domingo, 10 de mayo de 2015

un final


Arte no hay. La belleza siempre ha sido episódica, un mal sueño nada más. Ningún arte
supera su afán. Todo es literatura y la literatura no basta, no es inocente.

La juventud venera el arte, adora sus ventajas, su opacidad. El escándalo de la perfección apunta a las alturas.
Notorio es que los artistas sufren la incomprensión del camarero arisco, el desprecio de las máquinas,
su vida es de padecimiento y dolor intermitentes: cómo se sufre en el bar mientras
se espera un refresco, qué mal rato antes del café.

Hay que pensar. Y pensarse. La obra se piensa a todas horas: parafernalia. La obra se piensa y en five minutes
se ejecuta al vuelo. Desmontando al artista, se dice que el verso estaba escrito
como una letanía. El plagio está a la orden, no se reconoce una perversión más accidentada. La belleza
se licúa entre misterios, sale con la luna, con la suya. ¿No es bella la palma de una mano?, el síndrome, ¿no es bello?
La miseria excluye santidades y cantidades de que hablar, pues, ¿de qué cantidad estamos hablando?
¿Dónde está la pasta? Y este es el poema desde los tiempos de Keats.

Hay bruma, es cierto, persiste una inspiración latente, harto caliente, reincidente incluso,
que asalta madrugadas y convierte el tiempo en una mina de oro. ¡Ah!, entonces llega la Historia y lo arruina

todo con su ectoplasma redentor, su déjà vu.

 

Seres religiosos con la vista puesta en dios al fin y al cabo; al pasar el puente, la vista puesta en dios, al cruzar la calle,

al montar en el avión suicida. Nada para el arte sino la negación de su poder. La inteligencia

desalojada del trono, la élite apartada de sus responsabilidades. El poema en un ramo de dramáticas rosas,

la música enunciada hasta caer.

 

Anteayer, la Vergüenza. Hoy la proyección del extremo angustioso, la depravación. Coletazos

del monstruo, cámaras de tortura que aún albergan estallidos; el aire mismo contaminado por la abyección,

siglos de pensamiento débil entregado a la revelación, a la deidad y su monasterio draculiano;

eras de ansiedad moral. Los frutos en los árboles, la sal de la tierra, y el sudor.

 

Arte no hay. Salvo un maestro de narices rojas y venillas etílicas, arte clown. El payaso concibe

ahora la mejor restauración, compila un rosario de escuelas y talleres, tendencias y virguerías

al alcance de una minoría reluctante, rimbombante y dada a su etimología y sus negocios

criminales. Hay un negocio en los museos y las exposiciones, en los auditorios megalómanos, llenos de melómanos y vates.

Pero ni siquiera el vacío es capaz de pilotar la nave del error.

 

El horror es como un alma gigante que no se desnivela, no duerme ni ambiciona otra manera de morir. El arte

ha sido emasculado: no hace falta citar a ningún genio. La belleza es horrenda desde el cielo, se ve

el charco, la insaciable fuerza del pasado estrujando los bordes del absurdo.

La inocencia ha perdido su relato.





sábado, 9 de mayo de 2015

dolorosa


Esta es una historia de otro mundo, la historia del amor
(desde el primer amor). Crónica del cine mudo, muda como un poema incómodo, exenta como un libro prohibido.
La historia cuenta con su propio idioma francés y su debacle. Se produce en lugares
anónimos, donde menos pudiera esperarse floreciese la chispa deportiva
del deseo, ese ingenio mental (jamás en una biblioteca: la gran literatura duerme fuera de casa).

El amor era un tomo escrito en una especie de francés luminoso y cordial,
no romántico. Vagaba
desnudo por callejones árabes y quintas avenidas, fulguraba sus brodways y seguía sus ways con indolencia
y motivo, estampaba su huella en el cemento arcaico del paseo
como si fuese una estrella de relumbrón y cierre. Modificado en una escuela de tuneo por gente dispar,
también modificada -no genéticamente- en sus convicciones y su aspecto,
el amor era un cambio y se echaba a llorar, era cambiar de ropa o de zapatos y echarse a llorar
por los renglones. No existía una frecuencia real para comunicarse. Nadie sospechaba por los anaqueles,
informaba sobre las estanterías únicas, tan divisibles, copadas por títulos
sedantes, novelas de un redondo y una violencia formales excesivos.

