lunes, 10 de febrero de 2014

ecos de una dulce soledad


Cierta diplomacia del recuerdo, que protesta en voz baja de cara a la pared;
su voz es una estampa, la postal ingenua. En el recuerdo hay un verso que no rima
con el verbo, no despierta a la realidad, no informa. Asalta el pacífico descanso
con su amalgama de notas y sus variedades, ñoñerías y zapatos de charol. Chiquilladas,
lances que estropean la jornada apacible, que no saben estarse y proliferan adrede
contaminando con sus matices plenos nada hieráticos la plácida condensación del tiempo.

El clima desgrana su rap sobre una base otoñal, pero hace invierno y el infierno avisa
de sus intenciones, siempre férreas. El frío no basta para congelar el vértigo feliz que asciende
por la garganta y bucea, y busca. Se mira cómo cae la lluvia y es casi como mirar un mar pequeño,
un mar de góndolas y olas compasivas que posee un solo horizonte. La lluvia es de verdad
y es tan certera que baila en el recuerdo.

Todo el viento mortifica, tanto viento es un estorbo para la soledad. Permanentemente en retirada,
el viento desconoce las horas que transcurren, las clasifica, las desmenuza con paciencia.
El llanto se merece algo de cielo de este lado del cristal. El llanto fluye desde un pozo de memoria,
es un río seco que merece su eco diáfano, su longitud de plata, forma que se deshace.
Pues la lágrima del espejo no es aquella, esta tarde de invierno que ve llegar la lluvia en soledad
se da un aire al amor. Allí, bate el recuerdo sus alas negras y la espuma reblandece aristas,
escoge un lienzo para desprenderse de sí y de su estado hipnótico.

Tiernas palabras abusan del sentimiento, cruzan charcos, invaden la parábola posible.
Las palabras son dulces como luz, brillan como la luz de un sueño, a la luz de su epílogo;
hay una palabra que significa eso y parece volar en alas de la luna, significa sombra
y es tan dulce como un melocotón. El beso trae consigo su término insaciable, su frecuencia,
el anhelo perfecto que no sabe por qué, la sonrisa más profana y más recta, su penuria.

Tras el cristal, el rostro es tacto, es labio, y labio, es la pantalla para mirar el pasado en su pureza,
cómo respira el tiempo, dónde está el aire que se fue entre todo. La soledad se vuelve cariñosa,
despliega un mundo alrededor del día de mañana, una solicitud espontánea y febril,
lanza su estela hacia la confusión y el miedo, abre la boca para decir amén.





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