No votarán en blanco los poetas cabizbajos del Bronx,
por una vez, no votarán en blanco, como han votado siempre,
también cuando dejaba de importarles el nombre de la bestia
y evitaban las urnas transparentes, y los espejos líquidos
de las televisiones, y los diarios demócratas, y el cine,
devotos de una forma de justicia poética distante
del afamado trébol que establece la suerte de los débiles.
Ha sido derrotado en la batalla, pero vive en las calles.
Jim Craw sigue campando por su infamia en las calles desiertas
de los pulcros suburbios que rodean el centro de las urbes,
en una mano el látigo candente, una Biblia en la otra,
arcángel mercurial que se dijera tronchando el Paraíso,
levitando en el aire envenenado, en la nube de smog
que retuerce el gaznate de las sombras caídas en desgracia.
Al sur del Polo Norte, el sur en guerra, de Boston a Miami.
De Vietnam en Vietnam, atiborrándose de niños en peligro,
de ciudades y aldeas miserables ahogadas en la piedra,
El Hacha Cautelar -arma homicida de todos los imperios-,
luz que frecuenta hogares sin retorno, desesperada luz
que avanza entre amapolas verticales y panteones rubios
para morir de éxito en la noche completa de los hombres.
Ningún poeta pierde la memoria, ni dedica canciones
al genio americano, ninguno exalta la gesta innecesaria,
la sanción inhumana, la barbarie del Cuerpo de Marines.
Prefieren contemplar el heroísmo de los críos descalzos
que deambulan con sus cicatrices por entre los escombros,
sobrecogerse ante la flor marchita de los viejos mercados
o recitar con alma el verso muerto que exige la cordura.
Prefieren escuchar a Nasir Jones (‘...ten years in the game...’)
y escribir sobre el agua sus pequeños capítulos de gloria,
o componer baladas imprevistas, odas a la vergüenza,
poemas a bocados, dentelladas, tragaderas y fauces,
letras universales que revuelvan la impura sopa Campbell
de los seres felices, con sus máquinas ebrias de poder
y sus atolondrados rascacielos que irritan a los dioses.
No votarán en blanco los poetas efímeros de Harlem
(¡ni el rabino de Brooklyn!), ni siquiera las muchachas neumáticas
que investigan la rima en los jardines agónicos de Queens.
Publicarán artículos de impacto en la sucias paredes
e irán a ver las últimas películas del cine independiente
con una gran sonrisa candorosa crujiendo entre los labios
y la satisfacción de ser un pueblo al mando de sus sueños.
dentro del Arte es decir mucho más allá, lejos del fondo donde la crítica se obstina, en un lugar remoto que es el verso
lunes, 10 de mayo de 2010
la voz sobre el silencio del poeta
Sobre el rumor sedante de la fronda,
si fértil de vertientes el terreno
y de altos trinos el ambiente pleno
(y de hondo llanto su región más honda).
Sobre el suspiro en flor de La Gioconda
-que a ningún corazón resulta ajeno-
y el chasquido infantil de su veneno
(y el género de dudas que le ronda).
Sobre el clamor antiguo de los mares,
el eco de holocaustos estelares
y el elíptico impulso del planeta.
Y por encima de cualquier sonido,
hasta del propio y rítmico latido,
la voz sobre el silencio del poeta.
si fértil de vertientes el terreno
y de altos trinos el ambiente pleno
(y de hondo llanto su región más honda).
Sobre el suspiro en flor de La Gioconda
-que a ningún corazón resulta ajeno-
y el chasquido infantil de su veneno
(y el género de dudas que le ronda).
Sobre el clamor antiguo de los mares,
el eco de holocaustos estelares
y el elíptico impulso del planeta.
Y por encima de cualquier sonido,
hasta del propio y rítmico latido,
la voz sobre el silencio del poeta.
a veces tengo nada que decir
A veces tengo nada que decir
y lo digo con todo en la garganta.
Son esos nombres propios de las cosas
que me inducen un débil entusiasmo.
A veces se me ocurren los silencios,
trascienden la muralla de la voz
-no salen de mi asombro
y reinciden en su noble abismo-.
Por cierto que no finge la miseria,
que los sucesos no se escandalizan
ni se ofenden las rosas.
A veces tengo un algo en el espejo,
un aire de saber lo que me digo,
una fatalidad ajetreada.
y lo digo con todo en la garganta.
Son esos nombres propios de las cosas
que me inducen un débil entusiasmo.
A veces se me ocurren los silencios,
trascienden la muralla de la voz
-no salen de mi asombro
y reinciden en su noble abismo-.
Por cierto que no finge la miseria,
que los sucesos no se escandalizan
ni se ofenden las rosas.
A veces tengo un algo en el espejo,
un aire de saber lo que me digo,
una fatalidad ajetreada.
sostiene Poesía...
Sostiene Poesía la única batalla
en que los muertos hablan con voces resonantes.
En la guerra del tiempo hay quien no da la talla
y hay quien da la medida del ahora y del antes.
La ley que preconiza mi pluma generosa
establece el derecho del llanto al desgobierno,
impone servidumbre de inocencia a la rosa
y al verso los deberes de ser nuevo y eterno.
Diseño un leve caos, mientras el sol me arrulla,
entresacando claves del cielo estremecido
-protesta Poesía, aunque la culpa es suya
por haberme dotado de forma y contenido-.
¡Oh, espejo predilecto de los amados dioses,
fuente testimonial, inmaculada vía!,
no dejes de asediarme, no cedas, no reposes
hasta ver culminada tu obra en mi porfía.
El trabajo consiste en componer ausencias,
el descanso en tomar conciencia creadora,
la paga es una suma de todas las carencias
y el soñado retiro siempre llega a deshora.
Satisface, no obstante, ser la llave maestra
que, de Naturaleza, abre los mil cerrojos
y también se agradece poseer mano diestra
para escribir al mudo dictado de los ojos.
Se desanima el fuego, torna a su vieja infancia
de veloz movimiento y oscuridad remota,
ante el fulgor nativo de mi primera instancia,
la palabra radiante de inaccesible cota.
Desfallecen los hielos del ártico incorrupto,
los témpanos ardientes se desmayan de frío,
y las cumbres padecen el fenómeno abrupto
de mi crudo silencio torturado y vacío.
Porque llevo en la frente la genuina marca
del sometido Imperio, la Sociedad Secreta,
el signo de los tiempos, ¡la insignia de Petrarca!,
el pálido estandarte del último poeta.
en que los muertos hablan con voces resonantes.
En la guerra del tiempo hay quien no da la talla
y hay quien da la medida del ahora y del antes.
La ley que preconiza mi pluma generosa
establece el derecho del llanto al desgobierno,
impone servidumbre de inocencia a la rosa
y al verso los deberes de ser nuevo y eterno.
Diseño un leve caos, mientras el sol me arrulla,
entresacando claves del cielo estremecido
-protesta Poesía, aunque la culpa es suya
por haberme dotado de forma y contenido-.
¡Oh, espejo predilecto de los amados dioses,
fuente testimonial, inmaculada vía!,
no dejes de asediarme, no cedas, no reposes
hasta ver culminada tu obra en mi porfía.
El trabajo consiste en componer ausencias,
el descanso en tomar conciencia creadora,
la paga es una suma de todas las carencias
y el soñado retiro siempre llega a deshora.
Satisface, no obstante, ser la llave maestra
que, de Naturaleza, abre los mil cerrojos
y también se agradece poseer mano diestra
para escribir al mudo dictado de los ojos.
Se desanima el fuego, torna a su vieja infancia
de veloz movimiento y oscuridad remota,
ante el fulgor nativo de mi primera instancia,
la palabra radiante de inaccesible cota.
Desfallecen los hielos del ártico incorrupto,
los témpanos ardientes se desmayan de frío,
y las cumbres padecen el fenómeno abrupto
de mi crudo silencio torturado y vacío.
Porque llevo en la frente la genuina marca
del sometido Imperio, la Sociedad Secreta,
el signo de los tiempos, ¡la insignia de Petrarca!,
el pálido estandarte del último poeta.
frágiles (dedicado a Antonio Vega, 1957-2009)
‘Vaya pesadilla/ corriendo/ con una bestia detrás…’
Antonio Vega (Lucha de Gigantes)
El estilo nos dicta: ¡llorad por el poeta y su juventud herida!,
y nosotros clamamos, obsecuentes, dóciles al fulgor.
Lloramos al poeta.
Damos indicio de quebranto y sacudimos nuestro corrupto bastidor de gloria,
la estructura rampante que propulsa la rabia en todas direcciones.
Algunos lo comprenden deprisa,
sin dilación, advierten el depurado curso de las graves partículas
que agostan el planeta tras perforar el pecho de los ángeles,
entonan su ligera serenata
y permanecen atentos como animales salvajes a las mil caras del terror
Nada que no se pueda reducir al absurdo, nada crucial;
el nirvana resulta un anhelo demasiado frecuente
entre las criaturas que niegan a los dioses su alimento.
Nosotros…
Éramos unos chiquillos
cuando el imperio de la duda estableció sus fronteras abisales en nuestras almas
y clavó sus estacas en la tierra e hizo brotar la sangre de las fuentes
para doblegar la espina que gritaba,
cuando se vino abajo la torre del castillo,
se acabaron los cuentos y las perlas echaron a rodar.
Éramos… de los que se desgarran,
de los que se desangran y se desmoronan,
de los que caen del cielo,
y llueven a raudales que se estrellan contra el sereno azul.
Aquellos seres frágiles, hijos bastardos de una noche perpetua.
…
El estilo nos brinda su paleta de escarcha.
Hilemos, pues, un giro borrascoso:
si el hado recomienda poner rumbo a lo desconocido,
digamos en voz alta lo que piensan los héroes.
Antonio Vega (Lucha de Gigantes)
El estilo nos dicta: ¡llorad por el poeta y su juventud herida!,
y nosotros clamamos, obsecuentes, dóciles al fulgor.
Lloramos al poeta.
Damos indicio de quebranto y sacudimos nuestro corrupto bastidor de gloria,
la estructura rampante que propulsa la rabia en todas direcciones.
