martes, 22 de octubre de 2019

la sonrisa del shock


Hay dos clases de artistas: nosotros y todos los demás.
Porque nosotros hablamos del amor.

¡Y si fuera cierto que Destiny® encontró a su poeta? Esto es lo que ocurrió. Esta
es la historia. Él la encontró y entonces

             [cosas que –dicen que– pasan
             nada del otro mundo
             así por las buenas
             como era de esperar]

se enamoró de ella ¡sin que mediara una sola palabra!, sin que ella entreabriese la granada
boca ni exagerara un solo gesto, ni asentase los velados cimientos de una leve sonrisa.

(Pues no) él no andaba encaramado a su árbol del Parque,
ni recorría el andén echando humo,
ni sentía la tierra adornándose a su paso.

Fue por el evangelio de los ángeles, su tentación
anímica, su eucaristía tan cara y tan expensive, su mala cara, la mala cara que te ponen. Un ángel
es como un maestro Zen, te saquea y te espabila, sus manos son armas
de próxima generación, sus pies son kárate,
sus ojos lanzan ondas gravitatorias.

Y el amor… ¡es tan estrepitoso!
Parece tímido y es un caso clínico, parece entrar en shock,
pero se anima y burbujea como la humilde contraportada del bestseller, como un palacio
soviético o una conspiración de astronautas.

Porque su historia es un fundido en negro, una negación
sobresaliente, el primer espejo que conoces, la parte dura de la vida,
(el arte).


domingo, 20 de octubre de 2019

destiny® en el escenario del rap


Una maniobra tradicional bajo la música del siglo veintiuno,
Lava La Rue, tal que. Con buena Letra, buen esparadrapo; la justicia llega tarde
al escenario del crimen, los versos llegan tarde al centenario,
jóvenes todavía
e inciertos, delegados de una rabia en trámite de extradición.

La botadura del barco es la botadura del verso, y ya se va
cableando dignamente. La maestra dice: no lo entiendo; pero esto no es una oposición del estado,
no hay exámenes parciales, o vales
o te esfumas.

Si ves un prado extenso, de una infinitud marciana (pero verde) y escuchas el traqueteo
infame, la dispersión y el sonido maquiavélico del aire succionado,
alanceado por un millar de ondas vigorosas. Entras en clase
y los alumnos salen en tropel
recitando una maraña de inseguridades.

Si el tren se aleja manejando el tiempo
con impericia y el humo compadrea con la naturaleza del vértigo, es que necesitas un ángel,
alguien, una moneda, un vaso de ginebra, un beat robado en radio nacional.

Paisaje y premonición, gente rasta dirimiendo sus cuitas entre humaredas de espuma
contagiosa, patios rectangulares por donde
pasear con las manos a la espalda, armado de planes
románticos o al mando de una convención literaria: cualquier sueño que no haya sucedido de verdad.

Transitar un rápido de nubes
con alas prestadas, alas de combate, rodeado de drones victoriosos y ángeles
sin pasaporte. La tierra se va por el sumidero de la tierra; si ves a Destiny®, se confundió de piso
(era un cuarto sin ascensor); iba escuchando al genio de portada,
iba con las dos manos llenas de canciones y el mar se curvaba
frente a su corazón tan lleno, y el mar anclaba su corazón
tan puro a las estrellas.


viernes, 18 de octubre de 2019

sharon van etten


Es su amplitud en el mundo, su palco y su protagonismo. Sus despreocupaciones. Cómo
puede faltar en absoluto, cómo no te la cruzas por la calle. Sus pasos
que no riman a tu espalda, su risa que no remueve el tacto, su tacto que no se recompone, su voz que araña
cielos mansos, escala torres confiscadas.

Su concentración masiva, su alcance.
Donde la noche alcanza el mestizaje puro del acento, clama por una bendición
cualquiera; la noche oscurece la eternidad
en su presencia, concibe un aparatoso ejemplo de frialdad, un plano de prosapia contenida, arroja
dardos contra el papel pintado de la bruma.

