lunes, 23 de febrero de 2015

conmovedora


Música que encaje en el silencio. Conmovedora. El piano tiene razón, pero no solo.
Una voz cabalga a su lado, lleva un ramo de rosas, un ramo de flores que no son
rosas; hay un caballo blanco que acaricia la hierba: dos alas le crecen a la espalda.
Nada es romántico, ni siquiera la torre que asciende cabriolada como un pájaro ronco. La muchacha descalza
no resiste el drama, no resuenan sus besos en la medianoche del alma, ni sus pasos cubren de deseo
la melancolía. Todo se reduce a un brote de humo, nube o lápida.

Decidle a ella que la música es un bote de humo que hace llorar a los ángeles ciegos, se les mete en los ojos,
por los ojos que han visto la ciudad de la gloria y han escuchado el tumulto,
la miseria que agita los planes de los dioses, se burla de tanta misericordia y tanto amor. Decidle que el amor
ha descubierto el límite, se ha coronado en la frontera de las hadas y su espina
ha hecho mella en la frente de los novios, sangre que ha fecundado el desierto.

La canción se transmite como un virus tangible, fisonomía del tiempo detenido,
la instantánea de una soledad creciente, una soledad tan grande como un valle de lágrimas.
La música es un filtro que amenaza con destilar el mundo.

Esta sucia imagen que se viene a la mente: un coágulo en la jeringuilla, el rigor de la heroína haciendo patria en el recuerdo.
¡Qué importaba la música! Decidle que su música es un rumor escrito en la nostalgia. ¡oh! y se funde
en un trueno de nostalgia. Los dedos calculando su cabello en otra terminal de cintas señaladas por la luna,
archivos manejados por el viento, besos que no aguantan el futuro pero nacieron de su boca interminable.
Verdadero espectáculo el que ofrece la luz en la memoria, una película muda como un pensamiento
triste en un tris de ser desterrado al corazón.

Estarán sentados en el parque los corazones rotos por la música
y sus revoluciones, abrazarán el mínimo gesto de la fuente, la radical pureza de su tono.
Cuánta inocencia en un minuto de torrencial sonido, ritmo que se fortalece.

Nada de amar, la felicidad es un espacio ocupado por el ansia, quizás el vacío que deja la mirada tras hundirse
en los párpados, el anhelo de otro ayer más convincente, un segundo atrás.
Felices los que creen que el arte es un salvoconducto hacia lo extraordinario, el pase para la galería de moda
donde los modelos estrenan sus mejores sonrisas y entra en acción un sublime paisaje.
Bienaventurados aquellos que siguen el compás y no se desorientan,
y respiran incluso después de haber creado una sombra de fuego permanente.

(Y decidle, en francés, que no hace falta
que ruegue por el alma del poeta, porque el alma no sabe que está muerta, ni comprende el idioma del amor.)






sábado, 21 de febrero de 2015

algunos poemas de amor


Keny está en la calle. El frío se retuerce, se reforma hasta parecer un sol.
Los obreros suspenden su heroísmo para verla: suspira y su pañuelo se pierde en un ritual de asfalto
entre fantasmas y cláxones, frenazos y otros actos del metal.
La monja que espera el semáforo en verde como si fuera su turno en el columpio.
El mensajero que reparte su tarta innecesaria.

A fuerza de ritmo el aliento atraviesa momentos alegres, en marcha se condensa como una exhalación,
banda de jazz, infinita banda de jazz desfilando sin parar con ese contoneo amargo de la fruta en el árbol,
ese merodeo del viento alrededor.

La ciudad acribilla los sentidos,
murmura crueldades sin cuento. Su cuento es munición para la angustia, rancho para la demolición,
la implosión melodramática. Los hechos se suceden, complejos incidentes: hay que buscarles motivo,
darle cien vueltas a la seguridad hasta crear un foso de incertidumbre
donde excavar a gusto, sin patrón.

De pensamiento se trabaja mejor. Keny escucha un sello independiente, lee poemas (algunos son poemas de amor).
Ocurre con el amor; se da la traducción simultánea, en la mejor tradición de los rapsodas felices y sus poderes mágicos.
El verso resplandece cuando habla de ello y es fácil de entender aunque se empeñe en figurarse un idioma
disperso, un castellano seco, intrascendente.