Algunos lo comprenden deprisa,
sin dilación, advierten el depurado curso de las graves partículas
que agostan el planeta tras perforar el pecho de los ángeles,
entonan su ligera serenata
y permanecen atentos como animales salvajes a las mil caras del terror
Nada que no se pueda reducir al absurdo, nada crucial;
el nirvana resulta un anhelo demasiado frecuente
entre las criaturas que niegan a los dioses su alimento.
Nosotros…
Éramos unos chiquillos
cuando el imperio de la duda estableció sus fronteras abisales en nuestras almas
y clavó sus estacas en la tierra e hizo brotar la sangre de las fuentes
para doblegar la espina que gritaba,
cuando se vino abajo la torre del castillo,
se acabaron los cuentos y las perlas echaron a rodar.
Éramos… de los que se desgarran,
de los que se desangran y se desmoronan,
de los que caen del cielo,
y llueven a raudales que se estrellan contra el sereno azul.
Aquellos seres frágiles, hijos bastardos de una noche perpetua.
…
El estilo nos brinda su paleta de escarcha.
Hilemos, pues, un giro borrascoso:
si el hado recomienda poner rumbo a lo desconocido,
digamos en voz alta lo que piensan los héroes.
domingo, 9 de mayo de 2010
inspiración
Luz cenital de ingrávido fraseo,
de timbre celestial y ritmo alado,
edifica en mi verso el Coliseo
que nunca en otros has edificado.
Regreso a la niñez y deletreo
tu espectro mineral, color y grado,
álgebra que me da cuanto poseo,
física que me das en puro estado.
Me desplazo hacia el rojo de tu boca,
materia edificante, viva llama,
con un espejo líquido en la frente.
Y se eleva conmigo tanta roca,
tanto suelo a tu cielo se encarama
que constituye un nuevo continente
de timbre celestial y ritmo alado,
edifica en mi verso el Coliseo
que nunca en otros has edificado.
Regreso a la niñez y deletreo
tu espectro mineral, color y grado,
álgebra que me da cuanto poseo,
física que me das en puro estado.
Me desplazo hacia el rojo de tu boca,
materia edificante, viva llama,
con un espejo líquido en la frente.
Y se eleva conmigo tanta roca,
tanto suelo a tu cielo se encarama
que constituye un nuevo continente
pero acude en mi auxilio tu novedosa mano
Pero acude en mi auxilio tu novedosa mano,
tan de argentina rúbrica de fuegos manantiales,
y, en su fuera de sí, me corta por lo sano,
al filo de sus cálculos infinitesimales.
Directa a la raíz, al corazón y al grano,
a la insondable causa de mis extraños males,
con determinación de experto cirujano
y más espeluznante profusión de metales.
Por fin me reconforta tu mano auxiliadora,
flamante en su ancestral, cordial jurisprudencia,
desconocida en parte de su acerado brillo.
Pero me acude fuerte, universal me aflora,
en todo su entusiasmo por celebrar mi ausencia,
con inédito tacto de luz y de cuchillo.
tan de argentina rúbrica de fuegos manantiales,
y, en su fuera de sí, me corta por lo sano,
al filo de sus cálculos infinitesimales.
Directa a la raíz, al corazón y al grano,
a la insondable causa de mis extraños males,
con determinación de experto cirujano
y más espeluznante profusión de metales.
Por fin me reconforta tu mano auxiliadora,
flamante en su ancestral, cordial jurisprudencia,
desconocida en parte de su acerado brillo.
Pero me acude fuerte, universal me aflora,
en todo su entusiasmo por celebrar mi ausencia,
con inédito tacto de luz y de cuchillo.
por eso
Por eso te presienten las mañanas, por eso
tu templo desafía la rigidez ambiente,
la pétrea liquidez del anunciado beso,
obrando catedrales precipitadamente.
Por eso de que marcas veintiún gramos de peso
y mides años luz y el tiempo te consiente,
sucede tu figura -¡oh, nítido suceso!-
con esa ubicuidad de piel sobresaliente.
Por eso el claro espacio de azul te condecora
y el elástico manto nocturno se comprime
hasta perder de vista la sombra que atesora.
Por eso de que abordas la mística sublime,
sin que la levedad del ser te desanime,
a título de fuego y en términos de aurora.
tu templo desafía la rigidez ambiente,
la pétrea liquidez del anunciado beso,
obrando catedrales precipitadamente.
Por eso de que marcas veintiún gramos de peso
y mides años luz y el tiempo te consiente,
sucede tu figura -¡oh, nítido suceso!-
con esa ubicuidad de piel sobresaliente.
Por eso el claro espacio de azul te condecora
y el elástico manto nocturno se comprime
hasta perder de vista la sombra que atesora.
Por eso de que abordas la mística sublime,
sin que la levedad del ser te desanime,
a título de fuego y en términos de aurora.
memoria
Más surcos han de abrirse en las cunetas
de algunas carreteras condenadas,
surcos de incertidumbre y de nostalgia,
pozos de sangre verificadora.
¿No quedan palas? ¡Valgan estas manos!,
que vayan estas manos por delante,
desentrañando, revelando esencias,
cerrando grietas de melancolía.
Son todos los que están, no falta nadie,
ni siquiera se ausentan los ausentes
que han perdido su sitio en la memoria.
Más surcos han de abrirse en los caminos
y entre los matorrales de los montes:
hasta salir a la mitad del cielo.
de algunas carreteras condenadas,
surcos de incertidumbre y de nostalgia,
pozos de sangre verificadora.
¿No quedan palas? ¡Valgan estas manos!,
que vayan estas manos por delante,
desentrañando, revelando esencias,
cerrando grietas de melancolía.
Son todos los que están, no falta nadie,
ni siquiera se ausentan los ausentes
que han perdido su sitio en la memoria.
Más surcos han de abrirse en los caminos
y entre los matorrales de los montes:
hasta salir a la mitad del cielo.
a tono con la frente iluminada
A tono con la frente iluminada
y con el rosicler de la mejilla,
el faro redentor de la mirada
que alumbra más que el fuego cuando brilla.
A tono con la voz, tan afinada
que rompe el fresco molde de su arcilla,
la frívola cadera que traslada
su fina redondez a la rodilla.
A tono con el vértigo del cuello,
moderno y vertical, como la rosa,
el mérito constante de la espalda.
Sin olvidar la fama del cabello,
que ni revolotea ni reposa,
a tono con el vuelo de la falda.
y con el rosicler de la mejilla,
el faro redentor de la mirada
que alumbra más que el fuego cuando brilla.
A tono con la voz, tan afinada
que rompe el fresco molde de su arcilla,
la frívola cadera que traslada
su fina redondez a la rodilla.
A tono con el vértigo del cuello,
moderno y vertical, como la rosa,
el mérito constante de la espalda.
Sin olvidar la fama del cabello,
que ni revolotea ni reposa,
a tono con el vuelo de la falda.
tu voz
Tu voz es de las rosas inefables
y del silencio que en la flor se agota,
aunque la tengas rota, aunque no hables,
aunque la guardes sin tenerla rota.
Tu voz apura cálices amables
hasta la última y callada gota
y vibra con la fuerza de los cables
como vibra la rosa cuando brota.
Tu voz es una voz de campanillas,
a juego con el pelo que cepillas
y con la longitud de tu mirada.
Es una colección de mariposas
que guardan el silencio de las rosas
en torno de tu frente iluminada.
y del silencio que en la flor se agota,
aunque la tengas rota, aunque no hables,
aunque la guardes sin tenerla rota.
Tu voz apura cálices amables
hasta la última y callada gota
y vibra con la fuerza de los cables
como vibra la rosa cuando brota.
Tu voz es una voz de campanillas,
a juego con el pelo que cepillas
y con la longitud de tu mirada.
Es una colección de mariposas
que guardan el silencio de las rosas
en torno de tu frente iluminada.
el cortejo
Así, como si Chaplin cortejando
a una dama de labios encantados,
labios que fingen lágrimas de espuma
y recorren enigmas y preludios.
Así, descaminado al pie del tiempo,
al pie de algún bastón y algún sombrero,
arrebatado por el hambre odiosa
de la miga de pan y el guiso extraño,
con el sometimiento de los parias
grabado a fuego lento en la mejilla.
Cortejando a una pérfida muchacha,
toda circunspección y magnetismo,
una chica morena con los labios
despeinados y tristes en cascada.
Así, como si fuese de mentira
el cuento de los panes y los peces,
como si resultase muy graciosa
la forma en que se abrazan los sentidos
y las palabras pierden contundencia,
divididas en sumas imposibles.
Como un Charlot enfermo y menos pálido
al peso de la púrpura que abrasa.
Acechando a una rosa que suspira,
entre las carcajadas de los mansos
y la ferocidad de los mendigos.
a una dama de labios encantados,
labios que fingen lágrimas de espuma
y recorren enigmas y preludios.
Así, descaminado al pie del tiempo,
al pie de algún bastón y algún sombrero,
arrebatado por el hambre odiosa
de la miga de pan y el guiso extraño,
con el sometimiento de los parias
grabado a fuego lento en la mejilla.
Cortejando a una pérfida muchacha,
toda circunspección y magnetismo,
una chica morena con los labios
despeinados y tristes en cascada.
Así, como si fuese de mentira
el cuento de los panes y los peces,
como si resultase muy graciosa
la forma en que se abrazan los sentidos
y las palabras pierden contundencia,
divididas en sumas imposibles.
Como un Charlot enfermo y menos pálido
al peso de la púrpura que abrasa.
Acechando a una rosa que suspira,
entre las carcajadas de los mansos
y la ferocidad de los mendigos.
un salto de tu voz en el vacío y otros sonetos
Una avalancha de la voz que eres,
un salto de tu voz en el vacío,
me llena de un silencio que no es mío,
sino tuyo y de todas las mujeres.
Porque el mío me dice que me quieres
y el tuyo pasa sin decir ni pío,
me deja el alma con el cuerpo frío
y el cuerpo como el día que te mueres.
De tanto no decir y no quererme,
haces que pierda la razón, enferme
y tenga accesos de febril recuerdo.
Tu silencio no miente, pero engaña,
parece hablar en una lengua extraña
y habla sólo en la lengua que me muerdo.
---
Hecha un ovillo del marfil más blanco,
me gusta verte cuando estás contenta,cuando tus ojos son un piso franco
para estos míos de tan baja renta.