Oh, si no has rozado su tobillo,
ni has viajado a su lado en la piel de huracán hacia el destierro de siempre levantando
sólidas columnas de polvo; si no has restregado una molécula de tu alma en su destino, no has
compartido un rato de futuro (con ella).

Su guitarra salvaje, su melena salvaje, sus ojos
verticales –moleculares ojos–, dignos de ser atravesados, destronados, su mirada
voraz. Ahora pisas una página y se te pega en el zapato, luego bailas despacio una melodía
equidistante y vacía, luego pisas un charco y el agua
desequilibra con su peso la inédita victoria de la confusión.

Buena letra, buen café, buena música en el aire; qué constante
su megafonía. A dos metros su conciencia de la quietud unánime del suelo, su espíritu a dos metros
escasos de la lejanía perfecta. Todo lo exacto
a su abrigo, al arropo de su carne distante, la rosa de sus puños
encarnados, la forma peligrosamente fiel de su sonrisa.



miércoles, 16 de octubre de 2019

fuerte como ella


A veces tanta voz no cabe en la garganta, a veces
es extraño; el genio se desarma y produce
escalofríos, serias monstruosidades, negocia cláusulas de sangre, alza pirámides de odio.

Cuando lo más sencillo habría sido comprender, hacerse a un lado y despojarse del rumor de la cultura, fruncir el sueño,
rearmarse con un simple comentario ad hoc, un vano reconstituyente,
aceptar que la soledad produce monstruos adorables y aquel paseo de palmeras bajo el sol absorto,
encantador del verano apenas reaviva el recuerdo de un calor que no duele,
trae a la memoria una suerte de romántico azar.

El Ángel –az m’vayst nisht*– pertenece a la Colored Section (es el requisito). Su voz
es tal que no le cabe en la garganta; no atina a desandar el crepúsculo, ni encuentra el camino de vuelta
al horizonte. Su voz que no se escucha, que es puro
silencio y puro nombre.

Su color de piel orna las ciudades de un cielo
violeta, su párpado violento, su brazo carismático y brillante. Viene de reconstruir,
ha levantado el polvo regular de las estrellas, ha edificado cárceles en llamas, estadios
y hospitales. Quien no haya reparado en su presencia, no haya
amado su cuerpo inconfesable, su cabello impropio, sus labios nocturnos de espuma ensangrentada, quien no haya
contenido en sus manos el vacío de su rostro, la curva
despejada de sus ojos, su gravedad gigante.

Guardad un sitio próximo a su diestra, pequeño, casi invisible, un sitio
incómodo, un rectángulo de hierba para el cuerpo, de una profundidad sin alardes,
señalad el camino hasta la playa, cerca de su perfume y su importancia, cerca de su espacio,
en el lugar exacto de su ausencia, hacia la eterna soledad que define su gloria,
su color especial entre todas las sombras, en todos los espejos de la noche,
entre toda la luz que afirma el universo.
  
*si no lo sabes (en yídish, según Henry Roth)



domingo, 13 de octubre de 2019

haciendoelar


Trae mala suerte mirar un tren que se aleja
(Elizabeth Bowen)

Estamos haciendo el arte juntos
entre muchos artistas, pero la belleza se hace sola
como un grano de café.

Hay una literatura de adorno que crece y se desenrolla, fulge y procede,
arrasa con la espontánea ambigüedad de los adjetivos truncos, viene para quedarse
con las personas. Hay una literatura
suave, frívola y destinada al éxito de sus personajes, el concilio de la lengua y el hueco de la lengua,
el silencio que sabe a terciopelo en la garganta.

La mala suerte
fue mirar el tren que se alejaba, porque era un tren del futuro. Con qué solemnidad
se fueron las apariencias primero, luego la realidad, luego el crisol de lo real, la fuente
luminosa que arreciaba en las letras como un mar
desatado. Y el poema se fue
porque venía ella para quedarse con la gente.

