sábado, 18 de mayo de 2019

una lección aparatosa


Útil literatura inútil. Falsa literatura falsa. Oh, digna apoteosis del ego.
Frente a la necesidad, apoteosis. ¿Honestidad?,
apoteosis. Infundado genio, formas de desarrollarse, formas de ascender en una sociedad anónima. El comportamiento
social se manifiesta de manera ingrata a través del arte, de manera improductiva,
burguesa en el peor sentido, y ordinaria.

Obrero de la construcción: la ciudad es el mejor poema, tú, el mejor poeta. El campesino
parece entender la naturaleza, pero escribe cada día un poema con sus manos que no es suelto ni grave,
simplemente abunda, es actividad, lenguaje emprendedor, pensamiento
atrevido.

Las abejas construyen el poema de la realidad, ligan su líquido
entusiasmo, no es que no sean horrorosas como bacterias microscópicas, no es que no sean deplorables,
inestimables, no es que no asusten a los niños, tan laboriosas e inocentes, tan imprescindibles.

Perspectiva irracional: he ahí el futuro de la poesía; el futuro de la poesía es un fotograma, la burda imagen
apenas consentida, nada predispuesta. Una imagen atrasada,
convocada sin acudir al ensalmo brutal de la tecnología.

Recitar es una pérdida de tiempo. Infructuoso marketing. Afortunadamente desterrado de nuestra actualidad
imaginaria, donde priman los seres inurbanos sobre las atolondradas personas intelectuales y sus estudios
de campo. En esta bárbara religión hay un mejunje de hierbas, un área de balcones
entresacados del relato universal, todos en ruinas como monasterios; hay
avenidas sin curvas, con derivaciones polvorientas, habitadas por figuras miserables, débiles
como apóstoles de atrezo, bukowskies arremangados.

El poema es un milagro distinto de la literatura, con literatura
no se hacen poemas efectivos; los poetas son los peores poetas. Es un hecho. La poesía es el burdel del arte,
y el arte no es sino la máquina de turing de los hijos descarriados,
ángeles sin atributos, muchachas prófugas,
insectos consagrados a la magnitud del humo y la discreta herrumbre de la nieve.



Coco Cerrella (Argentina) 

jueves, 16 de mayo de 2019

ella entre un millón


Una de las mujeres más bellas del mundo
obra en la memoria el arpa de sus labios. Una de las mujeres
más bellas del mundo baila erguida sobre la distancia. Salva una tristeza que nadie sabe
elegir. Es una música tan venerable; nace de la tierra,
nace de la tierra, brota como una gigantesca flor de arena,
blande su esqueleto,
sangra.

Una mujer tan bella como una gigantesca flor de arena
canta en cualquier lengua nativa nacida de la tierra; su poema bascula entre la irritación
y el adorno, el culto al infinito y la civilización necesitada de espanto. Llueve y hay que mostrarse
satisfechos, eliminar de la lista de amigos a aquellos innombrables,
disparar una fotografía en sepia, fumar
tabaco sin filtro como una chimenea, camel americano
sin filtro y sin pudor.

Tocar la guitarra junto a la mujer más bella del mundo, filtrarse entre sus ojos como
una gigantesca flor de arena, tentar al polvo con un ramillete de estrofas, un billete de mil. El campo será
santo o no (será), el verso será santo, será un clavo
en la mano del Ángel, un prototipo del dolor seguro de las infecciones,
una mayúscula al principio del otoño.

Nos dijo: el amor es una esdrújula y, como tal, desune. Toda palabra importante
se acentúa en secreto para no destacar, diluye su hermetismo o trompetea contra la muralla
o el ábside. Quién no lo intuye. La mujer más hermosa del mundo
ha bebido del aire, sus pies tan delicados
sangran sus magulladuras, deportistas del ritmo, más
íntimos que el verso.

Hermosa como el mundo que gira y se retrae, que esconde el tiempo en una esquina del pasado,
lo pone de rodillas; hermosa como el tiempo que nace de los campos atestados de orgullo,
nace de la bulla y el hormigueo, la promesa de una soledad
extraordinaria. Ella es el millón, ha ganado la apuesta, ha elevado
la apuesta contra el acaudalado nervio de la jungla,
victoriosa como una vieja sombra o una nueva potencia.



lunes, 13 de mayo de 2019

fuera del alma


La soledad es parte de otra noche, es parte de otra casa, de otra parte,
se extiende, como el dominio de un ave inconformista, sobre todas las cosas que nos faltan. Nuestra
breve eternidad de cada día, nuestro estilo preparatorio, la pared
contra la que estrellamos nuestra inmensa esperanza.