Me gusta verte cuando vas al banco
y pones tus acciones a la venta:
la mirada furtiva que te arranco
y la sonrisa que tan bien te sienta.
Adoro contemplar tu fina estampa,
la fiera lucha entre la ley y el hampa
que se dirime a pecho descubierto,
por descifrar la fórmula salvaje
de esa risa con fondo de oleaje
y esos ojos color de mar abierto.
---
1939
Era un gélido invierno bajo un sol de justicia,
un paisaje cautivo, una cárcel sin rejas,
una tierra arrasada con divina pericia,
patrullada por lobos en feroces parejas.
Bendecida por cuervos de probada malicia,
derrotada al final por cien mil comadrejas,
era un valle de lágrimas, una patria ficticia,
alimento de buitres y forraje de ovejas.
Exiliada en el orbe, dirigida al abismo,
tinta en vino y en sangre fieramente entregada,
era un coto de caza, un solar infecundo.
Bajo el palio homicida del grosero fascismo
y la sombra inclemente de la cruz y la espada,
era invierno en España y era otoño en el mundo.---
El poeta es un preso de conciencia,
aunque sólo parezca un inconsciente
aunque sólo parezca un inconsciente
impasible ante el juez que lo sentencia
a vivir prisionero eternamente.
Juez y parte, pecado y penitencia,
la poesía acusa al inocente,
testifica en su contra y, en presencia
de las sagradas escrituras, miente.
Enclaustrado, encriptado, descompuesto,
languidece el poeta bajo arresto
y se muere sin ver la luz del día.
La causa general, la buena causa,
prospera inalterable, con la pausa
que exige la mejor caligrafía.
---
Poemas y poemas y poemas,
mayúsculos, minúsculos, informes,
al mar Mediterráneo, ¡al río Tormes!,
o al agua que salpica cuando remas.
Baladas que parecen teoremas,
odas vivas a espíritus enormes,
cuartetos cuatrillizos y deformes,
sonetos de terror y de otros temas.
En la cabeza hueca se contiene
un vacío que hierve de materia
capaz de urdir un plan vertiginoso.
¡Poemas que no cuidan de su higiene!
¡Estrofas cómicas de cara seria
con rimas condenadas por acoso!
---
Bright Star
En un balcón con vistas al calvario,
la rosa se desdice de su aroma,
marchita como un árbol centenario
mermado por la edad y la carcoma.
El velo del crepúsculo incendiario
sobre el azul celeste se desploma.
Keats ha vuelto a morir -no en solitario-
en una calle mínima de Roma.
Arropado por voces extranjeras,
nacido a tanta luz y tan a oscuras,
abocado al instinto de las fieras
y al pensamiento de las mentes puras,
hoy ha vuelto a morir, de mil maneras,
un poeta sin nombre ni ataduras.
---
La tierra seca del profano estío
y aquellas verticales amapolas,
mar interior de ensangrentadas olas,
ardiendo con su tenue fuego frío.
El cielo rebosante de vacío
y aquella soledad de mil corolas,
de mil raíces tercamente solas
y mil secretas gotas de rocío.
Aquellas amapolas verticales
y aquella soledad terrateniente,
aquella sed de lluvias torrenciales
ahogándose en un vaso de aguardiente,
aquel cielo sin puntos cardinales
y aquellas rosas tercas, solamente.
credo
Creí que se trataba del amor
permanente que agranda las escenas,
creí que era ese amor extravagante,
bohemio y liberal, como un destello,
el mismo que fracasa en los rescoldos
y triunfa en el incendio de la carne,
pero era sólo el beso de la espuma.
Creí que liberabas una fuerza
cautiva del dolor, hecha de olvido,
forjada en el crisol de la belleza,
una fuerza gigante, omnipotente,
que alzaba mis cadenas con el soplo
del horizonte anclado a tu cintura,
pero era solamente mi deseo.
Creí que no podía ser tan alta
la cima de tus años, ni tan torpe
el foco insoportable de los míos.
Y supe de tus labios entornados,
desnudos bajo el peso de su aroma,
pero era sólo el tiempo, que pasaba
de largo por delante del amor.
permanente que agranda las escenas,
creí que era ese amor extravagante,
bohemio y liberal, como un destello,
el mismo que fracasa en los rescoldos
y triunfa en el incendio de la carne,
pero era sólo el beso de la espuma.
Creí que liberabas una fuerza
cautiva del dolor, hecha de olvido,
forjada en el crisol de la belleza,
una fuerza gigante, omnipotente,
que alzaba mis cadenas con el soplo
del horizonte anclado a tu cintura,
pero era solamente mi deseo.
Creí que no podía ser tan alta
la cima de tus años, ni tan torpe
el foco insoportable de los míos.
Y supe de tus labios entornados,
desnudos bajo el peso de su aroma,
pero era sólo el tiempo, que pasaba
de largo por delante del amor.
habladurías sobre el perro de Lovecraft
Dicen que Lovecraft tenía un perro, pero no un perro cualquiera,
sino un cancerbero del infierno, un perro de los Baskerville,
un doberman de la Gestapo, lobo con piel de cordero del señor,
sereno Akela convertido en océano de fauces,
un perro pestilente que reía con hábito de hiena compasiva
y trotaba amenazante por las aceras desprovistas de bullicio,
negro como el carbón abandonado.
Y cuentan que en el transcurso de ciertas noches olvidadas,
cuando la luna llena redoblaba su campana de espanto,
la bestia de los Lovecraft aullaba mitológica,
desafiando a Dios con un millón de siglos en la lengua,
y que dictaba su Halloween terrible respetando la pausa de la muerte...
...
Recuerdo que el psiquiatra me recomendó un animal de compañía,
pero yo los detesto, a los perros, tal vez por su naturalidad,
o por su vida insultante, o por su higiene perruna y esforzada,
apenas me enternecen de cachorros, con las mandíbulas a medio hacer,
incapaces de obrar la mordedura, el mordisco famélico,
felices de nadar en la inconsciencia,
antes de que el taimado instinto gobierne sus acciones.
...
Soñé que conducía el cadillac del Big Bopper cargado de anfetaminas
por una carretera recta como el horizonte.
Que me comía seis bustakas de golpe sin soltar el volante
-a los que saludaba mi estómago con un eructo triste-
y que la cerveza era como una chica rubia susurrándome al oído.
No salían perros en el sueño. Salía Gombrowicz, que estaba contra mí
aunque no tenía perro, al menos a la vista. Tenía un Ferdydurke
que blandía con saña y un Filifor forrado de naranjas,
y se comía peras de conferencia, uvas de albillo y ciruelas claudias
sin apearse de su culta aristocracia: un pesimista.
...
Lovecraft soñaba que tenía un perro, pero no un perro cualquiera,
el suyo era un engendro de la fungosidad y escalaba montañas de locura
con las patas colgando del hocico purulento, una abominación;
por eso sus pasajes observaban la brutal grosería de la fauna
pasada por el filtro glacial de la quimera,
que los enfurecía con su caótico efecto,
y sus escalofríos oscilaban entre el pánico y la desesperación
que sólo entran en liza de la mano del hambre
(seguramente, el viejo H. P. odiaba a los perros, esas inmundas criaturas proteicas
que siempre están metiendo las narices donde no les llaman, olisqueando:
sabuesos o asesinos que atacan a los niños en el parque;
lo nuestro son las entidades incógnitas -se tranquilizaría-,
no la obviedad del miembro devorado).
...
Creo que Gombrowicz no tenía perro,
apostaría algo bueno a que no tenía perro;
no habla de perros en su extenso diario, al menos que recuerde,
habla, eso sí, de poetas, de poetas y polacos, o de polacos poetas,
como él mismo, que lo era por exceso de función en la escritura
-¿quién no lo es, ahora o nunca!- o tal vez por amor al disparate.
¡Habla de mí!, y me pone a bajar de un himalaya ridículo,
me obliga a comportarme para elevar su rango
-la jerarquía que rasguña el pudor del firmamento con los dedos ecuánimes-
y de paso me entierra bajo un filón de olvido,
me desvanece en ávidos cometas lanzados hacia el fuego a tumba abierta,
evapora el candor de mis razones y enaltece las suyas hasta el paroxismo
-asaz brutal- de la filosofía,
igual que un maestro zen, me atiza con un palo de dos metros
y se parte de risa con la sangre que brota demacrada de mis sienes:
¡eso no lo harían otros tipos más elegantes!, Lovecraft incluido (y su perro).
...
El cadillac brotaba del asfalto, con sus faros enormes,
tosiendo un pus aéreo que calmaba a los pájaros azules;
la chica era de pega, un holograma anime de piernas interestatales,
cabellos color lágrima y labios rociados de neón.
También falso, el cielo tonteaba con la hondura fluvial del precipicio,
su luz era una farsa convincente, una cárcel secreta de la CIA
donde algunas estrellas ostentaban el título de poeta laureado
y otras se despeñaban de su nombre de estatua.
Las barras de los bares dolían en el hígado
y yo bebía un poco en cada una de ellas,
y cada trago era un poco más amargo, más arduo,
era como beberse el agua del arroyo, retozar en el fango,
cargar de estiércol el remolque armado de un tridente demoníaco.
Beber era vivir, y el speed, simplemente, un estilo de vida.
A mi lado, Lovecraft jugueteaba con el chucho de raza peligrosa,
le metía las manos en la boca rozando los colmillos emergentes
y palmeaba con afecto su pescuezo halterofílico;
mientras, Witold sacudía pelos utópicos de su traje impecable
e imaginaba un libro compulsivo al neumático ritmo de la música
que dilataba el tiempo en nuestros tímpanos:
¡si apenas me molía el espinazo con un Filifor forrado de manteca!,
ni ofrecía suculentas peonadas por mi captura a sus remotos jornaleros;
estaba por estar, confeccionando su poesía drástica,
siempre a la altura de su melancolía.
...
Por fin, comparecieron Ford y Carver, escoltados por Wolf,
Pynchon, tras una cortina de paraguas abiertos, y hasta un Roth auténtico,
haciendo las delicias de mi respetable subconsciente
(huyó el pequeño Salinger campo a través y fue perseguido por la jauría desatada,
que rastreó sus huellas hasta el portal anónimo del éter).
