domingo, 24 de mayo de 2020

lo contrario de ser


Esta alma surgida como un rayo de la contradicción del horizonte, esta alma
tendida al sol de octubre como un rojo contraste, una batalla.

Vamos por la acera cogidos de la mano, a nuestro alrededor
la tierra tiembla, se estremecen los altos edificios, los ojos surcan un firmamento
dulce. La entropía aparece como una forma innecesaria, una ley peregrina. Los ojos se estremecen,
vienen de una retórica inconsciente, una música interna y fortuita.

Un himno escapa por las chimeneas de la fábrica, absorto, trascendente; en el tejado de la iglesia,
solo existe una cruz, un pararrayos que absorbe la magia y la prudencia. Los poemas
se burlan de la cábala, increpan con palabras estoicas la fugitiva herencia de la alquimia, su albedo
metalúrgica y redonda como una sensación de victoria.

Esta alma oculta un átomo de seda, abarca una estación
retirada, es un copo de algodón para las factorías que extreman su función natural;
el ritmo insolidario de las máquinas no conforta, aniquila los cuerpos, no alimenta,
atrofia las mandíbulas, no quita la sed, es lo contrario a la justicia. Esta alma se nutre de la noche
encendida en los telares, el ronroneo hercúleo de la fabricación en masa,
la efímera obra de un dios carpintero.

Volcamos en la aurora toda la violencia oscura de la plata, su peso monetario, su valor
mercantil, su asesoría. Financiamos la muerte al pormenor, debilitamos la rama de los números,
permitimos que sufran la hemorragia del saqueo.

El humo se cuela entre las rendijas de la soledad, es un destino lógico. Nuestro viaje
concluye en su escalera; el cielo es una bomba de relojería, ni protege ni asombra. Fuego
caído del cielo, fuego y misericordia, las alas térmicas de un Ángel sin nombre, sus poderosas garras
distorsionando el espacio entre los mundos.

Esta alma surgida de la tierra, encogida de espanto, frío y resignación,
entregada al monólogo de la profundidad, zahorí del seco manantial de la inocencia. Esta alma
concreta, universal, yacente, doblemente acabada, muerta para los hombres,
dedicada a la reconstrucción del infinito.



viernes, 22 de mayo de 2020

harta de cielo


Tu alma es una extraña que te niega tres veces,
que murmura oraciones y prodiga favores;
dice que no la ames, dice que no le reces,
que la vida es un cúmulo de errores.

Tu alma es misteriosa, es parte de un misterio
difícil de expresar con las palabras justas;
su patria es el olvido –atávico criterio–,
secreto fundamento al que te ajustas.

Espíritu indeciso, aéreo visitante,
vuela como una sombra perdida de antemano,
sin ser de carne y hueso, puede que se quebrante,
puede romperse igual que un ser humano.

Abocada a las nubes y su algodón nativo,
desesperadamente privada de consuelo,
harta de ser un cuerpo harto de no estar vivo,
herida por un rayo harto de cielo.

Viva como los astros en su noche de oro,
rubia como una estrella de nimbo azul celeste,
negra de piel tan negra como una piel de toro,
desnuda como el viento del oeste.

Tu alma es un desierto sembrado de palmeras,
repintado de hierba, un camposanto en llamas,
un rincón de la tierra donde ya no existieras,
el vacío perfecto en el que clamas.

Tu alma es el deseo de un alma que no es tuya,
la campana afligida que enmudece las olas,
es el mar que se duerme si la luna lo arrulla
cuando los dos están contigo a solas.

El nombre de tu alma contiene muchos nombres:
de civilizaciones en auge o en declive,
de plantas y animales, de mujeres y hombres
y de todos los sueños que concibe.

El nombre de tu alma no es un nombre de pila,
no es el nombre apropiado, ni el que le habrías puesto,
su firma es ilegible, su acento descarrila,
pero alegra tus ojos más que el resto.

Tu alma es el reflejo de un resplandor extraño,
el fulgor que serena el aire helado y roto,
es un ciclón de auroras de sólido tamaño,
la sombra familiar de un sol remoto.



miércoles, 20 de mayo de 2020

la proeza de fingir


Perseguimos hablar de lo que nadie atisba.
Este alma caliente, tangible como el hueco del pan, espíritu
categórico
            
             pre-visible:
             a través del ojo de la cerradura
             tras la valla pintada de amarillo
             (sol que fecunda el panorama y deforma el horizonte).

