viernes, 19 de octubre de 2018

buenavista


Posición,
Divisadero. La libertad de crear una vista constante, la buena-vista correspondiente, el panorama. Ved
caer palabras de la nada, tomadlas en consideración: son ladrillos de la poesía. En el tejado se escribe mejor,
hay una furia dominante en la altura, un ruido que subyace, paradójicamente. El poeta
domina una extensión uniformada de pensamiento, pero, en realidad, al norte solo hay campo, al sur, más campo, al este, al oeste,
campo y soledad, la tristeza más compacta o el estado procesal del corazón.

Creía poder escapar del territorio equivocado; pero la tierra es igual que en los planetas
y el vacío es igual, el agua es H2O, el manantial es un órgano secreto. Desde aquel árbol, la muchacha es la misma
con su vestido blanco, es el mismo Ángel (de nombre) Destiny, Angel Haze, es la misma
persona vestida de blanco (y sus rodillas son también un prototipo celestial).

Se trata de una superposición de cuerpos bárbaros, acaso un préstamo de caracteres; el hipotético
valor de una sonrisa teledirigida, frontal, algo maquinal que podría consistir en un extraño viaje al hígado de la galaxia;
digamos que lo que se ve no tiene parangón, ni correlato bíblico ni meridiano, que es
un frontispicio artificial, una fachada melancólica, el paseo de Walser, la mecánica del alcohol
distribuyendo orgasmos entre los trabajadores.

Vamos con la ilusión del Bowery y sus funambulistas; aquí todo se edifica, hasta las rosas
requieren andamio y persuasión, sudor y mayorías cualificadas. Describir un litro de sangre no es fácil aquí,
con un litro de sangre se escribe un solo libro de caja que es como otro libro de familia, la gran novela americana de todos
los tiempos, la gran ópera del mundo, el ojo
abierto de la metaliteratura ingresando en la academia pública de la virtud.

Crear un horizonte es el trabajo. Desentenderse de la estudiada ordinariez de las cosas y recrear la forma
esférica, el muelle redentor. Es un trabajo triste para obreros objetivos; se trata de superponer
varios reflejos con la intención de reconstruir el aire en su formulación original, aquello que era imposible respirar. La voz
tiene que dar silencio como si fuera sombra. Buscad un buen agarradero, un palco serio al borde del futuro,
y contemplad el drama de la lengua materna, la inconsciente ceremonia de la luz.  



miércoles, 17 de octubre de 2018

meticulosamente


Si fuera un águila. Esta es la (sombra) del poeta desmembrado en su torre de marfil,
seco de viento, tan poco audaz como una ráfaga de luz derritiendo el espacio, preso en el árbol
seco de su pensamiento blue, líquido como una frase a punto de traspasar el umbral del verso (verbo en fase literal). Sus alas
muertas, ciertas, elegidas por la pasantía del silencio –su arrebato nupcial–,
alas ciegas a la restauración de los cielos; ah, ese vuelo oblicuo del halcón que conoce la sangre, enamorado del pálpito,
sumido en la deflagración sentimental de la Naturaleza.

Sin alas es el recorrido, el maratón sobre el mar, cabalgando la cresta de la noche. Desde
el vértice amable de su retirado estilo –su escondite de clase. Desde la caligrafía opaca de su desencuentro
con la vida, meticulosamente desangrado en el recuerdo, hijo de una memoria
estilográfica, de un espasmo literario. Sus manos llegando de nuevo donde la pluma no refleja su ignorancia del tiempo,
hasta el mítico reino del vacío, su lugar en el mundo. En un octavo piso matemático,
representando su rutina organizada en vano, su tímida lectura de un pasado que agoniza.

Es infinito. El poema. La poesía se ha cortado un dedo dando de comer al sueño: surrealista.
No se le ha visto (al Parque); el Parque no se ve porque su infinito es mayor que los demás (infinito más uno). La derrota
describe un tallo de rosa, un patetismo inmaculado. En el poema, la rosa se desmonta pieza a pieza, letra a letra
doblega su inmanencia y su prestigio, decae en su altanera alegoría, es la mínima
común inspiración, el trámite consecutivo, algo de índole racial (tal vez), tal vez algo ergonómico del alma, un espíritu
inclinado a la razón.

