viernes, 23 de junio de 2017

por el amor de dios


Ángeles alicaídos por mor de lo que son, por el amor que son, el alcohol de quemar, la droga del amor
y sus querubines mentales. Jordan menos mal que tiene a Gris que le da un baño de realidad; ella, que procede de un solar
en llamas, que busca la felicidad sin saberse, de pronto. Antes de comer, nadie
reza, la oración ha perdido su autoestima, apenas se santiguan los ancianos medio muertos de hambre en loor de santidad.

Por eso de que dios ha cometido delitos
–así como cualquiera–, ha subrayado algunos pasajes de las escrituras, o ha debilitado
sus parábolas con un lanzamiento parabólico del verbo.

La instrumentación religiosa deja mucho que desear; todos desean deshacerse del pesado
colgajo de los sacramentos, la llamada a la oración es un desafío
inútil, un sacrificio erróneo. La gente fuma y se defiende, compra lo que puede. Jordan
ha comprado varios cacharros un segundo antes de la explosión inflacionaria (otro universo sacando pecho). Hay que creer
en las estrellas, que son masas profundas e ideales, insólitos destinos
vacacionales como Roma lo fue: ahora el parque es una Roma de más.

Ahora se carece de banda sonora; aunque los ángeles son tan bellos que te enamoras a la fuerza
de su leitmotiv y su pandemia: muchos llevan pistola y la usan a la menor provocación,
llevan espráis antirrobo, llevan puñal,
como santurrones. Seres irredentos poseedores de una esbeltez indómita y procesional. Hechos consumados que aparecen
en cuevas y moquetas, desarrollan avenidas sin nombre,
ordenan la secuencia infinita de acontecimientos que hace girar la imaginación del mundo.

Todo (sea) por el milagro. Un plato de arroz
dividido en mínimas fracciones de supervivencia; la multiplicación de la ignorancia
o el triunfo del sentimiento perpetuo. Se ha producido una inundación de alas que invaden el cielo de colillas mal apagadas,
chispas de un volumen colosal, codiciadas líneas de aprendizaje. Todo por la prudencia
exacta de un milagro ordinario, sin exagerar.

Ah, (el) Angel Haze ha conversado con dios disfrazada de moderna colegiala;
entonces se ha solidificado el arte (que había sido) puesto en entredicho, los versos han probado su propia medicina vital
hasta el efímero retablo de la soledad y sus mecánicas inspiraciones,
su desayuno moral. Y el parque ha alzado en verde su metáfora porque la hierba ha muerto en brazos de la fe,
igual que un árbol del paraíso, con la misma entereza.




miércoles, 21 de junio de 2017

la verdad en un sótano de gotham


El verso había roto, era un verso roto y amputado, ¡pues se habría caído de algún árbol!,
oh, aquella rama salvaje. Jordan pasa, lo-ve. Hay un pedacito de nieve amalgamada en todas partes,
discretamente helada para no parecer mayor. Napoleón ha levantado sus cruzadas,
ha invadido Rusia y los soldados van vestidos de blanco, entonces
una muchacha (Jordan no es). Es inverosímil; ahora nadie se viste de blanco.
La guerra ha terminado.

Veamos: Ella Eyre canta todo lo que sabe. El interrogatorio del DJ. En un sótano de Gotham. Donde
los pájaros nunca han piado, donde los pájaros son murciélagos
sin alma. Digamos que el verso la incluye en uno de sus trazos más enérgicos,
pero Jordan no llega con sus uñas tuneadas, postizas como un ramo de rosas.

Verso a verso se va deteriorando el género; las palabras ocupan más espacio del debido,
se apoltronan en el autobús del poema y tienen a la soledad hecha un guiñapo, y al olvido lo tienen olvidado. Ha muerto
una rima de frío, no estaba en LA y los ángeles no la vieron morir. Tampoco Angel Haze, que disfruta de un sexto
sentido para advertir el alma, cuando vale la pena.

Jordan se ha declarado romántica bajo fianza, bajo el agua se ha confesado romántica y ha entonado una balada
casi perfecta con la voz puesta en pie: Even If. Y los trenes se han detenido a mirarla
y se ha detenido la sangre de sus venas férreas, muertas sus vías a ninguna parte, fuera de campo.