Alma que pretende hablar,
su voz que canta y hace temblar las manos de la noche,
voz que reduce una inflación de rosas, surge del eco mismo del estómago,
brota de la pintura del océano,
silba su rumorosa incertidumbre.

El alma es un corazón de espaldas, un beso contra la pared;
es un acorazado pero roto, demediado y meramente
indicativo. El alma trata de una historia antigua, un testamento en yiddish, padece
el síndrome del ahorcado, yace infectada de ácaros y arena del desierto.

Tenemos este alma nihilista, básica y estéril,
un amago de dios, una patada a seguir a la melancolía de los ángeles. Pues sabemos de un Ángel
importante, uno de nieve o puré de patata,
ángel hecho de bolas de helado de chocolate y fresa,
dos sabores virtuales.

Ahora resulta imperativa la emoción final, el cónclave
indistinto, el recipiente frágil que contendrá la postura indecisa, el partido
político, la conciencia. Al parecer, un serio porcentaje del arte necesariamente habrá de ser
dividido por cero. Es preciso obtener
una incongruencia específica para seguir procurando (a toda costa)
la proeza de vivir.



lunes, 18 de mayo de 2020

para la poesía


Para la poesía, has abierto las manos,
has cerrado los ojos para la poesía,
y has visto con los ojos del alma –tan lejanos–
tu corazón junto a la luz que ardía.

De tanta eternidad, se te mueren los ojos,
los ojos se te mueren con las manos abiertas,
un holocausto eterno de manos y manojos
de rosas clamorosamente muertas.

Rosas vacías, rosas de pétalos ariscos
como dientes de oro en la boca del hambre,
hambrientas y feroces, nacidas en los riscos
donde camina el Sol por el alambre.

Para la poesía, hacen falta más rosas,
hacen falta dos manos arrancando raíces,
y hace falta un enjambre de famélicas diosas
que bendiga las cosas que maldices.

Eternamente muertas, las rosas arrancadas
por la mano del hombre, tu mano femenina
que, sin embargo, aprieta la luz a tizonadas
de oscuridad que en pura luz germina.


domingo, 17 de mayo de 2020

otra bocanada de realidad


Respirar es un enigma:
se sabe cómo se empieza. Se empieza por el aire. El aire
es bello y tiene su contorno, merece un espacio
mejor. Tras la inspiración,
se produce un explosivo intercambio de pareceres
o fluidos, una materialización del ambiente. Dentro de cada uno existe un intercambiador,
lugar espasmódico en el que tiene lugar el canje de rehenes,
trueque metafísico entre el CO2 y otros fantasmas
familiares.

La vida se extingue desde el momento de la concepción,
es un trance sin causa aparente. Se vive por si acaso.

Ahora hay una reencarnación
en proceso; es un tormento en varias fases, se elige, se muere, se vuelve a elegir,
se repite la muerte. Nadie toma conciencia,
la consciencia es algo filosófico que no se tiene en pie, no es la protagonista de la serie,
solo contiene el mundo.

Si respiras, estás en el mundo –preso
reincidente, pero respirando; y sientes un peso en la cara interna del espíritu,
un aparatoso bulto sobre la membrana oculta del corazón, sobre el perfil topográfico del tiempo.

Dolorosamente, el alma
respira por las grietas de la literatura (que es la vida). Se encoge
ante la atmósfera, el viento la asusta con su propulsión y sus facultades,
su inclinación hacia el incremento de la realidad.

Respirar es el quid, ocurre y nadie se acuerda de cómo termina. Unos piden
auxilio (¡socorro!). Otros se acogen a la quinta enmienda,
espabilan en cuanto otean el horizonte de los cuervos. Ah, qué enojoso trámite,
qué burocracia celeste, error de estilo. Si la muerte es una línea y el desaliento,
el trabajo por excelencia;
si la respiración tampoco tiene la culpa de este duro silencio.



jueves, 14 de mayo de 2020

milagros en la nieve


Dulce Emily D., pequeña y sola
en tu pequeña habitación, la celda
donde tu verso terrenal se suelda
con el espíritu que lo acrisola.

