domingo, 27 de abril de 2014

pues no


Ayo merece ser feliz
Ayo (París, 2013)


He aquí un primer plano de la felicidad. ¿La sonrisa?, pues no. Es una foto del vacío
que sigue a la culminación del sueño. Soñar, lo que se dice, es un acto idéntico
al amor, con sus preciosidades y su anhelo. El profesor dijo que el sueño era materia
para una solicitud de asilo. El sueño venía con sol en la barbilla y sorteando obstáculos,
sin matices. Todavía la música anidaba en el cerebro porque era tan real como el recuerdo
de la madre y los hermanos, el griterío y alguna víctima cabizbaja. Anteriormente,
las casas habían resistido el impacto de la sequía y el hambre; ahora oteaban el horizonte
desde una habitación sin techo que no se hacía a la mar.

¿Qué no daría el alma por un momento junto a esa belleza combatiente, junto a su recelo,
al pie de su angustia? ¿No diría su nombre?  ¿No ofrecería su pasado, la llave
tan líquida de su alegría?

El sueño cargaba con un peso excesivo, con todo el peso del espacio entre la fe y la tierra misma.
Rebosaban los puntos cardinales su nadería, el imperio jamás descrito,
donde el maná caía de los cielos y los ríos eran sanas arterias de agua destilada repletas de bonitos peces.
En el sueño, el dragón volaba dormido sin reparar en los azules que agitaban su vértigo constante,
los niños fabulaban un juego distraído entre la arena fina del parque,
uno al que perder de nuevo sin rencor.

Todos los pintores abundan en sus cámaras. Hoy, el pintor es un fotógrafo frustrado,
como ayer fue apercibido en la imaginación de las cortinas, tal vez en la maraña de la luz.
La muchacha no sonríe. Su plano es una góndola, una figura escéptica, con la ética colgando
de la comisura de los labios. Es un primer plano de la conciencia. Una instantánea fiel del continente
perdido, con sus capitales grises anuladas por la historia, sus edificios fracasados, su pátina decadente.

Habla, trae un color. Sobre su mano se posan los gorriones -qué sabios-, sobre su piel un mapa fluye
y se contagia del aire sucio que prometen las máquinas. El tesoro entre los ojos;
actualidad en llamas, la cristalización del deseo confesable.

El sueño es tan opaco que su cumplimiento no produce efectos asequibles. La lucha debe continuar.
Haciendo cola, el policía la mira con descaro; la mirada del estado es siempre embarazosa, torva.
La música es el ancla, cuando el cielo se estira como un chicle y la lluvia levanta muros ácidos.
Primero un pie, y luego el otro, un balanceo imperceptible al ritmo de la pura resistencia.


viernes, 25 de abril de 2014

hipótesis razonable (the event)


Fue una irrupción, una expresión, un aire.
Fue una visión, un caso, un acertijo. A bocanadas de arte, abecedarios de arte. El caso
era que algo se parecía a un crimen sin castigo. Algo que citaba a la literatura, a secas.
La cita podía ser un verso sedicioso. La cuestión era saber el qué.

Pudo ser una diosa. Nadie habría dicho que no existen. Viéndola pasar por dentro del escaparate,
vaya por delante. El colorín, siempre alerta, ejecutaba un trino violento (siempre que no fuese un canario)
lo que es un giro de violentos grados que vuelve la cabeza del revés.
Y hasta el parterre adolecía de su tierra barata.

Los detectives menos indicados qué averiguarían. A quién preguntarían sino al vecindario.
Y el vecindario no contesta. Pero sabe. Hay una ley del silencio ciudadano, una solidaridad perseverante,
una hermandad peninsular en el desmán, el pillaje y otras prácticas ilícitas.
La policía no es bien recibida según y dónde (en ningún sitio).

Luego pudo ser un ángel, porque pasó volando. Dejó un rastro de pétalos, quizás como un rastro de otoño,
no una huella invernal. Tal vez dejara un rastro de luciérnagas, un ni siquiera de sonadas sombras
Sus alas, bien es cierto, manejaban el tiempo (por no decir que vibraban al azar),
eran redes, membranas paralelas que sujetaban una realidad inexplicable.

Por unanimidad salió elegida una chica del barrio bastante omnipotente.
Los que no la habían visto fueron sus más entusiastas valedores. La clerecía en masa
trató de asimilarla a una talla muy antigua. Los sacerdotes la querían virgen.
Querían su belleza inmaculada. Que se llamase María.