Lo que se dice un sueño de renombre,
constelación aguda y elenco incomparable -¡oh, círculo de lectores!-,
el drama niquelado, el síntoma, el epicentro de la fantasía,
la lectura que ofende y recupera el conocimiento entre algodones
...
En una sucesión de bocadillos, se masca la tragedia:
los perros no son buenos consejeros
para un loco que escribe en el extremo de la furia,
ni siquiera para un zombi destructor de vehículos robados.
El cadillac del Big Bopper frena con orgullo en medio de la nada
emitiendo un quejido autobrillante, Lovecraft anuncia el fin
y Ferdydurke echa a andar con su lucha de clases a la espalda.
...
Dicen que Poe tenía un gato negro...
sino un cancerbero del infierno, un perro de los Baskerville,
un doberman de la Gestapo, lobo con piel de cordero del señor,
sereno Akela convertido en océano de fauces,
un perro pestilente que reía con hábito de hiena compasiva
y trotaba amenazante por las aceras desprovistas de bullicio,
negro como el carbón abandonado.
Y cuentan que en el transcurso de ciertas noches olvidadas,
cuando la luna llena redoblaba su campana de espanto,
la bestia de los Lovecraft aullaba mitológica,
desafiando a Dios con un millón de siglos en la lengua,
y que dictaba su Halloween terrible respetando la pausa de la muerte...
...
Recuerdo que el psiquiatra me recomendó un animal de compañía,
pero yo los detesto, a los perros, tal vez por su naturalidad,
o por su vida insultante, o por su higiene perruna y esforzada,
apenas me enternecen de cachorros, con las mandíbulas a medio hacer,
incapaces de obrar la mordedura, el mordisco famélico,
felices de nadar en la inconsciencia,
antes de que el taimado instinto gobierne sus acciones.
...
Soñé que conducía el cadillac del Big Bopper cargado de anfetaminas
por una carretera recta como el horizonte.
Que me comía seis bustakas de golpe sin soltar el volante
-a los que saludaba mi estómago con un eructo triste-
y que la cerveza era como una chica rubia susurrándome al oído.
No salían perros en el sueño. Salía Gombrowicz, que estaba contra mí
aunque no tenía perro, al menos a la vista. Tenía un Ferdydurke
que blandía con saña y un Filifor forrado de naranjas,
y se comía peras de conferencia, uvas de albillo y ciruelas claudias
sin apearse de su culta aristocracia: un pesimista.
...
Lovecraft soñaba que tenía un perro, pero no un perro cualquiera,
el suyo era un engendro de la fungosidad y escalaba montañas de locura
con las patas colgando del hocico purulento, una abominación;
por eso sus pasajes observaban la brutal grosería de la fauna
pasada por el filtro glacial de la quimera,
que los enfurecía con su caótico efecto,
y sus escalofríos oscilaban entre el pánico y la desesperación
que sólo entran en liza de la mano del hambre
(seguramente, el viejo H. P. odiaba a los perros, esas inmundas criaturas proteicas
que siempre están metiendo las narices donde no les llaman, olisqueando:
sabuesos o asesinos que atacan a los niños en el parque;
lo nuestro son las entidades incógnitas -se tranquilizaría-,
no la obviedad del miembro devorado).
...
Creo que Gombrowicz no tenía perro,
apostaría algo bueno a que no tenía perro;
no habla de perros en su extenso diario, al menos que recuerde,
habla, eso sí, de poetas, de poetas y polacos, o de polacos poetas,
como él mismo, que lo era por exceso de función en la escritura
-¿quién no lo es, ahora o nunca!- o tal vez por amor al disparate.
¡Habla de mí!, y me pone a bajar de un himalaya ridículo,
me obliga a comportarme para elevar su rango
-la jerarquía que rasguña el pudor del firmamento con los dedos ecuánimes-
y de paso me entierra bajo un filón de olvido,
me desvanece en ávidos cometas lanzados hacia el fuego a tumba abierta,
evapora el candor de mis razones y enaltece las suyas hasta el paroxismo
-asaz brutal- de la filosofía,
igual que un maestro zen, me atiza con un palo de dos metros
y se parte de risa con la sangre que brota demacrada de mis sienes:
¡eso no lo harían otros tipos más elegantes!, Lovecraft incluido (y su perro).
...
El cadillac brotaba del asfalto, con sus faros enormes,
tosiendo un pus aéreo que calmaba a los pájaros azules;
la chica era de pega, un holograma anime de piernas interestatales,
cabellos color lágrima y labios rociados de neón.
También falso, el cielo tonteaba con la hondura fluvial del precipicio,
su luz era una farsa convincente, una cárcel secreta de la CIA
donde algunas estrellas ostentaban el título de poeta laureado
y otras se despeñaban de su nombre de estatua.
Las barras de los bares dolían en el hígado
y yo bebía un poco en cada una de ellas,
y cada trago era un poco más amargo, más arduo,
era como beberse el agua del arroyo, retozar en el fango,
cargar de estiércol el remolque armado de un tridente demoníaco.
Beber era vivir, y el speed, simplemente, un estilo de vida.
A mi lado, Lovecraft jugueteaba con el chucho de raza peligrosa,
le metía las manos en la boca rozando los colmillos emergentes
y palmeaba con afecto su pescuezo halterofílico;
mientras, Witold sacudía pelos utópicos de su traje impecable
e imaginaba un libro compulsivo al neumático ritmo de la música
que dilataba el tiempo en nuestros tímpanos:
¡si apenas me molía el espinazo con un Filifor forrado de manteca!,
ni ofrecía suculentas peonadas por mi captura a sus remotos jornaleros;
estaba por estar, confeccionando su poesía drástica,
siempre a la altura de su melancolía.
...
Por fin, comparecieron Ford y Carver, escoltados por Wolf,
Pynchon, tras una cortina de paraguas abiertos, y hasta un Roth auténtico,
haciendo las delicias de mi respetable subconsciente
(huyó el pequeño Salinger campo a través y fue perseguido por la jauría desatada,
que rastreó sus huellas hasta el portal anónimo del éter).
Lo que se dice un sueño de renombre,
constelación aguda y elenco incomparable -¡oh, círculo de lectores!-,
el drama niquelado, el síntoma, el epicentro de la fantasía,
la lectura que ofende y recupera el conocimiento entre algodones
...
En una sucesión de bocadillos, se masca la tragedia:
los perros no son buenos consejeros
para un loco que escribe en el extremo de la furia,
ni siquiera para un zombi destructor de vehículos robados.
El cadillac del Big Bopper frena con orgullo en medio de la nada
emitiendo un quejido autobrillante, Lovecraft anuncia el fin
y Ferdydurke echa a andar con su lucha de clases a la espalda.
...
Dicen que Poe tenía un gato negro...
la sed
az nisht is nisht
(si no puede ser, no puede ser)
...
Sentado frente al vaso, una, dos, tres
veces sentado frente al mismo vaso,
siempre medio vacío.
primera parte
Los años merodean
por las inmediaciones de su vida
como lobos hambrientos,
los días son estrellas
fugaces y las horas
gotas de lluvia que pronuncian vuelo
con la voz incendiada de relámpagos.
Él percibe la ira,
el aura cadavérica
que adorna los esfuerzos colectivos,
la cólera del sexo,
y recibe descargas
eléctricas del suave parloteo
del viento itinerante.
Convive con el mal, un mal de altura,
vertiginoso, arisco, mercurial;
además de la voz, el corrosivo
siseo del enjambre,
el fuego amigo, el soplo
derramado entre lágrimas ajenas
-serio ciclón de fuerza masculina-
que, si desequilibra, pone en guardia
y, si avisa, es traidor y es oponente.
Además de la voz irreversible
que nunca le permite soledades,
el murmullo del agua
dividida y el peso
arrollador del trino melodioso
-cancionero global,
un repentino coro de jilgueros ausentes-,
junto a la púrpura del arpa, abandonada a su liviano
y regular estilo,
el fronterizo eco
de un millón de gargantas afiladas.
...
Menos que un ser en permanente espera,
una roca en su trono polvoriento,
reina de la quietud,
segura de su peso, desafiante.
¡Qué aferrado a la tierra y la madera!,
raíz que se consiente, así de lóbrega,
así de recta en el oscuro vientre.
Menos que un hombre recto,
menos que la nostalgia de la forma,
el tallo inverso, víctima
de la voracidad de la ciega materia.
...
No disfrutó jamás del sano aspecto
de los varones bien alimentados,
una indigencia natural, la suya,
un desaliño del que adolecía,
una estructura falsa.
Demasiado delgado
y demasiado lívido,
con esa cara triste,
fácil para los malos detectives.
No es que no fuesen mártires sus padres, que lo eran,
o que no soportasen privaciones,
que lo hacían estoica y crudamente,
es que sobre sus hombros diminutos,
sobre su espalda, apenas vigorosa,
recaía el ingente peso de la familia
con toda la violencia del error.
...
Bebe y olvida cicatrices; aprende pájaros sin cielo,
lecciones magistrales
que la desilusión se empeña en impartirle.
Se mira en el espejo y sigue viendo
aquel niño infeliz dotado de poderes,
aquel pequeño diablo
que tanto prometiera al sufrimiento.
...
Debería cuidar de comportarse:
saludar al obrero que vuelve del trabajo
con la jovialidad del estudiante
y el ceño inconsistente del padre de familia,
hablar del clima inagotable usando rápidas palabras.
Mas su comportamiento es discutible,
desde el punto de vista más vulgar,
así que se discute en los rellanos,
se analiza también en los portales
y suele estar presente
en las conversaciones de ascensor.
Quisiera persuadirles
de la benignidad de sus propósitos.
Que los ojos detrás de las mirillas
le aceptasen el gesto desgarbado,
el ligero desvío del tabique,
los dientes incompletos,
que los ojos detrás de las ventanas
le observaran en toda su congoja.
Le gustaría, en fin,
que proyectase fuego en su intención oscura
el fulgor inocente de un millar de sonrisas,
pero no le responden los sentidos
y musita silencio
en el esquivo idioma de los trenes
que circulan desiertos y se alejan.
...
Ya no reparte cartas ni baraja los naipes.
Apenas coge el truco
y ya se lo han cambiado y tarda un rato largo
en volver a zafarse de la magia,
en recobrar el pulso acelerado,
la condición humana.