Se reduce al brillo cierta cualidad de las almas que solo las almas reconocen (y su sombra
es una sombra de Hawkline, torpe y perezosa, pero íntegra).
Amar así supone una tarea paciente. Amarla no es difícil, no entraña dificultad alguna
enamorarse de su atuendo y su dilema, su boca resistente y su nación. Lo arduo es conseguir
que malgaste su inocencia en otro verso inolvidable.

Entre tanto, las casas se elevan como traumas, las palomas auguran, los gorriones discrepan, las aceras
se cubren de nostalgia y error. Entra en funcionamiento la ciudad de techo perforado
y su humo perenne recorre las aristas del exceso. Todo rompe a fumar sensatamente
y el agua en los estanques es un café cargado que sabe a chocolate de quemar (hilos de oro
confluyen por el aire para explicar el sol del mediodía).

Keny aprieta el paso, sonríe de aquella forma ingenua y maternal:
es que tiene un idilio con el mundo. Más al sur, la pluma aguarda su postrer milagro,
despide rayos como rimas con fecha de caducidad. Lo imposible se está incubando ahora en un lugar aproximado,
dentro de poco podrá sentirse como un ciclón acústico a la puerta del baile.
Balas de rap sobrevuelan el polígono a una velocidad desesperada. 





jueves, 19 de febrero de 2015

bajo la tierra también


Descender, buscar el verso, no la inspiración, el verso. Bajar por la escalera, perseguir profundo, horadar el viento

bajo la sombra
bajo el fango
bajo la tierra
bajo los huesos
bajo el infierno también

La miseria es un arcón donde cabe la vida, el arca donde te tumbas
y no puedes respirar. Descender de la miseria es fácil,
un escalón abajo y ya no hay
nada que decir
nada que oír
nada que perder

Por la calle caían los insultos, piedras de los árboles. Dios blasfemaba lo suyo
masticando ese silencio suyo general. Los pobres iban en piadosa comitiva tras un hombre gris
llamado El Mesías. En la montaña se produjo el discurso,
el hombre gris sermoneaba multitudes que sofocaban sus gritos de desencanto y pasión

el hombre gris resultó ser
un desgraciado
(mal encarado)
un desagradecido
demasiado gris

Tal blues sonaba como si quisiera cargarse el rap, herirlo en su cadencia desastrosa, rayar definitivamente el disco.
Las chicas mascullaban, los gatos maullaban y el agua corriente se desahogaba al calor. Había hurtos,
bestias de color azul, luces de color de luz, obras inconclusas.

Perros de pelea dominaban el parque con sus fauces
(¿o era el cementerio?)
mordían el crepúsculo
se ensañaban
aullaban como lobos
pisoteaban cosas

A lo lejos, lejos, lejos,
una muchacha única con un pie dentro del poema y otro pie en la acera de la calle de la gran ciudad.
Sus manos, sus ojos; no, su pelo no. Sus labios, su antena, su voz. Un cigarrillo entre los labios,
húmedo rumor acercándose al foco literario, el verso que se arranca las astillas de la carne,
sangra metáforas como una roca de Marte.

En un  portal que no se puede creer. El ruido de la hierba al explotar su aroma, el rumbo
de un alma perdida. El sabor del odio, dulce como extraño,
tentáculos sobre la piel preciosa del amor.

Las ventanas son puertas reducidas
hacia el asfalto
hacia el sur
hacia la parte sucia del destino

