viernes, 10 de noviembre de 2017

una ráfaga de rostros olvidados


Patear(se) la ciudad. Donde hay ciudad. Jordan pasea –walseriana. Aquí nadie
se preocupa, nadie atiende el mostrador de la funeraria, nadie cruza la calle emancipada,
nadie es nadie. La calle se extiende como si de una avenida se tratase,
horizontal y profunda, hasta la playa. Otro campo de minas bajo la arena urgente, otra clase de hierba.

La simetría es importante/enervante, traza circunvalaciones
alrededor de una idea, la reforma, la transita para compartir su entusiasmo
como algo físico. La preocupación trae consigo un espectáculo neuronal, un ciempiés de conexiones equivocadas
autorizándose a cometer infidelidades (atroces). Cuando el cementerio se aparece al doblar una esquina
y las lápidas murmuran sus comentarios (soeces) o afloran la verdad. Qué ternura
de piernas abatidas, huesos transigentes, mordeduras felices.

Mordiscos de la noche, en plena noche, arbitrarios; personas como moluscos, gente con libros bajo el brazo,
con cara de estudiantes de derecho. Nadie tiene pinta de estudiante, nadie
enciende la luz de su habitación, los pasillos son enteramente súbitos lugares en sombra, convincentes pasadizos.

Jordan fuma. Donde hay ciudad. Donde haya ciudad, depende de en qué mundo; en éste, las casas se pudren,
caen desde lo alto de su tamaño, y el estruendo. El humo es también
espectacular, sobre todo enfrente del espejo: convoca a los fantasmas. En el parque, la violencia es ciudad,
está contaminada, significa un estado agresivo de la materia; y los chicos
se mueven con estiletes y gubias, venden su alma gramo a gramo.

En serio: la realidad es maravillosa. Sin preocupaciones. Antes entrabas al bar y dejabas el día tras la puerta,
colgado de una percha como un gabán desvaído,
tan sobrio, y la oscuridad se afianzaba en tu corona como una situación adulterada, una ráfaga de rostros olvidados.

Hay quien alimenta sus manías, cuida de sus obsesiones. Hay una persona
para cada palmo de terreno, por cada bala perdida hay un cuerpo que se tambalea. Jordan baja la mirada
e imagina que la gente se ofusca y pasa alterada todo el tiempo, que constituye un cisma de prejuicios
en torno del amor y las buenas palabras. Aquí, nadie se juega el alma por un beso,
pero a cualquiera pueden romperle el corazón bajo una estrella sin nombre.



martes, 7 de noviembre de 2017

respiración asistida


Pues la vida es una grave consecuencia,
permanecen los árboles, no las mariposas,
no las rosas que rebullen y se agitan. Jordan se ha comprado una almohada en la Exposición de Primavera:
es una forma de ser.

Daban tanto miedo las multitudes, daban pavor. Ahora ya no hay peligro, solo hay un gran
peligro, un temor que prevalece, que no pasa de largo. Informadores que haraganean con sus novelas
falsas en las manos; páginas en blanco, escritas en tinta invisible para otros
ojos más interesantes. Páginas impresas con banderas y escudos
deportivos; y bengalas que nadie quisiera echar al cielo. El Partido se ha constituido sin primero de mayo que celebrar,
sin manifestaciones ni meriendas, ni juventudes acaloradas,
sin himnos.

Jordan se acuerda: estamos en el parque. El parque cuenta con su propia respiración asistida, sus propios animales
de compañía, su escala de prioridades. Aunque el cielo sea un problema
para el Amor. El Amor es un objeto que le das un puntapié como si fuera una piedra redonda, un fantasma
redomado, es un equilibrista haciendo el pino sobre la valla del jardín.

Se puede cantar; hoy está permitido, incluso con micrófono y a pleno pulmón. Una canción
protesta, una letra propuesta y sometida a votación popular. Es el pueblo el que se inclina, se reclina y aprende
a consumir las noches como somníferos, a debatirse fuera de la ley.

Será que la vida pasa de largo del Amor (una introducción). El crack obra su prólogo
indomable, crea su jerarquía. Una falange de formalistas asegurados avanza calcinando la hierba, violentando
tréboles. Pero nadie espera en casa, nadie apaga la luz del comedor. Una multitud de insectos
traslada polen y metáforas de una planta a otra; el público
no es que ame o tenga corazón, no es que tenga un hogar al que volver con la cabeza gacha.