Ella caminaba, flotaba (―sé ingrávida)
por el pasillo empolvado de lágrimas, hojeaba un volumen estrecho
no voluminoso, poco planetario, satelital, y sus ojos divagaban por las páginas encintas maravillosamente gruesas,
reacias al abatimiento del marcador, a la afanosa mancha alimenticia. Cuesta imaginársela
-ser imaginal- ingrávida, personaje histórico fuera de fecha y frase, calumniado por el tiempo.
Mejor descalza, algo divina, algo dolorosa, bien que bienaventurada; durmiendo en un cajero automático
o una cabaña del parque. Como mandan los cánones.

Cuesta enroscar la redondez de autor, la obra maquiavélica, el resultado comúnmente aceptable
por la dilecta crítica y sus profundidades. Este amor se vuelve escurridizo como un sapo principesco,
se arrellana en un fondo cualquiera para que le saquen los colores. La historia
aturde, cuando hay luz porque hay luz, cuando no, porque hay luz. Es una fábula sin zonas muertas;
la sombra falta a clase, es marginada del abrazo interior,
se le cortan las manos sucedáneas, se le aplastan para evitarle malos pensamientos.

Los nombres del amor eran tres principales: Rama, Rosario y ¿quién?. Mas luego no eran ellas
la que hablaban en francés con los poemas, las que depositaban sus rosas en la tierra antes de nacer.
Alguien con un pañuelo en la cabeza cantaba sola anticipando el baile, se dedicaba
a construir espejos en forma de latido, a sepultar palacios bajo el paño de la noche. Y su nombre era un verso permanente,
largo como un excelso Browning, anular como todos los exilios. Su nombre se volcaba
sobre el aire, edificaba el aire con un movimiento plástico de su índice demoledor. 



miércoles, 6 de mayo de 2015

gran circo americano


¿Por qué el poeta fue abducido por una guitarra eléctrica justo antes de la felicidad?

Estaba el arte agotado en su peana, disoluto, cuando empezaron a caerle horas encima
como números primos, tan escuchimizadas. Al paso de los años, comenzó a sentirse bien
y a sazonar de estilo las miradas perdidas. Su espectáculo a tres pistas como el gran circo americano:
una en la escultura, otra en la pintura, la tercera en la música.

Así que el poeta quiso añadirse a la forma, quiso añadir forma a la performance y presentó una telaraña.
Los versos caían encima del arte como sondas geográficas o bajo la superficie (no se sabe aún), caían
indecentemente, con resuelta lentitud. Su polisemia cogió desprevenida
a la pintura, su rima desconcertó a la música, su trama intrigó sobremanera a la terca escultura, tan instalada de sí.

Crecía el verbo exuberante para pasmo y experiencia de la crítica, público espanto. Las revistas se rifaban
su nombre en la palestra, humeaban los teletipos modernos, incendiados los mails, las cajas de música a reventar
de piano. Entonces entró en foco la publicidad (¿o fue la autoridad?) rompiendo la cadena
con su puesta en escena enérgica y feliz, tan del gusto. Y fueron sucediéndose los anuncios rastreros,
las faltas de ortografía, la funesta presión del solecismo y el teatro burgués.

Las muñecas, los chales por los suelos como arroyos, nada en posesión. Las muchachas a sus cosas:
sus paseos dominicales, sus estrépitos, sus libros. La danza arrinconada, casi estereotipada en flases de concierto,
fases clínicas. ¡Oh, la espontaneidad de la tosca materia! El desparpajo elegante del lenguaje común, la renta del argot:
en el argot del barrio, un trompo era un billete grande, cuatro, una fortuna sideral. Así se borra la historia
de los páginas bellas, exactamente de este modo abúlico y servil.

Estaba el arte dilatándose de parto, con sus contracciones monetarias y su estocolmo residual. Por cierto
que parió un ratón gigante como una montaña rusa, tuvo gemelos en dibujos animados, se montó una farándula
para el cómic, mafia de soñadores.

El poeta todo lo grababa, detectivesco, lo anotaba todo en su libreta anaranjada que llamaba la atención
más que unas rastas. Metódico, se asomaba a los oficios sin intención de trabajar, se asomaba a las iglesias sin intención
de un padrenuestro, sin motivo, sonreía a los bebés bien alimentados (que invariablemente apuraban
sus gestos de superioridad). Escribía dádivas y cuentos, herejías, dilemas. Se enroscaba en la noria
plateresca o volvía a las andadas por su pie.

