domingo, 17 de julio de 2016

vacaciones sin dios


Era un mundo convulso: ¡ya no hay mundo! Una sábana oculta el escenario, se come la hierba;
pero la hierba continúa en pie desde que la pisara el profeta.
Montañas de palabras, tres o cuatro verdades en penumbra, en almoneda, llenas de postillas,
apostilladas. El agua hierve ahora por encima de todas las cabezas, evita
la explosión, la explicación debida, por qué ha caído del cielo una certeza, qué revela y qué esconde en su entraña
meteórica, metafórica, dónde queda el pequeño estilo
de ser libre, el estilo en línea recta de los arquitectos probables. Ahora que la sangre
ha llegado al agua transparente y ha cegado los pozos con su atuendo, que la piel
importa tanto como una semana de vacaciones en París.

Este deseo se las apaña. Encuentra la salida, tiene el vicio
extraordinario de salir de noche y ocupar cavernas como lugares de paso, túneles
diminutos iluminados con antorchas o miradas ardientes.

Es importante pasear por el centro del parque sin un arma,
sin alma que ofrecer al caminante, retador y logrado. Jordan se atarea, lleva a su perro de guardia y le deja beber
de la tercera fuente. Ambos se relamen, disfrutan de una terminación neuronal a ras de tierra;
así olvidan el futuro que acecha en la copa de los árboles, lanza
saetas curvas con extraña destreza. Se trata de pintar un cuadro extravagante
que no valga la pena (por el momento) y colgarlo de la valla, compitiendo: ¡déjalo que compita con el cielo!
Alguien lo ha hecho, desde luego; era una pieza redonda, lista para el mercado,
representaba el mundo que no existe en todo su esplendor,
las mañanas audaces repletas de comercio, los columpios y las ejecuciones.

Comenzó como farsa, dando coba, el inicio perfecto. Y se fue expandiendo, propagándose por el extrarradio,
el subterráneo globalizado y su panel de control. Unos se quitaron la corbata y la colgaron en el armario, después,
se colgaron de una rama baja. Otros brindaron y brindaron cerca del cementerio,
cerca del aeropuerto, en algún sitio cercano a la debacle. Hubo
atropellos masivos hasta que los vehículos decidieron un plante descarado sin móvil aparente.

Jordan fue creciendo y conoció. A Maya antes de nacer. A otros. Aprendió a defenderse del Arte y sus motivaciones,
narró el espacio como carne de horca y fue su melodía un medio curativo. Rezongando,
filtró su bálsamo entre las hebras de la primavera; hilvanó un segundo
milagro, en un segundo, y llegó a ver a dios mirando por el ojo de la cerradura. Se había roto
la Luna en siete pedazos minerales sin que la religión ofreciera respuesta. El poeta intentó un recurso al Amor de siempre,
su ensayo preferido alrededor del fracaso. Entonces,
ella esbozó una sonrisa desde lo hondo de su corazón –una mueca endiablada–
y la gente dejó de comer por un instante, los verdugos hicieron una pausa, los gatos rechistaron.
Cuando el tiempo cambió de dirección y empezaron a obrarse los recuerdos.




viernes, 15 de julio de 2016

durante el sueño


Surge la imagen del baile, su estrella tiembla en la retina, sangra también. Sucede en un retiro del parque; las chicas
preparan su espectáculo y los tambores claman por la eternidad, suenan
a través del océano, ventilan el ambiente de melancolía. Jordan retiene el cuadro:
impactante. Sus ojos ligan la realidad con otro pensamiento
irreal, que asciende como un regreso al cielo; dicen que es el karma,
dicen que es el alma, una paloma sobre el hombro izquierdo de Keny Arkana,
un grafiti en el libro de la paz.