Las mujeres le cambian de sitio el corazón,
que palpita en su boca;
al segundo mordisco, la saliva y la sangre
forman esencia, fraguan en su entraña
humores negros, bilis,
filtros desesperados.
Las adora y las teme. A una de ellas,
la teme porque adora su maternal refugio
de vaporosa novia
y conoce el asedio que predican sus labios,
sus piernas instantáneas
y todo lo demás.
...
Desesperado es la palabra, el movimiento natural
de los labios cosidos al secreto
(arroja por la borda todo lastre retórico,
todo lo que no duele, y se hace fuerte
en la sonoridad de su derrota).
Quisiera, una, dos, ¡tres veces!, salir
de su breve recinto amurallado
(caparazón de espuma y acorazada víscera)
de la corazonada que atormenta
su cenagoso juicio;
no tiene a dónde ir, su condición
es la del elegido,
obligado a entregarse por completo
a la devastación de la memoria.
...
Enfrente, un vaso atónito de vino
lanza destellos carmesíes hacia la parte de la sombra
que oculta lo imposible,
proyecta vivo espacio
en dirección al hueco afirmativo.
El torbellino gira emitiendo cultura milenaria;
urnas de griega estirpe y arabescos
amanecen radiantes
sobre el bajo horizonte del infierno.
La mesa duerme el sueño de los justos,
un sueño insoportable.
Él, en tanto, no bebe,
solamente calcula el impacto del líquido,
investiga la huella luminosa,
el indicio perfecto,
la crianza perlada de sudor.
La sed percute su demencia entre las sienes; su delirio
esparce láminas aviesamente
por el centro neurálgico del miedo,
guadañas vigilantes.
De pronto, es la madera lo que surge,
tan regia y tan arbórea
que produce terreno en la conciencia,
un sedimento baldío
en el que brotan tallos de miseria,
troncos de soledad.
Entonces, ya son tres
los hombres que lo habitan, tres ideas distintas,
tres velas simultáneas
que se encienden afables y preguntan
por una madre enferma,
por un trabajo honrado,
por una verdadera eternidad.
Son tres en soledad, creciendo solos,
dialogando con ecos y fantasmas.
Uno bebe del vaso medio lleno,
otro escupe en el cuenco delicado,
y un tercero se extiende en la glosa adecuada
a semejante colorido rojo,
¡Marte furioso y filigrana en serie!
Debate el triunvirato su estrategia
en una sala rota del recuerdo.
Uno exige acabar con el ensayo,
otro busca la gloria
y el tercero en discordia discute con la única
sombra presente en las sesiones de la inestable conferencia
acerca de lo humano y lo divino:
que si un altar sagrado, que si un verso...
...
Pero el ruido le roba la paciencia
(y es así porque sale de la voz),
el ruido vecindario, comunal,
el ruido de las grúas
izando al cielo piedra y más acero,
le exime de sí mismo y le convierte
en un reaccionario;
le confiere entidad,
aun remota y salvaje,
algo como la métrica del trueno,
la figura del salto primitivo.
Asciende velozmente por la grada tonal
traspasándole cráneo y pensamiento,
martillea, taladra,
dispara con la buena puntería
del arma con un solo cargador,
del soldado sin alma.
Es densidad, y ocurre
en los barrios extremos de las bellas ciudades,
donde los sueños rompen a llorar
y las estrellas lucen un destino sangriento.
El ruido le divide y le contagia
su discordante acento,
su mestizo compás;
es libertad y suena
a cadenas de hierro agonizante,
a prodigiosa fragua,
a fundición de guerra.
Estremecido, absorbe
decibelios azules
que anticipan el tránsito modélico
del cañón a la carne,
el aéreo periplo de la bala,
ceñida a su principio de orfandad,
y puede oír el llanto mutilado
del cadáver horrendo,
el sepulcral discurso
que improvisa la herida tumefacta,
la escala musical del propio desaliento.
Le roba la decencia;
aquel vestigio último
de solidaridad que mantenía,
en contra de sus áridos instintos,
es cercenado a golpe de timbal.
Se le mueren los padres,
el mundo es más extraño,
el mundo es un aullido, una ráfaga seca.
Es como si la muerte le hubiera poseído
dejando vivo al animal salvaje,
sólo el mordisco y el zarpazo ronco,
solamente una nota de espanto sideral.
Y se le caen los nervios a pedazos.
Y se muerde los labios colorados
hasta que, a borbotones,
fluye la esencia de los besos
y sale a chorros el carmín profundo,
hasta que palidecen sus entrañas
y la temperatura de su frente
alcanza el sumo grado del volcán.
...
Escapa del amor
que las buenas personas parecen profesarle,
las personas inmensas
que abarcan y estrangulan
como dioses sin ética.
También del puro amor que empaña los cristales
y huele al negro poso del café.
Se empeñan en quererlo con alguna maldad,
cada uno la suya, intransferible:
la faceta perversa
que cultivan los santos perdedores
(por cierto que pretenden
hacer de la clemencia un arte malicioso,
de la necesidad una virtud corrupta).
Ya sabe que lo toman por imbécil,
un racismo genético,
más allá del pigmento y la riqueza,
más allá de los libros,
más allá, sobre todo, de la música.
...
Un portazo infantil
inicia la dantesca serenata.
Después, un arrastrar de viejos muebles
-que es, en definitiva, un arrastrarse-,
chirridos, golpes secos,
estallidos de furia de las cosas,
que se hacen añicos,
se deshacen en filos traicioneros,
espadas que perforan los tímpanos inermes.
Él atiende y escucha, todo oídos
hacia el eco del salmo
que le susurra el odio,
hasta que prevalece sobre el brutal estruendo,
sobre el fragor del vertical tumulto
(la batalla que libran los objetos
y los hombres de bien).
...
Sale a la calle y trata de tomar
algún camino en paz.
A su espalda, la urbe
boquea como un pez fuera del agua,
pesa, vomita humo,
aúlla en las sirenas de ambulancias y fábricas
ríe con un repique de campanas,
¡tanta vida contiene!
Su vivo paso alcanza el primer árbol libre,
afilado ciprés.
Hay un bosque de cruces
a la vera impaciente del sendero,
una perforación bajo sus plantas,
una violación
del profundo secreto de la tierra.
Disfruta del hermético escenario
con un escalofrío. Sigue andando, deprisa,
entre los panteones,
el gesto lapidario
para forzar alguna simetría,
por confinar el tiempo en una esfera
-reconvertida en celda matemática-,
y jugar al balón
con los duendes oscuros
que devoran las horas a puñados.
Se imagina en el pozo,
debajo de la hierba,
en lo hondo y estrecho, en el desierto
al que llegan tan solo los picos de los cuervos,
en una fértil tumba
rodeada de vivas creaciones.
Entonces, amanece y, resignado, emprende
el regreso al futuro,
a la vulneración y la vergüenza.
segunda parte
Y necesita un arma.
No soporta la idea
de llamarse profeta desarmado.
Ha de vivir con ella,
ha de ser otro hombre con pistola,
otro muerto con ganas de matar.
(Apuntaremos a la sien del mundo;
una vez, dos, tres veces
apretaremos el gatillo y dejaremos que la sabia
naturaleza actúe conforme a sus preceptos.
Seremos asesinos,
iguales en el hierro, en la sed de venganza,
o seremos patriotas,
llevaremos banderas en la piel.)
Así, cuando le miren,
sabrá que reconocen su postura
y reconocerán su acento peligroso
cuando les hable de la fría noche
en su pequeña lengua de babel.
(Seremos religiosos,
elevaremos torres infinitas
en homenaje a nuestra fortaleza).
...
Desesperado es la palabra, el mantra,
y lo repite y lo refrenda y casi
lo inocula en un plato de lentejas,
y casi lo eyacula
entre los muslos fláccidos de una mujer adulta.
Y todo porque él, en su ignorancia,
en su interior -abarrotado ahora
de fantasmas civiles-,
en el grotesco precipicio de su miseria incontrolada,
guarda un vestigio de sinceridad,
esconde un átomo sobresaliente
de glorioso veneno
que deforma su espíritu.
Tras esa inclinación,
flaquea su osadía:
siquiera balbucea una plegaria,
mucho menos un verso
que insinúe el color de la verdad.
Y todo porque él
es, de principio a fin, una mentira.
¡Oh, la gran travesura!,
la piedra en el zapato de charol.
...
Mientras otros crecían insultantes,
él asistía a clases de violencia,
inolvidables clases de jerarquía y llanto,
cursos acelerados de impudicia,
como ríos valientes
ajusticiados por el mar en calma,
seminarios de miedo y perdición.
La piedra en el zapato de los días de fiesta,
sometidos al mismo
simulacro de incendio,
a la misma presión, tan destructiva,
de los lunes, los martes y los miércoles
sujetos al estudio del sistema nervioso,
jornadas extenuantes
que se desarrollaban sin orden ni concierto
fabricándole un mundo
de ansiedades y anhelos infrecuentes.
¡Qué gruesa diferencia
latía en su infantil premonición!
El distintivo rojo que autoriza distancias
y más tarde dispensa sacrificios,
la culpabilidad transustanciada,
el estigma fluvial
en el pavor que inspiran los océanos
al mineral afluente desnutrido.
La vida bajo el yugo del amor imposible.
A veces, protegiendo sus órganos vitales,
esquivando caricias dolorosas.
De pronto, contagiado del ánimo sereno
de las sombras abiertas,
forjándose un destino soportable,
ahí, contra las tablas,
igual que un pobre toro moribundo,
llenos los ojos de belleza y tránsito.
...
La belleza era una porque sí.
Ya no había belleza en ningún lado,
ni en la glauca extensión de los bosques discretos,
ni en las ligeras piedras de las torres,
ni acaso en la fragancia del jardín imprudente.
Sólo ella era hermosa por completo.
Sólo en ella cobraba algún sentido
la idea de la plena certidumbre.
Una sola mujer en el planeta,
en la galaxia entera,
en el vasto universo escurridizo,
con sus piernas de amor, su mirada lejana
y esa piel erizada de vacío,
esa luz germinal e inaccesible.
Una mujer con una sola voz,
el planeta con una sola voz,
la galaxia con una voz vibrante...
