viernes, 21 de julio de 2017

mexicali (pasaba por ahí)


Qué grato escuchar los planes de los jóvenes, su desinhibida temporalidad, su ambicioso futuro. Pero aquí
pensamos en la literatura, este fogoso introito, esta desavenencia
con el día de mañana.

Se nos mueren los versos en las manos, cuando los tenemos en la punta del sagrado arte
y llegan abrasados y cobardes al cristal líquido y sus liquidaciones. Ah, escuchamos la guitarra de Boston,
More Than A Feeling y todo cobra un sentido como enclavado en una caja de pino,
como a dos metros bajo tierra, un sentido averno y complaciente; una diabólica misantropía nos invade.

El poeta usa el piolet (cosas del teclado) y escala su árbol secuoya como un vampiro
diletante o sobrealimentado, se va leyendo a medida que redacta el epílogo de siempre,
la modernización extenuante, qué jerigonza apalabrada como en un lenguaje sin argumentos para la verdad, un arameo
incorrupto: fuera del cono de luz de Mexicali, la polifonía del persa, las galletas persas cocinadas por la mismísima Parvaneh.

Ha visto pasar a Jordan con su séquito de (¿mariposas?, ¿luciérnagas?) Amor –que sí.
iba silbando una melodía irregular, desquiciada para su gusto: es por el método del rap. No es que fuera
en su tabla de skate con el pelo negro rolando a babor, desafiando al viento corsario del pequeño Walden, su romántica
visibilidad, iba entonando salves bajo un granizado de metralla indolora, un pensamiento
sintáctico la cobijaba de su propio fuego amigo, el clásico retorno.

Dicen que el mundo se repite tantas veces. En un instante el mundo es una aparición: los fantasmas
existen en el plano negativo de la realidad, hacen cola en la taquilla
como un alma cualquiera (para ver a dios). Dicen que todo se repite alguna vez. Y el ángel lo recuerda, acude al bar a tomarse
una soda, se refresca las alas en la fuente, discute las maravillas de la obra, toma nota de cada símbolo en la arena.

Y la montaña crece envilecida, no cartesiana, más torcida y descarriada:
no es viable, pero encuentra otra solución, asume el diálogo con las musas con naturalidad monástica,
edifica una cartuja en el museo y consigue una performance seca,
libertaria. Hay que situarse en el sistema solar y comenzar a mapear superficies con esmero,
identificar las soberbias cordilleras venusianas, los masivos cráteres, la personalidad de Encélado o el espacio
cinematográfico de Ganímedes. Esto es un Lope de Vega cósmico, la metamorfosis en veinticuatro horas de terror.

El poema ha sido despiezado por el cazador, escriturado en el notario, condensado como leche condensada; y ella
lo lee con la boca pequeña, rehaciendo un mohín angelical que termina antes de tiempo en una sonrisa
decidida a acabar con las miserias de la creación.




miércoles, 19 de julio de 2017

laniakea


Oh, es una montaña del género barroco; mejor que los mil y pico libros del tío Víctor,
más allá de los mil cuatrocientos de Blavatsky (de las 1.280 almas de rigor),
un compendio fiscal, el maremágnum. Esto se repite,
de aquí escapa la mano mágica de Jordan, que sale de la tierra como en un largometraje de la serie B,
avanza una probabilidad imaginaria, su estilismo organizativo. Entre el torrente
rústico de palabras y composiciones, ese mar ruidoso y ambiguo que rompe tabúes como cráneos, la persona
de labios amarillos que escucha a Daniel Caesar (respetando la herencia del soul).

Esta aristocracia que se impone sobre la minucia resultante del esfuerzo innatural de la mecanografía,
su trabajoso afán que obtiene la recompensa menos satisfactoria. Es la naturaleza directamente implicada en el chollo
luminoso del arte y sus Ifigenias sacrificiales, relativamente
acreditada cuando enarbola su lanza térmica en pos de la noticia abierta y su tic continental.