El ángel (Haze) sabe que no existe salvación fuera del Partido. Dios le ha confiado esa revelación
dominical para que la traslade con gran economía de medios a la entera población mundial (y sus espíritus). El Partido
es una iglesia metropolitana con su Predicador fascista y sus rehenes en fila
antes de recibir un tiro en la nuca. Resuenan los salmos pre(ten)ciosos y Napoleón en persona
asiste a la primera tanda de fusilamientos. Los cadalsos consisten en un árbol y otro más allá, todos gigantes,
y de cada uno de ellos pende una soga bien trenzada, muy sufrida (dicen que bien trenzada por el pueblo).

El verso formaba parte de los archivos más alocados del distrito; ungido de fragilidad, su encanto
era tan verificable como una entrega de armamento o un escupitajo torpemente
eyectado sobre la pulcritud amarga de la vida. En cada músico hay un poeta resignado, en cada melodía
yace el martirio de una esclavitud perversa.

Pero ahora los chicos se han merendado la pequeña sombra que hay en ti, Jordan. Tus piernas, tus pechos, tus manos,
languidecen como trenzas principescas, ¡ah, veleidosa Julieta! Tú amor es uno entre un millón de especies
del amor; serás feliz cuando tus labios sean los únicos labios (a qué maravillosa escala)
y tu romanticismo aguante impávido las traiciones de la noche, tu corazón
aguarde una epifanía bastarda. Porque dios habita en un tizón de sucia nieve inmaculada. También en ti.




martes, 20 de junio de 2017

aquí llueve


Momentos estelares de la vida familiar: la cuchara cae al suelo –hace calor–, el niño tira un cenicero por el balcón,
la leche está demasiado caliente, vamos de compras (saldos a favor). Todo eso ocurría entonces; los niños
iban al colegio a que les partiesen la cara, los padres
trabajaban llenos de cicatrices. Las fábricas estaban rotas por dentro, pero nadie parecía
notarlo. Ni siquiera el humo avanzaba su patriótico desquite (pronóstico reservado). El humo serpenteaba
inocuo para el plástico reinante y Matrix incubaba
píldoras azules entre la basura real.

La familia de Jordan hacía milagros con la paga: qué buena escuela. Un hipódromo en la memoria
y los caballos salvajes inaugurando la tierra, salpicándose de espuma. Libros
voladores, cañones americanos para un desastroso hilo de agua sucia. Los libros aterrizaban en el mundo y eran
reescritos por un puñado de profetas anticrisis.

Afilar el puñal junto a la hoguera, junto a más bestias de doradas crines,
perseguir una corriente de aire hasta su desembocadura. Ir al cine a proyectar un pensamiento común.

La gente se moría viendo la televisión, comiendo tan poco como nunca, las pizzas se pudrían en el horno,
las hamburguesas todavía pertenecían a sus vivos propietarios. Un manantial de gérmenes, un rosario de filetes ahumados,
agusanados y flexibles. Toda el agua en el cielo (todavía en manos de ángeles esquivos y terribles).
Era su momento estelar; el instante divino en que la cosa cambia y empieza a llover
a cántaros sobre la propiedad privada y sus cauces legales.

Hubo una cabaña de esclavos donde el amo observó la inundación; aquí llueve.  Pero siguió sin arreglarse el tejado.
Y fueron los propios esclavos, fue Nat Turner
quien tuvo que encargarse de solucionar el problema. A esto se le llama
desviarse del camino. Las anécdotas desvirtúan la ortopedia narrativa, aunque el poeta se ponga su traje de gala
y sea el hijo mediano de una familia corrupta. Y escuche a Masta Ace
(¡ah, ya coge ritmo el ancla!), que se digna a repetir una frase o finge una canción de trabajo.

Antes te deslomaban (bien lo sabe el poeta) por un quítame allá esos libros encerrados; los libros
eran enterrados o tal vez se los exiliaba hacia alguna biblia, mensajes en una botella
de anís. Se conoce que los versos se hunden y fracasan estrepitosamente.
Solo los mejores aprenden a nadar y se sostienen después de haber sido devorados, regurgitados por una inteligencia
superior que hace salivar y derretirse.