Un convento en el aire, un monasterio,
entre los pinos altos, tu cartuja,
templo que al cielo tu palabra empuja,
jaula de oro de tu cautiverio.

Libre de ser, ceñida a tu existencia
como el pájaro al viento que lo mueve,
capaz de obrar milagros en la nieve,
libre del yugo atroz de la experiencia.

Dulce Emily D., serena y triste,
sobre la muerte, inmensamente viva,
se derrama tu sangre curativa,
triunfa tu pluma donde dios desiste.

Por la flecha del tiempo, dardo inerte,
herida a borbotones en el pecho;
diera tu eterno corazón por hecho
su trabajo de amar hasta la muerte.

Tu habitación limita con el Arte
–lo tiene contra el cielo acorralado–,
pero tu verso avanza ilimitado,
cruza la soledad de parte a parte.

Dulce Emily D., tu voz se carga
de razón para huir de sus prisiones:
¡con qué dramático rigor te impones
sobre el celoso tedio que te guarda!

Por tu silencio, el cofre del tesoro,
por tu mano en la frente, un arca antigua;
tu mano que en el aire se santigua,
tu silencio que pesa más que el oro.

Hay en tu calabozo una frontera
que separa tu mundo de este mundo,
es un río de tinta tan profundo
que dentro está la muerte prisionera.

Sola en tu habitación, cuarto creciente,
bajo la luz unánime y gigante
de aquel sol interior y edificante
que ocultabas a dios devotamente.


miércoles, 13 de mayo de 2020

cantamos


Árboles contagiados
de nuestro aburrimiento, hierba esterilizada a la espera del hombre,
árboles de nuestra soledad, ¡no estáis solos!

Volvemos
a la eternidad de un cuarto
exótico, sin luz eléctrica, un retazo de selva, listones
de madera y 4 clavos. Tanto metal, tanta savia, tanta sangre, un torrente
desatado desde el corazón al cauce, el núcleo de la tierra.

El horizonte ha parido un reloj de sol, ha gestado
una senda, una moneda sin cruz. La montaña 
remienda su sentido, se aburre de sus vericuetos y su filosofía, ¡ah!, versifica el silencio, se ajusta
como una sombra a la realidad
de lo intangible.

No pensamos. Contamos con un Ángel insistente
que desoye nuestra súplica, termina por hacerse con el plan de cada día;
establece una comunicación simpática, cronometrada,
inconsciente. Ángel de Babel, sánscrito,
un japonés pornográfico y el idioma circular del cosmos son su refugio, su literatura, informan
su correspondencia.

Sin música, cantamos. Nuestra voz es una reliquia
–no se siente–, nuestra música, un himno fracasado, un fracaso tras otro,
una salva de aplausos aburrida y cruel.

Nubes infectadas de tedio,
un espacio formal entre el cielo y la tierra, hotel para gusanos; hemos certificado la defunción del aire puro,
formulamos tal pensamiento, tal desestimiento de nuestra obligación estética,
somos cándidos como artistas,
como jilgueros de plata, vivimos en el verso,
y no estamos aquí.


viernes, 8 de mayo de 2020

días extraños


Todos los días son extraños lunes
–todos los días salvo algún domingo–:
suena el despertador, das un respingo
y del alma (dormida) te desunes.

La sombra de los días se hace larga,
se alarga como el centro de la tarde,
sin luz absolutoria que la guarde
ni noche que la alivie de su carga.

Los días se aparecen en el verso,
son fantasmas audaces, su destino
es pasar de un espacio clandestino
al tiempo inmemorial del universo.

Los lunes tienen sueño, duermen poco,
tienen el sueño lento y atrasado,
se duermen en un cine abarrotado
y salen a la luz fuera de foco.

Algunos días son como otros días,
renacen y se mueren, son difuntos
que van de luto a todos sus asuntos,
de las auroras a las noches frías.

La verdad, con el tiempo, no enmudece,
se nubla en la garganta de las horas
y, en el luto glacial de las auroras,
como una sombra protectora, crece.

Los domingos, en cambio, llevan tierra
entre los dedos, echan sus raíces
en el futuro, son fuerzas motrices,
heraldos de una paz que nos aterra.

