martes, 8 de junio de 2010

poética

primer verso


Una fisonomía descarnada,
una sombra más larga que las nubes,
más diáfana que el tiempo.
Algún talento innato:
el fúnebre talento que avasalla
desde el engendro al cuerpo,
origen que es origen y palabra.

Para tener tesoros, alquilarlos
y ceñirlos al trámite:
un sello de papel con sus valores
expresados en forma de mansa eucaristía.
Para tener un ángel de la guarda,
el talento preciso, el sueño insuficiente;
la clase de cordura que recurre
a la putrefacción, y no al instinto
sabueso de volcarse en el dolor.

Nacen los héroes.
En la esperanza del llanto conciliado,
en el ansia constante de un sonido pacífico,
también, de aquel sonoro
ferrocarril atlántico que sembrara promesas
y, amasando la piedra y el insecto,
fuese campana de los días libres.

La música es aquello que nos mueve,
aquello que nos hace y nos conduce.
Es la letra del aire,
la canción de las sombras,
el rudo desenlace de la luz.
Tiene un sentido gris
que apenas nos inquieta,
por mucho que se vista de colores alegres
y, con necios aplausos,
en las noches aciagas del verano inclemente,
la jaleen los débiles muchachos.

(Y los creyentes son como atletas del ritmo
y distribuyen píldoras radiantes
.)

La música dispersa, descoyunta
cuellos de cisne, médulas,
torres espléndidas y minaretes.
Está en las amapolas consternadas;
en qué trigales puros,
en qué hierba dejada a su albedrío.
A veces, duerme el sueño de los crápulas,
corre sus aventuras,
o aprende economía
en el cuerpo glacial de una ramera.

Está en el ruiseñor,
orate de la fronda,
sobre su arrullo experto, su líquida presencia,
allende la fragancia de las prímulas,
más allá de la esencia natural.

Sobreactúa, en el fondo;
su expresión adolece de tanta melodía
que optimiza en exceso los paisajes.
Es por eso que debe permanecer oculta
entre las frases desafortunadas,
los jubilosos himnos,
las salves y los credos delirantes.

Aire callado, pues,
efluvios: humo.
Los ápices del sueño. Es el amor.
Lo incorruptible que nos abandona
en la niñez y vuelve, de soslayo,
a contarnos su historia paralela,
a narrar sus anécdotas humanas,
su lánguida herejía,
cuando ya no cabemos en la magia.

Un arca antigua
derramando sus dones,
una sustancia de ligeros vértices
acampada a la vera del camino,
una bruma pictórica
asida al breve pulso de la realidad.

Es de este modo
que se materializa la penumbra
en los pequeños corazones rotos,
y exige su tributo la nostalgia
a la jovialidad interrumpida.

Es en la música que se aligera
el tiempo a cada paso
y explotan las jornadas agobiantes
como perlas encintas de sudor,
que se aprenden los vicios de una vida,
los atajos, los túneles
inmensamente hendidos en la tierra,
el tránsito celeste de una mota de polvo.

Cuerdas vibrantes
arrancándole esquirlas al espacio,
sogas de rancia estirpe
abarcando cañones,
viajes organizados
por qué desfiladeros inefables;
verdugos en la línea de salida.

Cuerdas que ahorcan, miden, circunvalan,
muestran su autoridad a las distancias cósmicas,
se cuelgan de una viga y barbotean
metáforas de tono improcedente.

Una obscena canción sacude la ciudad;
las jóvenes maquillan sus ombligos,
ignorantes del leve tumulto de los valles,
sus risas extenúan
la parquedad ascética del hielo que perdura,
excitan el contacto,
el doloroso nudo
que sólo primavera restituye
con un escalofrío.
La risa que revienta las aceras
y causa estragos en el firmamento,
tan pegadiza ella, tan flamante.

Crecen en el asfalto,
flores de mal agüero
ataviadas con túnicas de piel. Y no son rosas.
Llevan el apellido de la espina,
la coraza ideal,
el espejo que aterra;
arrastran un decrépito color,
una fragancia ínfima
e inspiran devociones arcanas.

Estas flores del mal, que son tan sabias
y ocupan el cenit de los jardines.



segundo verso

¡Oh, la invasión del arpa!
Órganos que fluctúan su emergencia
-¿qué otras flautas sonríen
con esa enferma sobriedad acústica?-,
ceremoniales, sordos,
serenos en presencia de algún dios,
tensos frente a sus ídolos de barro.

