domingo, 16 de julio de 2017

desánimo y paciencia


Antes de aquello, antes,
el poema se escribía solo; bastaba bajar a la calle y esperar al primer coche patrulla. Bastaba
conectarse y echar un vistazo al primer vídeo espeluznante. Ahora la Policía
es un armazón vacío, deshecho, y la calle, un laboratorio violado.

Árboles amenazan lluvia y los poetas se mojan, comprensivos, deslizan su mirada insuficiente por la túnica
púrpura del espejismo de guardia, somatizan el color de una aurora
inofensiva. Y puntúan sus movimientos gloriosos, juegan a la ruleta rusa con el tipo en el espejo,
con la señora que fuma en el balcón. Hay una producción estética semejante a un manantial de cruces,
algo como una promesa insuperable. Y las chicas balbucean buena música hasta que llega Angel
y demanda su (vestido de) noche, y su proyecto.

La noche se masturba –colectivamente– sin que nadie la vea, es la ventaja de los procedimientos absurdos;
las estrellas creen lo que ven, saben ser verdad en la distancia. El día ha recompuesto su esbelta
figura de mancebo, su sombra atlética de femme fatale. Desánimo y paciencia;
cunde el desánimo entre la variopinta multitud de personas sin hogar, ojos como de alemanes después de una gran guerra,
se nota esa cultura alemana a la que aspira toda ciudad bombardeada. De los despojos
ha surgido una nación poética, maximizada por la propia inercia de su nombre en ruinas. Sobre Vietnam
fueron arrojadas más bombas que en la entera WWII, es un dato
sorprendente, que no tiene rival; luego: cinco millones contra cincuenta mil, que es la sana proporción de bajas del imperio.
Oh, de nuevo, disculpen la digresión.

El parque ha modificado su grandeza; los ángeles llevan uniforme con chorreras
y volantes, sus galones refulgen como amatistas, como chispas automáticas, larvas de placer. Vamos,
aunque haya niños muertos por los callejones, aunque los túneles no escapen de la cárcel, no arraiguen bajo la tierra.

Pedir perdón no sirve de nada, dios ha dejado de torturarse, de humanizarse por la humanidad, ya no exige sacrificios,
ya no existe. Solo los ángeles perpetúan la estirpe, bajan despreocupados por la Avenida South Presa en San Antonio,
milagreando de vez en cuando como solistas de la redención. Uno de ellos –el único inservible– ha respetado la inocencia
de un adicto a la heroína, ha taladrado los muros del sistema penitenciario,
ha penetrado en los restos de la revolución.

Después de todo, el hambre es una cuestión de fe. El arte de burlar la ley del más fuerte
coincide con el arte. Además, el Angel es bellísima, parece que tiene un cuervo posado sobre el hombro, parece que una lágrima
resbala por su mejilla oscura, que un poema lo salva de morir en paz.



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