viernes, 1 de mayo de 2015

por dios


Hace tiempo que los cielos se hundieron
bajo un millón de cruces, una pirámide de palabras huecas. La primera palabra fue Dios,
que significaba la inocencia prohibida, el desencanto. Pues los amos usaban su vocabulario técnico
para referirse al mundo; venían de muy lejos porque habían dominado la energía,
ocupado el espacio. Desde la montaña, alcanzaban a ver el horizonte dorado
de la propiedad, ensayaban en orden sus voces codiciosas, vociferaban altura y escupían ceniza,
vomitaban el cianuro de sus corazones.

Su flexibilidad, su propiedad sobre las almas; el saqueo incontrolable e histórico. Mencionaban a dios
a todas horas de manera cobarde y suntuosa. Su dios era un pergamino arrugado y sucio encontrado en el río,
húmedo a todas horas, a ojos vistas un pergamino en blanco para escribir el nombre
de la infamia, el apelativo corrupto de la deidad autosuficiente, insolvente a todas luces. ¡Ah!, y la memoria
que sacaba a relucir el odio más elemental. La herencia tumefacta,
intacta de sus padres -aquellos seres despreciables-, su lengua común, su lenguaje político, y hepático, y turbio,
manchado de hidalguía como ininteligible.

Acaso todas las palabras eran dios, terminaban en dios;
empezaban con la de de dedo que apuntaba al infinito o se acurrucaban en el diccionario más sentido y más tétrico,
(en un sentido tétrico) ese libro constante, eufórico de acepciones y minúsculas,
dotado de caracteres impensables, rictus inesperados del idioma, mocasines del habla: escrito para sojuzgar imágenes
y juzgar el pensamiento.

Por el río bajaba el pensamiento como un torrente de furia. La luna, tan promiscua, andaba
en tratos con un rey y la espuma brotaba sumergida en el llanto de los niños. Una pelota de harapos por el suelo,
concentrada en su mundo sin espacio, sujeta al polvo
de la calle -semejante incendio-, al paso desahuciado de los años. No jugaban los niños, no trasteaban con las ramas
bajas de los árboles ahorcados en su miseria, sus juguetes despedían una luz salvaje que acababa
en una noche fresca interminable. Sin duda, qué bonita ilusión, qué amalgama de sonidos encauzados por el aire,
recogiendo lágrimas a manos llenas.

En otro libro: dios está arrancándose una postilla, sonándose la nariz con un pañuelo roto que es un trapo oscuro
repugnante. Dios está meneando el esqueleto de un hombre muerto, fracasando
de nuevo en el trabajo. Ha recibido el pago a su pereza y la sangre ya le ciega las costillas, el pelo se le mete por la boca;
caen gotas de sudor desde su frente apócrifa para regar los yermos.

Los pobres tenían puesta su fe en el dios que asaltaba pequeñas aldeas en países remotos,
violaba mujeres hermosas, niños, transportaba rehenes, prisioneros a través del océano. La pérfida gente de dios
se cubría de gloria por unas pocas monedas, su traición era recompensada con creces en el paraíso
y los sacerdotes cumplían con su vocación y su trabajo, su programa máximo hacia la salvación
de los rebaños. Solo que un ligero olor a sangre congelaba el ambiente
al despuntar el alba; solo que a golpes aumentaba de tamaño hasta el hedor insoportable de la podredumbre,
un olor a carne debilitada, podrida bajo el sol, que salía del templo y se extendía
como una maldición por los hogares reducidos a cuadras, las mentes reducidas a habitaciones del pánico,
los cuerpos reducidos a su naturaleza, hijos de dios.




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