jueves, 16 de junio de 2016

y desandar


Es tener un corazón y no decir palabra. Escatimar el aliento, ahorrarse el protagonismo
de una mentira piadosa. Hay un encontronazo con los ojos
minúsculos que se deslizan sobre el telón del tiempo, fruncidos como un pasado itinerante, aherrojados
como leones solitarios.

Cuando el llanto protege de las fieras, también de la lluvia; oh, pues dispone una forma sobre el cuerpo
con gran facilidad, sobre el espíritu, desgrana una mención acalorada, un verso.

Es tener un corazón a cubierto de las casualidades, sin músculo,
obligado a su albur y su descuento; destino y propiedad. Atacado de amor, este álamo desnudo,
desatendido y solo. Las manos que acogieron flores gélidas y hace un minuto que ovacionan su desánimo,
lideran un facción de compromiso ciego. Es cogerla de la mano
y desandar, y desandarse de todos los caminos, llegar a puerto a través de una estación de humo.

Jordan fuma, su corazón se agita, es la coraza que dice no al amor. Y se traiciona.
Los besos que no ha dado todavía empañan su respiración, garabatean un signo elemental en la corteza,
el ataúd gigante, la parte más ligera del revólver. Lleva un collar a juego con el granizo que ahora se desploma.
Aún está a la espera de que irrumpan la noche y su disturbio
para volar hacia otra bárbara nación.

Falsos ecos empujan a la voz verdadera hasta que el grito fija su patrón de angustia,
la patria rigurosa que a veces dispara por la espalda, de nuevo dispara por la espalda. Lo que dicen es bello,
sigue un ritmo platónico que se acelera como un latido o una revolución.

La dignidad no pretende corromperse, busca la paz en sus extrañamientos. El amor muere de éxito
dentro de lo que cabe, cabe en el hueco de una sombra, se moviliza
así como un ejército fuera de combate. Cuántos soldados anuncian tal milagro sin romper el cerco de su campo oscuro,
evalúan la capacidad del cielo para someterse a un intercambio de cadáveres.

Ella promueve la rendición del arte sin mover un párpado; destaca entre la simetría
criminal de los autores y sus biblias de contacto. Ha iniciado el deseo con un par de marionetas
descarriadas y un ramo de color vermut; ni la sangre parece darse por aludida: apenas brota por un cántaro del pecho.




miércoles, 15 de junio de 2016

toneladas de amor


Hacer un esfuerzo terrible. Oh, salir a perdonar, llevar encima
toneladas de amor. Querer-creer.

La herida no cicatriza, se puede leer en ella como en las revistas de la sala de espera:
prosa de prospecto, crónicas de sociedad. El campo magnético del parque tampoco ayuda al restablecimiento;
diversas corrientes –líquidas, eléctricas– susurran su letanía instrumental por el dominio
del ángel más elocuente, allí donde no se aventuran las pandillas ni se pierde el tiempo en extenuaciones.
La herida ofrece un candor característico, es un alma en proceso de declamación,
se celebra desde ningún púlpito a la vista, pero los pájaros
silban y los árboles crecen en penumbra.

Reconoced, en confianza, que no os será posible absolver a vuestro hermano, menos aún al extraño que se precipita,
discute y roba manzanas de la cesta común. ¿Y si tu hermana te roba el corazón?

Así volvemos al punto de partida: Jordan asomada al balcón contemplando un enjambre walseriano
o un bosque promiscuo (dulce encrucijada). Su vestido alumbra como una sinrazón, un bucle
demasiado consciente de su diafragma epistolar, la voz antónima
que le sale de dentro cuando no tiene mucho que decir. Hay un gato misántropo que alucina con los bordes del sombrero,
ríe con suma pulcritud literaria; algo de sangre demarcando la acera equivocada.

El ángel es quien lee ahora (y siempre) porque conoce todas las lenguas del destierro,
aunque para ello deba abrazar su sencilla humanidad. Es un poema que rima con la muerte,
circunscrito a la bala que rasga la naturaleza del verbo,
parte de un cañón orgánico y atraviesa el espacio con irreprochable lentitud.

