sábado, 5 de abril de 2014

ahora el amor

The Soul has special times
(Emily Dickinson)




El amor es un litro de amor, una forma de hacer. Se columpia en silencio.
Es el amor que calla, siempre en silencio, sin declararse. Hay que averiguar la cicatriz
de una rama partida, seguirle el rastro por cadenas montañosas o regulares páramos,
adivinar su estampa, su extraña faz, divulgar su precio y su color.

El amor se retoca los cadáveres frente al espejo, se atusa las pestañas larguiruchas,
se depila el rabo de su alma. Y ¡qué desagradable es el amor! cuando atardece
y ya no habla, se calla siempre, ya no comparte el eco, halla refugio en la sombra de un adiós.

Los pájaros son vaya amantes, son amor. Disfrutan de un ligero vuelo antes del aire,
se personan, son personas ligeramente aladas. Parece ser que hay ángeles
en los suburbios, lejos del centro, en la parte más separada del todo.
Bellos ascetas que maldicen la ética del beso,
la básica fortuna que se incorpora al sueño como una solución a la nostalgia.

Se complica la mente en los brazos románticos, bajo el abrazo bélico
inspirado en la guerra de los corazones. El ángel no es un pájaro a su aire, no basta,
no sirve a un propósito elevado, es un cable egoísta como un santo.

¡Qué desolación de amor! La virgen se pasea desnuda por el parque
abandonándose a la realidad. Hay turistas de pitillos largos, ¡tanto humo de por medio!
Los chavales que ríen antes de llorar en casa. Las chicas que saludan abrazadas al cielo.
¡Tanto amor de por medio!, inmiscuyéndose, siempre en silencio. Lánguido igual que una estatua.

Otras personas son ángeles de hierro. Su trabajo es romper, su oficio es arte demolido,
la cuchilla en el museo. De noche todos saben que el amor se endurece
hasta causar la roca, hasta ponerse de parte de su sangre. Entonces las mujeres recorren
firmamentos y asesinan libros con la fe de sus entrañas. Los hombres solo habitan infiernos semejantes.

Ella nada sabe de esta costumbre del amor. Alza su arte engrandeciendo una nota;
su piel seduce melodías, sus labios juegan con la rabia, dedican frases arrebatadoras.

Con su corona y alas, su presencia colmando el improbable salón del trono, la bóveda celeste,
su voz, milagroso remedio, bálsamo para el ruido de la soledad.

Azealia nada sabe de esta costumbre deshonesta del amor.
Ella tan sola rimando con su diadema y su espejo, afinando su estatura.
Que apenas sabe terminar un beso, apenas riñe con sus labios ni asoma sus volcánicas caderas.

En su nombre, un sonido resume la proeza del ser, pesa como un kilo de amor que abarca onzas
de locura. El sonido se apropia del espacio que nadie reclama, gobierna un tramo de elocuencia,
un remache de cielo gris.

A lo lejos Azealia se fuma un cigarrillo, crea figuras eléctricas en la noche,
arroja al suelo el ramo por el que luchan los profetas. Su verso conquista un hemisferio tras otro
con la desesperanza de un amor sin condiciones.

jueves, 3 de abril de 2014

(azealia) primero el nombre, luego el amor

 
Pues escribir un poema es pagar un precio por no se sabe qué...


Tener el nombre es abracadabrante. Es tener la contraseña.
Cuando menos. Algo evangélico, algo cobrante. Es la elucubración consentida,
un llamativo, es, por tanto, para hacer apostolado y conseguir adeptos.
Tener un nombre es indispensable para fundar una religión o instaurarse un amor.

Antes hubo otros nombres terminantes, flagrantes, sorprendidos in fraganti
y en el acto de ser honrados, renombrados, solicitados a voces. Llamados al estrado
poético de muchas formas dulces, nunca en la picota, más encumbrados al límite
de sus fuerzas, hasta la eyección de sus facultades, exprimiendo sus dotes
que eran tantas por sus reminiscencias y todo aquello que evocaban de repente.

Cualquier absurdo nombre enseguida se revierte y acaba en un diminutivo o un apodo,
un nombre falso se dice ¡tierra trágame!, es lo suficientemente confuso, casi se apellida,
casi anónimo como una gran novela antigua, casi grafiteado por ahí firmado en sánscrito.