Verla. La tentación de verla y no dejar de mirar; se conoce que su refugio es el arte y habita el poema,
anda por él como por casa; y no sale de casa: para qué salir si fuera del poema no existe tanto amor,
ni existe otra palabra que prometa tanto. Sobre el papel su belleza no deprime, su talento fructifica y no se acomoda,
escala estilo, se estiliza como una torre blanca, no ha de ocultar su factor desesperado ni su función diamante,
su forma en el espacio. Aunque el poema sea la sucesión de formidables ruinas que parece, lo que no hay que decir
porque está feo, y al parecer es ese algo que no debe decirse en ningún caso porque asquea y desune,
desinfla la realidad en moralejas de humo para hurgar en ellas con las garras de un crítico salvaje
(o hurgarse la nariz a dentelladas). Pues aunque el poema surja fláccido y proteico -desobediente- y camine hacia su perdición
con la cabeza bien alta y el andar maquiavélico de los borrachos más heterodoxos, con una mano delante y otra atrás,
como se viene al mundo, hay en él un hogar con su lumbre de hielo, hay una cama hecha de carámbanos y ramas y hojas,
un sillón de hiedra; y desde su atalaya se divisan renglones importantes: la mitad de Francia y un páramo crecido.
Entre sus líneas, las palabras se doblan y se baten en duelo, se desangran y muestran toda su impotencia.

Ella vive en el poema como vive en el mundo
en la distancia besa como besa en el mundo
en el poema ama como no puede ser




martes, 17 de febrero de 2015

a (casi) 1.000 kilómetros del cielo


Kilómetros de amor. En la distancia el sentimiento surge con una claridad atronadora,
se extiende como una sola red entre las redes. De la invisibilidad del amor saben los pájaros,
hablan los manuscritos de ficción; es el amor que se produce en otro mundo, otra ciudad donde se canta
en un extraño y prodigioso idioma y las palabras crecen a lo ancho, suben de volumen 
al compás del silencio. Donde la soledad es creación y todo se renueva a cada giro vigoroso del aire.

Menos de mil kilómetros, apenas un instante más al norte,
un segundo de arco para la dulce flecha de Cupido.
La realidad es poliédrica o no existe. El más puro amor florece en el desierto de las emociones, en la tranquilidad
oceánica de la separación; un amor compasivo que busca un territorio para obrarse,
su lugar dentro del sueño. Esta realidad poética no existe, se transforma como una mariposa
clavada en el papel, remite a la añoranza de un espacio etéreo ajeno a la mecánica
del tiempo. En otra parte, suelo de Francia, un sitio cualquiera en la ciudad, la casa con su bonito jardín,
su chimenea francesa, sus flores por el cielo.

Hoy, se escucha su voz, el canto amable, la sorpresa. Su voz llena de amor, entrecortada,
detenida sobre un coro de ángeles, modulada en la fragua,
su voz en la minúscula extensión del parque habitado de rosas irredentas, lirios insoportables. Jilguero
de antifaz que pronuncia su nombre, silba la buena nueva con un rayo de luz en la garganta, una sonrisa otoñal.

Ella viste de labios y pañuelo. Ojos también. Ojos en forma de corazón salvaje, labios de media luna.
Un pañuelo francés. Sus labios mecen una palabra triste, besan una despedida que hace temblar el vuelo de la tarde.
Nunca un adiós fue revolucionario. Su ausencia inventa olas, ondas en el agua estática de los charcos;
frecuencia y convicción. Se mira en el espejo y observa la claridad del fuego, el drama
que consume su boca huérfana de pecado.

Cerca de mil kilómetros; prevalece el derecho de insistir en la imagen, saludar el contraste:
cuerpo y alma. Se trata de acariciar la piel de un verso y recibir una descarga eléctrica.
Ponerse de rodillas para besar la tierra luminosa que contiene en su entraña el destello del bronce, la sal del mar.

A casi mil kilómetros, no es tan fácil sentir el peso de la culpa; toda renuncia es un acto de fe.

Cree el poeta que sus manos son alas, su voz, la voz del viento que desoye fronteras. Toma la pluma
y vuelve a dibujar el incendio declarado en su mente. Pues arde el paraíso como una flor de hielo
plantada frente al sol de la verdad.




sábado, 14 de febrero de 2015

extractos de un futuro de gloria


Se asoma al precipicio, frunce el ceño -metáfora de un mar en calma-,
su frente es un tesoro enredado en la noche, sus ojos solo visten un hábito de lágrimas.

El laberinto ha expuesto su parecer sobre la forma y ha desautorizado a los artistas,
que se pierden entre figuras de color, sobras metálicas, áreas desiertas de significado. Seguir el hilo
de la música es perfecto, lo que acontece es un sonido más que se bate en retirada,
lucha por un minuto de inocencia, pelea por un instante de absoluto dolor.