Jordan ha vuelto a sonreír después de un siglo. Su palabra se mueve entre
dos ecos de espuma, entre dos rivalidades. Es tanto Amor lo que surge de su huella, lo que brota de pronto de su espalda,
tanto lo que sus pies de bailarina recuerdan confinados en campos de silencio
(pues no se habla de aquello que no ha sucedido jamás). 



viernes, 3 de noviembre de 2017

hipótesis y acción


Está fría la tierra; bajo tierra estará más fría aún. Hasta el hielo se merece un abrazo
(para entrar en calor). Un coro electrizante: Siedah Garret en directo; algo que acompañe, que retenga,
algo que gire en redondo y vuelva la vista atrás hasta aquellos cuatro asientos del autobús. Y más
allá, donde los ángeles custodian una humilde casa de madera.

Es un milagro echar a andar, ponerse en marcha por estos caminos reventados de historia, este polvo
común y este suelo agrietado. Oh, asistid a la noche de los tiempos,
el autorretrato de la eternidad.

Hay una valentía que surge de las manos de los héroes y se propaga por el manso terreno de las carreteras vigiladas; hay
sirenas en cualquier momento de la noche o del día que son como martillos, barcos
como trenes de invierno, travesías por las que pagar. La vida no es bastante, no basta una vida,
con sus accidentes y sus anchos veranos, sus flores en el ojal y su familia (ufana o militante), pobre y triste
familia descamisada y rota. Entonces es necesario
creer en el infierno y sus calderas personales, contemplar universos paralelos.

Entonces… ¡Mirad! Desciende una revelación, el anuncio de una nueva realidad plenamente dispuesta, atravesada
por la flecha del destierro, el vía crucis del amor. Es una joven más alta que la estatua de la libertad, más negra que las nubes,
su piel es un recordatorio, su piel es de una belleza
reincidente. Su piel es un arma de construcción nativa, un capítulo del verbo ser, una palabra
que pesa sobre la conciencia como la carta de una madre o el mensaje de un profeta cautivo.

Ante el liviano altar de sus ideaciones, retablo durmiente de figuras y libros. La extraordinaria candidez
de un sueño que se desvanece. Tanta cultura ahijada en su cabello, en sus manos
bordadas de promesas. Y luz.

Hoy vamos a poner una rodilla en tierra. Como si fuera un espejismo o tuviera
lugar una renuncia. La fantasía dura lo que dura un beso. Sabemos en qué creen las flores, tenemos
fe en el fuego que derrota al incendio. Hoy vamos a mirar a los ojos de los muertos como si fueran todo lo que existe
y un gran espejo nos devolviera, en su nombre, la imagen de la paz y la justicia.


miércoles, 1 de noviembre de 2017

una lectura oportunista de la actualidad


El verso se declara
con el corazón hurgando en la cesura, su belleza indiscreta carece de elegancia; su tos, el pus que encharca
sus pulmones expresa un retardado silogismo. Antes de nada, Nova lee un libro:

descubierto en la biblioteca de Alejandría
hallado en las naves ahuecadas de maquinaria y ruido
sacado de una botella como un mensaje intacto.

En la actualidad –tan poco luminosa– las bibliotecas han dado paso al arte, los palimpsestos
conducen al precipicio moral de cada uno. El verso se declara
partidario: es un oportunista.

En las estanterías, el poeta busca
infructuosamente. Una parte de sí. La reseña radiactiva, aquel exótico paradigma, o el juego de palabras;
ácido consigo, admite el ninguneo de la crítica, la censura previa de los ombliguistas.
Suya es la potencia del cero (su infinita paciencia).

Hay un corte que procede de los bafles supremos insertados en la fachada del edificio principal. Incluso
en medio de la estepa, el parque resucita para presentarse
ingrávido con un rictus arbitrario, en una postura controvertida. Nova tiene que comportarse
así como en un relato del profesor Filifor, debe asegurar su forro de niña
con imperdibles o corchetes (es algo de los muslos, al parecer).