Leyes de hierro
que gobiernan la mano del artista
y la fecundidad del arco iris,
la senda de la pluma
y su descanso errático,
el corriente descenso a lo vertiginoso
que realiza el verbo
cuando el ruido rebasa lo tangible
y deviene completo en su caudal impulso.

De repente, una página se escandaliza de
su blanco proceder en un cuento de hadas;
no en otra superficie
imprime el vate su correspondencia,
graba el pérfido sello de su antorcha.

Y la verdad espera, disfrazada de angustia,
el tenue advenimiento de la sangre,
su fatídica hora, el momento solemne
de los vasos que estallan,
de las urnas que escupen sus cenizas
describiendo una trágica secuencia
de imágenes y versos.

Libre la mano de los ecos dóciles
y las voces apenas perceptibles,
guiada con brutal sabiduría
por el fragor mendaz de la batalla,
el cañoneo arisco de los púlpitos,
patios de monipodio,
conducida al cadalso,
al rectángulo negro del abismo.

Ah, la canción de guerra,
castrada sinfonía,
desfilando sus tercos festivales,
destripando el candor civilizado
de los rostros sin nombre.
Épica del horror
y la miseria impuestos al destino.
Impacientes tambores, aguerridas cornetas
y un sinnúmero gris de sepulturas,
unidos en el grito tenebroso
del miedo natural
(noche de arengas, disciplina inglesa,
ya fértil en cadáveres,
como estéril en átomos de infancia).

Cerebros al final de su andadura,
enloquecidos cráneos
de ironía finísima,
miembros desordenados;
una defectuosa lengua muerta
para expresar la fe,
lejos de aquélla que imperiosa exalta
el vuelo de las aves
y adorna las cabriolas de los potros,
no la que tiende, sin esfuerzo alguno,
a la felicidad sencilla que transmiten
las aniñadas góndolas
o las nubes de cara sonrosada;
una lengua furtiva,
bifurcada en su bárbara serpiente,
para dar fe de ausencia y pensamiento
y liberar al mundo de su implacable autismo.

Soflamas hechas en el misterioso
idioma de los seres inhumanos,
sonidos guturales que provocan el pánico:
una piedra en la luna del estanque.

Diríase levitan a la inversa,
dos metros bajo tierra,
mordisqueadas notas de tensión inaudita
que desconocen la inconexa pauta
de los limpios acordes que sostienen en vilo
las sucesivas bóvedas,
mas, ocurre que vuelan en bandadas elásticas
agitando las ondas que le hablan
directamente al nervio corazón.

Nada supera el valor del estigma,
ningún dolor excede su escarmiento,
ninguna herida sangra más despacio;
es cuestión de dormirse en los laureles
e idear una hermética, un discurso
abierto a la fortuna.

Lo breve, desfallece.
Y permanece el ruedo;
predominan el ruedo y el pastiche,
la irrechazable oferta del altar
y la desproporción de las fachadas.

Es en la herida que se aplica el hierro
candente y es la espuela
la que penetra en carne viva y viene
a torturar los huesos,
a desacreditar las mieles del verano
y a vigilar las sienes enemigas,
el bajo vientre aquél de los mayores.

Cuánta revolución en un grano de arena,
en una gota destinada al fiasco,
en los estrepitosos mármoles
de los holgados caserones que se dibujan en las ruinas;
qué poderoso elenco de materias
se apelmaza en un copo
de acrobática nieve;
qué sustancia requiere de una forma
derivada del odio y la costumbre
y cuál halla su molde en las esferas libres
batidas por la curva rigurosa del tiempo.

Se filtra una ilusión,
por entre las rendijas y las grietas mayúsculas
que edifican el templo del ahora;
desciende graves rampas de memoria,
toboganes de olvido,
navega redes cárdenas o trascendentes piélagos,
cabalga, a ratos, presa
de la incapacidad y la vergüenza,
una constelación de sueños rotos.

Se infiltra en las gargantas
y grita en las entrañas: ¡arrancad!;
desarraigad banderas,
haced jirones el santuario donde se fragua la masacre,
derribad los helados paredones
de la patria invisible,
pretended la caricia de las hélices,
el yugo de los besos,
¡la fiebre adolescente que funde los instintos maternales!


Si apenas es un trance;
el reputado ensueño
de quien no ha visto el mar,
su albiceleste onda,
siquiera en las pantallas
que invaden de pobreza el horizonte.

Aterido maná que degenera en salvas de granizo
y, así toca la atmósfera con los dedos urgentes,
define una potencia de la selva,
resuelve una ecuación inacabada.

El género de dudas
que burla los controles de la ciencia
e insiste en su gramática
con la saña invariable del maestro.
La mística violada,
huérfana de cachetes afectuosos,
reducida a cenizas
como una casa nueva
(la pelota en el parque, y las exequias).