Hasta el anochecer, las pupilas encontradas, asteriscos en su carta de amor;
¡ah!, tan flexibles, sus piernas mágicas y oscuras, para recorrer sendas de libertad, caminos
sin retorno hacia la ciudad del arte, hacia el patio que bosteza
denso de mariposas, el suelo que se arranca a deshojar la margarita del frío. Descalzas sobre la tierra,
retumban sus pasos rítmicos, corales,
prodigan su razón estética. Una pausa y la lluvia se adormece,
solo cae en el cuenco de las manos.

Durante el sueño, Jordan habla en francés; para ella –que duerme– florecen las avenidas de Nueva Orleans.
Debe ser el idioma del aire,
ha de ser la lengua de los pájaros.

El poeta trata de capturar el momento, el detalle invisible (y agónico),
el movimiento exigente, arrollador de los cuerpos; en la danza se completan los círculos del poder. Esos ojos han bebido
tantos sorbos de luz, tantas auroras han paseado por ellos su voltaje,
mediodías transidos de calor, atardeceres neutros, recipientes de toda la violencia solar.
Es el instante cómico y divino en que se atrapa un fragmento
puro de la vida (¡guárdalo en el bolsillo!).

Jordan lleva de la mano a la niña que fue. Ha leído
el poema escrito en la tapia del jardín, grabado en una lápida sin nombre, dibujado en la arena como un pez. Ahora sabe 
cómo de bello era el baile en la mirada triste del Amor.




miércoles, 13 de julio de 2016

detrás del corazón


Detrás del algodón hay un espacio en blanco.
Jordan consulta una gramática antigua; cerca de su hogar se levanta un tronco
patibulario, con forma. Años ha, la soga fue elemento fundacional y patriótico, su longitud variable recorría
el territorio haciendo muecas espantosas. Leyes
hubo que trataron de controlar el desafío de la naturaleza equívoca del mal.

El alcohol dispara los nervios, los sentidos se embotan como sondas, galileos perdidos en mares de sufrimiento,
otros mundos similares a éste, otros cuerpos arqueados, frutos extraños que no es preciso recoger.

Su matemática de cuerpo entero dice que el trabajo debe continuar, hasta el otoño
quizás, hasta la vida nueva o la tumba remota del poeta
feliz. El poeta murió sin entenderse, su cementerio es un punto en el mapa de todos, un punto rojo como una flor
colgada en mitad de la calle.

Duelen más los espejos que la sangre;
la sangre es un poema que resbala solo hacia la soledad. Existe un precio
exacto para esa violación, pero es mejor dejar que pase el tiempo –llámalo instante–. Y acabarse la cena
aunque no haya apetito; irse al cine a ver un amanecer
sin estandartes. La felicidad tiende a zozobrar como si fuera la extrañeza misma.

Detrás del algodón hay una fórmula para ganarse la vida.
La gente viene de muy lejos con intención de ver los árboles y no las olas. Es posible vivir del sudor y la rabia,
cosechar estaciones hambrientas. No importa que suba la fiebre
porque la música sale al paso de cualquier imprevisto.

Maya dice que detrás del algodón está el acero, los relámpagos,
que siempre se desata una tormenta
cuando la gente llega de muy lejos y trata de vivir sin ataduras. Pero todo es un sueño: no hay un espacio en blanco,
es una tumba.



Matt Black

domingo, 10 de julio de 2016

obra inacabada para el último gorrión


Se repite el milagro, se repite el poema, se repiten. A veces, la calle en el sueño es más larga,
intrincada, esconde fases de luna, nichos de impiedad. A veces, los árboles no dejan
ver el campo que se extiende furioso y sin contorno, magnético y oscuro como un polo o una mirada
baja, hondo como una dimensión testimonial. La soledad existe para
ella, que sobreactúa en presencia del último gorrión, planea su entusiasmo mientras trenza su cabello
a partir de un pecado ejemplar. La calle se traduce a un castellano
ausente, doblado por artífices sin tiempo que perder. Jordan averigua el censo del poema y lo interioriza en sus crónicas;
habla con un torrente de voz exagerada, no se hunde jamás.

