viernes, 28 de abril de 2017

stanislavski in the hood


Vacaciones en el parque, donde no haya mar. El paisaje se transforma, muda de color
como si fuese un piano en calma trinando mariposas. Cuántos pajarillos, o pájaros ruines, quebrantahuesos
movidos por un ansia común, grajos poéticos. Oh, la literatura es tan fácil –ha confesado Jordan;
consiste en un poema cada vez, un problema en clase de matemáticas
pero sin salir a la pizarra, con el encerado dentro de ti.

Los extranjeros llegan de todas partes, incluso brotan de la tierra,
morrocotudos profetas, todos con barba y esa clase hipster de los desocupados;
oráculos en ruinas, todas con ese corte francés, ese flequillo carbón, con ese corte moderno irreductible.

Esto es democrático; el hambre es un sentimiento,
la sed, un vínculo. De vacaciones se mata (el tiempo) con buena disposición, cierto ánimo constructivo. Si las miradas
mataran, el suelo estaría cubierto de reflejos horrorosos, la sangre estaría
saturada de horrendos tropezones.

Aquí no hay perros sueltos que arruinen el turismo. La gente
acude a ver las torres milenarias (por no decir mileuristas), el balcón de Jordan,
el árbol del ahor…, del poeta. Hacen cola para ver pasar el cadillac del KRIT (autobrillante), el del Big Bopper, toda la flotilla
maliciosa: es increíble, pero los cracks bajan las ventanillas y lanzan caramelos a los niños
(que sus madres no les dejan recoger).

La novela no flaquea, no; fracasa en su momento y engorda como una bestia bien cebada,
comprende pasajes delineados con mano maestra, pulso firme, alambicados procesos, familias de folletín
armadas de odios seculares, dibujadas con el trazo grueso de la orfandad. En realidad el parque representa porque
no hay familias mal avenidas: no hay familias,
los padres gandulean con aire de actores del método.

Vacaciones en el mar, a toda costa, una guerra de guerrillas para la sobremesa,
un difuso aggiornamento; la enésima intentona decadente de fraguarse un contexto
nacional. Ah, en el parque el infinito queda definido por el radio de la fuente, su don de lenguas.

Esta mañana Jordan canta con una sensación; la libertad se masca en los subterráneos, por los pasillos del metro
saludan los amigos, sonríen las hienas. Hay una poesía cabal traducida
directamente del amor que pasa, su título es el número cero, la potencia de un verbo, el eje meteórico de la revolución.




martes, 25 de abril de 2017

sin invitación


Asistir a una muerte en persona, personalmente, o imaginar la muerte de un pequeño ser, matar
insectos sin pensar en las consecuencias, el karma y sus insubordinaciones. Es por describir
una muerte en directo, esa mascarada de la respiración, esa preocupación interesada, el tumulto de las emociones
y el protagonismo indisimulado del aire; no tiene que ver con desconectar un aparato,
conectar un garfio a la sombra del ingenuo (cadáver) moribundo, cadáver in péctore,
sumo sacerdote de las destituciones.

Literatura es: cómo, cuándo. Saber lo que ocurre. Escribir una novela es: preparar un guiso indigesto
y esperar la comitiva de los especialistas, críticos enervados. Todo esto se ha ido a p(s)ique, se ha desangelado
precipitadamente. Un sorbo de muerte es indicativo, ilumina un texto con su gracejo
paranormal, su opípara rendición de cuentas. Un espectro salta por la ventana,
cruje algo que no son huesos (ni se rompe la crisma), ni grilletes encadenados a una bola de hierro fantasmal;
se desliza por los solitarios corredores del castillo disfrazado de hermosa cortesana.

Oficio: se trata de encontrar la llave maestra (que te la soplan, se la inventan) de la publicación
exagerada de un estorbo literario ni siquiera solventado por los asesores editoriales
más avezados y pulcros o jenízaros (signifique lo que…).

