domingo, 23 de abril de 2017

de cualquier manera


el amor viste de cualquier manera:
lleva un pañuelo gris al cuello triste,
una paloma en el bolsillo, ¿viste
cómo viste el amor como cualquiera?

Acabáramos. Hay un ángel para cada uno de nosotros (existe), uno para cada alma,
pero que es el mismo
y no es Angel Haze. Esto es un descubrimiento, es un desdoblamiento;
tantas veces como fuere necesario, infinitas veces se desdobla, se masifica, es una distribución de alas
mágicas, una intendencia bien tratada desde la fantasía. El ángel único muestra
miles de rostros agraciados, multitud de rictus inconscientes, consta de:

la sonrisa del arte,
el epicentro de la escena (sin palabras),
otras interacciones.

Sus milagros son, por orden de influencia: (esto es secreto). Pues el milagro se obtiene en silencio, un silencio privado,
orgánico, es una sensación de madurez, alguna pretensión. En el ejemplo, una carreta estancada en el barro echa a andar,
echan a andar las bestias imbuidas de una fuerza sobrenatural, el soplo gigante,
el ¡eureka! y sus matices; el siguiente cuenta la curación imprevista de un enfermo desahuciado, la sangre
gime y se convierte en un riachuelo de agua poderosa que fertiliza un mínimo de cien estrellas vírgenes.
Y nada lo supera. Sin embargo, el ángel permanece impertérrito, anda petrificado, no se mueve, no condena afrentas ni actos
execrables, ni pensamientos pérfidos como el de arrancar una rosa
sin motivo.

(Sucede que la artífice de semejantes proezas) es una muchacha descalza que lleva un vestido blanco
y viste como el amor, porque
el amor viste de cualquier manera. A qué engañarnos.

El amor queda atrapado en la escala, dentro del viaje, quizás en la estación más cercana a su agónico destino,
acaso en un principio que delira a su encuentro, una invitación a la melancolía. El milagro del amor
se desintegra al contacto con la lluvia, sufre una metamorfosis, se protege bajo un reloj de pared,
al abrigo del tiempo sugiere un retorno a la origen de las emociones.

Oh, este ángel enamorado
de su enigma, tan humano y desprendido. En el parque las muchachas fuman y pulen sus espejos de noche,
bailan en el sitio como seres de otro mundo,
pronuncian gritos con la boca cerrada,
escriben versos con una mano a la espalda, redoblan el ritmo notorio de las letras
entregadas al sacrificio inútil de su alcance, van en serio y arman jaleo inflando los carrillos.

Jordan –en último término– no lleva un vestido blanco como la nieve (va con Gris);
no mira hacia la altura que reverdece por momentos, tan sagrada como un manto intraducible donde brillaran las joyas, rubíes
y manchas de sudor; su voz se eleva por el aire y pregunta por cada jilguero renacido.
Su voz que trina y pregunta también por cada uno de nosotros.



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