Desde el momento en que la verdad es ajena al discurso
que trata de representarla, en que la gramática no crea el sentido de la vida, ni el lenguaje
promete otra cosa distinta del mensaje, de la voz, que es solo aire en movimiento,
solo materia desenrollándose en el aire.

Juntos por el mundo; el tren silba en la lejanía,
dibuja un cuadro apacible en el que siempre amanece, siempre aparece
la luna dejándose querer.

Y luego los ojos se te van detrás del silencio, el oxígeno
te falta en los pulmones, la realidad se funde en un estereotipo, una melodía
crónica que no tiene remedio, como un grano infectado de pus el día de la boda, un alma infectada de luz
la mañana radiante de tu entierro.



viernes, 11 de octubre de 2019

deudas de luz


A punto del trance, el arte es una providencia de apremio:
unos pagan al contado, a otros les embargan hasta los muebles de la casa vacía. En el aire está
esa música difícil, la melodía escasa. Sin la ayuda del Ángel
es complicado llegar, las palabras amortiguan su manera, los bálsamos no riman, los pedazos
rotos del alma no componen un mensaje probable, no cooperan;
es difícil, complejo como una ecuación interrogante, la música dificulta la raspadura del verso, el paso
honroso hacia la melancolía
y el hogar.

El barrio se comprime de noche, bulle de sombra, se arrodilla
delante del neón. Las chicas llevan una cuerda para amarrarse y no desaparecer de pronto,
suben el volumen de la farsa. Lo suyo es una carnicería
de relojes de arena, un batacazo de colores puros.
Es el unobtainium, el pálido tesoro, el destino vestido del revés,
desnudo a las tres de la mañana del sábado; (pues) sus manos paladean un radio de sangre,
sus ojos viven, protestan por la escalera del Bowery, digieren la longitud variable de la buhardilla original,
su bajo techo inmóvil, el cauto tragaluz adormecido.

La luz ha practicado su arrullo, ha desnortado la conciencia
cósmica de la pandilla. Destiny fuma apoyada en el capó, retorna a la niñez de su futuro
andrógino, sentada en el blanco pupitre de la escuela, en la primera fila del jéder,
escondiéndose del cielo, de una voz y una regla. Sus ojos centellean un ciclón de auroras inservibles,
todo un lujo de velas saturnales. Son sus cosméticos y su carmín tan verde,
tan goloso como una madrugada en Philly, una escapada al desierto de Sonora. Luce
anillos de oro, collares de oro como Ama Lou. La luz es otro collar de oro en su mirada.

Es así. Las frases cortas molestan lo suyo, arrojan oscuridad,
pontifican, pero aquí está lo inobtenible, demasiado correcto, aprobado por los pelos, lírica
atrofiada, lírica contante, borrones superiores de un imborrable
proceder. Ella, que ha corregido el rosa de la rosa, ha desalentado el corazón del rey. Por el Parque
andan los chicos con sus buenos modales, al resto los ha despachado el KRIT. Hasta
Jordan ha bajado a la calle con zapatillas nuevas a ver el sol, solo por ver el sol,
solo por ver cómo reparte puñetazos por la espalda.




miércoles, 9 de octubre de 2019

perderlo todo


Destiny lo tiene todo:
su color de piel, su estampa favorita, sus ojos
–galvanizados ojos–, su red. Cuando inspira un poema, ella lo escribe,
cuando avanza su mano la suavidad del gesto, el extremo
incierto de su tacto, la clara violencia con la que tuerce el hueso del silencio
y grita. Cómo recrea un espacio de silencio, una frecuencia dormida.

Su color de piel escapa por las callecitas alegres, por el arenal, acelera el movimiento de la boca,
atruena el corazón su latido extenuante. Siempre se escapa por la ventana
abierta, sale a campo abierto,
brota hacia la luz.

Musa, su trabajo discontinuo en el circuito del flow, su oficio
experimental. La magia y el milagro, dos caras de la misma tormenta
que vuela y se consume. Música milagrosa sobre el cuerpo del incendio; otra clase de forma,
otra forma más audaz, más lógica, analógica. El verso se contradice, cabalga
sobre una ráfaga de puertos seguros,
una gramática irracional.