Es una proeza digna. Un caramelo a la puerta de la Academia. La poderosa droga, el fentanilo en las venas
de la patria corrupta y sus aranceles literarios; el guionista español se mesa los cabellos
frente a la demolición de su casita gótica, su gótico carpintero de segunda mano, mal realizado, espantoso y poco espabilado,
masificado en pisos de protección criminal. Los guionistas y los editorialistas –juntos pero como revueltos– ensillan
sus monturas apaleadas, arrean y sudan por aspersión, huyen del poema terrenal,
la mayúscula lluvia que arredra y atenaza, que fusila los párpados y saca la basura después de cenar.

Se trata de una nueva hipótesis, grande como un tornado americano, grata lo mismo que una crucifixión ajena,
espectacular; la sucesiva lapidación de un motor de doscientos caballos, el escarnio público de la enésima nave Apolo.
Los versos creen en la potestad y el empuje industrial,
abusan de su materia compulsiva, resultan oprobiosos, neutros cuando no podrían serlo;
hay que escarbar en el serrín obsceno de los bares cerrados, en la arena del circo, el festín sanguinolento de la plaza,
hurgar en el monoteísmo de la nación para hallar un solo acorde prodigioso,
una mínima escoria del teatro puro que sepulta la magia.

Jordan ha creído en su belleza de estrella
y ha escalado posiciones en el elenco furioso del Olimpo (desplazando a otros exterminadores). Su rostro
encuadra el portentoso fiasco de la felicidad, todas sus insinuaciones postergadas, su labor de zapa. Sus manos dibujan
credos o aplauden sin ganas la representación del caos-ordinario-universal. Es una partícula
lo que puede con ella, el consejo capaz de aliviar el bochorno de la corte, otro verso irradiado por la masa lírica y su concentración
gravitatoria, su Laniakea métrica, que invita a una era de oscuridad y log(r)os (porque la libertad
ha muerto en brazos del silencio). Tal vez se hizo la luz demasiado temprano
para ella. Tal vez la forma no fuera consecuente, el vacío fuese demasiado perfecto, tristemente perfecto
para la poesía de su voz.



domingo, 16 de julio de 2017

desánimo y paciencia


Antes de aquello, antes,
el poema se escribía solo; bastaba bajar a la calle y esperar al primer coche patrulla. Bastaba
conectarse y echar un vistazo al primer vídeo espeluznante. Ahora la Policía
es un armazón vacío, deshecho, y la calle, un laboratorio violado.

Árboles amenazan lluvia y los poetas se mojan, comprensivos, deslizan su mirada insuficiente por la túnica
púrpura del espejismo de guardia, somatizan el color de una aurora
inofensiva. Y puntúan sus movimientos gloriosos, juegan a la ruleta rusa con el tipo en el espejo,
con la señora que fuma en el balcón. Hay una producción estética semejante a un manantial de cruces,
algo como una promesa insuperable. Y las chicas balbucean buena música hasta que llega Angel
y demanda su (vestido de) noche, y su proyecto.

La noche se masturba –colectivamente– sin que nadie la vea, es la ventaja de los procedimientos absurdos;
las estrellas creen lo que ven, saben ser verdad en la distancia. El día ha recompuesto su esbelta
figura de mancebo, su sombra atlética de femme fatale. Desánimo y paciencia;
cunde el desánimo entre la variopinta multitud de personas sin hogar, ojos como de alemanes después de una gran guerra,
se nota esa cultura alemana a la que aspira toda ciudad bombardeada. De los despojos
ha surgido una nación poética, maximizada por la propia inercia de su nombre en ruinas. Sobre Vietnam
fueron arrojadas más bombas que en la entera WWII, es un dato
sorprendente, que no tiene rival; luego: cinco millones contra cincuenta mil, que es la sana proporción de bajas del imperio.
Oh, de nuevo, disculpen la digresión.

