lunes, 19 de febrero de 2018

redención y fuga



En la pared, el grafiti, peliaguda mezcla de monigotes de Haring y enloquecido kuang cao, batiburrillo
artístico capaz de producir una grata impresión. El poeta cavila, no entiende la caligrafía, ni siquiera es él mismo
para conseguir una buena obra detestable. Grandes maestros
opinan contradictoriamente: tanto la personalidad como la falta de apego resultan apropiadas.

Destiny se ha infiltrado –caracterizada de milagrosa doncella– entre las dunas del parque,
sus recovecos melifluos donde enfatiza el agua su aria majestuosa y la hierba se nutre de principios. El polvo
aturde como en los mejores tiempos de la civilización; el humo
sorprende por su inevitable ubicuidad, su prolija bastardía, la ternura con que aprieta las manos de la luz. Tanta ausencia
de motores confunde; pues la humareda surge de una generosa hoguera, barriles llenos de desperdicios
combustibles ordenan el deletéreo paisaje de la ilusión.

Cándido círculo trazado alrededor de una estrella sombría; el ángel
conmemora instantes prodigiosos, destruye espejos con el martillo de su voz, su cortejo
avanza entre ladrillos pulverizados, ruinas, matorrales y espacio diletante –el vacío y su gen fundacional–,
como si el aire hubiera intercambiado su cuerpo con el fuego.

Cierto estilo de lograr la salvación; acaso, la misión de una vida
(a la manera de Sísifo), detener la belleza de las cosas y reconstruir el mundo bajo la apariencia
de otra realidad, con otro nombre (y otra caligrafía). Nuestro único trabajo siempre ha sido morir, pero no en la cruz,
ni en la batalla, sino en el torpe corazón de la poesía, junto a los renegados, a la profundidad
natural del sentimiento. El objeto del arte es la redención.

Ahora, Destiny se ve idealizando una corriente de amor, su alma
concentra un arsenal de soledades, un temperamento público cuyo propósito es la restauración
de la divinidad. Amenaza con su espada, muerde con labios de oro, enciende la primera vela del pastel. Su cabello
libera una potencia entrañable, entre sus dedos, un gorrión busca la solidez del alba: una nube mayor,
una palabra acorde con la tinta rabiosa de los sueños.



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