Antes fue Rosario que era un torrente, pero no de voz. Rosario era una sólida presencia,
una piel enorme en la pantalla, un lenguaje veloz; sus piernas eran
kilómetros de celuloide infatigable, sus labios un misterio sin guión. Su nombre era un letrero
gigantesco en las colinas de Los Ángeles a la vez que un anuncio luminoso en Broadway;
la intervención genuina en el show de más audiencia:
el prime time de Janelle multiplicado por tres.

Y Rama era un invento demasiado sencillo para cotizar fuera del barrio y sus escaparates, fuera del parque,
lejos de las zarpas y las fauces de la tempestad. Rama existía en función de la bestia suelta
que desataba pasiones como atracaba bancos a mano armada hasta los dientes. Era demasiado perfecta
para ser una princesa creíble, no era cómodo imaginársela recorriendo ella sola los pasillos
de palacio, ni en una recepción rodeada de damas invencibles.

En cambio, Janelle pudo ser mágica, con su peinado al rock tan irreverente, tan limpio,
y ese cutis poderosamente inmaculado. Janelle era la artista, la madre del ballet, el robot emocional.
Un ser abrumador nacido para extraer el triunfo como el oro de la mina;
oh, su férrea voluntad, sus pies mentalizados, deslizantes, sus zapatos
de diva en blanco y negro, su raza única, su única potencia solo suya elevada al secreto.
Y sin embargo su nombre restaba dramatismo al cuadro, se notaba un nombre redondo, un nombre artístico
que no fluía en el cuento, se atascaba un poco, y hasta a la bruja le costaba pronunciarlo,
en exceso apegado a la realidad.

Y es que tener un nombre acreditado -¡albricias!- es tener un tesoro a pleno sol. Es un puñetazo
en el pecho del alma, que ya puede quejarse con bastante pretexto y señalar
un culpable de su anhelo, de su fiebre y su termómetro desencajado, su mercurio galopante;
el nombre es la razón crítica, la primera piedra del complejo residencial, del aeropuerto
menguante, el primer paso del bebé, el primer beso de quién.

Por eso es tan prudente escatimarlo, reservárselo como en un bolsillo interior
cerca del corazón; así es como irlo modelando a golpe de latido, irlo empapando en sangre,
que se beba la sangre, que aprenda el ritmo. A veces resulta frustrante tener un bonito nombre
en la punta de la lengua y carecer de voz y de carácter para escribirlo, por ejemplo, en este verso.
 


martes, 1 de abril de 2014

castillos en el aire


Aquí nuestra Princesa adorable-alígera-alada-princesa (pronúnciese con raudo aleteo paladar)
dominaba algún arte arcano y también alzaba versos puros
o es que legislaba a golpe de octava real, a puro tiro de cometa.

Así que el poeta sufría para iniciar un poema sufrido y tenso mientras ella
rodaba con un pie silbando su melodía personal, doblando manantiales con su peonza idílica,
tronzando puentes levadizos con su balada exenta de enredos y romances
que no tenía un problema de amor, un esquema de amor 
ni un plan sentimental.

Así que ella se sabía de memoria un corpus infinito
y acertaba a los pájaros con su mirada púrpura.
Vestida para un serio contratiempo (o un serial), imperial y graciosa su raya diplomática,
los zapatos armados para un baile de máscaras, esos mismos zapatos a juego de Janelle,
coronados al fin en su destreza.

Y el poeta graznaba su teórico gesto, su poema que apenas maldecía la palabra mágica,
insinuaba el rito, filtraba dudas teatrales en la sombra, virus portátiles al por mayor del género:


 Está en el aire
-suave y más suave-,
derribando fórmulas que son castillos en el aire.
Su palabra es un himno, ritmo, que no puede caer,
y se mantiene
arriba, limpiamente, vuela despacio como una pompa de jabón.

El día está. La lluvia aún,
todavía está en la nube que renace,
vuela como la sombra de un avión.
Según la gota forma su camada, vuelve al vientre. El viento enciende la rama:
es suficiente amor.

Todos los ecos se funden,
cumplen con su deber armónico, hacen poemas sin fondo
que no se tienen en pie. ¿Lo ves? Traman su altura,
firman un elepé de magia pura y se conectan
con la memoria eléctrica
del sol.

