domingo, 19 de noviembre de 2017

sin sorna


Our Love está sonando a un volumen atípico,
arquetípico. Es la antífona personificada, el rezo elemental, la corazonada en blue. Internacionalizar
la pasión, alzar columnas dónde. Observar todos los espejos posibles, los que están en el mundo (esos también),
los que reflejan el arte como no puede ser.

Otra Princesa: Anya Taylor-Joy. Con frecuencia ilimitada en esta senda del parque, los ojos
puestos en una fase de la Luna que se mueve a grandes rasgos. Y fuera que el Amor resplandeciese
allí, disuelto entre caracteres y monsergas, y gente que le buscaba alguna utilidad. El arte
al rescate de la vida. Anya que sueña su futuro
como una marioneta, fumadora pasiva, tan creyente. Dios es básico
y creer es necesario, una necesidad de las vitales, es preciso angelizarse (evangelizarse) a pasos contados, difuminar
arcángeles activos entre tanta luz solar, tantas prefiguraciones.

El parque no está en el campo, pero aparece en un campo de sentido
amplio en su extensión atómica, en su significado que abarca la totalidad de la historia, más de un siglo
de daño y convicción, un siglo de trenes ocupados (sin sorna), transiberianos y otras tormentas de la mente. El niño
que le dice a su madrastra: ven, vamos a ver la realidad.

Has de morir; lo predican los artistas en sus caducas performances
(las más ligeras); hay que admirar su energía, echarse a un lado, coronarlos de laurel y misterio. Vivificarse como
vampiros extenuados a través de la sangre que mana de la obra, conmoverse
con el rechazo de la actriz principal o de la chica guapa del bar, o de la chica que resulta
ser la chica más guapa de la barra del bar.

Aire –viene a decir el aire. El mundo se define exactamente mediante su vivacidad reflexiva.
Así, los sabios budistas afirman que la muerte es un acto reflejo. Pero los cristianos contraatacan con salmos
impenitentes (y poca paciencia). El poeta ha visto a Anya y se ha multiplicado
en su interior, se ha divulgado a grandes voces: los recursos inapropiados habituales.

Por el cielo, va y viene un cadillac no tripulado. Hasta los disparos son de atrezzo en homenaje a la chica del cine.
En la meca del cine se reza a una cámara vacía (sin ninguna orientación especial). Los borrachos
la confunden con un milagro en la tierra, la chica capaz de obrar el prodigio que llevamos esperando una eternidad
sin estaciones, pero ahora es el mismo
ferragosto, y reina en la memoria un solo frío inmaculado.


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