Que difundida absorbe catedrales
y vomita cacharros tan inútiles,
defensa que conduce con genuina flor.

Inspiración.



es digna de alabar

Existe una poética loable
que frecuenta las anchas carreteras,
las barras de los bares, el alcohol,
y consigue una plata desvaída,
lunas de caramelo
flotando sobre áridas planicies,
espejos de cartón e ilegibles acrósticos,
que arrebata con ínfulas
de prosa norteamericana, humos de mítica autopista,
venenosas serpientes y plumas de alquitrán;
que describe las rocas con su fornido acento
y es la espiga orgullosa,
la reina personal de la cosecha,
el tronco más inmóvil,
pero vivo.

Contiene sus verdades,
en el rastro moderno del aceite,
la marca de sudor bajo la axila,
el sudor en la frente, que se desliza y mancha,
la próxima parada del tranvía perfecto.

He aquí una épica de acción grasienta,
quizás engominada
hasta el buen paroxismo de los ejecutivos
adictos al mercado;
la gesta persuasiva, el sufrido glamour
de los artistas y las marionetas
al servicio de un miedo inteligente.

Aporta versos dignos,
últimos versos imperecederos,
intriga, por momentos, en su desigualdad,
y sigue, atónita de versos, escayolando cielos plúmbeos
y dando marcha atrás con perspicacia.

Infunde lejanía de road movie,
cansancio de ascensión, trato de cima,
ofrece su avanzada redentora,
su patrulla de lobos y marines,
y conserva el prestigio
intacto de los árboles en llamas.

Con el gran padre blanco y su poema excelso,
su homilía vernal y enredadera,
replicando senderos en las tardes de otoño,
izados hasta el fin de su estatura
los versos condenables,
excluidas las ramas del amor
y sus hojas perennes,
y sus líneas románticas prescritas
en aras de una nimia rebelión.

Que gana en concreción y pierde en trascendencia,
que no traspasa porque sus fronteras
ocupan meridianos antagónicos
y porque tiene sitio
para disimular su centro, agallas para corromperse.

Atentos al dolor,
que es del color de su perfume neutro,
o de color amígdala, amoratada y fresa
y color silla eléctrica
a juego con la cámara de gas.

El dolor del suburbio derribado.

Escalofríos en la cola del paro, en la escasez del pan:
todo lo interminable
alzado en armas contra dios y su miseria omnipotente.
Sin una tradición de emperadores,
mitificando su pequeña historia,
ahítos de carisma,
inventando epopeyas a la medida de los superhombres,
manejando el ridículo con levedad artística.

De su reciente sangre, ¡qué decir!,
¡qué añadir a su huella pavorosa!
Afirmar que su rango prevalece
es ocultar un orbe de profetas,
menospreciar su encanto es un error,
definir su tamaño
resulta, ciertamente, una empresa titánica.

El país en los pétalos de una rosa nupcial,
los cálices en ruta, golpeando el asfalto
con sincero temblor. Glaucos atardeceres
prisioneros del frío,
auroras en estado de excepción,
juergas nocturnas y felicidades
capaces de poblar de maravillas
una vida cualquiera.

Después, el espejismo
que sucede al encuentro con algo extraordinario,
la máxima aproximación a la verdad inaccesible
que pueden permitirse las hebras del cristal;
insomnios y problemas, tardes sin existencia,
apagadas ventanas
configurando pozos de petróleo.



de ignorar


Otras extenuaciones
pertenecen al medio cotidiano
e imitan la ceguera de los besos,
absorben energía e irradian producción:
un credo, una liturgia de pueblos tan absortos.

Seguramente vuelan.

Alas que se despliegan excelentes
con esa fortaleza de músculos completos;
plumas que vaticinan la corrección del aire,
su infame tachadura,
el vívido paréntesis que introduce la brisa
entre las oraciones expiradas
y las subordinadas al sordo pensamiento;
y es casi una corriente taxativa
que lanza meteoros
por troneras, balcones y azoteas,
que masculla tejados
y vulnera los templos con ingenua caricia,
la que galopa por el firmamento,
así, pulcra estampida de pegasos,
arrebatando el cuerpo a las estrellas
(de su vuelo bonito,
brota una plétora de intimidad
que multiplica la salud del mundo).

Alas para nacer junto a los héroes,
celebrar antológicas victorias
y asistir al mecánico despojo de la guerra;
versallesca o festiva,
¡qué digna esclavitud!,
la torva liviandad
que simula cargarse de cadenas
mientras concibe un plan vertiginoso.

