martes, 28 de noviembre de 2017

el mundo es paraíso


Una biblioteca liberada en medio de ninguna parte, descargada de la nube más próxima,
conservada en licor de salvación; libros de quinientas
hojas de roble. Si el mundo es un escenario acorde con la iconografía del terror y el tiempo es el sustrato, el nexo
de unión entre la muerte y el hondo deseo de no ser: el parque es Paraíso.

Tenemos filósofos del milagro, héroes congregados en torno a una idea
mortal, logotipos e imágenes vibrantes. Incluso senderos de inmundicia, humus y longevidad, si tenemos la dignidad
de los profetas y el desánimo de la nación; y el bar abierto hasta las tres de la mañana. Entonces,
el parque es Paraíso.

Si el demonio es un ángel con cuerpo de antílope,
boca de cariátide y voz aguardentosa. Asistimos a la intromisión de la física en la funesta
vida espiritual, comprobamos la ubérrima concavidad de la tierra, el epítome contagioso de la tierra fértil, bosque
sutil e inacabado, la plantación oscura. Y en el campo, una carrera
hacia el infinito creado en la virtud del horizonte, fortalecido
en las vértebras de una palabra sin odio.

El libro ha caído del cielo rodando por una escalera zeppelina; ha chocado en su descenso con las alas
diminutas de un Hada vestida de luz y de paisaje, sus trenzas opacas, su línea
transparente. Y los chicos la esperaban tras otra línea de bajo, bases
neutras dirigidas a la acción del verbo y no a su intransigencia. Botellas de agua
clara y humo (para empezar).

Ya no aspiraba el verso a consolarse en la fortuna de su estilo; la construcción –su fuerte–, larga
poética de huesos firmes, dejaba al descubierto la hediondez del pantano, aquella oscuridad de ojos revueltos,
aquel diáfano rastro explicativo entre la glauca perdición de los extraños lugares fantaseados por el arte,
el sonido viscoso de un motor de incienso, la longitud gimnástica de la abstracción.

Pues si la forma detonada en un sesgo de la noche infernal, el retorno furioso de las aguas o el menudeo de la lluvia
procediesen de otro modo, sin conspirar contra la esencia de lo nuestro –las estrechas
pasiones que configuran la solidez del aire. Y todo porvenir consistiese en la espera…

Si el mundo es algo muerto, si es un diáfano resto de hoces blancas,
entonces, el parque es Paraíso.


sábado, 25 de noviembre de 2017

la condecoración


Como un arpa mascullada en el segundo plano de la música (o en un vano rincón), yace
La Gran Obra Maestra. No es país. El parque no merece calificativos sino dentro del poema que no existe. La obra
modera su expresionismo intacto, arrabalea concienzuda, conspicua, y se deja
llevar por la mirada ingenua de cualquier filántropo sin aspiraciones,
cualquier ángel de sonrisa confiada.

Ojos metalizados; nuestro ángel
tan nuestro, compañero de viaje. Inspirando tormentas en la cola del paro. Sú música
es un verbo amable dedicado a la industria indiscriminada de la probatura. Su desamparo focaliza silencios sobre
la multitud henchida de pobreza, curada de encanto.

El cielo se ha puesto de parte de la ingeniería, llueve un mecano de gotas
articuladas, alambicadas y dulces solo en la parte que corresponde a la prosa, en esa parte anónima del viento. Esta melodía
enaltece, consigue una reconducción de la miseria; llueven banderas
inútiles. Los huérfanos tienen por fin a quién injuriar por su nombre de pila, a quién no parecerse
en el espejo.

Aaliyah es un ángel formal que casi nunca tiene fiebre –aunque se haya estrellado en las estrellas. Sus manos
elegantes, sus piernas. Su cabello prófugo de sombras, vertebrado en la sangre y la marea;
y aquel deslizamiento de su estampa, el cromo que se compra en la reventa, la condecoración.
¡Cuánta voz defiende su memoria! Cuánta le nace de la pluma
callada, la garganta mecánica. De un beso suyo, brota un eslabón de carne
encadenada al deseo. Ante su claridad, la Luna se encoge como un peso muerto en el espacio.