Preguntad a vuestro Ángel por ese espacio vacante, esa notoriedad del vacío, os dirá que hay un campo inabarcable,
que existe un solo dios.

Ella pisa las flores, sus pies descalzos descansan en la arena de los ojos de un Pegaso
enterrado, en la vasta desiderata del Paraíso y sus afluentes, sus playas de oro, sus nubes de algodón; pues en otra porfía,
el algodón se escucha crecer en la espalda de la muerte, se trafica en su sangre, se lanza
como una maldición o una moneda al aire.

Nuestra dulce extremaunción de cada día, cuando los ánades ventilan su presencia
en bandadas partisanas y la Luna
inaugura un secreto apenas calculado –del todo insuficiente–, en la confianza de que será guardado por las sombras
hasta el final de la historia.

Dios existe únicamente en el tris de lo absoluto, únicamente en las cosas propias de este mundo,
no en la mente que las crea
y las designa. Siempre desaprendiendo la altura, su púrpura
irradiador, sus inhumanidades, la obscena carga de sus extrañas partículas, ¡diosa del universo después de la barbarie!,
tras el saqueo de la nostalgia y las bibliotecas públicas, tras el incendio del Sol.

Hoy hace calor en el Parque, se nota porque las chicas han sacado las manos de los bolsos. Porque
la luz ha hecho novillos y se ha tumbado en la hierba y hay un rescoldo
unánime, un coro de pensamientos, una lógica impura que absorbe el dorado eco de la soledad.



sábado, 11 de mayo de 2019

para luego

Jack Savage

Hay una sombra que me quiere ahora
y una luz que me deja para luego,
ávida sombra que mi piel devora,
cruda luz que hace gárgaras con fuego.

Luz que se traga el llanto de la aurora
y luego vierte lágrimas de ciego,
árida luz que solamente llora
por la sombra desnuda que le niego.

Veo una sombra donde ayer solía
grabar la luz solar su melodía,
todo es silencio ahora entre mis ojos.

Llevo una sombra encima que no quiere
otra luz que la luz que en ella muere
ni otra voz que el temblor de sus despojos.




viernes, 10 de mayo de 2019

donde vive el terror


Trenes. Trenes…3 Tristes trenes. Nadie vive en el número trece, es un solar
que ahí se acaba el mundo. El mundo
termina a las puertas del campo, le pone puertas al campo, cascabeles al sol. La Avenida continúa, tho;
se vive en proximidad, en forma de Ω o en forma de ┼, en forma de ser. Vivir en la Avenida es una forma de ser,
un drama personal, seria concomitancia.

Los trenes empezaron a llegar desde un lugar al este o al oeste de Georgia, o de Texas, una carretera
secundaria salpicada en el plano de las improbabilidades. Incompatible con la escena
caótica del mediodía, la salida de la fábrica, el esfuerzo vitamínico obligatorio o cualquier música fúnebre
arrancada del asiento de atrás del conductor.

Es que había una fuerte demanda de carne para el perro.
Es que las fronteras habían demostrado su franqueza.
Es que las banderas tronaban en un idioma atronador.

Los himnos ondean su letra escarlata. Las palabras cortan, se cortan el paso unas a otras,
levantan muros de papel. En un punto ciego al final de aquella vía suburbana, un número primo impracticable,
vive el magnate de las pesadillas, un magistrado
sin ángel que reparte bombones y bombillas, estatuas y estatuillas, medallas y muñones para vivir a ras,
esparce por la altura toneladas métricas de encanto que alcanzan el suelo
como desesperadas balas de granizo.

Cláxones y montañas a la vista. Fondo de microondas y otros sucesos milagrosos, paraderos de escándalo,
bordes de perfil central. El prólogo se intuye, la sensación de pertenencia a un espacio histórico aún por definirse,
se presume una fiebre parecida al enfriamiento místico, a la resurrección paulatina que la suma poética
intenta por todos los medios, también contra sí misma.

Sin embargo, los trenes aceleran su ausencia, son de otro lugar y de otro tiempo, son para siempre
un transporte maldito, subterráneo, diminutas maquetas con sus revisores y sus maquinistas, sus riachuelos de sangre
a medio coagular, sus lobos hambrientos y sus gatos de Cheshire.
Hay una leyenda sobre el número trece, dice que allí vive el demonio,
que cada día sale a trabajar
y nunca vuelve.




miércoles, 8 de mayo de 2019

sin fiestas que guardar


Hay un problema con la fiesta de la poesía: nadie se presenta.
¿A quién se le ocurre? El Parque ha despertado cargante, paletadas de carbón
sobre el rellano del piso, nubes de polvo en el portal, pequeños animales haciendo animaladas,
cruces herméticas, cruces de barro,
cruces.