Ah, pero no pasaban por ahí los hombres del renacimiento, no por ese nombre ínfimo.
No por la mutilación del nombre igbo largo y reluciente, sistemáticamente recortable
en términos de confianza. O el vertiginoso nombre caribeño, reñido con la pila bautismal.

Pudo, según el poeta que la oyó descender de su púlpito celeste, ser una estrella
anonadada, una tan pequeña como un segundo luz, la segunda estrella más pequeña del mundo,
tan hermosa que habría, sin duda, merecido un reino contrastable, un acuífero o un pozo de petróleo.
Oh, el astro de probada magnitud; el premio de Janelle.

Pero fue una excepción, una ilusión, un pase.
Fue como el arte que se infiltra y duele. A pinceladas, a puñetazos de color. Sin miedo.
Como la música que se convierte en la parte más honda del futuro. Algo que viene a ver,
algo que avanza en medio de la oscuridad. Y trae su aroma.




miércoles, 23 de abril de 2014

el despertar del ángel


Azealia despertó y bajo la almohada encontró el poema. Examinó la palabra
escrita, almohada, la pronunció diez veces, deletreando las ultimas con gran delectación,
hasta que dejó de significar descanso y pasó a sonsacarse otras atribuciones léxicas,
una semántica oculta afloró de repente entre las letras timbradas.
La palabra nadaba contra corriente en el poema;
diversas evocaciones se abrían paso en su mente con diferentes grados de dificultad;
la primera tenía que ver con su infancia, pero no había ratoncitos españoles en su palacio
de la calle ciento diecinueve, ni las hadas solían trasponer la frontera del parque
de no ser por una buena y magnífica razón.

El  poema era largo y presentaba la levedad engañosa de los diarios.
Decidida a averiguar el tenor de la pieza, Azealia comenzó a leer por el principio
que no era exactamente el érase del cuento, sino que ya remitía a los autos judiciales,
pues decía: y en la ciudad a tantos de otros tantos de dos mil y tantos,
lo que llenó a la princesa de estupor, temiendo ser acusada de algún delito imprescriptible
relacionado con sus aspiraciones al trono de Brooklyn, infundio que circulaba
con insistencia por las redes fractales y algunas cloacas bien comunicadas
de las instituciones públicas.

 
pero Azealia no pensó en el poeta...

Llegando a la segunda página, el verso se hizo más monótono que claro
y el corazón de Azealia dio un respingo ante la aparición bastante milagrosa del primer beso.
Como quien no parece interesarse por asunto semejante, aunque palpita y sufre en secreto,
es decir, de mala gana, pero con el corazón en un puño, la princesa comprendió el alcance
demasiado valiente de las metáforas limpias que cortaban el aire
y procedió a ventilar el cuarto abriendo las ventanas de par en par para que entrasen
jilgueros y otros pajarillos deliciosos de su comitiva,  volantes de la corte que se hallaban
armados de pertinaces trinos de intención política, aficionados a la novela negra
de altos vuelos. Y así departió cortésmente con ellos acerca de la pertinencia
de las aliteraciones, así como de ciertas consonancias estridentes que se iba encontrando,
mas mantuvo en silencio y a resguardo el bello centro de sus investigaciones literarias,
el contacto en la primera fase del labio con el labio, breve y tan conciso (y tan excepto).

La nitidez volvió al poema con un redoble calificativo y Azealia se quejó de la poca acción
verbal que supuraba el texto, añorando una aproximación constante, quizá un roce sísmico,
algo salvaje pero tímido, avergonzado de su audacia explicativa y su opacidad formal,
un baile para iniciados, el vals infinitivo o el contraste infinito, la pelea de opuestos
que termina con un abrazo lejano y sin embargo cálido como una declaración
de patente fundamento melancólico.

Oh, la acedia, la depresiva misión de las estrofas siguientes, sumieron a la princesa
en un estado inocente vecino de la desesperación y el llanto torrencial. La hermosa Azealia
sofocó un gemido y convocó a su espejo triste a la habitación, que se había crecido
con el tiempo. Su imagen sonrió consciente de su encanto enrevesado y continuó con la lectura
mientras ella dormía agotada tras su ímprobo esfuerzo reflexivo.