Para leer una obra maestra
es conveniente conocer la historia, una entre un millón. La historia dice que el poema
no vale la pena, que el lenguaje es un campo de tiro. Lo importante es pisar la hierba y percatarse, acaso,
de la helada, y sumergirse en el pozo del destino con la respiración hecha jirones, la belleza del mundo
entre las cejas, a punto de caer, irreal, sobre el asfalto
invencible de la noche.



miércoles, 22 de noviembre de 2017

ardan las golondrinas


París es el lugar ideal para fracasar en la vida.
David Foenkinos (La biblioteca de los libros rechazados)

Pero Jordan ha estado en París cargando con el muerto. El parque es tan enorme que tiene
su elíseo y su galimatías. Varios grados de la esfera,
meridianos completos, ecuadores en lata. Mundo, lo que se dice. El mundo se ha fracturado la rodilla,
sangra pecados por la existencia de dios, rima fumatas blancas, árboles de humo; un público insistente
asiste a la generación de la rosa, 
verso a verso.

París se contrapone a tanto gesto, aguanta de rodillas hasta el décimo asalto, te mira por encima del hombro. Estar
en el infierno es más distraído: uno se conserva mejor. Tras las rejas
continúa la representación cambiante del fracaso, su manojo de hipocresía. El tiempo
maneja la verdad con destreza, llena de hipérboles la realidad y la mastica durante una milésima de buen comportamiento.

Gombrowicz era el rey de comportarse,
podía pasearse desnudo por un recital de piano y la gente aplaudía entusiasmada la tiranía de la moda;
como Keats, podía declamar de corrido un poema anular al estilo de Browning,
conocía la etiqueta propicia, la class disciplinada de cruel naturaleza, el acoso
infantil y sus estados.

Por cierto que Jordan se juzga con benevolencia, su mirada es un cuchillo de algodón,
fuma cardúmenes de hierba, vende espuma en un tarro de lágrimas. En su casa, las burbujas se cierran con el estruendo
dorado de las lamentaciones, hay una ley de oro en su manera de batir las ventanas del pasado. ¡Prohibid los espejos,
condenad los balcones! Ardan las golondrinas en la viga maestra del crepúsculo.

El poema vuelve sobre sus pasos porque existe un milagro al pie del horizonte. Es su manera de acumular
dilemas, montañas de pronósticos, huecos absurdos donde dejar
caer un enfermizo retrato de la noche incendiaria. ¡Es tan moderno el corazón
del fuego! Tan rápido se alejan las cenizas en alas del ramaje o en brazos de algún ángel
carcomido por el remordimiento.

Precede al pálpito un beso destinado a morir en el mirador de las estrellas; el Bosque de Bolonia asciende
–sespiriano en el fondo– por una escala mágica hasta la compasiva frente de la bella muchacha,
allí despliega sus banderas de azúcar, su blando itinerario. Al término del aire,
se comparte el aliento con las flores  y, en un arco triunfante, la escarcha dibuja un panorama de incierta algarabía.


lunes, 20 de noviembre de 2017

dos inviernos y un día de verano

Matt Black: Lost Hills, CA

El tiempo pasa; el tiempo es un objeto
escondido al alcance de la mano,
el futuro, que muestra su esqueleto:
dos inviernos y un día de verano.

Al tiempo le fatiga estarse quieto,
pasa del arte puro al puritano,
de la página en blanco, al mamotreto,
del polvo que ha de ser, al cuerpo sano.

Hace tiempo que el tiempo no se casa
con nadie, dura un siglo y luego pasa
por el ojo de un nudo corredizo.