Hay un problema con la fiesta de la poesía, que no se reconoce. Ni siquiera el Ángel acude con su cítara
promiscua, en su carruaje de hielo, ni un versículo en forma traspasa el vano de la postración intelectual, tampoco un verso
enfermo, desmejorado, un verso con la peste, leproso y apestado,
contrario a las buenas costumbres, ni un verso hermoso y transparente, ni uno solo.

Ahora hay una reacción popular; las chicas miran al cielo entre bocanadas de humo y otras aspiraciones
ilegales, forman grupos incrédulos en la oscuridad de la mañana, bajo el espíritu del aire;
su miedo es tan ecuánime, tan realmente neutro y tan real, terror en blanco y negro, como las noticias
tristes de cada anochecer.

Las chicas han bajado a la calle. Viven en un recodo de la calle, su calle
es extraordinaria, es un cuento de hadas originalmente escrito por el Ogro; oh, seres poderosos de alado perfil,
alas grises como de paloma, rostros como de muerto, inspiradores.

Pero un verso emerge, raíz inversa, potro de tortura, habitación gigante; es un rato
largo, un rato malo, un retrato infeliz, ah, se lo tiene creído. Destiny ha burlado las aduanas,
lo trae agarrado por el cuello rechinante, arrastrando el sonido de la tentación, la doméstica forma del engaño. Suena
como una balada, con ese mismo poder disuasorio. ¡Es Anne-Marie! –exclama alguien.
No lo es.

Hay un problema con la poesía, que no es una fiesta ni una proclamación, ni entiende
de promesas violadas. El Parque tiene la culpa de la radicalidad y el crimen organizado, de los asesinatos
cometidos a la luz de la luna, actos románticos y otras especulaciones futuristas.
Nadie baja a la calle a la hora de la verdad, nadie cena entre cuatro paredes, las sombras son el refugio y el cañón
de la emboscada, la ventana al universo, el palco desde el que se asiste
a la cruda representación del estoicismo.



domingo, 5 de mayo de 2019

el criterio moral de la familia


Huele a basura, el Arte se pudre en los museos; hongos en los lienzos, el moho que
rubrica las obras maestras de un verde imperialista. La gran crítica ordinaria ha desautorizado a Destiny. La gran crítica
autorizada ha minusvalorado, ha deformado la forma
casta y voluptuosa, tímida pero acostumbrada a las salas vacías del Hermitage, los jardines de las Tullerías,
las bóvedas del Palacio Real.

D. ha subrayado su nombre y es un poema extraordinario. A veces escribe en su despacho
oval, una estancia con vistas al espejo. Destiny
acostumbrada a alternar con la realeza, inventora de la guillotina y el graznido del cuervo. En cetrería, hay un halcón
que se desliza sobre el antebrazo cálido del Ángel.

Alguien debe saber, alguien ha de conocer la epistemología,
el trazado genético, la carga espiritual de los seres alados (la jerarquía convoca concursos de promoción
eterna). Si ha derramado un verso paradójico, de orden administrativo (en consonancia),
consonante. O ha recorrido el silencio
tras un cencerro de oro, una campana herida en mitad del toque de difuntos.

En medio de una pieza escayolada, destaca la seriedad de las frases, la serenidad del día a día, el abrazo
psicótico de la realidad. El don está masificado, lo tienen los millennials y los acomodadores,
los firmantes de un manifiesto introspectivo, también los autores de notas marginales.

Por el olor se sabe dónde radica la putrefacción o el cadavérico alcance del ingenio, ese afán por compartir,
esa necesidad de aclamación disfrazada de portada de revista, anuncio por palabras,
de libro. Destiny ha escrito el libro de su amor cortés, el que no desafina, no cae
mal a los padres, se comporta. Los versos se le acumulan en el capítulo primero con una sórdida ración de protagonismo, una sensación
agraz de pertenencia y asiento. Ella tiene el usufructo del deseo (es tan bella), defiende
la pereza, confía en su secreto, acata el criterio moral de la familia.