Iba caminando por el distrito más seguro de la creación, como un niño pequeño, una madre devastada.
El sonido no es anterior al impacto, es simultáneo:
en puridad, no hay sonido, sino trance, estómago y una pizca de dolor que se agiganta.

Jordan llega corriendo, lleva encima veintiún gramos de amor, esa pequeña roca que diluvia
sin tregua. Se hace cargo, se multiplica por la misericordia de este mundo, tan sentimental como culpable,
y tabletea –como la ametralladora de Leonardo– una bendición artesanal. 


 
https://www.facebook.com/MattBlackPhotography/photos_stream
 

domingo, 12 de junio de 2016

a ras de tierra (hurgando en la memoria fotográfica de la realidad)


Ha comenzado la gentrificación del averno. Buenas personas se acercan a las llamas.
Dios ha lanzado un dron relativista hacia el inconsciente colectivo. La realidad se parece a sí misma
hace algún tiempo, posee memoria fotográfica. En esa zona del parque envuelta en el humo eterno de la conden(s)ación
el desierto avanza como un Panzer; la gente
mira al cráter sin atreverse a toser. Una nube de malas intenciones sobrevuela
el anfiteatro del miedo.

No todo es tan genuino. Este ángel baraja varias secuencias grabadas en su mente prolífica,
elige la menos parecida a la realidad hace algún tiempo. De la tierra madre del cementerio surgen brazos
como gusanos enormes, el pararrayos escupe estática y estética (a escoger), disuelve la furia del agua en el asfalto.

No es preciso estar enfermo para ir al médico y pedir la vez. Cuando no hay cola en el taller de vehículos,
la doctora atiende pronto, pero no es una profesional sino una muchacha menuda,
descalza, con un vestido blanco. El sol acostumbra entonces a silenciar las reclamaciones. Diagnóstico
y reparación, sondas extrasensoriales y misas de difuntos. Una tragedia en cuatro estaciones de servicio,
cuatro actos de extinción controlada de las emociones. Besos sin digerir y una píldora
azul. Así se cura la formalidad de la existencia y la mañana vuelve a sonrosarse, el tabaco sabe mejor, el mundo
fluye como un arroyo de miel artificial.

Todos prefieren a Jordan, la seleccionan, nombran y renombran. Ah, ella es la reina del baile:
hay banderitas colgadas de las cuerdas, de las farolas cuelgan pequeños mussolinis muertos antes de crecer,
la música bendice las apuestas; sin balones por la calle principal ni cristales
rotos en mitad de la noche. Cuarenta años de paz empiezan hoy. Bellas personas se acercan al incendio,
muestran alteraciones de la personalidad, lesiones cerebrales, maneras. Se las observa con satisfacción.

En la adversidad y el encono invocan a su enfermera favorita, pero no es una profesional sino una muchacha morena,
descalza, que habla en ese francés futurista de Los Ángeles. Ella tiene un mensaje para el mundo:
se acabó. En la botella que ha tirado el ángel desde la ventana del motel, la jeringuilla que ha tirado el ángel,
la pintada en el suelo del garaje, reside la verdad, a ras de tierra.






viernes, 10 de junio de 2016

el exorcista


Jordan ha sido poseída por una cantante soul
que no es Whitney Houston. Se ha levantado con una canción de amor temblando entre los labios. Y no es
la insolación de ayer, los cuarenta grados a la sombra, la deserción
absurda de toda sensatez, toda esperanza, fraguada en la caldera de la mente, es un concepto
estricto que relaciona el alma con los pájaros, sustituye el pensamiento
por un arte mecánico que condensa las ideas y avizora el eco de mil voces dormidas.

Se detiene el jilguero emocionado en su brote insular, su rama poética; la tarde
deslumbra de tanto espíritu arropado en el aire. El parque alardea de su crítica naturaleza, crea su propio Walden
a partir de un secreto filtrado por la lluvia,
entra en erupción como un Vesubio breve. La voz retorna magia, supone una vuelta completa a lo desconocido,
silba su propia aria, reflejo de una métrica pobre.

