viernes, 3 de junio de 2016

un terreno en los ángeles


Ahora son reales las cosas que no fueron. Ven a ver la actuación del grillo
y rompe a llorar –dice Jordan. El aforo completo, el afro de esa chica que hace crujir las bombillas (¡si no hay!).
Oscuro está el reloj sin manecillas ni tiempo que perder; un reloj oscuro es una maniobra
del silencio. El tiempo que se pierde
vuelve como extrañeza, premonición del antes o un racimo de uvas pasas. En la tarima,
ruge el asombro, rige una sensación de poder. El cantante piensa en su momento, compone un grito de amor.

Jordan canta mejor cuando está sola, escribe
mejor cuando no hay nadie en un libro a la redonda. Llora mejor en compañía del fuego, entre barrotes, loca de pena,
el último cigarrillo en los labios, el último día en la boca. Se ha merendado
la noticia del siglo; ha robado en los grandes almacenes un sujetador magnético y una parcela en LA. Las luces
observan mientras, vigilan el combate como árbitros modestos, inauguran el marcador del pesimismo.

Tanta música para acabar cogidos de la mano reinventando el género: sin duda. Las bases
prometen un afrodisíaco tratamiento real, el relax prometido. Dictaminan
sucias ideas sobre la familia y sobre cualquier otro espectáculo al margen, bailan apretados con la abuela,
silban al paso del cortejo fúnebre.

Maravillosa ella, guarda un talento contenido para salir del paso, posee una montaña de soluciones
físicas, vadea, franquea, brinca por el aire con más zancadas que Aquiles, más estilo que los cisnes de Apolo.
Este es el secreto de la reencarnación, un verbo nuevo extraordinario que fecunda los nombres,
se rearma en la naturaleza de su fórmula. Tenía que ser ella, con su nombre de aguja
–doble raíz–, su mirada furiosa, enfurecida con la noche, celosa de la luna que pronuncia la llama de su cuerpo:

solo en la primera imagen, la más difícil de los sueños.

El arte con arte se combate, ahí se luce, dulce amazona presente, empuñando el verso con los labios en flor,
decidida a beber de un idioma completo. El poema fondea en su cadera, dobla
el hueco de sus ojos, sortea su cintura con un desmayo. Crónica de una forma casual, un seminario de pétalos
reacios al susurro de la aurora, la plenitud del alba que se agota en su eco.

Arde su formidable imperio, arde tanto como una procesión de enamorados. Esta pequeña
lágrima ha permitido el retorno de la primavera, ha dado alas a un ejército de soles, lugar a una parte
del recuerdo que no termina al otro lado del espejo, sino en el propia mente de la soledad.




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