Destiny lo pierde todo, se hace un lío, es un cruce de caminos bajo el ático
dulce del sol, bajo la roma sonrisa de otra luna llena
–exagerada luna–; la suerte agrada a los de siempre, salta por la ventana como un gramo de miseria,
escribe fácil, escribe lento, agradece el aplauso de la corte.

Hay una luz que a duras penas dura lo que dura un cigarrillo,
es una luz tranquila que lleva el paso triste de un perro vagabundo;
lo tiene todo: el alma, los cubiertos de plata, el genio de la lámpara, la pulcritud, si respira,
la sombra reconoce el trato,
escupe una promesa  y se retira al fondo de los labios como si fuera un beso
arrepentido.



lunes, 7 de octubre de 2019

¿quién ha soñado?


Existe una responsabilidad maestra (nuestra), cada uno es responsable de su necedad,
de su necesidad arrolladora, de su apisonadora
racional, su abolladura
emocional, su arbolito y su plantón.

No todo el mundo puede ser como Ari Lennox: mundo inimaginable.
Ni hilvanar una historia corriente está al alcance de cualquiera (otro poema, sí).

Circula vaporoso el pensamiento, entremuere a la sombra de una oscuridad radiante: ella mantiene su propio
puesto de guardia a la vanguardia de la oscuridad, camina como una gacela
ciega, pisotea el jardín.

Al Parque llegan las almas,
pobres almas, con su irracionalidad y su (mal) comportamiento. Su pasado es monumental, el arte
colma sus horas vacías, los años tendidos al so(u)l, su R&B. Por eso la música
languidece en el caro meollo de la urbe; en los corazones, nadie canta con el aspaviento y la fatalidad,
el péndulo vocal que empuja a las leyendas. Sobre la hierba,
una vocalista (ella) condecorada, cruda su voz, hundida hasta los ojos en el humo de la composición,
compuesta y sin odio.

Entonces, ¿quién se ha comprado el sueño del amor?, ¿quién las mañanas grises de cielo azul
celeste? Amanece y el horizonte se muestra
insobornable, permanece inopinadamente sólido y furioso (su corazón de piedra), es parte
del paisaje y parte del futuro, su momento es el aire que se respira con rabia.

Decimos que el aire se ha vuelto peligroso como un color blanco,
la pintura de un niño, el sol contra el espejo, ese tipo de presencias decorosas.

¡Oh, quién será responsable del milagro y su actitud
consciente! Ahora el amor puede ser desmontado en sus componentes electrónicos,
puede ser despiezado en la carnicería, filosofado en la taxonomía, pero suele testificar ante un tribunal injusto:
inocente de todo nuestro aliento,
culpable del silencio que precede a la gloria.



jueves, 3 de octubre de 2019

apocalipsis marca acme


Ahora el poema se escribe solo, no desentona con nadie,
sometido a una ínfima presión, su resiliencia a motor, como un blindado chino
transportando cabezas nucleares por la plaza del pueblo un primero de octubre,
como una soldado alineada en pleno desfile con todos los planetas
de la tríada.

(Ah, la soldado es bella y estatuaria, recuerda un poco a los seres
mitológicos: es un ser estratégico, sin embargo.)

El poema no desfila, le falta marcialidad, pompa y forcejeo, su lírica
atenta contra la efemérides y el homenaje –no contra el homenaje heroinómano– y la presentación
ante los medios naturales. Su terrorismo es
apócrifo, es una lucha callejera sin martes por la noche ni barriles de brent.

Verso: se escribe a favor de obra. El verso se escribe con la mano
izquierda para que parezca que es del enemigo, que es de otro color; a eso lo llaman
cambiar de registro (también onanismo inspiracional).