El beso  pellizcaba su pacífico sueño succionando con ansia el cuello torneado,
acariciando los hombros en equilibrio, el culminante nacimiento del pecho. Era pura nostalgia
dividida en cuartos oscuros de memoria lo que anegaba su espíritu, pura información reservada al olvido.

Entonces, Azealia despertó y encontró bajo su almohada este poema.


lunes, 21 de abril de 2014

la medida del éxodo


Imagínala en la calle. Oh, que se detiene el tiempo, se suspende la vida, cesa la música.
Imagínatela: llueve, bajo el sol de febrero, bajo un sol de justicia, bajo una constelación
de corazones. Bajo el sol, en la calle, surgiendo de la nada una flor apacible. La hierba
tropezando en las aceras. La avenida es un río. Imposible no verla, su figura enraizada;
se desliza su familiar silueta protegida. La nube sobre ella, dios sobre ella sin dejar de llover.
Fluye vestida de agua dulce, es un collar de perlas de su aliento, una pulsera de lágrimas.
El mar se acerca, su rugido encauzado en olas primordiales, un sepulcro de arenas en la mente.
Ella camina a su rumbo, según la estrella que la guíe, la estrella que le bese el corazón.

Vestida con orgullo a su estilo más probable: un pañuelo para fijar el oro,
todas las piedras preciosas como cantos rodados bajo sus pies morenos.
De pronto, con la playa entre los ojos, un amanecer en la sonrisa como un espejo feliz.
El rostro de una virgen africana y a su espalda una procesión de jóvenes descalzos, el séquito
perfecto, y ella bajo palio, bajo un sol incontable, bajo una tempestad de corazones.

Imagínatela sobre la tierra (y el muñeco de nieve completa una escena formal). Pero ella no es la madre,
es la hermosa muchacha que responde a su nombre, a cuyo paso se comprime la historia.
Su nariz se dilata -y es ¡preciosa!- para exhalar el vaho, el humo de la consagración, el humo sólido
que compite en acción con los milagros. Sus labios echan fresas por la boca,
son labios oprimidos por el alma, labios que tienen fe en las palabras justas,
palabras pronunciadas con razón, repetidas con rabia, dictadas por una conciencia romántica,
en las palabras altas que pueden salvar de la miseria una temporada infernal.

Imagínatela entrando a trabajar, traspasando el umbral oscuro de la fábrica, la mirada perdida,
las manos extranjeras, la uña despintada a punto de romperse y de rasgar el velo de la realidad.
Ella, que es una princesa, una princesa nubia, una princesa protegida por algún dios
temible o vengativo, un dios negro como el carbón -y tan dichoso-, malgastando su tiempo
amarrada a una cadena de montaje...
           
Ahora, imagínatela que no acate ley alguna, ni acepte órdenes de los hombres,
bella como una rosa en su cáliz de octubre, hermosa como el pecho de un jilguero.

Ella camina, recorre laberintos e intrincados bosques, se comporta con la serenidad absurda de Teseo,
el aplomo del héroe en su casa de hojas, pero como Hansel, con su trauma infantil
helándole las venas. Su karma rutilante en el inicio de todas las maneras de enfrentarse al mundo.
La avenida es un río. La ciudad, un jardín inapetente. Por la mañana, un amanecer de etiqueta
para los animales y los reinos; un grifo, un elfo navegando la aurora, calcinando el asfalto
que se resiste a ceder. Ella en sus tacones que levantan quejidos de las baldosas gélidas,
sus zapatos hechos a la medida del éxodo, sola bajo una fina lluvia de cristal.





sábado, 19 de abril de 2014

cuando se aparta la voz


Como el amor suena así. Cuando una voz se aparta. Ella sola.
Cuando una voz se tuerce y rueda por la boca como una dulce lágrima.
No sabe lo que dice, abre un amanecer de espuma. No sabe lo que canta
            -cuando se aparta la voz-.

Esta voz que desmonta silencios, desencadena mares. Se retira
si no hay más remedio, nada que hacer. Es un silencio doble, invasivo.
Es un silencio a escala inmaterial, sublime. Los quarks no meten ruido, por más extraños.
Cuando el amor suena así es una voz presente que sube una montaña,
y sube la montaña con esfuerzo. La voz que reconforta. Es una voz presente que sube
a la montaña. Y ve. Tantos horizontes, uno detrás de otro hasta el infinito. Todo amaneciendo.