El parque ha modificado su grandeza; los ángeles llevan uniforme con chorreras
y volantes, sus galones refulgen como amatistas, como chispas automáticas, larvas de placer. Vamos,
aunque haya niños muertos por los callejones, aunque los túneles no escapen de la cárcel, no arraiguen bajo la tierra.

Pedir perdón no sirve de nada, dios ha dejado de torturarse, de humanizarse por la humanidad, ya no exige sacrificios,
ya no existe. Solo los ángeles perpetúan la estirpe, bajan despreocupados por la Avenida South Presa en San Antonio,
milagreando de vez en cuando como solistas de la redención. Uno de ellos –el único inservible– ha respetado la inocencia
de un adicto a la heroína, ha taladrado los muros del sistema penitenciario,
ha penetrado en los restos de la revolución.

Después de todo, el hambre es una cuestión de fe. El arte de burlar la ley del más fuerte
coincide con el arte. Además, el Angel es bellísima, parece que tiene un cuervo posado sobre el hombro, parece que una lágrima
resbala por su mejilla oscura, que un poema lo salva de morir en paz.



viernes, 14 de julio de 2017

la desgana de escribir


En Jordan finaliza el Arte. Dicho así, con esa rotunda aproximación a la tragedia. Todo el Arte, dicho así. Ah, Jordan
ha pinchado el globito de Koons, se ha reído de Orozco, ha terminado con la última
lata de sopa Campbell’s del mercado, sorbiéndola con delectación. Ahora solo
Basquiat es capaz de seguirla el ritmo, solo él le aguanta la mirada, le sostiene el pulso.

Todo tiene que ver con el racismo. También el Arte y sus macondos, sus relamidas manutenciones,
sus estereotipos petrefactos (y sus petrodólares). Incluso la raza. Ayer,
una muchacha negra –hermosa como una princesa (por si fuese necesaria la aclaración)– fue confundida por la policía
con un tipo negro y alto, calvo y con perilla, detenida, agredida y esposada, reducida y acusada de resistencia a la autoridad,
su nombre era Tatyana, y pudo contarlo. Disculpen la interrupción.

El parque ya rebosa de arte urbano, es una alcantarilla mayestática. Los chicos hacen
deporte detrás de algunos animales (¿comestibles?) y los autos racanean oxígeno por las alturas. Mucha hierba
y pintadas con acrónimos: A.C.A.B.; el rostro del poeta Ho Chi Minh, icónico y feliz, adornando
la fachada del rudo Ayuntamiento.

Poetas, lo que se dice, solo uno. Con su ritmo y su desgana,
desgañitándose desde la copa, con su sombrero de copa y, en la mano, una copa de vino portugués; el poema
se lo escriben: las nubes voladoras, los pájaros ausentes,
las letras del letrero luminoso de la esquina, la autobiografía del capocannoniere. También Warhol y su poderosa inacción,
su verbigracia y su extremo. Cualquiera hoy es capaz. Se cree en posesión del secreto de la insignificancia, cualquiera se llama
bárbaro hoy en día y escribe un verso, al parecer.

Al parecer, en Jordan finaliza el Arte; se asiste al ocaso de la representación
moderna y colegial. Cuántos retardados hundieron el mercadillo voluminoso de las colecciones. Ellos
sacralizaron y conventizaron el panorama autónomo, deshumanizaron la entradilla del museo; cómo anhelaban
un museo en cada pueblo, la exposición permanente de su nulidad geométrica, la volubilidad global de sus invenciones.

Pero la fiesta ha hecho kaput, se ha poblado de eunucos artísticos
cuya impotencia misteriosa ha desembocado en un sumidero de artificios y puertas desconchadas. Ahora van,
recua de zombis, por la avenida, comitiva de artistas degenerados culpable de la angustia del planeta como del menoscabo
de la ciencia. Y, por debajo (y por siempre), un estrecho comité de personajes reales
–ángeles destinados a la lucha–
disputándole el cetro de la verdad al mismísimo Demiurgo, tan excéntrico.

