sábado, 21 de febrero de 2015

algunos poemas de amor


Keny está en la calle. El frío se retuerce, se reforma hasta parecer un sol.
Los obreros suspenden su heroísmo para verla: suspira y su pañuelo se pierde en un ritual de asfalto
entre fantasmas y cláxones, frenazos y otros actos del metal.
La monja que espera el semáforo en verde como si fuera su turno en el columpio.
El mensajero que reparte su tarta innecesaria.

A fuerza de ritmo el aliento atraviesa momentos alegres, en marcha se condensa como una exhalación,
banda de jazz, infinita banda de jazz desfilando sin parar con ese contoneo amargo de la fruta en el árbol,
ese merodeo del viento alrededor.

La ciudad acribilla los sentidos,
murmura crueldades sin cuento. Su cuento es munición para la angustia, rancho para la demolición,
la implosión melodramática. Los hechos se suceden, complejos incidentes: hay que buscarles motivo,
darle cien vueltas a la seguridad hasta crear un foso de incertidumbre
donde excavar a gusto, sin patrón.

De pensamiento se trabaja mejor. Keny escucha un sello independiente, lee poemas (algunos son poemas de amor).
Ocurre con el amor; se da la traducción simultánea, en la mejor tradición de los rapsodas felices y sus poderes mágicos.
El verso resplandece cuando habla de ello y es fácil de entender aunque se empeñe en figurarse un idioma
disperso, un castellano seco, intrascendente.

Se reduce al brillo cierta cualidad de las almas que solo las almas reconocen (y su sombra
es una sombra de Hawkline, torpe y perezosa, pero íntegra).
Amar así supone una tarea paciente. Amarla no es difícil, no entraña dificultad alguna
enamorarse de su atuendo y su dilema, su boca resistente y su nación. Lo arduo es conseguir
que malgaste su inocencia en otro verso inolvidable.

Entre tanto, las casas se elevan como traumas, las palomas auguran, los gorriones discrepan, las aceras
se cubren de nostalgia y error. Entra en funcionamiento la ciudad de techo perforado
y su humo perenne recorre las aristas del exceso. Todo rompe a fumar sensatamente
y el agua en los estanques es un café cargado que sabe a chocolate de quemar (hilos de oro
confluyen por el aire para explicar el sol del mediodía).

Keny aprieta el paso, sonríe de aquella forma ingenua y maternal:
es que tiene un idilio con el mundo. Más al sur, la pluma aguarda su postrer milagro,
despide rayos como rimas con fecha de caducidad. Lo imposible se está incubando ahora en un lugar aproximado,
dentro de poco podrá sentirse como un ciclón acústico a la puerta del baile.
Balas de rap sobrevuelan el polígono a una velocidad desesperada. 





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