Como el amor habla en una lengua perezosa, la voz deserta, se desertiza y calla.
Sea que la canción deba cantarse, deba sonar a voz en grito, porque sin música ni viento.
El piano. El arpa. El piano es un vaivén pero se duerme, vive sus pesadillas
tras una cortina de humo; en exceso teatral, no termina de decidirse por un gesto.
El arpa se traduce, vuela; nada reduce su vuelo, ese misterio, esa virtud.
Pues el arpa no existe con su mecanismo y su álgebra, antes se desvanece.

Es una maravilla ver ensayar a la orquesta, reconocer el hábito tranquilo de las manos
y escuchar la concordia de la sangre ausente. Qué mal augurio, en cambio,
supone el concierto interrumpido, el corte obsceno que decapita notas sostenidas en vilo
y convoca a los enemigos declarados del arte.

El canto es un espíritu neutral.
Sin guitarra, no tiene relación con la comedia, como aborrece el drama.
En los tambores se acuesta un trozo de canción, la parte líquida o la que no sufre el vértigo
del sol. En la melodía hay un espacio que cierra los ojos para no ver el silencio.
El canto procede de un lugar en llamas.

Mirad qué deprimente el cielo. El cielo y su imprecisa vocación solista, su desprecio
por la lógica. Nada hay en armonía, nada existe bajo la batuta de un dios.
El aire resulta tan anárquico como una rebelión.
Los profetas maldicen todo el tiempo.


jueves, 17 de abril de 2014

alma más oscura que una bolsa de papel


Su talento hacía temblar el mástil, suspendía el balcón sobre la rampa asomada al vacío.
Hermana, dinos algo, danos algo, dame algo, hermana, le decía el mendigo último modelo,
algún pincha vinilos con sus zapatillas aéreas y sus cascos prendidos al máximo nivel.

El volumen de su alma copaba estadios, henchía bajos horizontes, prolongaba atmósferas.
Su talento, víctima de la industria, era un alegato contra la monotonía. Su esencia
trabajaba con todos los colores: arrastraba el malva por los aires, corrosivo naranja
por el suelo alquitranado, sórdido blanco por la piel. Black is beautiful; el negro es lo posible,
lo intangible, el negro es el color de la razón. La belleza más pura tiene su casa
en lo hondo, donde no llega la tozudez de la luz, su paranoia artística. Ella viajaba
hacia un lugar permanente (lo que equivale a no moverse un ápice), no se movía apenas
del sitio convenido, el sito que sabía que era ella la que estaba ahí, tan quieta, tan inmóvil.

Estática, pero gritando alto. La belleza tiene que caer a puro grito, su alarido
es sangre para la mayoría, así como el tiempo es oro aunque sea un oro miserable.
Resulta que el poema chocaba con su alma en ciertas partes porque el poema era mágico
y no podía verse entero, igual que un iceberg. Los versos a la vista eran ya muchos
o demasiados, una tropa gálata de versos, un tropel hipnótico, mesmerizante de líneas
homólogas, de líneas chicas y líneas procesales, un orbe balanceante de renglones arreglados,
cuadriculados, esféricos en tres dimensiones ocultas, compuestos de matices y matisses
recién cortados y pegados en la salsa del lienzo terminal.




Su belleza era tal que lastimaba un kilo por centímetro cuadrado de cuerpo destruido;
el talento le venía bien al tronco versal, que aprovechaba los huesos para hacerse
un caldo de Cervantes. Mas se planchaba el pelo hasta que le quedaba asiático
y emprendía abdominales con frenesí circense (no todo es divinidad, ni al por mayor).

Y Azealia bostezaba un ramo atroz para Bukowski, suavizaba el duro contoneo de la Turner.
Su escena era la propia de un representación sagrada, una aparición mariana, un milagro ful.
Entre su público podía verse al dios de los gitanos, también a otro dios apaleado, azotado
con el látigo cobarde de la patria común. Entre su público, dios no era flagelo, sino víctima
de la industria de la raza, un sector siempre en alza. Jesucristo modulaba su voz, un poco torpe,
un tanto esterotipada y casi nada soul, paradójicamente. Un cristo negro antes de subir a la cruz,
antes de ser crucificado y cambiar de color como un camaleón de la corrección política.