Humo y alcohol tienen la llave, está en el aire,
suave y más suave.
Viene a decir qué significa la palabra que dice amor
y que salpica con
cosas que vuelan
como los pájaros que vuelan alto,
como la pena que se mueve en falso,
se muda y duele en muchas más cabezas:
es muy frecuente.

Lloran los locos, las huecas sombras,
los trajes amarillos
para pasar de trajes y de modas.
Está en el aire un beso contra el flujo, se mueve hacia los márgenes
viaja sintiendo la gravedad
o los obstáculos de los esquivos dioses.

¿Toses? Eso es que no has fumado. Aspira el fuego
de este cigarro helado
y guarda la ceniza en una urna de cristal.

Los poetas se han muerto en el Vietnam (adiós), suenan las ráfagas
suspendidas en el tiempo
como la ropa
tendida al sol
que cruje y huele a lengüetadas,
a una ebriedad sin don.


Azealia notaba su frescura, tomaba nota de todos los artículos, se iba de compras
con una lágrima en el bolso. Sentada en la terraza sorbía un cubo de limón amargo,
de escalofrío en su escala de calor a treinta grados. Sentía un bálsamo en el cuerpo,
un segundo más subiendo por su espalda, torciendo sus rodillas por encima del reloj.

Clamaba el arte su profana suerte, su esnobismo, su familia cuadrada
como en un lienzo maniático de Josef Albers.

El poeta tronaba un rayo de sol hasta su acción que siempre demoraba el propio canto.
Y la sabía mayestática y adversa, lejana en otro mundo perteneciente al reino,
un ángel curvo: ella en la síntesis de la primavera muerta hacía siglos de amor.

La perfección en tránsito, el aire brusco irrespirable, atenazado. Un castillo de arena, no.
Una torre torcida, arbitraria como una torre de oro depurada y salvaje.
Ascendía el canto lleno de urbanidad y soltura por el espacio emocional.
Las aves estallaban en lo alto con ruido efervescente sin derramar un sola gota
como si fueran almas a punto de salir de casa, arregladas en forma de peinado,
una burbuja afro relamiéndose el cielo diamantino de París.

Aquí nuestra Princesa, su sabor, el caramelo entero de su boca,
regaliz y una brazada estética hacia el epigrama y su autoría, el reto polisílabo.
Bonita sobre todo, Azealia presente como el póster de Guevara en los chamizos del barrio, presente
en las manzanas podridas de desahucio. La Estrella Roja de sus labios apasionadamente bellos
reescribiendo la historia. Ah, el sello de sus labios, noble lacre, confirmando el exceso de una vida.






domingo, 30 de marzo de 2014

un fantasma recorre el universo


En el confín del universo observable solo hay otra explosión sin motivo.
Nadie maneja los hilos. La física es un trauma.

Es bueno saber quiénes somos, sabernos a la hora de medir el verso,
a la hora de amar. El simio vergonzante nos acecha desde su rama alta.
El animal nos mira desde nuestra pequeña alma mutante y sonríe como hambriento;
aunque no tenga alma, muestra dientes feroces para el canto.

En tal confín soñado del abismo, hay otra estrella a punto de volarse
con insana presteza, a su ritmo de curvas y neutrones, violentando el tejido
del espacio. El simio acierta con la luz, echa un trago de luz,
descubre una blancura que refleja el tiempo
y se le ocurre un tiempo sin final.

Todo sucede igual en todas direcciones. En nuestro mundo de atrás -aquel patio trasero-,
un universo acaba de violar las alambradas, invisible y magnético,
sus hombres ya están naciendo en la imaginación de la materia.

Incluso hay un fantasma que transige. Fluctúa entre realidades
tal vez paralelas, tal vez independientes también en la manera de contarse,
de registrar sus acontecimientos. El fantasma aparece cuando corres las cortinas nuevas
o abres la ventana para huir del calor. Hay uno que se pasea por el patio
y sonríe como si supiera que no puede hacerlo

            (ella dice que lo ha visto fantasear por el parque).

Cuando se escribe un verso -o cualquier verso- las palabras escogen una muerte lenta.
Se devanan los sesos dispuestas a saltar. El verso organiza
un pensamiento inerte, lo golpea con la fuerza probable de su mala fortuna.