¡Qué anuncia el universo
sino la destrucción de la belleza?,
¿qué, sino el nacimiento de una nueva pasión?
...
Despiadado, se indulta de continuo
-gobernador de toda su amargura-,
perdona sus pecados,
en especial los más escandalosos,
y purga, sin embargo, la única virtud
que atenúa su esencia depravada,
la esperanza secreta del amor,
la casita encantada del amor,
donde nadie despierta
y ejecutan los elfos sus danzas olvidadas.
Ha de surtir al mundo de su estética
-las obscenas visiones que perturban
el dominio del ángel,
el teatro desnudo de artificio-,
para desalojar al demonio del arte
de su costoso palco
con vistas a los negros corazones,
para obligar al genio a desmentir su origen
y a rechazar de plano la divina patria
que le atribuyen los esclarecidos,
¡ah, los pequeños sabios!,
inmunes al contacto de la noche.
Una estética burda,
que mire de reojo,
fundada en el temor a su propio reflejo.
Una moral incursa en el delito,
torpe como los dedos de un anciano.
...
Qué torpes para el beso los labios de un anciano,
labios conmovedores
de movimiento injusto:
recuerda la energía de su padre,
la fuerza en blanco y negro de sus manos enormes
que apretaban montañas,
el premioso declive de su concentración.
Está en la encrucijada,
en una rebanada espaciotemporal
que vira como un buque
de guerra sobre el ríspido oleaje
de sinceros pronósticos y conmemoraciones,
sin timonel risueño,
expuesto a la equidad elemental del clima
que lo mismo reparte el maná que las piedras,
el céfiro que el norte huracanado.
El bourbon contradice su reciente propósito de enmienda
con industrial implante,
se ve minimizado su anhelo de justicia
y forcejea con las apariencias.
Vislumbra y cree en alguien
más bello que la Luna,
pero ve las verrugas y ve los moratones
y las venas añiles dilatando los muslos
y ya no se enamora,
sino que aguarda cauteloso a la siguiente epifanía.
Menuchin redivivo,
era un tísico impacto de criatura...
y recuerda las manos de su madre
rompiendo en él, tempestuosas, dos tempestades azotando,
rizando el rizo, destruyendo puentes,
forjando espuelas en la boca fresca,
égidas en el llanto indiscutible.
Fuera, la luz remata su espléndida labor;
el gato blanco asilvestrado del parque riela en lontananza
y los autos sestean sus motores;
las cosas son, en general, menos de lo que eran cuando
el día aquilataba su argentina opulencia
y desgranaba raptos de bravura
sobre sus metafísicos contornos.
De pronto, algo le zumba y le confunde
(el dedo en el gatillo es proverbial
en el buen policía,
el suyo roza la palanca breve
-fricción que diviniza-,
galante con tal dalle en miniatura,
y el hombre cede paso al coloso troyano,
amurallado en su talón de Aquiles,
ebrio de impunidad aguardentosa).
Unfarotierraadentrounmercancías
unpuertounaeropuertounmatadero,
o un sueño de hojalata
que brinda una visión abrupta del destino.
A la vez, con el trueno y la sabática
zambra del campanario,
el aullido mistral de la alarma antirrobo
y el berrinche de un niño pendenciero.
¡Gansa totalidad!
El hecho supersónico,
sucede en un abrir y cerrar de ojos,
novedosa agresión.
Entonces, abre puertas y ventanas
para que el hipnotismo ciudadano
acceda a su morada indecorosa
y le saque del coma de la iluminación.
Le pican los mosquitos
y se rasca la cara
con el grosero afán de un perro flaco;
le amanece una voz televisiva
por los orientes de la heráldica placa del asesino a sueldo,
seguida de otras muchas que conminan y ofenden:
se acuerda del amor -verdadero demiurgo-
y es como si el amor le recordase
toda una vida afuera, inmaculada
de aureolas y nimbos y medallas al mérito inconsciente,
una clásica vida familiar
con su lazo de amor interactivo,
su villanía esférica, su lastre.
...
(Tampoco le han cogido de la mano)
FIN
(si no puede ser, no puede ser)
...
Sentado frente al vaso, una, dos, tres
veces sentado frente al mismo vaso,
siempre medio vacío.
primera parte
Los años merodean
por las inmediaciones de su vida
como lobos hambrientos,
los días son estrellas
fugaces y las horas
gotas de lluvia que pronuncian vuelo
con la voz incendiada de relámpagos.
Él percibe la ira,
el aura cadavérica
que adorna los esfuerzos colectivos,
la cólera del sexo,
y recibe descargas
eléctricas del suave parloteo
del viento itinerante.
Convive con el mal, un mal de altura,
vertiginoso, arisco, mercurial;
además de la voz, el corrosivo
siseo del enjambre,
el fuego amigo, el soplo
derramado entre lágrimas ajenas
-serio ciclón de fuerza masculina-
que, si desequilibra, pone en guardia
y, si avisa, es traidor y es oponente.
Además de la voz irreversible
que nunca le permite soledades,
el murmullo del agua
dividida y el peso
arrollador del trino melodioso
-cancionero global,
un repentino coro de jilgueros ausentes-,
junto a la púrpura del arpa, abandonada a su liviano
y regular estilo,
el fronterizo eco
de un millón de gargantas afiladas.
...
Menos que un ser en permanente espera,
una roca en su trono polvoriento,
reina de la quietud,
segura de su peso, desafiante.
¡Qué aferrado a la tierra y la madera!,
raíz que se consiente, así de lóbrega,
así de recta en el oscuro vientre.
Menos que un hombre recto,
menos que la nostalgia de la forma,
el tallo inverso, víctima
de la voracidad de la ciega materia.
...
No disfrutó jamás del sano aspecto
de los varones bien alimentados,
una indigencia natural, la suya,
un desaliño del que adolecía,
una estructura falsa.
Demasiado delgado
y demasiado lívido,
con esa cara triste,
fácil para los malos detectives.
No es que no fuesen mártires sus padres, que lo eran,
o que no soportasen privaciones,
que lo hacían estoica y crudamente,
es que sobre sus hombros diminutos,
sobre su espalda, apenas vigorosa,
recaía el ingente peso de la familia
con toda la violencia del error.
...
Bebe y olvida cicatrices; aprende pájaros sin cielo,
lecciones magistrales
que la desilusión se empeña en impartirle.
Se mira en el espejo y sigue viendo
aquel niño infeliz dotado de poderes,
aquel pequeño diablo
que tanto prometiera al sufrimiento.
...
Debería cuidar de comportarse:
saludar al obrero que vuelve del trabajo
con la jovialidad del estudiante
y el ceño inconsistente del padre de familia,
hablar del clima inagotable usando rápidas palabras.
Mas su comportamiento es discutible,
desde el punto de vista más vulgar,
así que se discute en los rellanos,
se analiza también en los portales
y suele estar presente
en las conversaciones de ascensor.
Quisiera persuadirles
de la benignidad de sus propósitos.
Que los ojos detrás de las mirillas
le aceptasen el gesto desgarbado,
el ligero desvío del tabique,
los dientes incompletos,
que los ojos detrás de las ventanas
le observaran en toda su congoja.
Le gustaría, en fin,
que proyectase fuego en su intención oscura
el fulgor inocente de un millar de sonrisas,
pero no le responden los sentidos
y musita silencio
en el esquivo idioma de los trenes
que circulan desiertos y se alejan.
...
Ya no reparte cartas ni baraja los naipes.
Apenas coge el truco
y ya se lo han cambiado y tarda un rato largo
en volver a zafarse de la magia,
en recobrar el pulso acelerado,
la condición humana.
Las mujeres le cambian de sitio el corazón,
que palpita en su boca;
al segundo mordisco, la saliva y la sangre
forman esencia, fraguan en su entraña
humores negros, bilis,
filtros desesperados.
Las adora y las teme. A una de ellas,
la teme porque adora su maternal refugio
de vaporosa novia
y conoce el asedio que predican sus labios,
sus piernas instantáneas
y todo lo demás.
...
Desesperado es la palabra, el movimiento natural
de los labios cosidos al secreto
(arroja por la borda todo lastre retórico,
todo lo que no duele, y se hace fuerte
en la sonoridad de su derrota).
Quisiera, una, dos, ¡tres veces!, salir
de su breve recinto amurallado
(caparazón de espuma y acorazada víscera)
de la corazonada que atormenta
su cenagoso juicio;
no tiene a dónde ir, su condición
es la del elegido,
obligado a entregarse por completo
a la devastación de la memoria.
...
Enfrente, un vaso atónito de vino
lanza destellos carmesíes hacia la parte de la sombra
que oculta lo imposible,
proyecta vivo espacio
en dirección al hueco afirmativo.
El torbellino gira emitiendo cultura milenaria;
urnas de griega estirpe y arabescos
amanecen radiantes
sobre el bajo horizonte del infierno.
La mesa duerme el sueño de los justos,
un sueño insoportable.
Él, en tanto, no bebe,
solamente calcula el impacto del líquido,
investiga la huella luminosa,
el indicio perfecto,
la crianza perlada de sudor.
La sed percute su demencia entre las sienes; su delirio
esparce láminas aviesamente
por el centro neurálgico del miedo,
guadañas vigilantes.
De pronto, es la madera lo que surge,
tan regia y tan arbórea
que produce terreno en la conciencia,
un sedimento baldío
en el que brotan tallos de miseria,
troncos de soledad.
Entonces, ya son tres
los hombres que lo habitan, tres ideas distintas,
tres velas simultáneas
que se encienden afables y preguntan
por una madre enferma,
por un trabajo honrado,
por una verdadera eternidad.
Son tres en soledad, creciendo solos,
dialogando con ecos y fantasmas.
Uno bebe del vaso medio lleno,
otro escupe en el cuenco delicado,
y un tercero se extiende en la glosa adecuada
a semejante colorido rojo,
¡Marte furioso y filigrana en serie!
Debate el triunvirato su estrategia
en una sala rota del recuerdo.
Uno exige acabar con el ensayo,
otro busca la gloria
y el tercero en discordia discute con la única
sombra presente en las sesiones de la inestable conferencia
acerca de lo humano y lo divino:
que si un altar sagrado, que si un verso...
...