Cuenta cada modesto atardecer,
cada jugosa perla de rocío
animada de hielo en su cintura,
cada infinito alarde de la tierra;
como el remoto silbo
que ahoga el ruiseñor en su plumaje,
las impermeables copas
de los árboles, cuentan,
y cuentan con los dedos de su alegre inconsciencia
los jardines nonatos que anidan en los valles...
¿Qué objeto, apenas blando,
no adquiere carta de notoriedad
en un renglón u otro de ese himno?

Hay un eco inmaduro,
esbirro del fervor que prolifera,
un resabio de viejo continente;
y navajas de miedo, empalizadas
que imitan cordilleras,
agujeros que son fosas comunes,
pulsantes cementerios
anclados sobre míseras colinas,
vigilados por negros centinelas de altura
(pero menos aciagos, siquiera deprimidos,
y los ecos agudos pero llanos
y las navajas níveas
y los huecos tal vez como oquedades,
pero menos que lóbregas,
azules de una gama primitiva).

De su vuelo bonito, de las garzas,
retorna, flor-estela,
cómplice del pasado amenazante,
y sin embargo vuela, tan menuda,
tan ciegamente opuesta a su perfil,
arrojando siluetas por el techo,
dardos anónimos de llaga fina,
de febril picadura y mano etérea,
que conmueve y extiende el dominio del águila
-su república frágil-
y almacena volúmenes de invierno,
cepas revueltas, olas de calor,
que deviene lugar fuera de sitio
y musita palabras ilegales
que conjuran en vano a la belleza.

Promiscua intimación,
que ya militariza las entrañas,
ya diezma los sentidos,
en su catarsis uniformadora,
pues todo lo rezuma de misterio
porque todo lo quiere transparente,
y recuerda a los juegos infantiles,
a la primera sangre del primer beso en falso,
que brota manantial para quedarse,
al primer escenario del amor ideal.

Escuela de ficción:
un centenar de fiordos interpreta a cien damas en apuros”.
El agua oscura, el agua un mar de lágrimas,
los elfos vegetando al pie de sus melenas,
pergeñando conquistas enojosas.
Y los reinos cansados de sus clases sociales,
hartos del pleonasmo de sus líderes.

Tiembla el país del arte,
bajo la mesa, las extremidades
se sacuden el peso de los siglos,
los extremos se tocan
y es grave su contacto, perentorio,
un soplo independiente que origina
flaccidez en mandíbulas y miembros.

Comienza el espectáculo verbal.

¡Oh, necedad itinerante, qué peligrosa tu franqueza
impregna las baladas inocentes!



de creer

Por último, la fe,
sugerencia de fuentes torrenciales,
ocultos manuscritos,
bibliotecas presentes y futuras;
drogas que preponderan y vomitan espuma,
que a veces prenden en la carne seca
y ocasionan incendios
que calcinan hectáreas de conciencia;
drogas que degeneran vida propia
y se consumen hasta la sustancia,
que devoran las millas a millares,
desde que surcan procelosos índicos
infestados de algas,
perlados de diamantes arrecifes.

Es una introducción a la indecencia
esa fe que predican los pastores,
algo no repentino, algo estudiado,
preciso y demasiado virtuoso.

Ahora, el verso esperanzado, el verso
que rinde pleitesía
a las cartas antiguas y los propicios rumbos,
siempre desconocidos;
verso fuera del mundo, signo errante,
cometa y arlequín,
esquina con Rimbaud y aquellas flores
de inconfesable aroma,
desagradablemente íntimas, como pecados de familia.

Ahora, el verso navegante, el sueño
profundo, hospitalario,
de los campos solares de Ketama,
el trance maquinal o el estro zurdo
de los muertos divinos, su apaciguado numen.

De pronto, el verso es polen, es el polen marítimo
que tira por la borda ramilletes de orquídeas
y se agarra a los mástiles con deportivo afán.
Es la letra escarlata que inaugura la estrofa,
mariscal de su ejército versátil,
el marinero raso
que ejecuta sin pausa las órdenes del viento.

Ahora, es el progreso de la idea
lo que consigue hegemonía y forma;
quedan atrás los dátiles desnudos,
los animales y los cazadores,
y ciertas estructuras de maldad
desaparecen de la vista tras nebulosos cortinajes.

Son postergados los del arco iris,
en respuesta a su plena ineficacia,
y se ven los demás favorecidos:
colores del montón, colores ciegos,
cualquiera en la paleta del pintor inaudito,
cualquiera de la pesadilla, cualquier inexpugnable atisbo
de la belleza inerte.