             El poeta se muestra en su mediana, infravalorada necedad,
su góndola propicia zarandeada por los elementos, receptora de lluvias y metales; oh, ha calculado el mito
correspondiente a su estoicismo, toda la historia que se le atribuye a su acento prosódico, todo el desánimo que se le atribuye.
Si fuese un águila destronaría al sol, soportaría el peso del olvido con una sonrisa en la mirada, sería
recolector de nubes, aguador del agua, sería de otra forma, más sereno, menos íntimo, su pecho
contendría otra voz menos llena de duda y más amarga, apenas moldeada por la sorda dulzura del mal de cada día.



domingo, 14 de octubre de 2018

la vida de los demás


Esta es la vida de los demás. Decimonónica. El pensamiento
cumple con su misión de relleno, la vista redondea la realidad hasta hacerla respirable; el Arte
apesta. Sí, tenemos competencia. Si tenemos competencia construimos
rascacielos léxicos, catedrales impensables, económicos tomos destinados al análisis universitario, la tísica tesis
doctoral, el trompazo exclusivo.

             Dice el poeta que no le interesa la vida de los demás, y lo hace subido a un tronco, rampante
sobre un sólido vegetal cualquiera, uno de fácil escalada, uno con escalera incorporada para no matarse en el intento
y, desde allí, superando la visión esquiva del horizonte visible, pone en marcha su hipnótico
contador de acontecimientos y espera, ve pasar el tiempo, sin amigos
ni conciencia de la monotonía.

Sus demonios. Seres proteicos y descafeinados, horribles y sacados de una pesadilla mirceana, lovecraftiana,
suficiente para que los solenoides comiencen a funcionar de manera UNÁNIME,
jueguen a las cuatro esquinas de la ciudad (que puede no ser Bcrst). Entonces Jordan se agazapa,
informa a su contacto en la guarida del KRIT (no): la música está perforando
tímpanos innecesarios (o innecesariamente, qué más da).

             Hay un cómic premonitorio que describe con precisión quirúrgica
sucesos imprescindibles, la llegada unilateral de un mesías fascista, el engendro
universal y germinante, increado y súbito, la resistencia del polo positivo, la formación casual de un Parque
autónomo capaz de dar asilo a un millón de almas.

El Arte cambia de tamaño, de porte, de parte y de poder, se resuelve a un precio inasequible,
duda de sus proporciones, muda de corazón como de estómago, lanza al aire un saco de colores.

Jordan en la ciudad: una luchadora sobre el asfalto (a veces no elige la pastilla azul). El cielo azul
siempre está a la orden del día, y de la poesía; y la tierra brinca
como exigiendo un pasaporte, como poblándose de mármol. En la Avenida puedes seguir las cruces del sucesor de Bansky
(otro poeta), puedes hacer un poema con tus propias manos, a dos manos, a cuatro manos,
con todas las manos del mundo, todas las manos del hambre y del amor.

             El poeta dice que prefiere estar solo; a lo lejos se oyen las risas de los niños,
los gritos del espíritu, un maremágnum de voces, incluidas las voces de los muertos. Pero la soledad no está conforme,
se contradice, su reflejo ilumina la distancia y tiene tantos nombres como una estrella fugaz.



jueves, 11 de octubre de 2018

¡siga a ese coche!


Profundidad de campo, una vuelta a los orígenes de la catástrofe, la génesis del cataclismo; por ahí,
una vida resiste, se incomoda, se aburre de tanta respiración asistida, de tanto
cielo compungido, tantas ventanas regadas de azul.

Un taxista para en la Avenida y gesticula, su mano elige una dirección; la radio
domina el trayecto con su cháchara monumental, su música de andar de arriba abajo por la misma calle olvidada de siempre.
Existe el misterio de una noche, el alegre neón de las celebraciones, el púrpura fresco de la acera, la verdad
de aquel vaso volando por los aires, otros extraños pájaros, cierta solemnidad de la nostalgia, cierta clase de melancolía
derivada del fondo del espejo; hay un color de piel que se recuerda también como una aclaración a la belleza
sobreactuada en la inacción del Ángel.

             ¡Siga a ese coche! Y el coche no es el crucero de Big Bopper, ni el icono del KRIT (que son los únicos
remotamente organizados); podría ser el auto de los estudios de grabación, el autobús de Hollywood con su tronío
eléctrico y su anatomía maderable, podría encarnar el desplazamiento, la animación de las colinas, la mala entonación
de un bulevar cosido a la tormenta.

Jordan nunca ha visto a un policía (lo más cerca que ha estado de la ley fue cuando un ángel de la guarda la atosigó en la ciudad);
sin duda está fuera de la ley, es una mostwanted seleccionada por el enésimo placebo de los dioses,
formada en el callejón de las contrariedades, criada en el ensanche descampado y monótono, dentro del perímetro
superficial del Parque, donde las autoridades no saben qué hacer con su plúmbea autoridad.