Detrás de cada múltiple universo, alguien imprime el sello que lo expresa en parte:
las manos manchadas cuando hay manos, la tinta reciente cuando hay tinta,
los ojos entornados hacia una sombra más que permanente. Detrás de cada vórtice completo
se escribe el mismo verso inalterable. ¡Se está escribiendo éste!
Ahora. En un idioma antiguo, de otra forma, o en una lengua enferma de silencio.


miércoles, 26 de marzo de 2014

crónica


            Lejos en el cristal se halla
            su preciosa forma de ser que casi nadie conoce

La sociedad es un corto recorrido por la boca del dragón,
el humo que no deja ver el magma se eleva en turbias avalanchas,
el volcán se ha cronificado como una enfermedad sin tratamiento.

Los chicos destrozan bocas de riego con enérgico afán de sus zapatillas converse,
pero no conversan entre ellos:
brindan el silencio de sus corazones a la nueva violencia que los acoge en su seno.

            Ahora hay un tren de cristal en su sonrisa

La gente es perezosa aunque siempre lleva prisa por llegar a alguna parte,
disimula su ignorancia y su mala fe, mira de soslayo. La gente es propiedad
de los tratantes que subcontratan almas lácteas (de color) en la parada del autobús,
almas trágicas que disimulan su extraordinaria palidez
o se mueren de hambre.

Cuando las almas se quedan en los huesos, llegan los capataces
cada uno con su altavoz y su libreta, que a veces es azul.

Las chicas -baila que te baila, brilla que brilla- tienen miedo de la paz social.
Prefieren un conato de revuelta. Una revolución de baja intensidad, solo hasta el sábado.
Por algo prefieren trapichear con el ácido y los huevos todo el día en el parque,
así todo el día paseando a los perros peligrosos que las escoltan,
todo el día fumando sin parar de fumar.

            Su espejo es un cristal harto de luna

Los hombres se pelean por las tardes detrás de cualquier sitio, rompen botellas
y se lanzan ciegos contra las paredes. Suele quedar sangre por el suelo
que al día siguiente ya no está.

Ella vive así. Su preciosa forma de ser es una suerte, una puerta al paraíso,
la llave de la casa de pinturas, la del sótano alegre. Por eso, cuando se siente más bella,
se mira en otro espejo y conquista el reconocimiento amargo de todas las mujeres.

domingo, 23 de marzo de 2014

el vuelo de una alondra en el espacio


Cuando no hablaba de amor, el poeta concedía versos raros,
elevaba peticiones difusas a la superioridad literaria, la trama Editorial.


poema de laxa moral con meteoroide


Era preciso escribir con.
Poner la carne en el asador. Sangre. La sangre se diluía. Licuábase de milagro.
Era una santísima virgen realizando el suyo, su-milagro. Los panes y los peces
reían y simultaneaban su concordia, estaban en la caja y en el mar
a un tiempo. La caja era de pino lapidario, un féretro chapado a la antigua.
Por el cristal podían verse unos ojos a la virulé, demasiado pequeños u ojerosos.

Habría que escribirlo con demasiada. Sangre.
El microondas no churrusca en condiciones, no furrula (en sábado). La pluma se atasca
en el inodoro de la pantalla y emborrona frases de color bastante
grueso. La grosería está en pecado ni la ignorancia exime de su cumplimiento.

Aquí venimos al surrealismo. Dicen por decir.  Que las partes de una vaca
son incontables partes, tantas como bocados: pero buenas para el cerebro.
¿Que Alex Woods recibió un impacto! Allá su mala estrella.
Otro expediente. Una X mortal en la cabeza.

Duele la cabeza cuando se escribe (con) (Sangre). La sangre da espectáculo,
por su propia naturaleza, su encarnación tan cárdena.
La sangre es cáustica, borbónica como el bicarbonato de la coca-cola.
Se trata de una peste deslocalizada. La cabeza se imprime
como una bajada de tensión. Sube la tensión hacia la guerra fría. Es lo que pasa.

No se puede escribir así de fuerte que se oyen los gritos a cien millas a la redonda,
redondos y esculturales -muy normales no son- gritos angustiosos. Hay que hacerlo
con lágrimas en la nariz, persuasivas, inocuas como una profecía.

