viernes, 7 de abril de 2017

dicho así


Un punto desagradable. Des-arpado, atronador. Benevolente incluso. Dicho así,
echado a perder. En la celda atroz del monasterio, ardiendo el hielo cobijado en las manos,
en la calle fatídica de Roma rodeada de arte efímero y eterno. La poesía no es una dama en apuros
recalcando su espanto, no es una dama en apuros apuntándose a la sien con una glock de ultramarinos,
no suelta su discurso etílico para luego desplomarse
como una temperatura cualquiera. Ni tiene en la punta de la lengua un verso de Anne Sexton
adecuado al instante cero de la grandilocuencia. Jordan, una superheroína
significativa no alberga esa enfermedad social en su corazón
de espuma blanca, no tiene un corazón a prueba de distribuciones acentuales, ni su memoria es un artefacto sintáctico,
no expresa sentimientos convincentes ni es un espejo ético;
¡ah!, pero su estética es tan óptima como un fotograma de Scarlett en Ghost in the Shell,
tan próxima como el baile europeo de las chicas de LA.

Por supuesto, en el parque no hay personas mayores; de eso se encarga el ángel
que, trastornado, enfatiza sus acciones milagreras, escupe y un anciano renace de sus cenizas, aparece con una tabla de surf.
La juventud es un motor arcaico; el futuro ya está aquí, los cyborgs te miran de reojo con un solo ojo,
parpadean su final de infarto, auscultan la realidad y te la hurtan con un castañazo cibernético. El ángel sabe
que la poesía presenta ese arbitrio, su hábito, esa arista monticular, ese punto
desagradable y desagradecido que no proporciona rédito alguno, que no vende ni enamora, ni atrae de ningún modo,
más ahuyenta e infunde pavor con sus verdades a renglón seguido
y sus bellos elfos legendarios, su make-up desopilante, su depilación láser del mentón y las axilas, ese encanto
axilar, maxilar, dubitativo y de extranjis.

En Jordan brota una perorata artística, artúrica y reseñable; y eso nada más levantarse. The Chronic funciona a borbotones,
humaredas lejanas como señales extraterrestres, litros de luz desde otro plano del universo,
lanzados a dormir hace mil millones de años o un par de temporadas sofocantes. El poema no es que trame algo; las moscas
no revolotean alrededor suyo embelesadas, no vale tampoco para lograr una combinación ganadora en la lotería,
en ese sentido es balsámico apenas, una organización original o envuelta en celofán,
siquiera distracción, lo mínimo exigible a una mala compañía. Es algo de personas
que no tienen por qué morirse hoy, que no es que anden matándose por una línea de diálogo excitante, que no es que
anden llamando a Keats por teléfono para contarle su delirio; gente que ha leído, con desigual
aprovechamiento, ‘Un día perfecto para el pez plátano’: a su manera sórdida
y eficaz, en un vagón de correos, un andén, en un extraño bar
la mañana de ayer, para ligar con una chica que no existe tampoco en BCN, no.

Ella repentiza su primer sueño perfecto, cuando el ángel le habló: Jordan, ven a aburrirte conmigo.

(Esto es: vamos a ser absurdos de una vez, compraremos el cómic que nos hemos encontrado en la basura,
veremos la película de Scarlett en una pantalla gigante al aire libre y las rosas obtendrán 
su primacía -y su embalsamamiento-,
cadáveres al gusto de la naturaleza. Pasaremos el tiempo
con un cigarrillo entre los labios y un poema pulsando las arrugas del fuego en nuestras frentes.)




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