Al quinto aviso tronó la tormenta y se mostraron equívocas las estatuas, sobreexpuestas,
los cuadros sepultaron su cordura entre rimeros falsos de irisada ignorancia, la canción del verano
se congeló en el último puesto del extracto. Tuvo que ser la ópera, de nuevo ensimismada, la que bordó el poema
para la histeria selectiva (con ayuda de un ballet hidráulico), la que sintió en sus carnes la pertinaz
nostalgia de los cómicos y se trató de un gremio en el pediatra como si fuese en serio.

Pues la felicidad de aquel entorno tendía al infinito. En tal diáfano instante de confrontación entre las artes,
de mordaza y orden, un súbito flamenco alegrándose de todo lo demás, la obra por supuesto
y el genio desnivelando el testimonio de su floja memoria. 




domingo, 3 de mayo de 2015

camposanto


Ahora di: el universo es un campo.
No un campo magnético. No el campo de Higgs. El universo entre dos planos, empujado a la barbarie
de las rosas tímidas. El horizonte como una línea rota en su matriz, truncada. Y la vida sonámbula,
oscura como una noche de protesta.

Verde universo, húmedo de soledad; nubes aparte, alguna lluvia que descendiera suelta del espacio.
La vida de los niños es un antes del trabajo que durará para siempre. Hay una redención por el trabajo:
horas-días-años, todo lo mensurable. El campo está en Polonia (Estado de Alabama), se parece a un desierto
frecuentado por lobos, sin desalambrar.

Allí duerme la luna como un sol de terciopelo, duerme sin rostro, atrapa cualquier clase de frío,
de crudeza. La luna encoge el pecho de los novios, la piel se torna gris en su presencia, esa raya
infinita tendida sobre el hueco del crepúsculo.

La noche viste acero, levanta cruces enfermas donde huelgan las flores. Los árboles vomitan sombra,
menudean hojas muertas. Atrocidad tras lenta atrocidad, la forma del terreno surca mares, atropella
sentimientos; hay un petróleo oscuro como el agua,
ceniza que desuella montañas de vapor capaces de cortar la respiración
de la hierba. En tan estricto ámbito, las cabañas asombran por su aura, mientras se derrumban las casas nobles
y los panteones chorrean infecciones del alma. Este área del grandioso vacío, esta penumbra cósmica
en la que se aúnan la miseria y el odio, universo escuálido y glauco dejado de la mano del tiempo.

Di ahora: el universo es un patio miserable, un cuerpo extraño
cargado en parihuelas por el campo. Los muchachos aguantan el peso intolerable de la física, el peso
permanente de la ética endurece sus músculos. Ella que todo lo ve. Ahora se ha desarrollado, ha ensanchado
su nariz preciosa y ha endulzado sus labios, su piel morena ha adquirido el tono del jarabe,
la miel del caramelo y el suave aroma de la persistencia.

¡Qué bonita! avanza, corre, surge entre los tallos altos, cruza el riachuelo con los pies descalzos y se moja
la cara que brilla como un orbe. Su casa está en el límite, y del hogar en ascuas brota la fumata blanca, el humo sacro
que perfuma los sueños. Soñar es fácil, tanto como imaginar un mundo menos torturado, apenas libre,
digno de su hermoso desencanto.

Continúa el esfuerzo bajo el sol inclemente, bajo la trata del sol, el maltrato del fuego. La risa se ha estrellado
contra el vuelo de los brazos exhaustos. Las amigas cantan en voz baja y el universo se abre hasta engullir
el sonido del arpa que manejan los ángeles, el secreto murmullo de los violines,
la parte rigurosamente cierta de la realidad.   


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viernes, 1 de mayo de 2015

por dios


Hace tiempo que los cielos se hundieron
bajo un millón de cruces, una pirámide de palabras huecas. La primera palabra fue Dios,
que significaba la inocencia prohibida, el desencanto. 

Ellos usaban su vocabulario técnico
para referirse al mundo; venían de muy lejos porque habían dominado la energía,
ocupado el espacio. Desde la montaña, alcanzaban a ver el horizonte dorado
de la propiedad, ensayaban en orden sus voces codiciosas, vociferaban altura y escupían ceniza,
vomitaban el cianuro de sus corazones.