Keny ha soportado un cuerpo en la distancia, un alma a todas horas, presente como un árbol en el sueño,
tan oculta, fecunda y sobria como una eternidad. Su corazón ha recordado la leyenda
antes de conocer la sangre, ha vibrado con la aurora antes de recibir la bendición del sol.

Crece el abismo hacia la tierra, hacia esa misma fosa que horadaron los huesos. La oscuridad se agranda
hasta plegarse -línea tras línea, una nube tras otra-, hasta irradiar silencio,
bordes de plata: la historia siempre fluye a partir de una imagen maltrecha, una mancha en la figura del tiempo.

Ella se asoma a un vacío perpetuo y derrama una lágrima
que alcanza el centro del planeta, núcleo asolado en llamas. Es la gota de agua que ha de obrar el milagro:
sofocará el incendio primordial.

Será una lluvia doblemente amarga, lluvia triste,
y aliviará la pena del mundo con su angustia. Tan distante, más allá de la sombra ritual de las montañas,
al límite del verso que no encuentra palabras para el llanto,
se disfraza de amor para agotar su fuerza, se disfraza de pájaro para agotarse el aire en los pulmones.

Es el cielo, que abruma con su marca; son sus ojos, presos en tan feroz lejanía semejante al olvido,
desconociéndose, como llevándose a los labios un mal trago de ausencia. Sus ojos que no saben,
que aún no han visto la voz y no han nacido al deseo y el arte,
el cuarto oscuro que vela su líquida naturaleza.

Qué osadía de amarla e imaginar su boca en la parte del beso; qué locura sostener su cabello entre las manos,
poseer su manera de seda, la matriz africana de su aliento, penetrar su frondosa república de sombras.
Hay un pecho que es suyo para el alma, donde late un calor que abarca el infinito
desde el confín sagrado de todas las mañanas del cosmos, desde la única verdad que no se ha revelado.

Ella reclama un pasado perfecto, cuando el futuro todavía la ama sin reservas. El ayer está por verse,
llegará engalanado y traerá su dominio de rosas. Keny saldrá a la puerta de su encanto
y tendrá la voz partida en dos ríos de gloria.

Pero el poema es ahora y el beso es un fulgor que cruza el pensamiento
sin mirar atrás.



viernes, 13 de febrero de 2015

sobre las almas


Alma de color azul, ¡remonta el beso! Haz un arroyo de batir tus alas,
niega la potestad del horizonte.

Las cuatro letras, el músculo, albañiles que arrojan yeso a la costura
del alba. Roja por lo mismo; paredes entregadas al desierto, un teléfono rojo sobre el hielo.
En el avión, alas y gloria, murciélagos hablantes, altas alas
(para caerte mejor).

Picado y duro, demasiado expresivo ese laúd, el cómico de las manos frías.

Cuánto sonríe la muerte desde su plaza, luego sale y te perdona
la vida, no sonríe más: solo aguarda. Su delantal negro impoluto, su torpeza.
Hay un libro para aprender a morir con gracia, se lee del tirón, luego te mueres. Tiene su encanto.

Los astros pronostican una victoria inusual, pero llega efímera como un nublado, un nubarrón sin lágrima.
Se calcula el peso de una lágrima -quien calcule el peso de una lágrima-; si se calcula el peso
de una lágrima se consigue una pena indefinida. El trabajo crea sombras:
es lo que tiene el amor.

Alma de color azul, ¡al horizonte! Arma un cuadro que se cuente mientras vuelas.

Volar es un secreto sencillo, público. Contar un secreto público es lo más sencillo que existe.
Apenas es necesario creer. El alma cree en sí porque es un alma,
espíritu con dolor; siempre se encuentra un mal que recordar, algo debajo de qué, algo debajo del agua
(algo debajo del sol).

Los perros son un error. Tener un perro es tener un problema. Nadie lo sabe. Salvo los perros.
Tienes un perro, fumas, escuchas música. No te falta ni un alma para ser alguien;
qué diversidad de caracteres, qué justa dinastía. Tener un perro es un error porque los perros espantan almas,
pero nadie lo sabe, salvo las almas.