Pero el ruido le roba la paciencia
(y es así porque sale de la voz),
el ruido vecindario, comunal,
el ruido de las grúas
izando al cielo piedra y más acero,
le exime de sí mismo y le convierte
en un reaccionario;
le confiere entidad,
aun remota y salvaje,
algo como la métrica del trueno,
la figura del salto primitivo.
Asciende velozmente por la grada tonal
traspasándole cráneo y pensamiento,
martillea, taladra,
dispara con la buena puntería
del arma con un solo cargador,
del soldado sin alma.
Es densidad, y ocurre
en los barrios extremos de las bellas ciudades,
donde los sueños rompen a llorar
y las estrellas lucen un destino sangriento.
El ruido le divide y le contagia
su discordante acento,
su mestizo compás;
es libertad y suena
a cadenas de hierro agonizante,
a prodigiosa fragua,
a fundición de guerra.
Estremecido, absorbe
decibelios azules
que anticipan el tránsito modélico
del cañón a la carne,
el aéreo periplo de la bala,
ceñida a su principio de orfandad,
y puede oír el llanto mutilado
del cadáver horrendo,
el sepulcral discurso
que improvisa la herida tumefacta,
la escala musical del propio desaliento.
Le roba la decencia;
aquel vestigio último
de solidaridad que mantenía,
en contra de sus áridos instintos,
es cercenado a golpe de timbal.
Se le mueren los padres,
el mundo es más extraño,
el mundo es un aullido, una ráfaga seca.
Es como si la muerte le hubiera poseído
dejando vivo al animal salvaje,
sólo el mordisco y el zarpazo ronco,
solamente una nota de espanto sideral.
Y se le caen los nervios a pedazos.
Y se muerde los labios colorados
hasta que, a borbotones,
fluye la esencia de los besos
y sale a chorros el carmín profundo,
hasta que palidecen sus entrañas
y la temperatura de su frente
alcanza el sumo grado del volcán.
...
Escapa del amor
que las buenas personas parecen profesarle,
las personas inmensas
que abarcan y estrangulan
como dioses sin ética.
También del puro amor que empaña los cristales
y huele al negro poso del café.
Se empeñan en quererlo con alguna maldad,
cada uno la suya, intransferible:
la faceta perversa
que cultivan los santos perdedores
(por cierto que pretenden
hacer de la clemencia un arte malicioso,
de la necesidad una virtud corrupta).
Ya sabe que lo toman por imbécil,
un racismo genético,
más allá del pigmento y la riqueza,
más allá de los libros,
más allá, sobre todo, de la música.
...
Un portazo infantil
inicia la dantesca serenata.
Después, un arrastrar de viejos muebles
-que es, en definitiva, un arrastrarse-,
chirridos, golpes secos,
estallidos de furia de las cosas,
que se hacen añicos,
se deshacen en filos traicioneros,
espadas que perforan los tímpanos inermes.
Él atiende y escucha, todo oídos
hacia el eco del salmo
que le susurra el odio,
hasta que prevalece sobre el brutal estruendo,
sobre el fragor del vertical tumulto
(la batalla que libran los objetos
y los hombres de bien).
...
Sale a la calle y trata de tomar
algún camino en paz.
A su espalda, la urbe
boquea como un pez fuera del agua,
pesa, vomita humo,
aúlla en las sirenas de ambulancias y fábricas
ríe con un repique de campanas,
¡tanta vida contiene!
Su vivo paso alcanza el primer árbol libre,
afilado ciprés.
Hay un bosque de cruces
a la vera impaciente del sendero,
una perforación bajo sus plantas,
una violación
del profundo secreto de la tierra.
Disfruta del hermético escenario
con un escalofrío. Sigue andando, deprisa,
entre los panteones,
el gesto lapidario
para forzar alguna simetría,
por confinar el tiempo en una esfera
-reconvertida en celda matemática-,
y jugar al balón
con los duendes oscuros
que devoran las horas a puñados.
Se imagina en el pozo,
debajo de la hierba,
en lo hondo y estrecho, en el desierto
al que llegan tan solo los picos de los cuervos,
en una fértil tumba
rodeada de vivas creaciones.
Entonces, amanece y, resignado, emprende
el regreso al futuro,
a la vulneración y la vergüenza.
segunda parte
Y necesita un arma.
No soporta la idea
de llamarse profeta desarmado.
Ha de vivir con ella,
ha de ser otro hombre con pistola,
otro muerto con ganas de matar.
(Apuntaremos a la sien del mundo;
una vez, dos, tres veces
apretaremos el gatillo y dejaremos que la sabia
naturaleza actúe conforme a sus preceptos.
Seremos asesinos,
iguales en el hierro, en la sed de venganza,
o seremos patriotas,
llevaremos banderas en la piel.)
Así, cuando le miren,
sabrá que reconocen su postura
y reconocerán su acento peligroso
cuando les hable de la fría noche
en su pequeña lengua de babel.
(Seremos religiosos,
elevaremos torres infinitas
en homenaje a nuestra fortaleza).
...
Desesperado es la palabra, el mantra,
y lo repite y lo refrenda y casi
lo inocula en un plato de lentejas,
y casi lo eyacula
entre los muslos fláccidos de una mujer adulta.
Y todo porque él, en su ignorancia,
en su interior -abarrotado ahora
de fantasmas civiles-,
en el grotesco precipicio de su miseria incontrolada,
guarda un vestigio de sinceridad,
esconde un átomo sobresaliente
de glorioso veneno
que deforma su espíritu.
Tras esa inclinación,
flaquea su osadía:
siquiera balbucea una plegaria,
mucho menos un verso
que insinúe el color de la verdad.
Y todo porque él
es, de principio a fin, una mentira.
¡Oh, la gran travesura!,
la piedra en el zapato de charol.
...
Mientras otros crecían insultantes,
él asistía a clases de violencia,
inolvidables clases de jerarquía y llanto,
cursos acelerados de impudicia,
como ríos valientes
ajusticiados por el mar en calma,
seminarios de miedo y perdición.
La piedra en el zapato de los días de fiesta,
sometidos al mismo
simulacro de incendio,
a la misma presión, tan destructiva,
de los lunes, los martes y los miércoles
sujetos al estudio del sistema nervioso,
jornadas extenuantes
que se desarrollaban sin orden ni concierto
fabricándole un mundo
de ansiedades y anhelos infrecuentes.
¡Qué gruesa diferencia
latía en su infantil premonición!
El distintivo rojo que autoriza distancias
y más tarde dispensa sacrificios,
la culpabilidad transustanciada,
el estigma fluvial
en el pavor que inspiran los océanos
al mineral afluente desnutrido.
La vida bajo el yugo del amor imposible.
A veces, protegiendo sus órganos vitales,
esquivando caricias dolorosas.
De pronto, contagiado del ánimo sereno
de las sombras abiertas,
forjándose un destino soportable,
ahí, contra las tablas,
igual que un pobre toro moribundo,
llenos los ojos de belleza y tránsito.
...
La belleza era una porque sí.
Ya no había belleza en ningún lado,
ni en la glauca extensión de los bosques discretos,
ni en las ligeras piedras de las torres,
ni acaso en la fragancia del jardín imprudente.
Sólo ella era hermosa por completo.
Sólo en ella cobraba algún sentido
la idea de la plena certidumbre.
Una sola mujer en el planeta,
en la galaxia entera,
en el vasto universo escurridizo,
con sus piernas de amor, su mirada lejana
y esa piel erizada de vacío,
esa luz germinal e inaccesible.
Una mujer con una sola voz,
el planeta con una sola voz,
la galaxia con una voz vibrante...
¡Qué anuncia el universo
sino la destrucción de la belleza?,
¿qué, sino el nacimiento de una nueva pasión?
...
Despiadado, se indulta de continuo
-gobernador de toda su amargura-,
perdona sus pecados,
en especial los más escandalosos,
y purga, sin embargo, la única virtud
que atenúa su esencia depravada,
la esperanza secreta del amor,
la casita encantada del amor,
donde nadie despierta
y ejecutan los elfos sus danzas olvidadas.
Ha de surtir al mundo de su estética
-las obscenas visiones que perturban
el dominio del ángel,
el teatro desnudo de artificio-,
para desalojar al demonio del arte
de su costoso palco
con vistas a los negros corazones,
para obligar al genio a desmentir su origen
y a rechazar de plano la divina patria
que le atribuyen los esclarecidos,
¡ah, los pequeños sabios!,
inmunes al contacto de la noche.
Una estética burda,
que mire de reojo,
fundada en el temor a su propio reflejo.
Una moral incursa en el delito,
torpe como los dedos de un anciano.
...
Qué torpes para el beso los labios de un anciano,
labios conmovedores
de movimiento injusto:
recuerda la energía de su padre,
la fuerza en blanco y negro de sus manos enormes
que apretaban montañas,
el premioso declive de su concentración.
Está en la encrucijada,
en una rebanada espaciotemporal
que vira como un buque
de guerra sobre el ríspido oleaje
de sinceros pronósticos y conmemoraciones,
sin timonel risueño,
expuesto a la equidad elemental del clima
que lo mismo reparte el maná que las piedras,
el céfiro que el norte huracanado.
El bourbon contradice su reciente propósito de enmienda
con industrial implante,
se ve minimizado su anhelo de justicia
y forcejea con las apariencias.
Vislumbra y cree en alguien
más bello que la Luna,
pero ve las verrugas y ve los moratones
y las venas añiles dilatando los muslos
y ya no se enamora,
sino que aguarda cauteloso a la siguiente epifanía.
Menuchin redivivo,
era un tísico impacto de criatura...
y recuerda las manos de su madre
rompiendo en él, tempestuosas, dos tempestades azotando,
rizando el rizo, destruyendo puentes,
forjando espuelas en la boca fresca,
égidas en el llanto indiscutible.
Fuera, la luz remata su espléndida labor;
el gato blanco asilvestrado del parque riela en lontananza
y los autos sestean sus motores;
las cosas son, en general, menos de lo que eran cuando
el día aquilataba su argentina opulencia
y desgranaba raptos de bravura
sobre sus metafísicos contornos.