En sus labios, el poema hacía bailar a las estudiantes distinguidas.
El mundo columpiaba sus caderas al ritmo de un extremo malogrado, un exceso de paz
aumentado por la radiactividad de las bases, bueno para el corazón. La primera estrofa
que debería haber sido para Gavlyn (que masca las palabras y les pega ese tirón de primavera).
En su boca, el poema colgaba, cortaba, sacaba la lengua como un rolling stone de pacotilla,
se iba de safari a las islas a cazar monasterios griegos en peligro de extinción.

Oh, Azealia, en vano terminó la temporada. Su talento recalentado en el purgatorio hinchable
de la piscina privada. Sus ojos recitales minusvalorando un texto apócrifo sin ningún valor.
Su primer disco -¡el poema!- entregado a la subyugante alquimia del mercado.


martes, 15 de abril de 2014

lírica masterchef


Sucede que la letra se construye como retrato, foto fija de una rosa. La rosa estriba
en su cordura, crece sobre la fiabilidad de su existencia, una hermosura sin tropiezos.
Así, las palabras escogen su modelo verbal y su acompañamiento, su verdadera música;
las palabras son interrogantes, formas de vida, formas. La forma es sustancial, tan grave
como parece, es la que absorbe el hierro de la primera mirada, la que recibe a las visitas
con sus mejores galas y aquel ojo morado que no ha tenido tiempo de sanar.

La letra vierte su contenido amniótico en la conciencia del papel. Es que el papel no es forma,
no hay forma de concienciarlo tampoco. El papel a su aire, con su pan se lo coma;
su esfuerzo por acoger el sentido, verificar la respuesta más consecuente, administrar el espacio.
Se produce una suerte de maternidad sobrevenida, no deseada, por impulso e imprevista;
el blanco trasluce una situación adversa, acaba médium, comprime y luego deja
que se vayan soltando los encajes, que el sonido vaya componiendo un melodrama para la euforia.
El papel sabotea creaciones y fracasa en su lectura, no se lee, se ojea mentalmente,
memoriza un par de rótulos sangrantes y bascula hacia la máxima función del signo, o su opresión.

Muchos significados que se superponen podrían ser objeto de una síntesis cordial. A fin de cuentas,
de eso trata el poema. Cuando cuenta una historia es que se estira hasta la elegancia,
fomenta el tráfico de enseres, las vacaciones bien remuneradas, los viajes al fondo de cualquier espejo.
Todo intercambiable, incluso el diálogo puesto en la monotonía, esa tesitura agria como un hueso roto.
La forma es sustituida por el color paciente de una película muda. Ocurre que los actores se repiten
algo, fruncen el ceño al unísono, sonríen en comanda y llenan la pantalla de olvido.

Solo un prefacio. El poema es el prólogo de aquello que acaso pudiera llegar a decirse alguna vez,
la introducción a lo nunca escrito. Relevante más por lo que oculta que por lo que cede a mostrar,
las palabras lo recorren casi sin movimiento real, envueltas en un feo sudario de ruido,
premura y ansiedad. El poema es un caso prematuro, un ser desfigurado que lloriquea en falsete.
Tómese un arte de piedra y golpéese bastante con él en el poema: pronto surgirá un invento, el Poemario,
preludio de la Obra. He ahí la prueba de su iniquidad, la manifestación de su escasa raigambre nominal.

El poema, pues, no es fuente de conocimiento, sino de artesanía y malabares juntos (oh, estilo tightrope),
como si le fuese ajena la impronta cultural, por más que se travista su elocuente discurso
de profundidad inmensa. Ya saben, el poema es jamás. Quien afirme lo contrario, yerra,
aspira a una relación distinta -nube única-, la conclusión original o el sano epílogo
que no pueden volver a imaginarse. La musa es un registro desclasado que musita lagunas insufribles,
huecos del tamaño de un eclipse, nada que atender. La poesía es carne para el postre.