El proceso relativo a su Amor es un rompecabezas, un trabalenguas;
acaba a la puerta de la prisión federal, el edificio más sólido de la ciudad en llamas. Un ángel
sigiloso –que habita el aire encogido entre dos saltos– ha descargado
su certeza sobre el color subliminal del parque y las misiones han abierto sus brazos al concilio de un sol
menos azul. El milagro entonces se ha reasignado
hacia la misma industria emergente que aflora el infinito con relativa
paciencia: Jordan se hace cargo, como es de suponer. Sus piernas
dicen que la vida es larga, su pelo escucha, sus ojos hipnotizan fieras, forman en círculo,
se ablandan. La miseria tiene que caer con el estruendo
de una cadena, el hierro de una fuerza primordial.

Han creado una física absurda (los autores), una magia impotente.
Sus versos son el cableado que recorre la tierra como una espiral de huesos. Pero ella solo necesita su imperio y un ocaso
roto en mil cintas plateadas. Busca por el suelo su egoísmo
(que es el alma). Y sobre ese tropiezo edifica el error, la poesía del fango, el noble precio de la simetría. Ha pagado
con sangre por un acto de amor; su felicidad conspira contra el odio que fecunda las nubes.

Llueve con la mañana entre dos frentes que parecen iguales. El milagro significa la reiteración del deseo; este cartel
anuncia: atención, se reza. Y las chicas lo estudian con descaro, un poco de miedo. Su oración
viene de un simulacro de vientre, un ramillete de promesas inexactas, se desplaza en persona por el lienzo fugaz
de las lamentaciones, acerado atavismo que resiste el abrazo del fuego.

Antes del beso, Jordan se molesta. Ha robado una cámara de fotos y quiere su instantánea
del Amor, pero hay una paloma en el tejado, un lobo en el escaparate. La noche es tan espesa
que dan ganas de borrar lo escrito, de tontear con el impulso y conjurar el riesgo de atreverse a nacer con otro nombre
–ávido soplo– que se decante por la injusta belleza del vacío y vuelva a pronunciarse
dando fe del futuro que se aleja.



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jueves, 7 de julio de 2016

cosas que no se pueden ni decir


Su poema gigante, apergaminado, enrollado en lisos capiteles, bautizado con agua del desierto.

En otro lugar, en otro mundo, el poeta va a recibir un premio; ahora,
improvisa, agradece, confiesa que el poema no es suyo (aunque sí lo escribió);
y el crítico ya saborea el plagio, el público ovaciona la debilidad del momento, el desarreglo, se pregunta: ¿quién puede ser? 
Ella

ha escrito un alto poema de clase y lo ha olvidado en casa, con el broche, la diadema
y otras joyas de incalculable color; siempre sale a la calle con lo puesto,
la silueta del tiempo en el peinado, en la boca, un mensaje que no ha despegado todavía. El poema tiene un nombre
insultante, hasta desconocido, es para irritar, incontenible. Se adiestra en la semántica,
a fuer de adorno, canta la internacional y observa
como el poli bueno desarma al negro antes de dispararle por la espalda.

El milagro –Jordan– es sobrevivir de milagro (dice el poeta) y los críticos luchan
por un puesto en la línea de salida. En ese otro lugar, el polvo al polvo ha ganado la batalla
de la luz, por enésima vez. Otra vez ocurrió que la luz se bastaba ella sola,
dudaba entre algunos trémulos escenarios, su acción parpadeaba antes de hacer, se aseguraba, luego, de morir
en directo. La Luz. Viajaba a su velocidad (como acostumbra). Cambio y corto. Doraba un beso
casto en su seno universalmente puro,
pulcro o demacrado, se detenía en un vaso de plomo.