De pronto, algo le zumba y le confunde
(el dedo en el gatillo es proverbial
en el buen policía,
el suyo roza la palanca breve
-fricción que diviniza-,
galante con tal dalle en miniatura,
y el hombre cede paso al coloso troyano,
amurallado en su talón de Aquiles,
ebrio de impunidad aguardentosa).
Unfarotierraadentrounmercancías
unpuertounaeropuertounmatadero,
o un sueño de hojalata
que brinda una visión abrupta del destino.
A la vez, con el trueno y la sabática
zambra del campanario,
el aullido mistral de la alarma antirrobo
y el berrinche de un niño pendenciero.
¡Gansa totalidad!
El hecho supersónico,
sucede en un abrir y cerrar de ojos,
novedosa agresión.
Entonces, abre puertas y ventanas
para que el hipnotismo ciudadano
acceda a su morada indecorosa
y le saque del coma de la iluminación.
Le pican los mosquitos
y se rasca la cara
con el grosero afán de un perro flaco;
le amanece una voz televisiva
por los orientes de la heráldica placa del asesino a sueldo,
seguida de otras muchas que conminan y ofenden:
se acuerda del amor -verdadero demiurgo-
y es como si el amor le recordase
toda una vida afuera, inmaculada
de aureolas y nimbos y medallas al mérito inconsciente,
una clásica vida familiar
con su lazo de amor interactivo,
su villanía esférica, su lastre.
...
(Tampoco le han cogido de la mano)
FIN
la coyuntura
En esta coyuntura, inerme como yazgo
frente al protagonismo corsario de las Musas
-profundamente harto de tanto madrinazgo-,
a todos los lectores, presento mis excusas.
Pero es que ya no acierto a controlar la boca,
que en un continuo salmo confidencial se obceca,
ni alcanzo a desprenderme del cielo que me toca,
por más que me libero del llanto que me seca.
Me atropellan los versos saliendo en estampida
de las íntimas cárceles y los castos burdeles,
arrogantes, dispuestos a jugarse la vida
por un mísero instante de gloria en los papeles.
Unos vienen rimando su eterna consonante,
otros acompañados de un chirrido de fondo.
Están luego los fatuos -que no hay quien los aguante-,
y los desaprensivos, y los que miran hondo.
Como atletas del verbo, superan los obstáculos
que opone la sintaxis a su jovial denuedo;
dirigen y producen sus propios espectáculos
y son extraordinarios creyentes de su credo.
Galopan en manadas de sordo anonimato,
bestezuelas despiertas a toque de campana;
a veces los esquivo, a veces los combato,
me pasan por encima cuando les da la gana.
frente al protagonismo corsario de las Musas
-profundamente harto de tanto madrinazgo-,
a todos los lectores, presento mis excusas.
Pero es que ya no acierto a controlar la boca,
que en un continuo salmo confidencial se obceca,
ni alcanzo a desprenderme del cielo que me toca,
por más que me libero del llanto que me seca.
Me atropellan los versos saliendo en estampida
de las íntimas cárceles y los castos burdeles,
arrogantes, dispuestos a jugarse la vida
por un mísero instante de gloria en los papeles.
Unos vienen rimando su eterna consonante,
otros acompañados de un chirrido de fondo.
Están luego los fatuos -que no hay quien los aguante-,
y los desaprensivos, y los que miran hondo.
Como atletas del verbo, superan los obstáculos
que opone la sintaxis a su jovial denuedo;
dirigen y producen sus propios espectáculos
y son extraordinarios creyentes de su credo.
Galopan en manadas de sordo anonimato,
bestezuelas despiertas a toque de campana;
a veces los esquivo, a veces los combato,
me pasan por encima cuando les da la gana.
a Lovecraft
Montañas de locura,
ásperas y elevadas cordilleras,
delirio de Natura,
definen las fronteras
del espacio que tuyo consideras.
Mágico delineante,
atormentada sombra de artesano,
vuelco de luz constante.
¿Quién te propuso, hermano,
vivir al otro extremo del verano?
Si veo por tus ojos
me desangro. Si leo lo que escribes
me invaden los despojos
del cieno en el que vives,
maestro de los cósmicos declives.
¿Qué voces te frecuentan
en las ocultas noches invernales
que al fuego desalientan
con soplos guturales
que semejan susurros infernales?
¡Cíclope de la horrura!
¡Titán de la sonrisa espeluznante!
Emerge tu figura,
de grisura acuciante
con cada nuevo miedo, a cada instante.
Noctámbulo adivino,
detrás de aquella puerta clausurada
velaste tu destino:
una mano en la espada
y otra alzando una pluma ensangrentada.
ásperas y elevadas cordilleras,
delirio de Natura,
definen las fronteras
del espacio que tuyo consideras.
Mágico delineante,
atormentada sombra de artesano,
vuelco de luz constante.
¿Quién te propuso, hermano,
vivir al otro extremo del verano?
Si veo por tus ojos
me desangro. Si leo lo que escribes
me invaden los despojos
del cieno en el que vives,
maestro de los cósmicos declives.
¿Qué voces te frecuentan
en las ocultas noches invernales
que al fuego desalientan
con soplos guturales
que semejan susurros infernales?
¡Cíclope de la horrura!
¡Titán de la sonrisa espeluznante!
Emerge tu figura,
de grisura acuciante
con cada nuevo miedo, a cada instante.
Noctámbulo adivino,
detrás de aquella puerta clausurada
velaste tu destino:
una mano en la espada
y otra alzando una pluma ensangrentada.
la herida
Mire por donde mire, ¡qué turbio el panorama!,
desolador, al límite de la humana tragedia,
Hamlet, Macbeth y Otelo, dilapidando fama,
Don Juan, en los infiernos, ganando fama y media.
Vaya por donde vaya, la misma incertidumbre,
el mismo interrogante e idéntica respuesta,
Sísifo que me siento soñando con la cumbre
mientras me descoyunto rodando por la cuesta.
Al norte me rechazan los sólidos glaciares,
al sur me dan la espalda las dunas del desierto,
me ignoran, al oeste, océanos y mares
y no veo hacia el este ningún edén abierto.
Se dispara el anhelo en pervertidas salvas,
el propósito anuncia un sea como fuere
y el artístico impulso comienza a crear malvas
por oscuros rincones de su invención, se muere.
¡Oh arcángeles inmunes al paso de las eras!,
seres de inmensurables y bíblicas edades,
mostradme con algunas palabras verdaderas
el efectivo alcance de vuestras soledades.
Mínimos epitafios vengan a esclarecerme,
que no habré de negarles autoridad futura.
Eleven una lápida sobre mi cuerpo inerme
por la que se deslice su letra prematura.
Fragua de perdiciones, forja de lo que siento,
bélica maquinaria de incombustible arenga,
voz que viene de lejos, voz que difunde aliento,
a la que me consagro, venga de donde venga.
¿Qué vínculo imprudente a tu caudal me une,
que me lacera al punto de costarme la vida?,
¡oh, torrencial Parnaso!, ¿ha de quedar impune
la eterna dentellada que aplicas a mi herida?
desolador, al límite de la humana tragedia,
Hamlet, Macbeth y Otelo, dilapidando fama,
Don Juan, en los infiernos, ganando fama y media.
Vaya por donde vaya, la misma incertidumbre,
el mismo interrogante e idéntica respuesta,
Sísifo que me siento soñando con la cumbre
mientras me descoyunto rodando por la cuesta.
Al norte me rechazan los sólidos glaciares,
al sur me dan la espalda las dunas del desierto,
me ignoran, al oeste, océanos y mares
y no veo hacia el este ningún edén abierto.
Se dispara el anhelo en pervertidas salvas,
el propósito anuncia un sea como fuere
y el artístico impulso comienza a crear malvas
por oscuros rincones de su invención, se muere.
¡Oh arcángeles inmunes al paso de las eras!,
seres de inmensurables y bíblicas edades,
mostradme con algunas palabras verdaderas
el efectivo alcance de vuestras soledades.
Mínimos epitafios vengan a esclarecerme,
que no habré de negarles autoridad futura.
Eleven una lápida sobre mi cuerpo inerme
por la que se deslice su letra prematura.
Fragua de perdiciones, forja de lo que siento,
bélica maquinaria de incombustible arenga,
voz que viene de lejos, voz que difunde aliento,
a la que me consagro, venga de donde venga.
¿Qué vínculo imprudente a tu caudal me une,
que me lacera al punto de costarme la vida?,
¡oh, torrencial Parnaso!, ¿ha de quedar impune
la eterna dentellada que aplicas a mi herida?
oscurecimiento
No recorre mi boca un solo desaliento
que no tenga que ver con tu belleza oscura,
ni me viene a los ojos un solo miramiento
ajeno a los que tengo contigo y tu figura.
Me tienes amarrado con una soga negra
y con una cadena de eslabones contrarios;
diría que mi grave cautiverio te alegra,
pero sólo lo dicen mis versos lapidarios.
Comulgo en tus iglesias, asciendo a tus altares,
me atrevo a musitar tu blanco Ave María.
Me impregno de tus dogmas y credos seculares
para pecarte a fondo también en teoría.
Admiro los desplantes que tu desdén construye
a partir de unos ojos distantes y unas manos
absortas en la sombra nidal que las engulle
y las estampa un sello de gestos inhumanos.
En estas condiciones, mantengo la esperanza
al pie de tus cañones y en tratos con la espina.
No sé cómo explicarte qué poca luz me alcanza
y qué oscurecimiento final se me avecina.
que no tenga que ver con tu belleza oscura,
ni me viene a los ojos un solo miramiento
ajeno a los que tengo contigo y tu figura.
Me tienes amarrado con una soga negra
y con una cadena de eslabones contrarios;
diría que mi grave cautiverio te alegra,
pero sólo lo dicen mis versos lapidarios.
Comulgo en tus iglesias, asciendo a tus altares,
me atrevo a musitar tu blanco Ave María.
Me impregno de tus dogmas y credos seculares
para pecarte a fondo también en teoría.
Admiro los desplantes que tu desdén construye
a partir de unos ojos distantes y unas manos
absortas en la sombra nidal que las engulle
y las estampa un sello de gestos inhumanos.
En estas condiciones, mantengo la esperanza
al pie de tus cañones y en tratos con la espina.
No sé cómo explicarte qué poca luz me alcanza
y qué oscurecimiento final se me avecina.
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