Ha postergado la curva de sus besos, ha dejado para hoy la idolatría, llora frente al espejo
como una María Magdalena, una Gioconda ilesa; su acertijo es el mantra que repiten los libros flacos de la estantería,
el hálito postrero de un animal cualquiera, de un insecto. Sin médium
ni poeta, ni palabras adultas pasadas por el quirófano de la misericordia, auscultadas en vano,
reunidas al extremo de una página bella. ¿Quién firma el noble
ascenso de la forma a la categoría excelsa de lo salvaje y puro y, por tanto, más cierto?
¿Qué demiurgo?

Aterrizan los chicos después del atracón con un soberbio estrago en las narices,
se muestran tan dóciles mientras libran su penúltima batalla contra el ego,
balbucean pretextos. Jordan frunce el ceño antes de arrancar a reír: los muertos de mañana ya van resucitando,
suben a sus carruajes y patalean al compás. El milagro resulta más común
incluso que el mismo dios en su mínima grandeza.

La línea busca su culminación con una nota sintética
al margen de la corriente principal y sus entradas. Whitney no ha cantado aún, pero su voz
arrastra el entusiasmo nativo de los príncipes también en el abismo de su ausencia, más allá del silencio
y su ventana abierta.




martes, 7 de junio de 2016

noticias del futuro


Alguien espera, finge respeto, pero la nieve brota de un pecho lejano, es
arte del horizonte. Nada más. Reza por el frío, simula un ardor en la garganta; el tiempo
desaparece por una rendija antigua. Este calor revienta de futuro, se reencarna, aspira a la deidad y el éxtasis.

El parque ha probado el dulzor de la mañana, se ha llenado de vibraciones que colonizan
los párpados como gotas de polen, grumos de fulgor. Los autos llevan el signo de la noche aún grabado
en su estampida, los bares no han cerrado la puerta de atrás. Por la calle
nadie se parece a nadie bajo el sol, todos huyen con la misma urgencia, han infringido la misma ley de hierro.

Jordan fuma porque le apetece sentir ese peso muerto. Los árboles desprenden sombra o encañonan
a la luz, quién sabe. Pasan los pájaros como ecos de porcelana, madres de terciopelo. Es sábado y a pesar de todo
hay que ponerse a trabajar.

La tensión se reduce a un perfume –acaso neutro, divergente– que preludia otra ausencia definitiva, algo así.
Abre el Museo su pretendido espacio, el espacio preferido por los muyahidines y sus bayonetas,
aunque no quedan obras tan solemnes como solían ser aquellas incautadas, revalorizadas, prescritas por el médico
forense. Ayer ardió Damasco, pero la noticia es hoy.

Duelo y dolor, bocanadas de luto; el silencio elevado a los altares de la recaudación ejecutiva. Te restriegan
la forma sagrada por la frente y ya eres uno de los suyos, ya puedes matar.

Niños que cruzan de palabra la avenida informe, enorme y constructiva, sin padres que adorar. Perros que se van
de casa antes de cumplir los dieciséis. El DJ de la esquina
ha cambiado de esquina esta mañana, le ha dado la vuelta a su chaqueta y pincha música real: es preciso
saberlo si quieres dirigirle la palabra.

En el entreacto, Jordan ha escrito una carta (no de amor). Le ha susurrado el canto
a una figura sonriente y práctica. La rúbrica es tan poderosa, resume la experiencia, denota una gran responsabilidad;
la carta busca un punto de vista valioso y derrama un vaso de sangre
sin querer. Ha caído el primer copo envasado al vacío, parte de un ángel, quizás
pálido reflejo del humo que asciende, providencial, al cielo arrebatado.  




domingo, 5 de junio de 2016

es hora de cerrar los ojos


El aire ha descargado su pilar robusto sobre la tierra yerma, ha construido un trípode de altura para ver a dios; el telescopio
manda señales imposibles hacia el duro velo de la historia. El tiempo ha regresado,
su corteza se extiende por la superficie de la noche que continúa su periplo ausente, salpicada de estrellas mansas,
simples masas críticas aupadas a lo alto del paisaje. Un odio ideal subyace
entre los árboles que intercambian pasiones y la serenidad intensa de la atmósfera; su aurora lírica se desploma
como la densa temperatura del día. Un pájaro ha nacido
hoy donde se crea el sonido de la resistencia y la muerte abandona sus preceptos.