Pero lo ha escrito ella; y el poema es tan serio, ajeno a la belleza sistemática
de las fuentes perfectas, deudo de turbios manantiales, ríos contaminados a fondo, mares de alcohol. La belleza
dimana del Amor (según los muertos). Y el poeta no oculta su admiración sincera
hacia el pasado y su costra de literatura, sus padrastros literarios y todo el catecismo
posmoderno que absorbe las estanterías con cierto disimulo residual.

Pues Jordan ama la música, es un arpa de sí, dividida en resortes,
cuerdas que aprietan como garfios, labios que lanzan puntadas de auxilio, exhiben
banderas blancas cuando deben creer. Ella obra milagros, el poema más grande; hoy se merece el aplauso gigante,
pero vive muy lejos, donde no raya el alba y los árboles forman laberintos felices.
Y los ángeles traman el silencio de dios.






martes, 5 de julio de 2016

territorio


Amor, mano de rosas. Dentro de la monotonía se deduce el milagro:
contra el Amor. La línea recta es una fuerza motriz, es una vía rápida para transitar sin prisa con vistas
al romanticismo. Los besos flanquean el recorrido, andan por ahí tirados,
callejeros innatos, domesticándose como gnomos de jardín, como esas flores
negras que enseguida sonríen.

Este poeta confiaba en el tiempo igual que un árbol; habrá de llover mañana. El futuro
de la Naturaleza difiere algo del espacio corriente de las realizaciones, diseñado para el fanatismo y no para la dialéctica;
se da un clamor por el verso-anuncio que pasea por todas las aceras que se echan en falta
disfrazado de mal negocio, poco pulido. El Arte llama al Amor su territorio
y corta por lo sano; dibuja ombligos como minerales,
atenaza las sombras y las echa un sermón para que se desplomen
o despierten en un corro de luz carbonizada.

Nada mejor que desatarse bajo la claridad orfebre de los días de fiesta (y su rebaño);
integrarse en el montón y ser humilde porque es necesario y puro. Confirmar el hecho estrafalario, la pálida
sanación de los motores.

Jordan tira la primera piedra (se ha dado en el pie). Ahora quiere besar con el sudor resbalando por la cremallera del cuello,
ese calor de espuma y terciopelo que se dice
miseria (por no citar la sangre).

Antes había un parque como es natural, normal y en sus cabales, con su cercado y su tamaño
geométrico, su forma increíble de tanta curva y grato enfoque; a vista de pájaro cobraba sentido, se actualizaba
con estanque o sin él –pequeño Walden–, contaba la madera y cada tronco
era un satélite, cada tallo, un árbitro. Era posible adentrarse y no naufragar, ni perder la razón en diatribas, soliloquios
o mordaces conversaciones telefónicas. Un aire bizantino
fondeaba en las sendas y lograba un epílogo sin estridencia.

En la cabaña del recodo no está la niña que había, no está sentada a la puerta del baile; el poeta
ha grabado un corazón roto en la corteza del viento y solo Jordan puede verlo
mientras busca un tesoro deprimente y se muere de ganas de besar.




domingo, 3 de julio de 2016

este poeta ha escrito demasiado


Mirar y ver constelaciones, órbitas; ya no hay luz que lo impida. Todo en órbita,
relacionado como las palabras en el verso. El poeta ha estudiado la pobreza, ha sacado los muebles a la calle
para vivir mejor, Diógenes que se obrase a la deriva. Los versos le protegen como empalizadas,
son espejos en los que se refleja el rostro de la espera, el bello cetro de la música.

Este poeta ha escrito demasiado. Y le pesa. La solemnidad del mundo
contamina su obra. Ahora, subido a un árbol como un ave de presa, un cernícalo inocente. La Naturaleza
se sucede inocente mientras nadie observe lo contrario. Las manos
de la Naturaleza están manchadas de odio y no de sangre. Odia el lobo a la gacela
y la secuestra. Cuántos niños se crían en el conocimiento de la irrealidad y el orden, en un extremo del campo
por el que ladran los trenes del destino.