Bajo el aire, el árbol se pregunta, ¿bajo qué? Ayer viento, después lluvia. Lunes o martes.
Tiempo coercitivo. Nunca es el momento. El árbol no tiene tiempo
de hablar. El tiempo arde en su cárdena silueta, diverge. Solo dios fantasea con un tiempo exclusivamente lineal.
Dios frecuenta los pentágonos, es un arribista. Los pequeños espacios
que quedan libres en el universo. No escritos, los espacios vacantes en todo el universo,
aire escaso, vacío y penumbra, y nada. El vacío es un trabajador nato, trabaja duro.
Es un verdadero creyente.

Ahora, el alma se ha forjado, ha fornicado con un pájaro. Tan finísima luz ha claudicado.
Fondo, fundido en blues. Un famélico asunto de trabajo. Las alas han urdido su fantasma, con ajetreo,
ansia de saber qué fueron antes de vestirse de relámpago.

Esta es la forma -dice la diosa negra que reina en el Parnaso-. Sube una escalera dulce
hacia el deseo, rompe su virtud de porcelana por un beso. Reina de la tristeza; verde esmeralda
sangra la tenaza de su aurora, suaves espejos desdibujan su corte, versos terribles bordan su naturaleza.
Ella que reina entre las almas, sobre las almas, con su dolor de aguja
y su costumbre, con su fiebre de amor. Y con su ausencia.




martes, 10 de febrero de 2015

sin K


Esta Tendencia a la Forma. A la línea, que se alarga irrecitable, irascible.
Tendencia al Rap, a la canción protesta del Hip-Hop. Inclinación hacia el funesto psicodrama de la soledad,
el ninguneo básico, sin protocolos, de los media. Y la condescendencia, ¡oh!, de los autores.

Esta inclinación al sopor tradicional, hacia el sport gratificante de la literatura. La tragedia principia
con el estiramiento que sofoca, el versolibrismo acendrado, felibre, la hilazón que desune invisible la convincente hipermetro-
pía incontinente (o continental), el trato dispensado a los morfemas. Se piensa. Cuidado con la mente. ¡Atención!, se piensa.
Es preciso mantenerse alerta, estar en contra de. Ser contrario es lo razonable
en tiempos aclamatorios y de unanimidad. Lo deseable, en cambio, es ser excelente, su modesta excelencia (excrecencia),
ser creciente y acercarse al vuelo, es decir, alejarse más y más.

Los versos van que se matan, se mueven a plomo. Contrastan y contraatacan. El verso largo pone nervioso
al crítico, que lo desestima por su falta. De profesionalidad, vigor, ensanche (o no), su estructura viscosa,
lacia. Prefiere un verso peinado para atrás, repeinado con algo de gomina, algo de laca,
un verso para tomarse el gin-tonic de las siete.

Que no hable de amor, trate o aspire. Entonces ya no vale, desfallece antes de tiempo, se extiende
a lo desconocido, lleno de parques y apartes, puntos y aparte, comas como en coma que dejan al verso listo
para un funeral de estado, una exhumación o un arbitrio. Su elasticidad
impera. Que no se diga, deje sin decir al gusto del lector impenitente, Crítico sustancial, Hombre con atributos filológicos,
para que desmenuce a su manera el ritmo, la rima subalterna, subterránea, artúrica,
para que se mofe de su genealogía moderada; rompa a reír frente a la palabra "beso".

Según el sintetista Filifor, el beso no es moderno; ahora se lleva el concepto digital, curiosamente, menos cuidadoso.
El amor cansa casi desde Shakespeare, es un invento incómodo, artefacto de dudosa reputación, poco lógico
y al que es necesario reconducir, reeducar para que esté a la última y no remita
a los moldes románticos, tan incondicionales.

Sin Musa que valga. Sin nombre o con un nombre de pitiminí, indecible, nada caudaloso en su significado;
¡vengan nombres insignificantes! Nombres escuálidos o depilados de sentimiento, pero bien impresos,
nombres en clase turista, que sazonen. No al amor; se adopta un amor tétrico y emancipado,
un amor hasta el tuétano y las fatales consecuencias del afecto no correspondido, tal cual irresponsable como un rey,
un amor al detalle con sus interioridades a la vista, impúdico, que rasque,
produzca sarpullidos distópicos. En el poema, un amor que no se nombre.