Su flexibilidad, su propiedad sobre las almas; el saqueo incontrolable e histórico. Mencionaban a dios
a todas horas de manera cobarde y suntuosa. Su dios era un pergamino arrugado y sucio encontrado en el río,
húmedo a todas horas, a ojos vistas un pergamino en blanco para escribir el nombre
de la infamia, el apelativo corrupto de la deidad autosuficiente, insolvente a todas luces. ¡Ah!, y la memoria
que sacaba a relucir el odio más elemental. La herencia tumefacta,
intacta de sus padres -aquellos seres despreciables-, su lengua común, su lenguaje político, y hepático, y turbio,
manchado de hidalguía como ininteligible.

Acaso todas las palabras eran dios, terminaban en dios;
empezaban con la de de dedo que apuntaba al infinito o se acurrucaban en el diccionario más sentido y más tétrico,
(en un sentido tétrico) ese libro constante, eufórico de acepciones y minúsculas,
dotado de caracteres impensables, rictus inesperados del idioma, mocasines del habla: escrito para sojuzgar imágenes
y juzgar el pensamiento.

Por el río bajaba el pensamiento como un torrente de furia. La luna, tan promiscua, andaba
en tratos con un rey y la espuma brotaba sumergida en el llanto de los niños. Una pelota de harapos por el suelo,
concentrada en su mundo sin espacio, sujeta al polvo
de la calle -semejante incendio-, al paso desahuciado de los años. No jugaban los niños, no trasteaban con las ramas
bajas de los árboles ahorcados en su miseria, sus juguetes despedían una luz salvaje que acababa
en una noche fresca interminable. Sin duda, qué bonita ilusión, qué amalgama de sonidos encauzados por el aire,
recogiendo lágrimas a manos llenas.

En otro libro: dios está arrancándose una postilla, sonándose la nariz con un pañuelo roto que es un trapo oscuro
repugnante. Dios está meneando el esqueleto de un hombre muerto, fracasando
de nuevo en el trabajo. Ha recibido el pago a su pereza y la sangre ya le ciega las costillas, el pelo se le mete por la boca;
caen gotas de sudor desde su frente apócrifa para regar los yermos.

Los pobres tenían puesta su fe en el dios que asaltaba pequeñas aldeas en países remotos,
violaba mujeres hermosas, niños, transportaba rehenes, prisioneros a través del océano. La pérfida gente de dios
se cubría de gloria por unas pocas monedas, su traición era recompensada con creces en el paraíso
y los sacerdotes cumplían con su vocación y su trabajo, su programa máximo hacia la salvación
de los rebaños. Solo que un ligero olor a sangre congelaba el ambiente
al despuntar el alba; solo que a golpes aumentaba de tamaño hasta el hedor insoportable de la podredumbre,
un olor a carne debilitada, podrida bajo el sol, que salía del templo y se extendía
como una maldición por los hogares reducidos a cuadras, las mentes reducidas a habitaciones del pánico,
los cuerpos reducidos a su naturaleza, hijos de dios.




martes, 28 de abril de 2015

humo al final del corazón


En su corazón se asienta una ciudad roja como el baile, un desierto azul como la hierba.
Alto corazón con sangre de paloma. En la ciudad todos piden auxilio, desde la enfermera
guapa vestida de blanco, hasta el reverendo en busca y captura; el agente de bolsa y la detective de homicidios,
todos buscan la verdad en un grumo de café, la belleza en un gramo de cocaína cortada con speed barato
y desamor. Los edificios ruegan misericordia, bien tallados, obligados de estatuas y mármoles peludos;
son raros edificios de diez plantas sin escalera de incendios, bien acabados, remachados de estatuas
y pivotes, rampas aerodinámicas para ver las estrellas. En la terraza, toman el sol desnudos los caballos negros,
aquellos jóvenes rezagados.

En su corazón el baile se torna una amenaza (la raza es importante,
novelística). La tarde cae ausente sobre el sueño de la luz, que yerra una y otra vez su aprendizaje.

Lo correcto sería sucumbir al encanto efímero del arte ciudadano, hecho de esferas y tiempo que perder. Lo difícil
es no fingir ante la industria que ensaya fórmulas sofisticadas de practicar el desastre.
Por la avenida, que repite sus tramos característicos, circulan los abetos de una vida mejor, las navidades
del padre y un mes de vacaciones pagadas en un infierno-tipo (nada de trabajar durante el mes de vacaciones
pagadas en el infierno). En la ciudad el trabajo no existe, no insiste -por el momento-, hay un paro estructural que no permuta 
ni se detiene en estadísticas. Distintos ángeles se ocupan de limpiar las calles con estruendoso batir de sus alas
largas como tablas de la ley, enunciadas en idiomas ocultos.

