sentados a la mesa, los poetas
comen sin apetito real; oh, ¿mas quién
los sirve?, ¿quién ejecuta la danza interminable que adorna las deliberaciones?
Ella vigila todas las pizarras,
absorta en la altura romántica de donde parte la primera parte
del verso contenido en el viento, su
mirada está en peligro, sus ojos son partículas de cuerpo, obleas
consagradas a la revocación del
paraíso. Hierba, hay, trenes que recorren praderas inauditas, líneas rectas que
exudan
protagonismo y confianza, conducen al
desánimo
y la renuncia. Se escucha luego el
parloteo reciente de una nube, su eléctrico frufrú, la chispa
ondulante de su nueva palabra.
Naturaleza se dispara como un espíritu
navideño, como una guitarra maledicente; los chicos vienen por el aire
atravesando desiertos, son como
halcones, son como el polvo que rectifica su escultura, son como el tiempo. La
penúltima
luz deja de leer estrellas y produce
un sordo movimiento de dejadez infinita, un ruido
confinante, una desolación inmaculada.
¡Las cosas que han pasado! Ciertas inseguridades,
ciertos miedos que ahora desnudan su
protocolo frente al ciclo bastardo de las noches.
Lenguas de fuego repasan la memoria de
los ángeles y evitan la revancha; es preciso usar el sortilegio del agua,
pensar seriamente en la generación de
una golem que no pueda autodestruirse; más: editar un manual de instrucciones
para la divina agricultura, el
pastoreo ardiente de los condenados. Ver un Ángel es tan fácil
que no merece la pena pasar las horas
escrutando el futuro con prismáticos de acero,
procesar el firmamento con un viejo
telescopio de persianas bajadas.
Esta muchacha ha inventado la forma,
el zigzag sin asterisco, la contención absoluta en cuatro líneas
viudas, ese cuarto menguante expresivo
que tanto desenreda
el pensamiento; ha registrado el vuelo
constante de una mala idea…Y su risa era un poema puesto a secar al sol,
el símbolo radiante de la lucha que
viene.
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