Las chicas han violado varios códigos de vestimenta, han traspasado la frontera tenue de lo ilegal, pero no se rinden,
luchan por un futuro edificante, por una página sin humo; más al sur, el campo
recupera posiciones, amaga y crea una fisura, dibuja una falla tremenda a lo largo de la realidad,
coloniza el pensamiento general con un puñado de estudiantes de segundo de poesía puestos en fila a pensar
(los de tercero hacen prácticas de silencio).

El viento no deja vivir. Jordan escucha sus cedés clásicos de todos los tiempos mientras lee
sus clásicos de la literatura de todos los tiempos. Luego escribe en su diario una especie de recordatorio de sucesos:
un libro de familia basado en Spoon River, con prólogo tolstoiano. Pues su familia es un corro de vacío,
abejas y recados de aliento, el hipo en medio del bostezo ideal; su familia se sueña,
y cabe toda ella en una caja de pino.


martes, 9 de octubre de 2018

qué plan es la amargura


Sepultada o no, la Avenida serpentea y se bifurca, o no. Bajo el Parque (o no),
simultáneamente, una ciudad palpita ensimismada, se desarrolla, muere como todas las ciudades cada vez que un niño
cierra los ojos
y sueña. La ciudad con sus bibliotecas y su cielo azul ceniza, sus gomosos parques
infantiles, su cadavérica multicultural (su cara de cadáver culto y bicho raro).

             Cada vez que Jordan va a la biblioteca
encuentra a Destiny sentada en la escalinata del pórtico
(fumando lo que fumen los ángeles), y cada vez que entra en la biblioteca encuentra a Destiny leyendo
lo que sea que atesoren los ángeles (anteayer: ‘Amor, ira y locura’, Marie Vieux-Chauvet, un clásico del calvario).

La ciudad construye una férrea avenida (tiene un plan), pero la Avenida es más antigua que el espacio; recorre
viejos lodazales, antiguas tierras indias, páramos inútiles, desiertos con la cara
clavada de amarillo, secuelas de una inundación histórica. La pauta es la ruina del sentimiento, por ejemplo: ahora
se escucha la voz de un bohemio estilo arquitectónico, que recibe el nombre –sórdido– de Montell Jordan, al que las chicas
calificarían de sexy; es que los altavoces funcionan en consistente random nuclear
(aunque no pinchen nunca a Tote King).

La ciudad de los ángeles enarbola su bandera negra recién lavada, se entrega a la piratería del esfuerzo,
roba cientos de corazones por segundo, contiene una buena población de varios millones de seres capaces de destrozar
un poema cualquiera con la mano en la entrepierna, seguros de su himno y su tolerancia cero,
obreros de la religión y el asma; contiene millones de versos maliciosos como virus informáticos, copias
resistentes a la penicilina sintáctica, agentes maduros de la literatura paranoica que se mueve por los escaparates
como un feo ratón en una rueda hamsteriana.

             Jordan le ha preguntado a Destiny –por supuesto– que por dónde se va: es preciso
pulsar el criterio arribista de la burguesía, hay que tener amigos hasta en el paraíso. Los edificios dejan paso
a la inmunda extensión de césped violento, golfista, fofo y trasegado. Los árboles no tienen casitas en el árbol,
las mesas huyen del banquete converso, las cuevas se dejan ver la ropa puesta a secar, los niños perdidos.

De vuelta a la Avenida, se disfruta. De un milagro al día;
una cuerda de reclusos (descrita en la guía de supervivencia) tras un cadillac genuinamente americano. Amor, ira y… Señoras y señores,
con todos ustedes, ¡la forma de la nube! En la biblioteca hay un libro distinto para cada sangre,
una recomendación editorial de los servicios de salud pasada por el filtro del realismo estúpido (y sus necesidades),
pero Jordan rescata su propia cantinela: suena mucho mejor.



domingo, 7 de octubre de 2018

de paso


No estaba bien, pero lo dejé pasar. Aunque la próxima vez puede que no lo deje pasar.
Chaasadahyah Jackson

Solo Jordan puede oír la voz que se derrama, ella es la elegida,
la forma milagrosa que comprende los latidos de la inmensidad, su categórica exhortación al diálogo;
debe seguirse la flecha epidural de la Avenida hasta donde pierde su azaroso
nombre, donde las señales de tráfico señalan el camino al cementerio, prohíben aparcar entre colmenas.

             Solo el poeta es capaz de explicar el mastodóntico ajuste
vocal que ha perpetrado desde su soledad y hacia el mundo abierto que se negocia cada día. La fundición
del mágico algoritmo dedicado a la satisfacción de un deseo musical.