Su corazón favorece el dulce empeño, la sinceridad que daña por igual y completamente a la familia.
En la ciudad hace años que los árboles pasaron a una vida diferente, más subterránea, no tan a la vista, pasaron a ser
dominio público invisible, como si fueran billetes grandes, obras de arte al alcance de la pequeña burguesía
no-ilustrada, despiadada, inútil en términos tradicionales. En el desierto florecen las arterias deducibles
y una renta per lápida -superconductora- que achicharra las fiestas de guardar; las palmeras han dado paso
a un césped irritable que no se puede fumar.

En su corazón hay un estanco donde se vende amor
en frascos de nicotina gris; oh, tristes hilios inflamados, hilos de humo como antiguas señales.

El amor recuerda un instante de benevolencia y una eternidad de ayuno. El hambre es el defecto, el efecto
expresivo de esta clase de amor. Llueve sobre el asfalto al rojo vivo, la lluvia ácida percute
y abrasa sentimientos con cadencia estipulada, doméstica. Las estatuas van cediendo su contenido formal hacia la curva
abierta de los planes de futuro, como personas corrientes. Ella se figura una alteración
depende de qué estilo, sin tribulaciones, el largometraje de su existencia pasado a fúnebre, fatal velocidad,
a toda máquina, con las máquinas a pleno rendimiento de sus engranajes palpitantes.

Y entre tanta fidelidad cruza un atajo de sombras que no se inspira en nadie, toma aliento en la espesura.
La redención atruena por debajo del mar como un seísmo controlado. Ella aduce una infección espiritual para deshabituarse,
un dolor agudo en la parte que ama y linda con el resentimiento; dice que va a portarse bien, pero ya no lo cree
porque lleva una ciudad abandonada y un desierto en mitad del corazón.



JR Artist

sábado, 25 de abril de 2015

el proceso


Escribir sobre (...). En código de alto nivel: indescifrable.
Escribir para un recitado rápido, al filo de las olas, en alas del viento cuadriforme. Solo por ser del sur,
esa extraña rapacidad del ambiente. Solo por ser del soul y con el ruido del aceite crepitante.
Se escribe sobre el silencio, en silencio. Todo por decir, hasta su nombre, su cantidad,
su libro. Cada uno con su libro entre las manos vacías, algo entre manos, un asunto
turbio, como casi siempre. El poema ya se mancha y mancha los pulgares de ceniza, de tinta, los entinta
justo para estampar la huella, es una comisaría, una aduana.

En comisaría se oyen los portazos, como en el poema, que se cierra en banda. Ella ha abierto una ventana
y el sol desarrolla su talento para la infiltración, quema más que un deseo. La realidad es blanda con sus héroes;
ella viene a ser real, ha terminado con su espejo una relación adulta, sus manos ya cartografían
el sendero único del parque, aquel con sonido a flor, última flor.

Ha decidido quitarse el pañuelo, ponerse un vestido; una elección difícil, engorroso trámite,
que así se escribe el mundo. La reseña del cuadro es admirable; el vestido tiene una caída que se encoge,
un suicidio a cada paso y está hecho con una tela rota, confeccionado con suficiente amor.
A la sombra, parece del color del pelo tanto como del color del mar. Sucede un cielo azul que no acierta a desentonar del todo,
prístino o primerizo, que oscila como un pájaro valiente. Ella diseña a toda prisa
un género de dudas anterior a la masacre, un verbo intransitivo para salir de casa sin peinar.

Se conoce que el espejo tenía su costumbre, el acero de su pelo negro lucía demasiado tranquilo en la pantalla,
demasiado curioso, brillante como un término inusual. El lenguaje espectral absorbe claves
inicuas. En su habitación, el criptógrafo sufre las consecuencias de su profesión, el lector abunda en la materia,
quiere leer trozos de vida, contemplar escenas de otro tiempo. El descifrador anhela el universo
insano de los versos, su procacidad juvenil, las piernas de la poesía: esa desnudez.

Keny voltea un segundo. No hay concierto ni es momento de tomar precauciones.
El poema arranca a desinstalarse en el sofá produciendo una nube de humo que no se tiene en pie. Su primera letra
es débil como una promesa, contiene la promesa de una revolución maldita, un espectáculo
de masas fundado en la coreografía de la desesperanza.

La escritura es una acusación formal, un proceso contra el alma, una escena en el teatro de la soledad.




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