Ocurre que acontece, y eso duele
como que un día de verano hiele
tras dos inviernos muertos de granizo.

domingo, 19 de noviembre de 2017

sin sorna


Our Love está sonando a un volumen atípico,
arquetípico. Es la antífona personificada, el rezo elemental, la corazonada en blue. Internacionalizar
la pasión, alzar columnas dónde. Observar todos los espejos posibles, los que están en el mundo (esos también),
los que reflejan el arte como no puede ser.

Otra Princesa: Anya Taylor-Joy. Con frecuencia ilimitada en esta senda del parque, los ojos
puestos en una fase de la Luna que se mueve a grandes rasgos. Y fuera que el Amor resplandeciese
allí, disuelto entre caracteres y monsergas, y gente que le buscaba alguna utilidad. El arte
al rescate de la vida. Anya que sueña su futuro
como una marioneta, fumadora pasiva, tan creyente. Dios es básico
y creer es necesario, una necesidad de las vitales, es preciso angelizarse (evangelizarse) a pasos contados, difuminar
arcángeles activos entre tanta luz solar, tantas prefiguraciones.

El parque no está en el campo, pero aparece en un campo de sentido
amplio en su extensión atómica, en su significado que abarca la totalidad de la historia, más de un siglo
de daño y convicción, un siglo de trenes ocupados (sin sorna), transiberianos y otras tormentas de la mente. El niño
que le dice a su madrastra: ven, vamos a ver la realidad.

Has de morir; lo predican los artistas en sus caducas performances
(las más ligeras); hay que admirar su energía, echarse a un lado, coronarlos de laurel y misterio. Vivificarse como
vampiros extenuados a través de la sangre que mana de la obra, conmoverse
con el rechazo de la actriz principal o de la chica guapa del bar, o de la chica que resulta
ser la chica más guapa de la barra del bar.

Aire –viene a decir el aire. El mundo se define exactamente mediante su vivacidad reflexiva.
Así, los sabios budistas afirman que la muerte es un acto reflejo. Pero los cristianos contraatacan con salmos
impenitentes (y poca paciencia). El poeta ha visto a Anya y se ha multiplicado
en su interior, se ha divulgado a grandes voces: los recursos inapropiados habituales.

Por el cielo, va y viene un cadillac no tripulado. Hasta los disparos son de atrezzo en homenaje a la chica del cine.
En la meca del cine se reza a una cámara vacía (sin ninguna orientación especial). Los borrachos
la confunden con un milagro en la tierra, la chica capaz de obrar el prodigio que llevamos esperando una eternidad
sin estaciones, pero ahora es el mismo
ferragosto, y reina en la memoria un solo frío inmaculado.


viernes, 17 de noviembre de 2017

hacia el arte


Es tan hermosa (y no es por darle coba)
como una intervención divina y eso
que solo de pensar en darle un beso
entra en acción el cielo y me lo roba.

Su pecho de cristal, su nombre@...,
tan blanca que parece hecha de yeso,
que no parece ser de carne y hueso
y hasta en el cuerpo de su letra inNova.

La furia de sus labios entra en liza
y por ellos la rima se desliza
húmeda como un sello clandestino.

Sola en su habitación desordenada;
ella, que a todas luces es un hada
y a todas luces es algo divino.

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Aquí Nova que indulta sus pestañas, se involucra en la metamorfosis,
mortifica como un cuadro de Velázquez. Para ella no es el parque, es la ciudad, con sus luces arropadas y su cárcel
modelo. Tampoco sobre la hierba; el jardín se ha romantizado en exceso,
es tan dulce que se nota. Y ella compra pasteles en un Starbucks, se contonea ante la melancólica
fauna del Bowery.

Una ciudad explota en sus movimientos, visita callejones mapeados, librerías de viejo,
mercados desabastecidos. Es preciso perseguirla entre movidas y llanto, bacanales de futuro,
ingeniosas fiestas con cacheos fortuitos y alcohol.

