Se hace la magia en un pequeño flash, esquemático,
tres, cuatro colores, una extensión de color
y las cuatro pinceladas mágicas que
daría un Hechicero Sioux
o Basquiat.
Los cactus alegran el paisaje con su
monotonía sangrante,
su estilo de vida. Podría, ahora, forjar
el territorio un gran vehículo, pero no hay carretera, ni senda,
solo la superficie del cuadro, un
cuarto de estar ligeramente sucio
de arena y polvo blanco de obra.
Un par de criminales como en la ciudad
fantasma. Esferas de maleza circulando sedientas por el barro
y sin mancharse. Personas que aguantan
con estoicismo los cuarenta grados y no sudan una gota de mal.
El sudor es una mancha grotesca. Los
niños sudan sin esa cualidad ingrata
del sudor adulto, del sudor
adolescente que rebasa los márgenes de la decencia y el saber estar. En el
cuarto de estar
se es o no se es, se suda, se duda
también: cualquiera duda de sí
ante el televisor.
Y, no obstante, nada hay salvo una
extensión sin extremidades propias, sin bulto y sin bullicio. El jolgorio está
en el pueblo,
en el salón donde la única corista
ensaya su paso de can-can y los buscadores de oro
se llevan las manos a la espalda. Al
piano, Chico Marx.
En el dibujo, una muchacha espera (virtualmente)
la llegada de algún tipo de ave, un ruiseñor, un mirlo (el señuelo).
En espíritu porque no puede vérsela en
la carpa ni en la pista de baile improvisada,
ni preparando el ponche o ajustando el
programa de la orquesta.
No hay nadie en realidad. El tren hace
años que dejó de pasar aunque todavía se escuche su pitido elegante,
esa forma de felicidad, ese ritmo.
Resulta que es la base que todos estaban apoyando,
el beat de los años veinte (o de los
veinte años, es igual) que todos daban por perdido.
Un indio Sioux sabría de qué color
exacto está la hierba y no sepultaría el tono bajo nubes borrachas.
Basquiat no dudaría un segundo en
desmontar a Warhol -en deconstruirlo-
para completar la escena.
Punky (dontfwithme) aparece por un risco; se ríe
porque el sol está en su cenit y los ejecutivos empiezan
a soltar la gota gorda, perlados y pelados,
insomnes y cariacontecidos. Ella es la reina, la famosa maestra,
inocente como una odiosa comparación.
Y su obra
es un milagro dentro de una caja
negra, el decorado perfecto para asistir al drama obsceno de la soledad
y sus pecados. Víctima ella de una
apariencia de dolor y un simulacro de conciencia.
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