Jordan escucha a Noname en una cinta pirata, su risa argentina, su longevidad. Está en el parque, donde
suceden los hechos de una vida, mueren los pájaros, también algunos loros de larga cabellera,
y las bestias adquieren una suerte de humanidad: when the sun is going down…
Gris no ha muerto todavía, aunque su aliento viene a desmoronarse en algunas ocasiones. Su capítulo
ha sido cerrado hace un par de años, se añadió el borrón decisivo a su ejecutoria intachable. Y se escribió luego
sobre una marquesina, en el vaho de una ventana de autobús, rayado en el pupitre de la lealtad,
orlado sobre el púlpito como una mentira bienaventurada.

La novela habla de fiestas, es un cuadro tan abstracto que no sabe decir amén. Termina y no ha empezado aún
a descentrarse, a disfrutar de las tardes de verano más apropiadas para un funeral, cuando las palabras
fluyen en constante idolatría, doblegan órdenes de cambio, dinamitan puentes estilísticos como puentean el abecedario de Caín,
lucen su herida en la garganta, apenas un acento miserable.

No ha montado en el cadillac del KRIT, Mara no ha invitado a nadie hoy. La música es un contacto
privilegiado; las páginas arden en un brasero mental, hay una cobardía de fondo entre los significados oscuros
y sus abyectas privaciones, su intencionada sordidez. Es preciso conocer el arte de la renuncia, intuir la buena mano,
el falsete incordiante de la realidad que bulle y no se desgasta, que resiste
imposiciones o se rifa la forma, duda entre un verso y la parálisis completa. Jordan se ha quedado esperando en un banco
amarillo de un amarillo desvaído, color cenizas de oro; su mérito pasa por una letra soberbia (hechos para el desguace,
situaciones de una gravedad inusitada pasadas por el tamiz del odio ajeno), es decir,
otra carta de amor desfigurándose, girando hacia la luz en la gélida pira del recuerdo.




domingo, 23 de abril de 2017

de cualquier manera


el amor viste de cualquier manera:
lleva un pañuelo gris al cuello triste,
una paloma en el bolsillo, ¿viste
cómo viste el amor como cualquiera?

Acabáramos. Hay un ángel para cada uno de nosotros (existe), uno para cada alma,
pero que es el mismo
y no es Angel Haze. Esto es un descubrimiento, es un desdoblamiento;
tantas veces como fuere necesario, infinitas veces se desdobla, se masifica, es una distribución de alas
mágicas, una intendencia bien tratada desde la fantasía. El ángel único muestra
miles de rostros agraciados, multitud de rictus inconscientes, consta de:

la sonrisa del arte,
el epicentro de la escena (sin palabras),
otras interacciones.

Sus milagros son, por orden de influencia: (esto es secreto). Pues el milagro se obtiene en silencio, un silencio privado,
orgánico, es una sensación de madurez, alguna pretensión. En el ejemplo, una carreta estancada en el barro echa a andar,
echan a andar las bestias imbuidas de una fuerza sobrenatural, el soplo gigante,
el ¡eureka! y sus matices; el siguiente cuenta la curación imprevista de un enfermo desahuciado, la sangre
gime y se convierte en un riachuelo de agua poderosa que fertiliza un mínimo de cien estrellas vírgenes.
Y nada lo supera. Sin embargo, el ángel permanece impertérrito, anda petrificado, no se mueve, no condena afrentas ni actos
execrables, ni pensamientos pérfidos como el de arrancar una rosa
sin motivo.

(Sucede que la artífice de semejantes proezas) es una muchacha descalza que lleva un vestido blanco
y viste como el amor, porque
el amor viste de cualquier manera. A qué engañarnos.

El amor queda atrapado en la escala, dentro del viaje, quizás en la estación más cercana a su agónico destino,
acaso en un principio que delira a su encuentro, una invitación a la melancolía. El milagro del amor
se desintegra al contacto con la lluvia, sufre una metamorfosis, se protege bajo un reloj de pared,
al abrigo del tiempo sugiere un retorno a la origen de las emociones.

Oh, este ángel enamorado
de su enigma, tan humano y desprendido. En el parque las muchachas fuman y pulen sus espejos de noche,
bailan en el sitio como seres de otro mundo,
pronuncian gritos con la boca cerrada,
escriben versos con una mano a la espalda, redoblan el ritmo notorio de las letras
entregadas al sacrificio inútil de su alcance, van en serio y arman jaleo inflando los carrillos.