Pero Jordan tiene un casero miserable que gentrifica los pasadizos del Parque, destroza a martillazos
aseos públicos y barbacoas familiares, cuestiona la utilidad de los bancos y las mesas con tableros de ajedrez,
infecta de ostracismo las mesas de ping-pong y hace ruido por las noches. Ahora hay que dormir a la sombra,
hay que dolerse con la aurora, retorcerse de júbilo cuando asedian los trámites y la cola se alarga hasta
desaparecer en los felices archivos del distrito.

Miles de pájaros construyen un coro agónico que no ha desafinado
jamás. La voz del poeta suena vernal y desiderativa, contribuye a incendiar el ambiente, a encender la pipa de roble;
y el humo es suministro más que signo, más que viento es rostro del olvido, no asciende, se derrota. El poema
influye en la decepción, suplanta la voz del túnel,
el salmo victorioso de la luz.

             Jordan es capaz de verse en el parque central del hemisferio y a la vez en las casas cúbicas del barrio,
iguales entre sí, un caserío equilibrado de balance socialista, un coleccionable
tan simétrico como otra variación de la verdad. Su alma se viene desarrollando desde los quince
años, ha quemado etapas románticas, fases de la luna, indicios de creatividad accidentada.

La voz confluye en un trino esporádico que no se reconoce: inspirar, expirar. Todo muere como ayer,
todo se arrastra; la tierra exhibe su perfil de arena y agua, absorbe
nítidas frecuencias y emite rayos equis de felicidad. Pasa un avión, pero es un pensamiento: Jordan, no lo dejes pasar…


jueves, 4 de octubre de 2018

venga a despuntar el arte


Un Ángel a la mesa:
es contradictorio. A la hora de la cena el Parque se abrillanta, la bestia centuplica sus garras. Fray Luis lee un cómic
de Spiderman, hace un ocho con la lira. El Ángel se pone la servilleta,
mira una cuchara, que se dobla daliniana: es su magnetismo; unta mantequilla en el acento puro de dios. Casi es increíble,
creer duele como una tentación en la rodilla, es el mecanismo del dolor agudo que provoca la fe.

Jordan siempre aguarda con la vista puesta en un libro cualquiera, con el ojo
dramático encriptado en la posibilidad del milagro, su extremo inconcebible pero cierto, su monstruosidad
deliberada. Como si viviera en los estados unidos y condujese vehículos
alados por rectas carreteras como líneas de exilio; como si South Presa rompiese interminable y qué raros fantasmas
arqueasen cucharas con la fuerza serial de sus mentes fundidas.

Un Ángel humanista ha rechazado el premio nobel a la serenidad divina, un Ángel
que de pronto sonríe y deja escapar una lágrima tan bella y se deja la belleza en todas partes, despistada. Despiadada,
¡tanta virtud salvaje!, condenada a pasar hambre en el mundo, hija de dios.

             Crucificada en su sillita de enea, sentada al fresco como un alma a la puerta de la casa
humilde; su vuelo sostenido en un solo de trompeta que derriba santas fortalezas, eleva en vilo monasterios
y cárceles. Su vuelo mantenido en la historia a través de una obra de arte,
algo de magia dividida en los labios del futuro, la voz conspicua de la idolatría.

Jordan siente pavor, ilumina media manzana con su risa nerviosa y su espanto distribuye un polvo milagroso,
canta a favor de la carne, sobre el viento que desnivela la noche,
sobre la escena incruenta del deseo intangible. Se parece a una diva, es la diva del aire que se mece en silencio,
tañe un laúd que asusta con todo su arcoíris de sensaciones formales, su divertida molicie,
su estancamiento habitual.

El pan es un espectro, sigue ocultando un verbo intransitivo; después de la miseria, el campo ha sucumbido a su estructura. El plan
es un concepto caritativo, un baile de cabezas con sus cuerpos diseminados por la acera del tiempo; perder
la cabeza es un concepto sugerente, viático, es el argumento final. Venga a despuntar el Arte con todos sus mecánicos
envueltos en la misma metáfora, el único trabajo bajo el cielo; ¡ah, cuánta pobreza
frente al eco estridente de la luz!


martes, 2 de octubre de 2018

otra fotografía del amor


Quién no sabe odiar. Pero no atina. Las chicas saben,
odian al KRIT y aborrecen su cdllc brillante (y a Mara también), odian el Parque (aunque no exista), ellas odian
bastante. Pero Jordan, ¿a quién va a odiar?, ¿a Gris, que nunca?, ¿a qué Ángel?, (no, al Ángel, no ¡ni que fuera dios!).
El odio es la suma de las necesidades, es un batido de nada y fresa, como lo que se esconde en el altillo; en el altillo del cielo
se esconde dios (se le conoce por las uñas largas, y luego por la sombra de su amor).