Versos sin K, sin l'amour ni glamour escépticos del todo, curados de espanto, amigos de la mensajería y el patriotismo lírico,
aturdidos en su autocracia de la beatífica brevedad, ajustados al deseo y la contabilidad, presentables.

(El verso se kabrea); un espacio en blanco y todo lo demás escrito hasta la náusea,
reescrito, otra vez (otro bis). No bastan los poetas, no basta el diccionario para el verso. Donde encuentre la paz,
en una sepultura figurada, en un cajón de aire comprimido, como una hoja de abeto aplastada entre dos páginas insípidas;
hasta que el cuerpo aguante.




domingo, 8 de febrero de 2015

très bien


Sangra el poema, se ha hecho una herida en la rodilla, ha rodado por la grava, nada grave,
ha subido a las montañas de grava y se ha dejado caer, el poema, que recupera su infancia, vuelve a la infamia,
toca la batería con los dedos. El poema sangra y se hace un río débil que zigzaguea y se divide en vanos afluentes,
libros rojos prohibidos por la ley.

Según las escrituras, han de observarse más de seiscientos mandamientos (para la libertad): dios, que es un poco mandón.
Un mandamiento establece que las chicas (¡que ella!) no pueden llevar vestidos por encima de la rodilla, solo diez centímetros
por debajo, y el escote vedado, proscrito, desterrado de la moda y de la piel.

En el parque la muchacha es un gorrión que salta y se enamora de un rayo de sol; es que no ha visto
el cartel bien visible, a lo grande: prohibido enamorarse. Pero todos los versos versan, tratan, narran un gran amor.
El amor que cuenta con los dedos los días que le faltan, el amor que escribe en rojo en la pared
y se desliza por un tobogán al ritmo de la noche (y no hay una cuchilla al fin del tobogán).
El amor que de pronto recibe una pedrada en la sien.

Tantos mandamientos pueden llevar al suicidio, al exorcismo; se sabe que dios practica una suerte de humor impersonal.

Hoy, ella lleva un vestido corto precioso, sus piernas palidecen de hermosura, se trastornan, bailan solas, sus rodillas
a cuenta de una hermosa foto en blanco y negro -sin sangre- resplandecen describiendo una curva
de color azul, recuerdan a un país en sombras, sin sonido.

Ahora ya se puede cantar, silbar una melodía intensa, divertida, las manos pueden tamborilear, temblar sobre el papel
en blanco, justo antes de que la pluma quiebre su racha de silencio y concrete un pareado múltiple,
un número cabalístico que explique el desarrollo de la materia desde el primer alarido cósmico
hasta el fulgor que acoge en su seno la miseria cotidiana. Porque las fechas tienen su importancia, hay que sumarlas,
dividirlas, volverlas a sumar hasta que surja un número increíble, el número real.

El poeta, sin embargo, asiste incrédulo a la implantación maestra del sistema nanométrico infinitesimal
que debe usar para cuestiones amorosas y otras de semejante condición melodramática. Es un sistema que no dice dónde
está el gato, ni si está muerto, ni siquiera identifica las partículas que forman la quimera que es el beso, su humedad
sanguínea, solo expresa la transición entre lo que se piensa y lo que se tiene que hacer,
entre la sed y el mal.

Se fragmenta la cúpula del invierno y la nieve se escurre como un derramamiento de sangre;
las rosas permanecen hundidas en el fango. El polvo se alía con el viento e invade locales abandonados,
grietas de todo tamaño, andamiajes sin forma. Por la calle los perros bendicen la basura, los pájaros se ablandan.
Ella camina con sus botas nuevas, repiquetea su claqué de barrio, brilla como una estrella en ciernes,
como una brasa, el ascua, el fuego sacro que alimenta a las vestales, obra
su primer milagro del día y el espacio la mira de soslayo, el tiempo dice: estamos bien.




Seguidores