Jordan –en último término– no lleva un vestido blanco como la nieve (va con Gris);
no mira hacia la altura que reverdece por momentos, tan sagrada como un manto intraducible donde brillaran las joyas, rubíes
y manchas de sudor; su voz se eleva por el aire y pregunta por cada jilguero renacido.
Su voz que trina y pregunta también por cada uno de nosotros.



jueves, 20 de abril de 2017

todas las obras incompletas


Entre los enseres del poeta: una colección, un tirachinas hecho con las patas
de un crucifijo, nada de cartas
(sellos rojos con la efigie de Lenin*),
y un monopatín.

O es que Jordan no las recibía
asomada al balcón, atormentándose mientras una guitarra eléctrica desandaba el refugio
eventual de la nostalgia, el entresijo exacto de sus momentos de gloria. Las cartas iban dirigidas a un pequeño
monasterio, ingrávido claustro vencido por el clima, oscurecido por la magia. Lanzadas al vuelo o en alas
de un esqueleto pulcro y etéreo, quién sabe si un gorrión desaparecido en la coraza del paisaje.

Todos lo saben: el parque merendaba a expensas de las cacerías de la bestia, su olfato indefinible,
el talento prosaico de esas mandíbulas dotadas para la literatura. Había, pues, que esconderse dentro de la única materia
posible, el dédalo más puro, de la única manera posible: detrás del verso, su ramaje y su débil circunstancia.

Las muchachas acompañaban a Jordan hasta su  primera parada,
donde comenzaba la recaudación. Al final del camino, las flores acaparaban los deseos, la vista, el horizonte,
muchas estrellas le pertenecían entonces solo a ella,
que tenía un problema con tal distanciamiento.

Al tiempo de cerrar los ojos, ocurría siempre un suceso incomprensible; palmadas y abucheos,
silbidos del espacio y las ardillas, del aire y las palomas, el ruido adolescente de la tierra que da a luz
una frontera. Es el silencio apátrida de las canciones olvidadas, las mismas de las que hablan las cartas
escritas bajo cierto resplandor lunar, nunca enviadas a su destinataria. Entre las pertenencias
del poeta: un estropajo, una cuartilla, su colección de epigramas desechables, su mala praxis, un par de tropiezos
importantes, aquel saquito de escalofríos que daba miedo tocarlo,
una sombra de repuesto,
(y un monopatín).

Gente emocionada que ovaciona la transición entre la noche y el profundo desamparo,
sordos estragos de la monotonía que, sin embargo, constituyen un trance de iluminación que no puede desdeñarse.

Jordan escarba entre sus bártulos, sus bienes y halla por fortuna un manojo de cartas
cogidas con una cinta de terciopelo negro, cartas como rosas hechas de un perfume común, denominadas, rígidas,
dirigidas ¿a quién?, esparcidas por el mundo como un reguero de polvo
cósmico, todas selladas, lacradas con la sangre de una promesa, el carmín de unos labios
llamados a la vida.
  
(* ‘Sellos rojos con la efigie de Lenin’ es el título de un relato de Danilo Kiš)



martes, 18 de abril de 2017

clandestino


Oh, la nula confianza en sus posibilidades, la negación
de su arte; hastiado de la vanidad articular de una escritura que no encierra
enseñanza alguna ni puede subvertir el mundo ajeno más de lo que logra
desordenar el propio a golpes de talento amortizado.

Nadie escucha el canto
casi fúnebre, el oráculo bastardo, nadie finge interés por la estructura, ni cuenta lo memorable de aquella fraseología
negada sobre la tierra. El poema reverdece apenas, surte efecto en la naturaleza
pero no más que una rosa natal. Ni abejas ni gorriones, sus perfectos oyentes, sus espectadores,
la clac nada expuesta ni emperifollada, hoy desparecida
entre bastidores, en una nube vuelta del revés,
bajo la sensación del río, ese agua helada.

Jordan no acostumbra
mirar hacia arriba, ni le concierne el cielo abrupto, insanamente celeste,
de un índigo arrebatador, quizás el cielo negativo de las atrocidades, bombas que caen del cielo, lluvia
térmica a una temperatura deplorable, nieve oscura como el alba tímida. No se eleva
la mirada, aquí no se eleva la mirada, tampoco se profetiza la próxima soledad de las constelaciones.