             La filosofía no exhibe el muslo prieto de la historia ni administra otra riqueza que su férrea ignorancia.
Ahora dicen que el arte ha sustituido a la inocencia, ha sacrificado a la literatura
en el ruinoso altar de su latosa fantasía oral (sin nada que perder). Las chicas protagonizan el éxtasis
correspondiente, leen de lejos
con auténticos quevedos no-graduados.

Nova –vamos a ver. Se harta
de construir fotografías indirectas, de completar las frases del olvido. Palidece.
Ha regurgitado un procedimiento escrupuloso. Su escritura supone de nuevo un formidable careo con la esencia
última de las exposiciones estatales y sus dichosos muertos conocidos.



lunes, 30 de octubre de 2017

nova, que no es


En cualquier parte, en el desierto, bajo un desvarío de palmeras y cactus, no bajo los palmerales de Venice,
sino a la sombra exigente de una cadena montañosa (que es como decir a la sombra de la nieve). Cae una nevada
corpulenta, como de roca fina, como de (a) sangre fría. Nova allí se siente tan pequeña: pues ha contemplado
el descenso de un ángel con el rostro de Aaliyah Dana Haughton (y era ella que volvía de su incierto paraíso).

Nace el amor, elegido sin nombre en esa incubadora de emociones. Se detiene el airado descalabro de la guerra,
el aire se ha parado en el aire, retrocede con fuerza, se retiene en otros cuerpos, busca la salida más digna. El aire
chapurrea el francés de los juglares, acaricia o golpea. El sentimiento es una flor que implora justicia
a la poesía.

Lejos de casa, el poeta enciende una grabadora de almas y registra el asedio formal, resiste el cerco
de las palabras que vuelan en círculos alrededor del silencio. La perfección de su caída ha sido cuestionada, el claro
sueño de su infancia triste ha conocido un despertar semejante a una tormenta que se arrastrara por el cielo
cuando el sol arraiga y descubre su fondo nuclear y terrible. No hay arte en el sudor, ni belleza en el próximo trabajo.

Termina de erigirse el escenario para la consternación. Ahí están esos hombres que aman la desgracia y se mueren de pena,
hombres con dos ojos que no ven, dos manos que lloran. Tiene un sentido cómico que no permite la risa, es simple
como la nada y su esfera hueca de reflejos, llana como la formación de la materia. El poema ostenta esa cualidad del mérito,
es divertido hasta la náusea; conviene releerlo a la luz de un candil,
extraer de su vientre promiscuo el cabo de una soga, la cabeza del reptil, el secreto baldío enterrado a dos metros
del recuerdo.

Nova, que no es nadie. Y está empezando a ser; que todavía no ha bajado a la calle a entrevistarse con la noche,
ni ha testificado en los tribunales del fuego. Que no ha inspirado el humo con fiereza. Podría decir que el amor la persigue
debatiéndose en medio de la página. Que el plomo desafía la tensión aérea tras el acento rubio de sus piernas,
que no (se) puede respirar.

Entresacando un pensamiento puro, algo molesto, diseñado por jerarcas provincianos, catedráticos ausentes,
paladines de la mecánica y sus extremidades, ¡héroes combinados! El verso tiene que contener, circundar, abarcar,
como un abrazo, toda la inocencia posible; es un collage de melodía y lluvia, un jardín donde no armarse de valor. No ama,
pero atrapa, surge del violento transcurso de la necesidad; ¡ah!, se emboza en un cruce de caminos y dirige
su espada al corazón de una rosa invisible.



viernes, 27 de octubre de 2017

kandahar


Al abrir los ojos, el parque se aproxima a Kandahar. Hay montañas y polvo,
valles acorralados; las balas silban su particularidad. Es una ubicación tan peligrosa que los cadillac de siempre
no llegan cargados de provisiones y vestidos de seda; los árboles son un festín para los cuervos, su esmerado vuelo
que se incrusta en el aire como una relación matemática. Los versos
quedan rebozados en la polvareda, constelaciones de polvo colonizan las gargantas,
se bifurcan entre dos calamidades.

La norteamericana se llama (esta vez se llama así)
Nova. Y es de familia real. No porque sea de familia real, sus trenzas apabullan un instante,
durante una fracción de estiramiento neuronal-admirativo desacatan la estudiada vigencia de la realidad. Sinopsis
porteadoras de rimas estallan en bloques funcionales. Little Simz sugiere
un pequeño lujo que es preciso concederse, el homenaje del yonqui, la beatificación balística acordada.