Hay que caminar por la cornisa con el alma arrojándose a un abismo intransigente. Compararse con el fuego
a cada instante, poner la voz al servicio de una rosa marchita y dejarse ir. Y dejarse
llevar por el instinto más que por el verso, por el aroma libre de las piedras.

Cuando el amor es un resorte tímido, su mecanismo oxidado, su tamaño tan público. Todas las horas
terminan en un vals, todos los besos se muerden la lengua y se conocen
de memoria. Ponderar este desconocido arte del espíritu que no se desalienta frente al mar, como si diera por sentada
su fortuna; caer en la trampa armónica de la naturaleza. Viajar en una silla
incómoda en vez de hacerse un hueco en el furgón de cola.

¡Qué humanidad prudente! Entregada al destino con repentina fuerza. El límite de un hombre
se encuentra dentro de su imagen, retenido en el espejo que el agua arroja contra la tristeza; el umbral de la razón
burla el destello errante de la luna y se fija en un vértice inseguro. El poema es un trozo de rabia
estrellado en el campo, un conato de alguien, una tormenta a secas.

Oh, ha subido al tren una doncella
y nada. Manos que no han parado de mirarse, labios pesados como libros calados de esperanza, palabras
que han firmado sentencias de eternidad y espanto. El futuro se asoma a la puerta del baile,
tropieza con los pies desnudos de las novias y arranca flores a la bóveda antigua bajo cuyo establo
se desarrolla la melancolía, su proceso imparable, cierto como la llama del olvido.

Esta violencia de la necesidad se ha desatado en un instante, ha vuelto. Gotea sangre de los brazos
útiles; la realidad ha deshabitado las conciencias. El vacío ocupa tronos,
dirige ejércitos de idealistas. El parque acaba de cerrar, porque ya es hora de cerrar los ojos y volver el oído hacia las sombras
que perduran desde que el mundo es mundo, dejan dormir hasta el límite extenso de la muerte,
dejan vivir como poetas muertos a los muertos, seres dichosos que no desean ver el nuevo día.




viernes, 3 de junio de 2016

un terreno en los ángeles


Ahora son reales las cosas que no fueron. Ven a ver la actuación del grillo
y rompe a llorar –dice Jordan. El aforo completo, el afro de esa chica que hace crujir las bombillas (¡si no hay!).
Oscuro está el reloj sin manecillas ni tiempo que perder; un reloj oscuro es una maniobra
del silencio. El tiempo que se pierde
vuelve como extrañeza, premonición del antes o un racimo de uvas pasas. En la tarima,
ruge el asombro, rige una sensación de poder. El cantante piensa en su momento, compone un grito de amor.

Jordan canta mejor cuando está sola, escribe
mejor cuando no hay nadie en un libro a la redonda. Llora mejor en compañía del fuego, entre barrotes, loca de pena,
el último cigarrillo en los labios, el último día en la boca. Se ha merendado
la noticia del siglo; ha robado en los grandes almacenes un sujetador magnético y una parcela en LA. Las luces
observan mientras, vigilan el combate como árbitros modestos, inauguran el marcador del pesimismo.

Tanta música para acabar cogidos de la mano reinventando el género: sin duda. Las bases
prometen un afrodisíaco tratamiento real, el relax prometido. Dictaminan
sucias ideas sobre la familia y sobre cualquier otro espectáculo al margen, bailan apretados con la abuela,
silban al paso del cortejo fúnebre.