Naturaleza cero en el programa,
humanidad allende toda ley,
resentimiento, furia;
por doquier, el amor
insatisfecho de los corazones,
el amor terrorista de las mentes,
con su química inicua
fabricándose celos y desplantes.

En el programa, un solo de ternura
para decir que hay un sentimiento;
en el poema un metro para medir las frentes,
una vara mojada,
un rasero de porte alejandrino.

En el poeta un sesgo proletario,
un resplandor obrero capturado en las fraguas,
un vicio campesino
y un latido hacia el éxito de mayo:
fulgores del oficio.



recapitulación


Aquí, la brújula para el poeta,
una mayéutica cercana a la mejor del universo,
a la voz apacible del maestro artesano,
que es una voz de manos que deshacen
y de brazos que creen en sus manos,
una voz conductora, fecunda de promesas,
surcada de penumbras,
sumida en el letargo del adiós.

Tocan a despedida las campanillas rojas,
los pañuelos se estrellan
contra el fugaz contorno de lo ausente.

¿Qué no dirán los versos extraviados
en pantanales sórdidos o embarazosas ciénagas,
lejos del aura fácil, protectora,
de la elocuencia lírica?

(¿Dirán estaca, cáscara y estómago,
burdel y cuerno, playa y catecismo?,
¿se rascarán las ingles
adoptando posturas deshonestas?,
¿o bien renunciarán a la rima sencilla de la carne
y, en consonancia con su jerarquía,
ascenderán en odas verticales
al paraíso de los pervertidos?)

Las elucubraciones no encuentran acomodo
en esta poesía gobernada
por groseros fantasmas, hadas buenas,
personajes sin fondo
e idílicos mosaicos vegetales.
No es posible frenar este torrente
de potestad y crédito,
este aluvión de gemas precintadas,
esta manga de mar entrometida.

Porque los versos gritan lo que sigila el tiempo,
la parte fehaciente del discurso vital,
lo innombrable, sujeto a la censura previa
de la pobre cultura ensimismada.
Gritan silencio, aúllan su fiereza nocturna,
vociferan, gentiles, sus consignas
prerrevolucionarias
y omiten el acero que tuerce voluntades
y demuele basílicas modernas y palacios.

No son hermosos. Su belleza no impone mandamiento alguno,
ni responde a la sana percepción
que los ecuánimes ejercen sobre sus ávidos instantes,
más bien se corresponde con el néctar urbano
que engrasa el mecanismo sutil de las cloacas,
y con una visión efervescente,
escabrosa, del llano acontecer.

No perfuman las páginas de incienso
como botafumeiros balbucientes,
aturden con el trágico hedor de los cadáveres
y esparcen una ronca pestilencia
que repugna el olfato de los sabios.

Tampoco hablan de dios.
Impíos que se apartan del milagro
que aprecian los corderos, sin renunciar por ello
al ímpetu formal del mesianismo.
Creyentes que transigen con la duda
para reconocerse en la palabra.



la verdad

Un estremecimiento. La columna de humo
escala en el vacío; las volutas dispersas
se descomponen pronto, ahuecadas y rubias;
tiran las chimeneas en una variopinta densidad
de sucedáneo smog y nubecillas raras,
las nubecillas químicas que van adecentando
la maraña suicida de ponzoñosas frases,
y que van corrigiendo, tachando verbos laxos
de acción invertebrada, anotando panfletos
al margen de la ley en impasibles crónicas,
desechando modales demasiado lujosos.

No cabe otra semántica,
otra estructura, otro andamiaje, otra manera de crecer
y transportar la voz.

Afuera, no habrá almas, ni pasaportes válidos,
ni célicas aduanas donde ensayar sobornos
o fingir el dominio de las situaciones.
Habrá solo una tiza para marcar las lápidas,
un empinado umbral de aterradora planta:
prosperarán los cardos de convincente espina
en beneficio de las amapolas,
y el matorral, en auge florentísimo,
medrará entre barbechos y trigales.

Así, repta el poema,
con esa parsimonia de séquito final,
bajo las alambradas populares,
escorado hacia el dogma
e inoculado de vulgares estereotipos, partidario
de los significados relativos
y de la incertidumbre, pero inclinado al grueso
trazo que preconiza la comedia
y no a la extravagante pincelada,
antes al rengo hipódromo de la amena tertulia
que a la fraternidad intelectual.

No suelta prenda, en síntesis.
Se reserva el mensaje,
abdica de su trono y exhibe su poder apocalíptico.

Es una marioneta estropeada.




FIN

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