Lo siguiente es una proposición, el desánimo profundo,
destino e ignorancia, el maridaje completo. Dentro de la editorial del sitio (sitiada), el sello opuscular, la biblioteca perversa
que incluye los libros monacales, los acaparados, robados y otras
tentaciones líricas. Esta dicotomía entre el arte y la moral que la poesía dirime con tan buen
gusto y tan en su papel, en su línea divergente. Así, la discusión ofrece paralajes opuestos, formas bífidas,
todo aquello en la librería definida por su encanto y su clandestinidad.

El poeta concluye, se perfuma para ella, atento a las conexiones fonéticas,
una sintaxis paramédica, el fondo de armario de su memoria devastada. El sonido se contagia enseguida;
es una epidemia de silencio que mortifica los versos,
modifica las almas palabra por palabra.

Se dice: estamos claudicando. Mientras, Jordan –en su balcón brumario– tira una rosa que tarda tanto en caer
como una bala de plata. Colorea su escena preferida
de la revolución, desarrolla sesudas garambainas y, de tal modo, pasa la tarde asombrando al mundo.




sábado, 15 de abril de 2017

el nacimiento de una ficción


Cuánta alegría por la tierra
que se incrementa infinita, no termina, resultado del formidable producto del horizonte por la línea
azul imaginaria.

Gente pudiente, arisca o artística, gente de altura, Bakunin o Whitman,
gente que te puede, adicta a ese estilo de violencia que acongoja y delata. Ah, cómo les detestan los cobardes.

Pero esto es un infierno catastral, el reparto nada equitativo, el orgullo
visto como un bien estético, el orgullo religioso por la patria y sus lindes inmortales; fue subirse a la montaña, escalar
praderas infestadas de bisontes, matarlos, y mirar los cúmulos en lontananza,
árboles bien plantados sobre las raíces de la raza. Fue un exterminio,
pero… ¡qué rareza de arroyos incontaminados!, ¡que elegancia de espacios pulidos por la oscuridad de la noche!
¡qué escala olímpica de la geografía y sus accidentes amables!

Entonces el poema tuvo tiempo de enderezarse y vomitar su gusto por la naturaleza,
de creer en el hombre y la mujer y sus necesidades al descubierto; este poema impúdico de la libertad
y la idolatría, esta seguridad en las convicciones y el talento.

Ahora el parque positivo y disperso; da grima su importancia en el concierto de los continentes,
es una reunión fabricada en altura; no es posible atajarlo ni vagarlo,
ni viajarlo con una maleta agujereada. Nadie homenajea descampados, nadie planta banderas sobre el terreno (a ver si crece el odio),
solo escupen y tiran la ceniza. Es un espectáculo la observación del universo desde cualquier
punto estable dibujado en el plano, desde un punto de vista inexistente ajeno a los remansos,
los torrentes, la grandiosidad del montículo segundo antes de la radiante
cordillera, el fatigoso curso del algún río, su destino marítimo y confeso, aquella prepotencia de la fauna.

Nada se mueve en realidad, Whitman se ha roto una pierna de tanto
subir a las buhardillas del Bowery, frecuentar sus garitos
malsanos. A Bakunin le deben dinero, no es que vaya de cobrador del frac pero angustia a los marxistas,
que se le escabullen: por cierto, este es el panorama honroso y tan culpable de la historia.

Hay que mirar por el ojo de la aguja y contemplar la potencia secular del camello del barrio,
su joroba transitoria, su carencia absoluta de fe. El campo está lleno de insectos y vegetales en descomposición,
arduos procesos se suceden hasta confluir en un arco iris desahuciado. La lluvia ácida es de una aridez extravagante.

Los niños podrían perderse (por eso no salen), los ancianos podrían morirse (de viejos tal vez).
El parque continúa porque Jordan lo ha soñado de nuevo; ella en su casa de Los Ángeles. Colinas y promontorios
y tal cantidad de arterias luminosas.
Ella en su balcón, mientras la vida pasa, y se detiene.




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