lunes, 14 de abril de 2014

Azealia y el descrédito del arte


Azealia discutía un verso. Así con la potencia de su nombre, la indumentaria de su nombre,
el código. Discutía el verso con los filólogos empedernidos, el verso -qué verso-, con los expertos
capaces de la hermenéutica y la concreción. El verso que no era de amor tal vez, pero que siempre era
un verso enamorado. Era un verso de amor de varias sílabas con acentos y licencias que se tomaba
siempre sin pedir permiso. Las sílabas tenían su razón en aquel rap de la calle que sonaba despacio.
El acento brillaba durante una momentánea eternidad como una supernova desmedida
y volvía a caer en el silencio sobre la singularidad de su significado. El verso contaba algo más que silencio,
se tomaba ciertas libertades para rimar sus ángulos, alargaba innecesariamente su cabellera semántica,
llevaba la sintaxis al revés como un jersey a rayas. Ah, y el poeta se reía de las complicaciones,
los encabalgamientos y las asonancias criminales, tantos defectos, tan a la vista, tan al oído público,
esa longitud, ese tamaño difícil de recitar, difícil de leer, imposible de memorizar con todos sus renglones.

El verso estaba escrito en un papel secundario. Se ensordecía como un muro. El verso tragaba sables,
carros y carretas, era un faquir, extendido su cuerpo entre dos líneas paralelas. Ejercitando el eco
según la norma, superada la frontera de Navidson. Azealia se retocaba el maquillaje de una palabra
mansa, letra por letra, deteniéndose un rato en las vocales más amortizadas, delineando el perfil
mohoso de un consonante líquida, modificando los términos de todo acuerdo verbal.




Qué inofensiva acción. El prólogo innegociable. Este verso sureño que le hacía los coros a Elle Varner
con el ímpetu exacto. La mañana sonaba al borde, solo vértigo y cromo. Sin frases que proteger
entre signos enfáticos; el fraseo seguro de una guitarra modulada. Un precipicio poco profundo
como para tirarse de cabeza. El verso era su historia dividida entre dos mundos. Algo de ego,
un vestido insinuante. La sonrisa a imitación del cielo prohibido, azul ajeno a la materia,
la ingenuidad del azul manifestándose a plena luz, sobreviviendo al hechizo de la historia,
el auge de la tradición. Azealia era en redondo, acomplejada por sus ojos limpios
como el suelo de la cancha, azorada a causa de esa levedad tan formidable y cercana:
ella en su casa tumbada en el sofá fumando una versión de la mejor colombiana del país,
mirando un vídeo clásico de Carolina Chocolate Drops en el enorme aparato del cuarto de estar.

El verso era un espacio de contraste para la discusión y la armonía; también para la guerra de cifras
y pecados. Los filólogos renunciaban a hacer la vista gorda y suponían, socorrían, tenían un deber.
Se palpaba el sofoco entre sus recomendaciones. Alfa: mantenían una posición irreconciliable con la música,
y Beta: no contaban con los dedos. Apenas les conmovía la sobriedad del verso, su inapetencia socorrida.
Se lo tomaban a voleo pero en serio, dictándose párrafos sucintos como certeras críticas inmisericordes.
Criticaban la ausencia de astucia comercial, la solemnidad recreativa de cada sintagma por separado
y su cuestionable unidad conceptual. Abortaban cualquier deseo competente hacia el sobreseimiento
del delito. La falta era sonante de profesionalidad, que no de oficio. Era esa débil hondura tan superficial,
esa profundidad a ras de vuelo tan desconcertante. Ese minucioso retorno hacia lo desconocido.

La pequeña que enmendaba la plana a las autoridades léxicas con soltura y definitivo desdén.
Ella que vacilaba al jurado y no dudaba sin embargo un segundo en subrayar la parte más calamitosa
de su especie. Que componía un libro milenario a razón de una página por disco de vinilo.
Azealia nada rácana, premonitoria, asumiendo un escenario irracional para su mítico grupo;
el poema planchado en el tacón, puesto en solfa: debidamente desacreditado.


domingo, 13 de abril de 2014

como después


Érase un corazón carbonizado. No el suyo. El suyo no era el corazón de una diva.
Ella es la chica de Harlem, la Princesa comprometida con su clase. Ella y su memoria,
su repertorio de verdades inéditas.

El suyo era un corazón pluscuamperfecto que fuera lo que fuera era un gigante.
Reina de corazones. Rojo de sangre que no mancha, rojo como un regalo. El cabello también
sofisticado, pequeñas trenzas, grandes trenzas, pelo trenzado a través de los siglos,
trenzado entre dos mares, alrededor del mundo, con sudor y saliva y tanto amor.