'Float Woman', Marcos Guinoza

jueves, 2 de mayo de 2019

AZ bing-band


Hace tiempo que Azealia no se asoma al universo, no se deja ser;
puede que su cabello haya sufrido una metamorfosis y ya no sea aquella cuerda cósmica de color infinito, que sus piernas
hayan culminado la escalada, se descrucen y se abracen, que sus manos hayan ceñido
otra corona, otra diadema, recibido otro lauro inexplicable.

             El universo escala posiciones en la tabla de las cosas
importantes; es un coto cerrado donde ocurren acontecimientos a lo grande.
Los acontecimientos se parecen como hermanos siameses en el universo; la poesía, por fuerza,
algo tendrá que ver en esa cruzada monoteísta de los objetos
experimentales y sus felices dominios.

¡Oh! Sea que AZ aflore por fin su trenza colegial, la amplitud de su agnóstica deriva,
su mala leche atómica, su laboriosa
autenticidad. El universo procede, continúa extinguiéndose a la velocidad del pensamiento lógico –es decir,
muy despacio. Puedes tomarte una cerveza y el universo sigue enfrascado
en su película muda, puedes irte al cine y nada, puedes irte y nada, te puedes morir (es la verdad),
y el universo.

¡Socorro! (help!). La belleza es una experiencia poética, es más, es una incidencia
platónica que no encuentra correlato en la farsa
cotidiana. En qué campo de sentido se manifiesta, es más ¿en qué campo de sentido se manifiesta?, nutritiva
como una crítica a favor de obra.

El poeta se inventó a Azealia y ella fue a cantarle las cuarenta: tuvo que rectificar. Sucede que AZ es el cuentakilómetros
de la realidad. Pues existe un ámbito objetual
expresamente delineado para su disfrute expansivo, repleto de sumas considerables,
inocencia low-cost, lonchas de embutido de primera calidad, corazas automáticas como la de el hombre de hierro.
Estamos en esa fase del desarrollo cósmico que nadie había previsto,
ni siquiera el primogénito de dios.

Hace tiempo que Azealia funde las postales,
corroe las almas de los justos con su impureza gamberra y su proselitismo. Pertenece a la élite del Parque, la crème de la Avenida,
su séquito oscurece el despliegue de las bandas masivas de Nueva Orleans,
su palabra es un Ángel metido en la garganta, su sonrisa, la hipérbole del ansia de vivir.



lunes, 29 de abril de 2019

scarlett independiente


La soledad es el juguete de los que no la conocen, su juerga de fin de carrera,
su juventud cobrada. Aquella fábula de no estar solo adquiere entidad y entonces
Jordan que está sola en el Parque no está sola; y cuando –despoblada– pasea sin pudor por la Avenida,
el eco de su paso único (y unánime), no está sola. Minúscula hormiga perdida en la madeja de la ciudad prohibida;
devastadora, dolorosamente bella –como Scarlett en su última aventura–, no está sola
porque suyo es el nimbo del silencio.

Hay un jilguero romántico
encaramado al aire construyendo una diáspora risueña, su canto elude
las miras telescópicas del proyecto costa roja, enfila el universo desde su corta melodía, su pobre intervención
real. Jordan recala en la Avenida, lleva puesto un vestido
blanco y sus rodillas transmiten levedad con un movimiento explícito, un giro
vacilante; ¡ah!, sus manos gesticulan el prodigio, obran la cantidad precisa de maravillosa
rutina, desgranan el paisaje con delicada obsesión.

Tan elástica y rubia como una lanzadera oxigenada, un combinado de oxígeno y felicidad,
la nada corta la respiración, pero no está sola, rodeada de todo lo que existe:
personas acusadas, personas enconadas, rabiosas, imprevistas, objetos
personales como llaves, navajas, agujas de coser, anillos de pedida, objetos como rosas
enterradas en el agua, lágrimas disueltas en un gramo de sol.

Para la soledad hace falta el ozono místico del Ángel, su cariátide furiosa, su veta de oro; no hay soledad
tan justa y desalmada como la que arroja el ala maternal de una estrella
inventada, no hay profecía más simple.

Jordan, que ha probado el amargo licor de la fortuna, su dulce iridiscencia, que ha sangrado la lluvia del destino
sobre el mantel humilde de los sábados, en el rincón final de la galaxia, sobre la pobre mesa de su llanto,
no está sola. La soledad ha muerto en su mirada, bajo la cruz
nevada de sus ojos negros, en el instante en que el verbo ha trascendido la metáfora y se encamina,
imprudente y triunfal, hacia su resonante paraíso.



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