domingo, 8 de septiembre de 2019

solo ida


Nadie más triste,
nadie más incompleto que el viajero. Nadie más insensible. Hubo otros viajes, unos al centro
de la tierra, otros más adentro. Viajes por tierra, mar y aire, en trenes,
barcos y a lomos de dragones y águilas gigantes. En las pesadillas
urgentes de los niños, en los malos sueños de la soledad; el tren siempre llegaba
demasiado pronto y no había despedidas ni besos, solo el hedor de la nostalgia acompañaba al viajero,
solo la pobreza absoluta, la negación y el olvido. En las pesadillas, el agua llegaba a los tobillos, las cadenas
pesaban como losas, la sangre seca se humedecía,
los muertos persistían en su hábito solemne.

El viajero no existe es una ausencia, es un alma
encantada, un espíritu incurable. Va dejándose la vida por el mundo, siempre incompleto,
siempre intrigado por la vida de los otros, figurándose un ramo de acontecimientos simultáneos, imprevisibles
partes de la existencia ajena, hechos desconocidos, causas
propias de la gente que se ha dejado atrás.

Hubo más viajes. En los barcos, la carne aparecía como un fantasma desolado,
había pelo y a veces era como la perrera de DK, a veces los puertos eran puertos espaciales. Los trenes
no paraban nunca, invisibles para el cielo, de no ser por el humo, por el ruido extenuante del traqueteo
y la promesa implícita de la distancia; pero el cielo convertía los trenes en puro
horizonte, una masa de silencio.

Nadie más lento que el viajero, nada más turbio. Los aviones recogen la suciedad del aire,
los aeropuertos son gigantescas máquinas del millón, orbes gigantescos, gruesas siluetas de la humanidad,
obesas y desequilibradas, desvaídas y crudas. ¿No resulta grotesco?, situado en la cola, a la cola de la humanidad,
en esa fila impasible, en el confín de la espera sin motivo, fotografiado
repetidamente, ceremonioso; su equipaje es un fin de trayecto, engorda y se comprime,
desborda las costuras de la realidad y se introduce en el deseo,
crece en las catacumbas, crece en los miradores, oh, está hecho de lágrimas,
concretamente.

Todos embarcan hacia la eternidad. Hubo otras rutas, otros rumbos, otros días de mar
y hollín, de olas y penachos, y postes de telégrafo y postes de la luz, de árboles erguidos como un mar
espeluznante, espuma y estruendo, y el vaivén, la forma lujuriosa de la noche, la dura rúbrica de las estrellas,
qué firma autorizada. Ningún alma más cómica. El viajero coteja, emprende,
disimula los años, se saca un calendario de la manga. Hijo del protocolo,
su melancolía se hace pasar por rabia, su espalda soporta las alas del recuerdo, sus ojos son espejos triturados
a fuerza de escribir la misma historia.



Venice

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