domingo, 13 de mayo de 2018

3


Ella es hermosa solo para el río,
en él su rostro se refleja y muere;
la voz del agua canta: ¡el mundo es mío!,
la tierra entona un hondo miserere.

Lenguas de fuego en el silencio frío;
el agua alza la voz hasta que adquiere
un aura de metálico rocío,
sangre que a toda costa se transfiere.

Espejos son de material tan raro,
de material sombrío y tan ajeno,
que todo lo que ocultan está claro
como el vacío cuando estaba lleno.

Sus ojos sobre el río –cielo aparte–
son obra de la muerte, no del arte.



Cada poema, el último poema,
las últimas palabras del ahorcado,
cada verso, el primero, el que más quema,
el que traman las Musas con el Hado.

Igual que cada loco con su tema
y cada verso con su pie quebrado,
cada silencio carga con su lema
y cada voz con su mirar callado.

El poema final entra en declive,
es la investigación de un detective
cegado por la sombra del olvido.

El tiempo con su cámara retrata
–mientras vuela y se estrella, vive y mata–,
cada segundo, el mundo que ha perdido.



Una brújula enferma de pureza,
que no señala el Norte, sino el Arte
y no deja en verdad de señalarte,
santo y seña del mundo y su belleza.

Que especifica tu naturaleza:
parte cuerpo sensible y alma en parte
(donde tu voz de norte a sur se parte,
corazón que perdiese la cabeza).

La peonza del tiempo se detiene,
el Sol pronuncia el nombre de tu mano
y el ángel del amor riza su vuelo.

Sangras de viva voz; tu sangre viene
como un río de luz, un cuerpo sano,
un alma repartida por el cielo.


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