Porque otras cosas duelen: golpes, golpetazos, golpizas, palizas, bofetones,
también los golpes propinados con elementos maderables como un bate o un rodillo de cocina,
un palo gordo, o una vara de fresno tan flexible y duradera, el látigo, la mano abierta, el puño,
el puño americano, una patada en la boca, una patada voladora hasta las sienes.
Todo eso duele y arrebata, sin olvidar el puñetazo en la boca del estómago, que curte.

Ya no se sabe escribir con. Sangre. Nos industrializamos, modificamos nuestra energía,
nos momificamos y nos hacemos débiles a marchas, debilitamos nuestro brazo secular.
La escritura es tortuosa, debe ser un fallo. Lo primordial es un buen fracaso
estallando ante los párpados, que crujan los omóplatos y se desdibujen las ganas.
Tropezando los huesos en cuerdas musculares, ese daño colateral.

Vamos con la buena literatura, prosapia y nombre. Hacer que se parezca a un desafío.
Que se parezca a su acertijo. El laberinto es una manera de no estar dónde.
Se arrugaban las letras y (se) tomaban amorfas libertades, oligopolios significativos,
cárteles del significado, signos arrumacos.

El verso, pues, era de extraño. Ligaba con su acento. Música de época
frotaba sus manitas junto al órgano, una sistemática misión. Pechos y maquetas
de buques destructores, goletas rimorosas y anfibias. Puntas sin estrofa,
horas sin tedio ni longitud. El tiempo decimal, sin horma, comprimido en la pared;
el verbo fetiche hecho de encargo, acariciado por una selección de inoportunos magos.



el vuelo de una alondra


Mientras, la Princesa se rumoreaba. Asomada a su balcón de invierno,
iniciaba su captura semántica de cada día. Asumía los versos con audacia
y sincretismo. Buceaba en la forma para desentrañar
un pétalo de amor. O paseaba por el jardín platónico vestida de gitana
arrancándole flores con los ojos.

Había madurado su belleza de pluma, su gota a gota elemental y cálido. Hacia el beso
caminaba dispuesta a un sacrificio, entregada a su adorno, considerando un paso afirmativo.
Tenía una palabra bailando entre los labios, que brillaban incrédulos de furtiva esperanza,
una palabra gigante que aún no era suya en cuerpo y alma.

El poeta reverenciaba el sonido del agua, la voz de una canción atenta. Tanta ausencia de color
le hacía enfermar; la tos acaparaba sus pulmones con escuálido pulso, arañaba rasposa
su rosada garganta, le imponía una oración desenfocada, una pequeña arenga dirigida al vacío,
característica. Intuía los peligros a los que ella habría de medirse; ogros nigromantes,
madrastras preciosas, validos maquinadores, tejedores de enjuagues y emboscadas,
la palabra fantástica de algún embaucador. ¡Ah!, contra ellos, solo tenía en mente el pobre verso,
la rosaleda en llamas, la flor acompasada.

Ella formaba un corazón con sus manos artísticas, suspiraba un beso eterno,
se dormía a la sombra del futuro. Manejaba los códigos de la inspiración y conocía
el lenguaje barroco de Calíope. Pasaba páginas de soledad en una partitura
consagrada al recuerdo. Filtraba notas sólidas que signaban el aire e influían en la manera del viento,
ofuscaban la lluvia. Sus pies rondaban fortaleciendo la hierba con tímida pericia.
Sus labios terminaban en columnas de niebla.

Todo era bello alrededor de un mundo triste. La risa pertenecía a un verano rusiente y tan lejano.
La tristeza era el fondo de una noche de luna, sucedía con fuerza aproximada al sabor agrio del destierro.
Azealia cedía al vuelo de una alondra, difundía su aliento entre el fuego de la nieve pura;
sus ojos mantenían en vilo a la nación, sujetaban las bridas del reino,
a su modo valiente, narraban una historia pacífica.




general y radiante (en el espacio)


Frente al espejo, su rostro es un amor para siempre.
Sale a la calle: ¡si nadie puede verla! Nadie descubre ese territorio sagrado.
Pues la belleza adquiere también su monotonía, su rigidez.
Puede que no vaya vestida con la ropa bonita de los ángeles rubios,
puede llevar un abrigo gastado.

Puede tener una voz demasiado pequeña para ser escuchada.
Puede estar demasiado cansada después del trabajo admirable.