No es una imagen. No se trata de prostituir un sueño o liquidar esta romántica intención,
la inacción de no ser más que una rosa de asfalto. Sus labios enferman
como todos los labios, sus labios se constipan por la noche, destapados;
al calor medicinal de las estrellas, labios que no escenifican un adiós
ni pronuncian su aliento. Una boca para la creación, la epopeya central,
lejos de los márgenes que aprovechan la distancia.

La muchacha más bella de Harlem es mucho decir. Ella que desconoce la soledad del parque
recibe a los intrusos con una sonrisa imprudente. Donde el jazz desperdiga su aroma.
Una monería funk. En la fotografía, formando un corazón con esas manos.

Su orgullo proletario edificando estructuras aéreas, casas y talleres para los desposeídos,
fuera de la ley que transmite el cansancio a todas estas malditas almas extenuadas.
Su propia alma forajida, el rostro de su alma en los pasquines,
la estética revolucionaria de su rostro adornando los muros repintados.

Ella afroamericana con su nombre completo tendido al sol y la justicia.
Existe la voz. No necesita hacer una promesa, ni secundar un ritmo,
su voz congenia con la música, hace manitas con el arte, se besa en una esquina con la luz.

Érase un corazón ardido, en llamas, que no lo apaga un beso, que no lo apaga un Nilo
ni un glaciar. No el suyo. El suyo era el carmín de aquel fundido en rojo,
tan puro como el aire después de un espejismo, como el cielo después de su mirada.

jueves, 10 de abril de 2014

uncensored


Esta vida es una sátira. El drama. El Drama. ¡El Drama!
¿Quién se ríe de ti? Todo el tiempo las órdenes: marcapasos, semáforos y condecoraciones.
La solapa cuajada de chapas indecentes, la gorra, las hombreras. El acomodador
del cine lleva un traje hecho a medida (el del cine Uranija puede ser).

            El Bedel es importante, un mandamás. Aquí los generales mandan más que los príncipes.
            La obediencia es menesterosa y cálida. Los filibusteros aquí no llevan parche
            sino plata de ley (en el ejército tocan generala a las tres de la mañana
            y es un desperdicio de sueño y de poder).

La sátira no es satisfactoria. La gente no se ríe ni a la mitad de la doble sesión.
Las chicas se meten mano entre ellas, aburridas. Los obispos no lo ven mal (mientras que).

¡El Drama! Continúa la espectacular actuación de unos cuantos
sinvergüenzas pagados a escote. La mayoría se relame los votos pardos.
¿Qué te confiscarán mañana? Los trajes quedan mal, las mangas largas, las mangas verdes,
el verde cantando su realidad funesta, como si fuera. Volvemos a la naturaleza
(a la nuestra montaraz, concretamente). Es una vuelta a los orígenes
semejante a la muerte de toda la vida.

Oh, qué pequeños somos (aún). Qué pobre nuestra ciencia. La crueldad que nos aflige
no es sino la fase infantil del socialismo que ha de culminar. Ah, pero los niños se resisten y lloran,
tiran piedras que son misiles teledirigidos hacia la gloria.

            La verdad nos castiga. Estamos a las puertas, cerca de saber.
            Asistiremos pronto a una revelación tras otra. Hay una muy considerable
            sobre la estética y es que dios no es guay, carece de glamour.

¿Cuándo te darás cuenta? Ahora no hace falta que reconozcas nada. La vida es función
del tiempo y el tiempo es un enigma (según el oráculo de Matrix).
Pero nadie ha venido a recordártelo desde las estrellas.
Desde las estrellas solo llega luz. Dirás que la luz es un mensaje y estarás en lo cierto.
El drama es que la luz posee un cuerpo único para su alma universal.
El drama es que tú eres como la roca de Marte.

Dios está en el cine viendo una de Aki Kaurismäki. Se congestiona de la risa.
A ratos divide un par de mares como si tal cosa de su entrenamiento emocional.
El caso es que el cine está vacío, como casi siempre.

            El Drama es que no tienes ni casa ni trabajo. Solo un nombre escrito en las facturas.
            Un nombre sin pagar mirando al cielo. Un nombre en el punto de mira de las autoridades.
            Tipos elegantes con galones y chorreras van a por ti, militantes del ansia
            gubernamental, sicarios del capital garantizado.

En escena:
los que torturan y aniquilan vestidos de primera comunión;
los que sospechan un amor para las grandes ocasiones.







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