Jordan por el aire: así se apura un joint, así se da qué hablar en los cenáculos más comprometidos. Pues lleva un foulard
acanalado y sus dispersos vértices señalan cuatro puntos diminutos, la luz del sol incide en su barbilla con milimétrica
ensoñación. El cuadro ya está en la galería cuando Basquiat lo observa de reojo en la sala de espera del dentista. 




miércoles, 12 de julio de 2017

Angel digno de todo mal


Todo por el índice y la enumeración de los proscritos; qué nivel de retórica endiablada
auspician aquellos dignos de la composición del arte. Que fascinación produce el propio impulso, la propia
decisión, el gran deseo, la inopia colosal y aterradora
que oscurece el mundo hasta la náusea y solo brilla cerca de nuestra sombra
cómica. Es tan gracioso el arte con su gracia, lleno de gracia y precisión sintáctica,
como una virgen populista.

Allá los cántaros rotos del milagro, sus preocupaciones
dentro de la normalidad. Y cuanto más abjuran de su alma y se postran ante el ídolo espurio del modernismo a toda costa,
más contienen el germen de la descendencia, de su decadencia
extraordinaria, la llama viva de la vejez que aguarda paciente su egoísmo.

Por eso (y tanto), Jordan se ha consumado en el poema, es una consumada hechicera, una consumada
acróbata, una consumada teórica del mal. Su belleza abunda en la monotonía,
su calma angelical se diluye en los estados del espíritu, la cuesta que sube con su alma, el peso de unos labios
asediados. Ella pasa como un río y a veces inunda corazones.

Estamos en el sueño de la palabra que es ella, lejos de la posibilidad y el realismo mágico,
ajenos a la fundación de la conciencia y a las fundas de la mente, sus heroicidades y apareamientos sucesivos,
sus placeres y decepciones. Allí donde aparece el único Angel aceptable
decapitándose o desgajándose de su divinidad
como un pequeño conato de lluvia o una invitación a la neblina. Oh, sentado a la mesa del padre
autoritario, su patriarcado celeste, mesándose una raza de plumas incipientes, el cabello ambarino.

Sobre una extensión de trigo, se alza el monasterio de donde brota el parque como un retoño
hernandiano –vivo, por tanto–, lugar de escenas bíblicas, autopista al océano pacífico. Se produce en su seno el caos,
pero de forma unánime, esencial, la entropía se desata de sus ligaduras reales. El arte parece tan inútil como decía la televisión,
surge de un modo olímpico, hay una enorme competencia
poética entre cadáveres y seres de otros mundos. El mundo está aparcado, se reduce
a una población de amaneceres dispuestos en línea recta, lágrimas de hierba y otras consecuencias naturales.

Junto al mar, Jordan se marea y fuma sin descanso; los ojos de la luna son ventanas indiscretas. La Luna
es de su propiedad, como la arena que se le mete en los zapatos
y el agua que respira en su cara de ángel.



lunes, 10 de julio de 2017

bienvenidos a la frontera del éxtasis


Ya no es el poema, sino la fatalidad, el reemplazo o la materia ausente del propio verbo, de la que está
construida la historia, no los sueños. Hubo un espacio para el aprendizaje
durante el que fueron creados los primeros poemas, los siguientes más tarde, y fueron todos
celebrados como iluminaciones, perlas de su autoría,
breves autoridades literarias encorvadas bajo el peso de la tradición humillante.

Primero fueron los poemas, luego, la poesía. Recorre el parque
un tremendo caudal, una fatigosa corriente hecha de palabras y sonidos iguales, tácitos;
el divino nabí que recuerda su nombre, emula la acrobacia del jilguero, la gracia del junco y la diestra
grafía de las gotas de lluvia.

La poesía es: frontera. Subyuga y es como esa voz en tu cabeza, la enfermedad
penosa que encanta a los turistas, el vericueto del arte una vez codificado en recuadros de color. La poesía lleva rastas
rígidas como tabletas o lingotes de oro, onzas vivas que consideran su significado
por encima de cualquier manera, que vacían el aire de otros signos.