Hoy Jordan va vestida para qué. No toca. La belleza se arrastra por el suelo entarimado; hay una mesa de mezclas
bautizando el silencio con su giro y su potencia sexual. La DJ está en el reino de los cielos,
forcejea con los mandos y se traslada a un fiordo musical donde la gente es hielo para el bourbon
y el dinero vuelve a significar una patada en la sien de otra saga interminable.


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sábado, 17 de junio de 2017

nomenclatura


Observar con seriedad el paisaje desaparecido y, por tanto, perfecto; el talismán
futurista o aquello que no se ve. Cuadrar la perspectiva es algo psicológico (al poeta no le pregunten por qué). Ahí
no hay nada salvo un borrón sin aspavientos, una llama austera que podría tener
alguna semejanza con el alma enterrada en el hueco de la fuente, en el caño metálico oxidado y feliz.

El cuadro forma parte de una exposición entreverada –como diría el poeta. Exhaustos,
comparecen los críticos, fumando a caladas tenues y sincrónicas (o sin-crónicas), malhumorados
a través de un salto en el vacío de la comunicación, esto es: un tríptico comunicativo. El cuadro interpela,
consume, es una diatriba de colores y engaños; pertenece
tanto como se quiera a la industria agónica, química de la posverdad y el arte povera, esa verdad en ciernes,
propia de los viernes por la tarde, tan tierna y maquiavélica.

Todos saben cuál es su época, la que toca vivir. La última certeza era débil,
se hallan, por tanto, en la simpática ERA DE LA POSFALACIA y su licuefacción intelectual. Los listos esparcen su conocimiento
amargo por los surcos cerebrales de una mayoría simple: sin piedad. Dicen de ellos
que saben latín.

Ahora las chicas con Jordan a la cabeza (no: está en una esquina, o yace). El liderazgo se basa
bastante en la nomenclatura, están: Rama, Rosario, Jordan, Angel Haze,
(make Azealia great again). Janelle, Chimamanda e Ifemelu. Gruesas artistas genuinas, different, consagradas a la modernidad
como a cierta distopía literaria. Por supuesto, son ángeles o al menos poseen
el poder neutro y medieval de la fantasía draconiana, obran filtros, fuman piedras,
mezclan en sus gargantas un maremágnum oscuro.

Son falsos los rayos en el cuadro, pero llueve. La inundación
estalla a una escala micrométrica. Se ve que el agua fomenta la cordura; en medio del ambiente, cerca
del molino y su gigante, los ojos se distribuyen la paleta enferma del copista.

A Jordan, como es natural, la música no le preocupa; en ella la acústica es de natural profana,
su mente ordena las secuencias rítmicas de mejor a peor, las protege de sí mismas y su tendencia a la irrelevancia
nominal, el estereotipo percuciente. Expone con un leve circunloquio su manera de reír;
ella dispone de una melancolía infatigable, sus piernas flotan como estatuillas de papel de arroz.

El eco de los pájaros resuena en el marco de la imagen y en el espejo
se muestra un párrafo cualquiera redactado en un tono pintoresco. Luego habrá que encontrar los siete
errores, pero por el momento basta con saberse de memoria la partitura
impresa en el eterno crepitar del agua.



miércoles, 14 de junio de 2017

los cuadros invisibles


Prohibieron pintar a los pintores y luego requisaron los cuadros invisibles; más de doscientos
psicólogos para tratar ese desorden en concreto.

En la antigüedad, los artistas vivían como dios,
prietos en la carcoma de su inexistencia. Ahora viven como dios; y en los muros de la patria se escucha
un grito: nolite te bastardes carborundorum. Es la verdad. El arte se ha puesto
morrocotudo, de morros, pues, abunda como una plaga.

Ahora es mejor darse uno mismo la extremaunción (lo que está permitido). Los barracones
son imaginarios o de juguete, solo parecen barracones vistos desde una distancia insoportable, híbridos de tierra y cielo,
torres de pan negro. El café ha caído del cielo, el profeta se apunta un tanto.
Todos los profetas se apellidan igual, todos se llaman Jesús de N. La realidad es un incordio
porque aguanta, se reproduce y muere.