Si refrescaran su conocimiento de la ferocidad del Ángel, su motivo
histórico, si entendiesen la lógica del polvo durante una carga de caballería, ese descenso
rutilante hacia la tierra, ese misil con el rostro de Ernesto Guevara en el costado (perdón, quise decir Che Guevara),
si un ovni como la guitarra de Woody Guthrie revisara al alza el precio del futuro.

Formidables aparatos,
aparatosas firmas (Acme, Cambell o Neslé). Conjurados todos
con la prosa, enturbiando el decisivo fallo del jurado, la punción confesional dictada en arte
menor, el ditirambo que se queda corto. Ahora el poema finaliza
entre estertores y gaitas, es un arlequín tan desarlequinado
que da miedo afinarlo en la memoria.



lunes, 30 de septiembre de 2019

gira el último vals de la belleza


No hay más belleza que contar, el baile
ha terminado. La suya es inasible, corresponde a una tradición de amaneceres,
esa clase de asuntos internos, una saga de armadores de luz.

Arranca la melodía del incendio, pero la piel es un obstáculo, la vida es un obstáculo,
el arte quema como un cigarrillo encendido, como un cañón de fusil. Un Ángel ha robado las campanas,
llama a la insurrección desde el núcleo del silencio, su grito
inunda el vientre de la tierra.

Parque no hay más; lo llena todo de corteza de árbol y briznas de conciencia, del humo
entusiasta de los magos, de virus comerciales. Es la pantalla
completa, su rostro vegetal se apropia de los ángulos,
en el colmo de la perfección, rellena las figuras como un programa informático, pero a pulso,
un niño cuidadoso, como un niño obstinado y feliz.

El dolor de los ángeles no es el de la humanidad, parece tan fértil,
tan engañoso, duele a tientas, oscila entre dos fatalidades, dos ventanas de corto recorrido. Poetiza
la forma y apostilla el murmullo de las primeras lágrimas. Es un peso que viene del futuro,
pasa como una sombra desterrada.

Tan hermosa que habita en el olvido, su habitación
sobre la única puerta, su balcón sobre aquel charco de baldosas intactas, aquel
rumor sencillo de la piedra.

Incontables sus ojos que todo lo perdonan. La ropa que la noche se prueba en un claro de luna,
que la noche le quita, ese vestido blanco tan suyo como un arpa, como un alma
doblada en el cajón, hecha un ovillo en la cintura. Su belleza en la pista,
tras la pista segura del vacío –aurora de la clase obrera a la que pertenece–,
en el último verso, donde todo empieza a morir
eternamente.


sábado, 28 de septiembre de 2019

ángel en prácticas


Eco y difusión del eco. El poema se lanza al vacío:
es el salto del ángel.

Entre rosas y cadáveres, cosas y artículos de broma, bajo una lluvia de nubes,
¿qué busca un alma? El alma posee un sentido de la vista,
posee un cuerpo, un color de piel; sus ojos redondean oraciones,
destapan la dulzura de la melancolía.

El horizonte funciona como una costura en el vestido del domingo, Naturaleza se arregla
para salir, llora ríos de sal. Destiny® –sin horizontes– circula
a bordo de una tabla de skate, aprende a saltar de los bordillos, es como si Cristo
doblara la esquina a toda velocidad,
como si un visionario, un profeta del soul acompañara su canto con una sentida plegaria, góspel
a la puerta de la iglesia, a las afueras de dios.

Rezar es como escribir un poema con una mano atada a la espalda y una espada
flamígera sobre la cabeza; a veces, un monasterio pende del hilo
de una araña sobre una multitud atareada, a veces, un ángel
soporta el peso de este mundo con su dedo meñique.

En el poema, la belleza se despluma,
es el origen de algo que no es bello, promete saunas de calor, escenas
elementales (y romanticismo). Pasar el rato es el objetivo,
y el destino. El tiempo se las arregla para arruinar también el look platónico de la primavera.

Y la poesía muere de amor. No es un desmayo, se aplana
dentro del pecho, pierde el reloj en una tienda abarrotada; es un día de compras y los escaparates
reflejan el desierto que avanza a dentelladas, la luz que retrocede
hacia la vida.




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