Una basílica almenada de torres concordantes que pueden distinguirse rayando el horizonte,
justo delante del techo monacal de la cordillera;
¡ah, penachos nevados, arcángeles horticultores revertidos a su nueva industria del armamento y la serenidad!

Con fusiles antiguos pero bien engrasados, la milicia saluda a Nova y su fantasmal séquito de fumadores
de opio, la comitiva triunfal que escolta su pálida fortuna. ¡Es tan simpática! como un poema en la memoria,
quizás como un poema alijado en los baúles de la herencia o la rendición. Su nombre
es como un manto de palabras; tendréis que observarla a través de la mirilla telescópica del rifle, mediante un telescopio
de rayos infrarrojos, a través de una lente gravitacional estropeada por fanáticos newtonianos,
no en persona.

Tras la mirada del parque, late una fascinación por la constancia, un adorable reflejo
oscila entre la euforia y el tupido desierto literario. Una bestia contada por las mejores plumas del reino, cortada
por el crudo patrón de la blasfemia y el hallazgo. El humo que bendice el contrato
nupcial. Y las parejas que se juran Amor contra una eternidad de honorable apatía.

Así que Nova… viene a ser. Es la sustituta apacible; su frenético tesón,
la débil salud de su aniñada frente. ¡Qué lisa mordedura reconoce su piel!, cuánta pausada lluvia entre sus cejas,
sus manos, qué palomas en forma de paloma, qué labios de sus labios (de sus labios). Para retornar al arte, del arte hacia
otra sombra más… espaciosa, más plena, hace falta un motor de mil caballos
o un grito. Un ritmo que haga saltar las lágrimas a tiempo. O un beso en la exacta frecuencia de la noche.




martes, 24 de octubre de 2017

la fiebre del oro


Modestia aparte, la vida es un regalo de los dioses. Dios toca el acordeón
en su diván, se registra, se toma la tensión, se diagnostica un becerro de oro. Jordan finge no escuchar el drama
acústico que sacude con furia de tormenta su frágil asidero espiritual. No son altavoces
plateados lo que decora la casa enorme desde cuyo balcón fue declarada la tristeza. El sonido de un alboroto escolar;
sobre la historia, el foco de una mirada antigua. Dios ha depositado un doblón en el aire y, ahora,
llueve un fino compás de melancolía.

Resiliencia. El árbol estoico procrea un manojo de cuervos autodidactas, y un poeta (ni una flor). El verso
acomoda su estela al entorno (o el adorno) minucioso de la descripción natural. La naturaleza conjetura retablos
imperfectos, uno tras otro, sin tiempo para dar explicaciones: de la intendencia, se encarga el corazón.

Voces y relinchos de un arte empobrecido, enardecido; el arte a la tercera, después de tres gárgaras de absenta,
un nubarrón de sensaciones que plasmar con un mechero en la mano izquierda y un cigarro entre los labios. La sobriedad
de la pantalla, el parpadeo de la hoja de word, los miserables que atentan contra la inspiración con sus cuchillas
rituales; otros colores para la felicidad, cien tonos de púrpura y un solo cielo acusador.

Jordan vive una muestra pasmosa de aptitud literaria; al fin y al cabo, todo se reduce.
Los días se acortan como distancias cósmicas. El ansible despega en la conciencia de la ingeniería. Poesía, lo que se dice,
no hay, se carece de una estructura fiable, una Academia que promueva la creación, únicamente el genio
tiene las manos ocupadas. Cada nube es un plano panorámico, merece un par de barras aplicadas, dos
líneas consecutivas o una construcción indescriptible.

Y los ángeles… tan solos. El ángel que se le apareció a Angel Haze (y sin abrir la boca); el que se manifestó ante la chica
milagro –en horas de trabajo– como un ovni providente o un fantasma esforzado. A Azealia le gusta el pelo largo
de los ángeles, esa manera rubia de ser negros como el carbón.
Y tan hermosos. Su fragilidad, sus lágrimas sin rastro, la huella de una sombra atronadora
donde solo debería acreditarse el silencio metódico de dios.


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