lunes, 23 de junio de 2014

germinal


AZ está en casa y aunque nadie la vea sigue siendo hermosa como un pequeño barco de vela.
Fuma. Está fumando porque es joven. En la televisión un maratón de dibujos animados, el Pato Lucas
cabreado, Bugs por ahí también. Azealia ha dejado en la mesilla la novela de Walter Mosley
justo cuando Mouse estaba punto de cometer una de sus sangrientas equivocaciones (un buen momento).

Afuera el barrio bulle y rebulle de
vida,
todo muy sespiriano, destacado. Digamos que el calor no tiene la culpa.
Hace calor. La música ha desparecido del mapa pero claro que no (se nota), nunca lo hace.
Ahora está sonando un rap poco elitista, apaleado, el aleluya de los perdedores más recalcitrantes.
Abajo, en el parque, se produce la enésima acometida de la sangre. No son bandas,
solo muchachos que buscan una excusa para pasar la tarde.

Un perro que afronta la pesadilla del tiempo con resignación y cierta hombría de bien: mejor imposible.
Está el tiempo que ha decidido quedarse.
Vino para quedarse en algún instante lejano cuando aún no tenía detractores,
el mesías era un ser de otro mundo
y dios se zampaba piruletas como un niño malcriado
(con la diferencia de que a éste nadie se las compraba, las creaba él mismo).

Luego dios pensó en los monasterios y empezó a creer en sí. Los hombres, por aquel entonces, eran negros
y el racismo no tenía pretendientes, era pura ideología celestial. Así que llegaron los hielos
y el hacedor se constipó y dejó de interesarse. Más o menos.

Y hasta aquí la Historia. AZ no termina de pensárselo. Está imaginando un blues con rimas aterciopeladas
mientras se pinta las uñas de los pies de color manzana (un color inteligente). A tres manzanas de allí,
las chicas pedalean y muestran algunos tatuajes. Y todos fuman como si fuera el último día de sus vidas.

Hay un muchacho con sobrepeso que anuncia su mercancía en absoluto silencio.
El trasiego permanente pertenece a la cotidianeidad y sus monolitos, como los santos de la isla de Pascua,
que no están bien ni mal, pero aguantan el tipo y se comportan.
En el comportamiento está la salvación.
Ya no suena Dre, ya no suena Snoop, ya no suena Nas. Suenan otros con sus muletillas.
La lluvia no se aprecia porque siempre está lloviendo bajo el sol.

Esta lluvia es un escándalo, no deja salir de casa. AZ en el sofá templando su corona, la sortija fatal
que no se pone, la pulsera de brillantes que es tan cara y azul.
Porky se despide algo abochornado.
Hay una terminación, un acabose que insta e inspira y guarda relación con un despido colectivo,
un movimiento de tierras, un desprendimiento estudiado. Da pena terminar así.

Y ahora la radio se enciende y mastica una propuesta.
El órgano que avanza a lo John Legend sin The Roots. Una base que fascina por su fragilidad de uso,
tan útil y, sin embargo, tan espesa. Cuando llega la voz, cuántos la esperan, cualquiera está cantando
y su manera es la del vértigo, su acento el de la fuerza, su piel la de dios antes del génesis. 



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