En el espacio, ella es el trance de la estrella romántica, el lado oculto del planeta perdido.
Ella en el bosque -que es solo un parque general y radiante-, entablando amistad con la hermosa gacela
que redobla sus patas de marioneta libre. En el espacio, ella es el punto luminoso,
el reflejo adorable de la primera voz del universo.

Puede que surja un poco fuera de sitio esperando su turno para cualquier farragoso trámite,
que no repare nadie en su valía, que nadie sepa honrar su presencia
extranjera con el debido respeto. Su mera presencia en cualquier parte.

Una muchacha negra perdida en el bosque, perdida en el espejo, todavía sin verso que la guarde.
La música que empieza. Y la vida que empieza de una vez, única. Para siempre.


jueves, 20 de marzo de 2014

hacia la soledad


Con entereza, la fina superficie de la cumbre se abandona
a la perfecta compostura del hielo, rozan las nubes la blanca navidad adormecida,
la formidable ambigüedad del oxígeno allí donde las águilas anhelan paréntesis de sol.

En tanta cima, la huella figurada de un paisaje asignado a la historia,
la música más alta, el oro más preciado, más brillante.
Sobre la tierra, una eternidad infantil, el tiovivo que galopa hacia un dédalo inocente,
las fieras que conversan en su idioma fácil.

Orden en la seda. Un amasijo dorado infinitamente luminoso. En los pies,
una invasión de alas, un baño de ángel, el hueco de la nada que impulsa el vuelo,
la continuidad en la acción, el movimiento decidido que afirma una capacidad salvaje.

La palabra mezclada con la piel, el dulce escándalo que salpica las horas muertas,
el tiempo tan ajeno a esa pretensión de inmortalidad, esa pulsión dinástica
que ofrece su inmanente garantía de sangre, algo diferente a la suerte,
formado de futuro.

Amor. Qué natural y sabio. Nada mejor que interrogarse: sin miedo.
Indicar con un leve mohín encantador, siquiera arrogante, apenas displicente,
prender la antorcha, dar ventaja al espectro de un joven príncipe. Ah, todos los héroes
en fila, todos los hombres de este mundo esperando una mueca desdeñosa,
las migajas de un beso.

El poeta soñaba después de perseguir un sueño. Tenía en sus manos ávidas de gloria
la intuición cobarde, toda la miseria acumulada durante siglos
sobre los hombros débiles de la literatura, estaba en posición de conseguir el plagio decisivo,
introspectivo, la beatificación insospechada de una saga original. Catorce lápidas en redondo,
el círculo republicano obstinadamente molestando, siendo un estorbo y un fastidio,
como suele incomodar el genio a quienes saben apreciarlo en su drástica medida.

El poema fue:



Hacia la soledad parten los ríos
desde la soledad de la montaña
y solamente dios los acompaña
hasta la mar preñada de navíos.
Hacia el silencio de los labios fríos
viaja la voz ardiente de la entraña
y solamente dios mira su hazaña
con esos ojos negros y vacíos.
Hacia tu melancólico destierro
lanzo mi corazón a tumba abierta,
a tus benditos pies mi sangre arrojo
y luego bajo llave el alma encierro
a ver qué corazón llama a su puerta,
que solo dios devuelve ojo por ojo.


  
Y Azealia vibrante, al frente de su séquito digno, su laboratorio amoroso. Ella meditaba
su presente, sobre la voz en consigna, el papel de estraza perfumado, el pergamino antiguo, el papel cebolla
que hacía saltar las lágrimas del céfiro, el papel de fumar que se consumía despacio. El poema era un antro
donde nadie debería haber entrado nunca, nadie debería traspasar ese umbral intolerable
hacia el caos de la rima, el espantoso signo. Porque el amor dejaba allí de ser
una palabra no escrita y parecía un verbo amar transitivo y profético,
una resolución determinada por monstruos de largos cabellos y mirada mortal. Azealia sabía todo eso
cuando sonrojaba el verso en sus labios morenos y bostezaba el aire detrás de su nariz. Nada de amor,
pero un leve problema con el sentido acento, la hipótesis versal, la boca del metro; alguien que tal vez
vociferaba estrofas sin ritmo buscando eco y fantasía. El espejo de siempre
y otra imagen indecible para la posteridad,
otra inmaculada norma para el llanto.

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