Hoy circula el tren de la verdad. Es tan bello. Una muchacha juega con su reflejo en los pasillos y entreabre
puertas y ventanas. Su rostro reverbera en un mal verso. Los panes se multiplican, el tiempo sacia su deseo de gloria;
cuando el paisaje exonera de felicidad al caminante, alivia la carga manuscrita de las flores:
hechas de un color fuera de serie.

Oh, Jordan ha cogido el tren temprano como una mariposa o un pájaro leve,
como cada día. El poeta –como cada noche– ha salido al balcón de su giralda a conocer el sueño. Vuelan
las promesas, cierta retórica actual que conmina al verbo a que se amolde y sustituya al ingenio;
así que ¡con qué ganas acierta la melancolía en el pecho triste de la soledad, en todo el centro! Y ya no existe
nada más allá del silencio apoyado en la sombra, un teatro
al ralentí, en exacta formación de amaneceres.

No estaba la niña de color real, suficiente color para ser Negra. Ser Hermosa. Los ojos han cedido al espejismo,
gruesas almas apiñadas en un espacio fúnebre. ¿Debe la enfermedad ser una bendición,
si es posible el espíritu que sana y se conduce como el aire, con tal íntimo, estricto desconcierto?
Es tan joven y las arrugas han construido un hábito en su frente, devota como un perro apaleado.

La poesía todo lo explica a bocinazos, a borbotones y cuadros. Una película
muda sirve de remedio universal, de bálsamo. Milagro. Maya no está porque ha llamado al ángel con sus manitas morenas
riendo entre las sábanas, porque reía bajo la lluvia
con su vestido hecho en casa, cosido con paciencia y un poco de amor (¡que no se note!).
Que no se note el amor: he ahí la clave de la resistencia. La mejor enseñanza que se obtiene del arte
y el único consejo que la historia procura sin remordimiento.




viernes, 1 de julio de 2016

ángeles de vacaciones


Desfila por la pasarela,
debajo, toda la longevidad del parque, su andamiaje de copas y de nidos,
tejados para una ciudad en el recuerdo.

             (Maya indaga: ¿no es un valle?)

No es un valle ni el agua serpentea delicada, su caudal anónimo. La avenida ocupa una dirección de patrimonio,
territorio virgen, nevadas cartujas. Extraña la pasividad del aire,
sestea el polvo junto a los negocios apagados, el neón sufriente, las cuevas
infectadas de licor: justo contrabando.

Se agrieta la infinitud del parque que dura un tiempo (y otro), resopla su eternidad de monasterio,
rezuma auténtica prudencia de espíritu. Qué hermosura
contemplan los jóvenes: en el cielo que esconde sus anillos, en las colmenas del estanque, su vigorosa luna
nueva, la forma petrificada del insomnio.

             (Maya aduce: ¡infinito más uno!)

Es un término infantil, el municipio del hambre, del hombre atareado, siempre
al día siguiente, en el párrafo siguiente, siempre en busca del río y sus resabios. El rap no ha terminado de hacerse
un nombre como religión, no cuenta con profetas abisales, sus oráculos llevan los ojos morados, son zahoríes sin rumbo,
nigromantes de horóscopo mensual.

La fábrica es un fraude, era el lugar. El dinero fluía extravagante, con dureza y sin número,
flotaba como un signo matemático, iba de mano en mano
hasta la náusea, literalmente.

             (Maya observa: adivina, adivinanza: ¿de qué color soy yo?)

El parque se ha roto hace un millón –al menos– de aquellos buenos ratos. Alguien ha pedido la vez,
la cola se estampa, arriesga, dobla una sucursal de esquinas aferradas a la postura correcta, reclutadas en el último mapa.
La comida no escasea, ya se mofa de los ataúdes
cuando pasa la caravana del jazz con su apariencia, actitud y equilibrio. La comida
es un bien inesperado, tanto que no hace falta para salir a escena,
pues todo lo que falta es narración.





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