Maravillosa ella, guarda un talento contenido para salir del paso, posee una montaña de soluciones
físicas, vadea, franquea, brinca por el aire con más zancadas que Aquiles, más estilo que los cisnes de Apolo.
Este es el secreto de la reencarnación, un verbo nuevo extraordinario que fecunda los nombres,
se rearma en la naturaleza de su fórmula. Tenía que ser ella, con su nombre de aguja
–doble raíz–, su mirada furiosa, enfurecida con la noche, celosa de la luna que pronuncia la llama de su cuerpo:

solo en la primera imagen, la más difícil de los sueños.

El arte con arte se combate, ahí se luce, dulce amazona presente, empuñando el verso con los labios en flor,
decidida a beber de un idioma completo. El poema fondea en su cadera, dobla
el hueco de sus ojos, sortea su cintura con un desmayo. Crónica de una forma casual, un seminario de pétalos
reacios al susurro de la aurora, la plenitud del alba que se agota en su eco.

Arde su formidable imperio, arde tanto como una procesión de enamorados. Esta pequeña
lágrima ha permitido el retorno de la primavera, ha dado alas a un ejército de soles, lugar a una parte
del recuerdo que no termina al otro lado del espejo, sino en la propia mente de la soledad.




miércoles, 1 de junio de 2016

buen gusto


No le gusta la poesía. A Jordan no le gusta. Toda la ha leído ayer. No le gusta que se repita
hasta el borde de la piscina y se tire al agua sin saber remar. Que te agarre el brazo hasta el tuétano
y no te suelte y no te quiera soltar, con ese oscuro proceder suyo y esa terminación honrosa y suplicante.

La poesía abruma con solemnidad atronadora; el silencio se las sabe todas también (es críptico) y posee el buen gusto
imprescindible para denigrar, vejar a la óptima distancia. La poesía
no puede entrar en trance ni siquiera a la puerta del campo, no puede ponerle puertas al campo. Ni siquiera
de polizón en la bodega, sin dinero ni suerte, esperando un horizonte que se hace de rogar. Los poetas
muestran de continuo su flaqueza asfixiante, exhiben con desfachatez sus mínimas
heridas, su dolor de internado, esa normalidad tan literal.

Oh, tratan de disfrazar de leve exotismo su comportamiento ordinario, su perfecta adaptación; y se tiñen el pelo,
llevan un foulard, sombrero, un bastón, un foulard y un sombrero, las uñas pintadas de color carbón. También
los poemas van pintados de color neutro y asesino, nada de bondad, son killers de las letras,
asesinan palabras como pájaros de Hitchcock, pobres jilgueros
atracados a punta de navaja. Muchos poemas posan como adolescentes
con problemáticas difusas. Se sacan fotos poemáticas (autorretratos) y disfrutan de su centralidad y su breve estallido.

Jordan no se deja engañar: tan románticos como el disco punk de un abogado;
con una copa en la mano desde por la mañana, con el cigarro en la boca, echando humo en círculos anónimos.
Ella se pinta los labios de negro y sale al porche a recoger el diario:
eso sí es normalidad (aunque no haya diario, ni porche ni laúd). La música sorprende entonces, tiende a levantar sospechas
entre los ladrones, es la banda sonora de proximidad que clausura las rimas con su acento
infernal, extiende su reforma sobre las mentes ocupadas en un baile de cifras.

Cuántos lectores dementes hojean libritos intrincados con los ojos en blanco como páginas en blanco
o como páginas sucias de comentarios hechos con mala idea por la feroz inteligencia profana. Jesucristo
ha bajado para decir que la poesía es bíblica (luego se ha ido a casa porque se ha echado a llover). El poema ha reculado
despintándose del paisaje, se ha puesto en orden y en su lomo han crecido robles
y tejados con chimeneas lívidas para cazar estrellas a lazo (pájaros con liga).

Sucede que la poesía es tan poco probable; le falta rabia de consumo: eso es. Carece de un capitán américa
doliente que la lance por los aires. Necesita con urgencia un lance perverso y apodíctico. Una pareja tímida que ocurra
donde nadie se ha perdido jamás. Un mar al fondo del pasillo: gajes del oficio. Un muerto
que se ponga su levita y vaya a trabajar.




Seguidores