Cuando te mira se revela como una fotografía: su mirada, un cuarto oscuro donde invocar a dios.
¡Cuánta riqueza esconde su cabello!, labios profundos, insertados de diamantes y pornografía. Instrumentos
desacordes, sonido infranqueable, para tomarse un café viendo pasar los últimos autos baleados. Nova
ha reconstruido una manzana entera de pensamiento y palabra
(las obras no han empezado todavía).

Oh, la belleza esquiva de las catedrales, su enfermo protagonismo
arquitectónico, ebrias como pirámides. Ayer se levantó una pobre escuela de adobe a la entrada de Yale, y los graduados
echaban un vistazo adentro. Los niños virtuales escuchaban rock, viajaban a través de una rockola lisérgica
y descubrían el misterio de la Historia, sus vericuetos insospechados, su lenguaje voraz.

Ser tan bella y llegar de alguna parte, con un hatillo al hombro,
unas zapatillas de baile, la sangre y nada menos. Leerse una novela de principio a fin y escribir una nota al margen,
algo valioso. En la biblioteca hay una silla con su nombre, tan incómoda
como una silla de montar, como una silla eléctrica (también se accede a ella por un corredor interminable). Encima de la mesa
roncan los murciélagos, los libros son amados.

Nova se ha comido una letra de Mississippi, pero sigue hacia el norte.
En su memoria brilla el plano de un deseo; en sus ojos, un columpio gravita con el impulso escénico de la felicidad.

martes, 14 de noviembre de 2017

morirse es revolucionario


Todavía queda algún bar emocionante, algún sepulcro amable donde enterrar el amor. Los árboles
mandan señales, contorsionan sus troncos al ritmo de la seda que aletea la lluvia. Está el jardín arrebatado,
simulando una caída, en retroceso. Túneles bondadosos que recorrer; la oscuridad es un regalo
detestable. Ya no se puede recoger una rosa en el buzón, nadie olvida rosas por la calle
(ninguna rosa falta a la verdad).

Sobrentendidos, reclamos, relaciones que buscan la plenitud de la máscara; una alameda en el campus, una habitación
dormida, sin ventanas ni rombos, sin campanas nocturnas, sin doblez. En el bar, las muchachas
instruyen un relato emocionante, dividen su tiempo en pequeñas coartadas, llegan a la hora de cerrar.

Jordan con un verso en la punta
de la nariz, con un beso en el cuerpo, una palabra muerta entre los labios; su vestido floreado, su manojo de estrellas,
su corona. Cada reina depende de su estado, o depende del verso que la encuentra. Hoy la fuerza se reúne entre
dry-martinis y litros de ginebra colonial. El buzón siempre esconde una carta de mamá, un desinterés por las últimas
noticias del amor.

Morirse es una revolución; los viernes toca revolución permanente. Jordan es trotskista desde hace unas horas;
fustiga con su verbo a la burguesía sangrienta, a los coroneles. Este área es nación,
funciona como una nación en miniatura, está la barra del bar, está el servicio, están los reservados
reservados a la soledad, a la negritud y su bandera, solicitados por la voz y el flow, el funky que resbala
y aterriza sobre el vuelo azaroso de una moneda nueva.

Mahalia. Alguien como Mahalia clava su profecía, y cuenta. Las buenas noches son un tesoro, caminar
simplemente contando las baldosas, restaurando en la memoria las hileras de troncos doloridos, agacharse y tomar una mano,
una hoja seca, sumergirse en el cadáver del estío, así, de cabeza a las trincheras.

Siempre quedará una playa de sonido incierto, un espejismo situado en el cielo más reciente; el imponente
estilo de los pétalos, la serenidad de la tinta combinada con un rastro de lágrimas, como el veneno que ofrece la fortuna.
Sentarse a esperar otra coronación afinando la falsa monotonía del soul, el recitado superior, impagable y privado
de Nikki Bourbon en su mejor momento. La eternidad ha sido asesinada por un traidor
anónimo con alias de pequeño dios. Y todo se ha mezclado en un poema
que se parece al día de mañana.


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