La belleza en su plano aleatorio,
la nebulosa foto de portada
que retrata a una estrella condenada
a asistir a su propio velatorio.

Todos los días frente al mismo espejo
–que con tanto rigor la luz captura–
acechando un atisbo de cordura
bajo el arco lunar del entrecejo.

El lunes es un día que hace daño,
que halla eco en la tumba del vacío,
como un domingo que tuviera frío
y no entrase en calor en todo el año.



martes, 5 de mayo de 2020

esta historia


¡Estás destinado a un gran lunes! ¡Pero el domingo nunca terminará!
(Diarios, Kafka)

El poema no sabe,
solo atisba (mortifica). Una extensión. Diminuta. Una dimensión
abstracta de voltarias aristas, copos de nieve que se manifiestan. El poema
no existe, pero se marea cuando coge una curva,
sufre vértigo.

Un horizonte vertical: esto es el cielo. La luz
corrompe su irrupción, prolonga su entrenamiento, finge una plática informal con los elementos pesados;
el horizonte es firme, inescrutable,
objetivo: hay uno para cada mirada.

Los versos se terminan,
prevalece una corriente subterránea, una vía recta,
apenas mística, lograda. Ese caudal
arrastra, distribuye el azul por todo el mundo (y el azul son los ojos de dios).

Arpas y otros materiales
construyen un frontón musical, son auténticos albañiles del ritmo. El poema
–incomprendido– aún necesita mejorar su comportamiento.

En la fábrica, las máquinas refrescan su luminosidad,
reflejan un incendio. Una pizca de belleza
arrebolada entre virutas y polvo
de estrellas.

No hay tiempo que perder. No hay
tiempo. El tiempo se ha perdido; iba de la mano de alguien, sudaba granos de arena,
permanecía enroscado en un rayo de sol, se merecía algo mejor que la vida.

El poema, entonces, es una vía recta
hacia la forma; sirve para el diseño y la consagración, he ahí
su sacrificio, su fraseología inconsciente. La extensión es lo de menos,
abarca una señal de otro planeta, siempre cuenta
la misma historia de amor.


domingo, 3 de mayo de 2020

ciudad


Hay ciudades que afloran en medio de la arena,
su silencio es el arte preclaro del desierto,
su tráfico es el pánico de las almas en pena,
su pulso es el impulso del último hombre muerto.

Hay ciudades dolientes, nacidas de la nada,
de la estepa inclemente y el furioso vacío,
con sus casas en ruinas de cal ensangrentada,
sus paredes alzadas con tallos de rocío.

Ciudades que remuerden, pesan en la conciencia,
se rinden a las nubes, simulan un estruendo
glacial de eternos témpanos y madura inocencia,
volcadas en la noche, eternamente ardiendo.

Hay banderas que vuelan porque nadie las puso,
nadie clavó su mástil al suelo inhabitado,
y son como los pájaros, entran como un intruso
en las casas vacías donde el cielo ha volado.

Y hay ventanas que clavan su mirada proscrita,
su mirada de hielo de horizonte invariable,
su ceguera de cuarzo, la oquedad infinita
que les rasga los ojos con sus dientes de sable.

Las ciudades se mueren porque el tiempo las mata,
porque el viento las llena de imposibles vertientes,
y se mueren por dentro como puentes de plata
que no cruzan los niños ni el rumor de las fuentes.

Las ciudades despuntan a la luz venidera,
arden de luz futura, alzan al sol su ruego;
hay ciudades que brotan como flores de acera
y otras que se abandonan al arrullo del fuego.

Y hay ciudades que matan, despobladas y sordas,
invadidas de humo, infectadas de luna,
custodiadas por lobos en famélicas hordas
que de lejos parecen soldados de fortuna.

Avenidas eléctricas, calles de dos carriles,
plazas ensimismadas, lagos de crudo asfalto,
jardines que atesoran la luz de mil abriles,
rosas que en vano aspiran al corazón más alto.

Hay ciudades que vierten ríos de airada lumbre,
otras paren océanos de pavonado rizo,
las hay que duelen tanto que no hay quien se acostumbre
al duelo de su encanto ni al vuelo de su hechizo.



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