Ni siquiera tiene una escopeta de caza, si ni siquiera tiene una mira telescópica, ¿acaso hay una mirilla en la puerta de su casa?,
pues no. Ella no va de caza con la cabeza baja y el dedo en el gatillo,
ni erige cadalsos en el barro, no se ha bañado en sangre todavía.

Odiar a un Ángel sale a cuenta, solo hay que mirar para arriba y divisarlo, encontrar su estela
revolucionaria, su alijo contrabandista; en el Parque abundan las apariciones, los fantasmas encarnados,
diminutos fantasmas de sí mismos, hologramas fantásticos y demás insinuaciones de la realidad. Aparece el KRIT
en su descapotable amarillo a una velocidad mejor que la velocidad, más rápida que un salto de repente,
más auténtica que el miedo al infinito: alguien le saca una fotografía.

             Jordan ha preferido el amor, se ha decantado por su espíritu, la mística
cariñosa y decisiva; ha abrazado un árbol abarcable y ha sentido el correoso ímpetu de la vida
retribuyéndose, agigantándose en un gajo de felicidades, un ramo de paciencia. El árbol, que ha hablado como la hierba,
con el sagrado verbo de los seres ingrávidos que recorren el mundo en un plano secuencia interminable.

La mecánica del desamor impone un entramado indiferente, es entretenimiento
negativo, desenlace y (primera) parte; y así se corta un nudo gordiano por la mitad del personaje, se separan los mares,
se nutren los colores de ideología y descargo.

Odiar, lícito error de estilo, igual que cometer una falta personal, dar un traspié, tropezar con otro muro
transparente. Vas por la carretera y el odio se traga los kilómetros, el amor
despliega su distancia aproximada al horizonte que escupe dinamita. El humo redime como un artefacto
religioso, hace historia y la cancela. Pero Jordan siempre elige el camino más largo:
¿a quién quieren que odie, si se ha quedado sola en este verso?



sábado, 29 de septiembre de 2018

y pasas cerca de la extraña rosa


Existe un vacío difícil de                               …verbalizar
(pues no se ve)                                                         es el vacío interpersonal
que se interpone entre los corazones de la gente, mide sus pasos, estaquilla sus márgenes,
margina. Como el dolor que se siente ante un vómito de nada; la nada
sube ácida por la garganta dispuesta a oscurecerlo todo con su premio.

Árboles hay que no se dejan escalar, son inexpugnable hábitat. El pájaro sonríe diabluras,
picotea la mesa (solo en el espejo); para un Ángel es sencillo hollar la cumbre, depositar el alma en un balcón profano,
vivirse, dividirse espontáneamente, espacio y tiempo.

                           Cuánta pena, qué disuasión instintiva; y así, con la música de fondo de Dawn, escribir el panegírico
del aire: tanto aire y nada por debajo. La ciudad es maxipoderosa, por eso el campo, su diversidad
fraterna, el ecualizador nativo y sus funciones. En la ciudad,
el vacío mortifica más, te convierte en un pordiosero de las cosas (vivas), te cosifica en la pobreza.
Y vas rozando la ansiedad perfecta, y pasas cerca de la extraña rosa, te cruzas con el amor de otros y compones tu íntima
miseria, ves bien de lejos con esas gafas nuevas tan originales.

Antes llegaba el momento de ir al trabajo, ahora el trabajo
es pura invitación al arte (NO), es imitación del Ángel: un vuelo corto sin motor, el hermanamiento con la abeja
más buscada, el garbeo peregrino, la caza y el despiste de la pieza. El trabajo consiste en la nula
edificación del arte y sus mansiones, sus habitaciones generales
(sin eco ni cámaras ocultas).

             El vacío conviene                           se disuelve en matorrales de cuidado,
victorias en grado de tentativa, es un corazón violento con todo lo que lleva a cuestas y se enciende:
sangre y vergüenza. Ausencia de reflejo y viceversa; el vacío es la pizarra sin tiza, el papel a secas, la ventana del pánico.
Cuando la muerte agarrota las extremidades de la tierra, vuelca un saco de huesos
sobre la ceniza infinita que cubre la longitud del fuego, la ruta de color que adorna las ciudades.
Hay un exilio difícil de contar en vano, porque viene de dentro
y no retorna jamás.


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