Hasta Jordan chapurrea el español, dice: te amo,
tal vez lo intenta desde algún cobertizo bajo el mismo árbol, se la entiende mejor
que ayer. Cada vez ama mejor (y eso lo nota el poema). Incluso el poeta se ha bajado del árbol para oírte mejor. Luego
se le olvida el mundo.

Hay poetas que lo llaman rap, lo llamarían rap y saldrían corriendo. Las prohibiciones llegan por sorpresa, son de no creerlo.
Unos dicen que increíble. Otros callan por la calle de la amargura. Las chicas ya no saben
de fiestas; consultan el oráculo antes de fichar en la fábrica de chocolate.

Para entrar a trabajar en la fábrica es necesario hablar varios idiomas. La explotación
viene de lejos. Siempre te pueden despedir en chino mandarín
(o en latín de barrio, ¡nolite te bastardes…!). Cuando Jordan no puede cantar porque está prohibido, se sorprende,
se lo toma a mal. Todavía puede besar, pero no encuentra el verso ad hoc.

Lágrimas desnaturalizadas recorren el rostro de la primavera;
junto a la cruz gamada, los chavales han pintado un vómito gigante que se reproduce,
aguanta. Al pasar por ciertas calles principales aún pueden escucharse los lamentos de los detenidos, oh, hacinados
en aquellas habitaciones enormes.

Las promesas incuban tal melancolía; ya ni el teléfono arranca novedades de humo; las chicas
posan con sus ombligos vírgenes, sus trenzas verticales, y todas las madres se alejan. Esto contaban
los cuadros invisibles. 



lunes, 12 de junio de 2017

aquellas bombas celestiales


Vuelta a la desolación. El desierto es lo contrario del amor. Allí los ángeles
pasan hambre también. Ah, el amor, qué fuerza estúpida. Dijo el ángel antes de comer: el desierto es frustrante,
¡cuánto campo alrededor! (ver un ángel de todo corazón: si lo ves, te ama). Volar sobre la arena tiene mérito,
tanto como comerse una hamburguesa
y luego aflorar una sentencia anónima, algo sectario, el sincero aforismo postergado o la cita
caliente con la posteridad.

Cuando –desertizado el paisaje– los ángeles huyeron hacia la salida de emergencia
echando a volar de improviso hartos de amor y mezcolanza, de caracteres impresos y nueva ciencia ficción,
cansados de violar libros sagrados y cometer impuros sentimientos, ebrios de literalidad
e incontinencia, pensándose las esdrújulas durante una cruel semana santa, insanos lectores de Bukowski y sus tensiones,
sus ojos luciferinos alterados por una bandada de insectos
musicales, seguían a su instinto; el ángel llamado Angel Haze distribuía víveres entre los refugiados
dejándolos caer como bombas cordiales. Bullía el campo de satisfacción y las paredes
brotaban de la tierra, los ríos se reían de su obra.

Jordan había soñado con la esperanza de un verdor
anaranjado, un zumo escuálido. La hierba, meticulosamente recortada, regada por un máximo de llanto,
despedía el humo de las lamentaciones y los dedos se volvían huéspedes tacaños mientras liaban sin parar cigarrillos
adultos. La belleza se quedó apartada en un balcón con vistas a la beneficencia,
disputándose el cetro de la melancolía con un filón de revistas del cuore y un famoso
eslabón perdido.

El primer y único negocio abierto aquel año en el espacio fue un expendedor de invitaciones,
que era al mismo tiempo una financiera milagrosa. Las chicas vigilaban la inocente
curva de los mecanismos autentificados, su funcionamiento extraoficial; vibraban llenas de dominio,
redondas de pureza. Hubo un ciego lastimoso que recuperó la sed, un cojo que vio nacer en su interior una deformidad
constante a la que llamó su alma en un destello de inspiración felibre.

Angel Haze instó a Jordan a un dueto de salmos deificantes. Y ambas irrumpieron en el templo
apartando tablones de madera con un juego de barras y un puré de rimas
invencibles. Al desierto ahora se le nombra y es algo a través, un baremo de realidades donde puedes encontrar un arce
o un lago de superficie helada. Una de ellas vio el amanecer en un plato de ensalada para dos,
pero era el amor que asomaba la frente con un ojo morado y una sombra
volcada entre los labios.




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