jueves, 23 de junio de 2016

firmes puentes de luz


Se agotó la plusvalía, el negocio es el amor. No hay negocio. Los chicos compran
armas en el descampado, se hacen chalecos y esquivan proyectiles como superhéroes de ficción; ellas vuelan
flexibles como antenas, captan el zumbido del rayo bajo tierra, se marean a la tercera cucharada de vapor.

Hay un festival de humo en la nación, la música solivianta a la siguiente congregación baptista que no sabe por dónde
avanza el ritmo de la súplica. La aristocracia del parque ha pasado en dos cadillac aterciopelados; en uno iban
Mara y el KRIT, zarandeándose, en otro AZ –sobrada de buenas intenciones– y su séquito
de guionistas célibes. La realeza topa con la realidad, que es una religión
amanerada, entregada al tenebroso encanto de las dinastías
como a la consecución de objetivos naturales.

Atruenan los disparos: ¡otro día de fiesta! Fuegos artificiales, bengalas,
la pistola de señales del náufrago. El comité de bienvenida suele recibir con un fusilamiento simulado a los audaces;
no hay extranjeros en el parque: si no eres oriundo sales por la ventana como un extraterrestre
cargado de metanfetamina, silbando el puente sobre el río Kwai.

Gris ha perseguido a un conejo que resultó ser una rata de considerable tamaño
(que no quiso hacerle frente). El tabaco cada vez huele mejor, huele a hierba y tremenda sensatez;
luces carnívoras atraviesan el telón, un pálpito colectivo arrasa la platea. Donde hubo
una piscina no se puede ver el fondo. Un hoyo
aséptico, cavado en orden descendente, el doble de profundo.

La comunidad ha convocado una pelea de gallos en un local que va cambiando de estrategia. Los focos
aumentan y el suburbio se acompleja un poco; hay más animales que nunca, perros,
gatos, ancianos reluctantes, ingratas víctimas. Los arietes, una tromba de color y pinchos tímidos, púas laterales,
espolones oxidados y cierta galantería (las damas primero). En el portal, la silueta
conocida de la Diva reducida al target de milagrosa muñeca, Penélope afiliada al sindicato,
Ariadna en un colchón de plumas de la época.

Jordan sale como una bala de su cuarto, no estaba en la recámara. Ha pronunciado la luz,
ha bendecido la luz que revienta los costales y se filtra entre los dedos de la piedra. Los ríos son una metáfora del Verbo,
siguen estando solos, igual que hace una noche, pero no significan
otra cosa, apenas el tiempo que tardan en vaciarse de sentido mientras pasan desiertos hacia la oscuridad.




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