Cada nuevo sepulcro engrosa el beneficio de la noche, su medalla de mármol, el supremo
galardón de la sombra que permanece acostada sobre la gélida charca de la eternidad, tumbada en el sofá oceánico
con un sinfín de aladas curvas a la espalda. Algo místico que duele
como las llagas emotivas, flores y retoños que lucen en la oscuridad, perros que olisquean la sangre y muerden
precipicios de silencio.

La avenida posee su verso inacabable
–siempre en raro argot subliminal– siempre besándose la letra, cortándose los surcos de la voz. He ahí la brevedad
del éxtasis, su manicomio lógico. Cuando ella, vestida de blanco, da la bienvenida al documento
original, ofrece sus brazos tímidos a la fe, tan arbitraria, se escuda
tras el pecho agnóstico que el ángel propaga como una residencia en el abismo.

Jordan reconoce al poeta en la arrogancia que tolera victorias y desencadena efectos religiosos,
difunde la amplitud de otra mirada. Desde el balcón del otoño, aventaja a la luna en claridad y ternura, disminuye su aliento
(que se retuerce en la cuadrícula del odio)
línea a línea delicada, suaviza los márgenes de la profecía con la resolución de sus cabellos
negros; a través de su pérdida, forma un mar de palabras para que nadie escuche el furioso clamor de la alegría. 




sábado, 8 de julio de 2017

el signo de la misericordia


Mañana será tuyo el despreciable futuro, su costra literaria asaltará
imágenes con tanta alevosía de pronunciamientos, empujones aleves del viento reinante y compulsivo. Noname
seguirá ahí en su trono bajo dirigiéndose a las maravillas,
maravillosa y segura propietaria de su alarde. El futuro urde un plan de vocalización
que no es posible demostrar, un deletreo correcto de palabras y gestos de los que abundan en el limbo,
de carcajadas y protestas, un silabeo de la violencia psicológica
puesta de manifiesto en las escuelas calcinadas.

Hoy, sin ir más lejos, es día de votación y los ciudadanos riegan la avenida South Presa, que va desde el Pacífico hasta
la rumba atlántica, como si fueran un rebaño de zombies descompuestos. Escogerán a sus representantes
democráticos con una mano delante y la otra en el bolsillo de alguien,
pinzando una cartera repleta de aleluyas. Esta es la religión de los perdedores
y no el cristianismo: los cristianos, al parecer, retornaron a las catacumbas y porfiaron con los ojos encendidos,
se diluyeron en aquellos túneles excavados en pórfido,
ellos que habían ocupado los escaños y los podios, pedestales y cuernos, púlpitos y grabados
grotescos, plataformas incendiarias.

Aquí está Jordan –la abstencionista– que acude con la falda del revés (ese trámite en blanco), digamos que vestida
de blanco como en The Leftovers y, como en The Leftovers, con un cigarrillo entre los labios
dorados por el sol del porvenir. Digamos que masculla una reacción y la riada de profesionales
antológicos se desborda, contempla su afluente desgarrado del mass media,
y que la música comienza a redimirse con un torrente de cromatismo camp.

Desglosar el tamaño estricto de los elementos, la altura de los reinos, la profundidad de una llama. El trabajo
pesa y solfea, surfea la realidad en los días de paga, regenera los nervios mal curados. Dicen
que se puede vivir en la miseria, o se puede estar preso sin renunciar a ninguna
clase de vacío espiritual, perfeccionándose. Que se pueden escribir poemas decisivos con tinta previsible,
malos poemas con la sangre del sacrificio. El poeta está inspirado
como nunca, incluso finge un trastorno de la intención –la premisericordia–,
y acaricia su sarcófago con gran intriga sentimental. Hoy es día de paga en el parque y las muchachas miran a dar,
no hacen prisioneros. El poema se vuelve intransigente, dice que Jordan ha vuelto a hacerlo,
ha vuelto a elegir y su sonrisa eclipsa la grandilocuencia del relámpago,
cuida de todos nosotros.




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