domingo, 16 de marzo de 2014

todo Whitman


Para ella, se necesita el verso, uno de ejemplo antirrítmico, verso en su totalidad,
todo Whitman en un verso arrastrándose por el lodo, manchándose la ropa,
las rodillas. Un verso ensangrentado para ella, un poco de barro en la cesura,
barro en el acento principal, polvo en la moneda de la rima, en la moneda.
Todo Keats en una frase elíptica, muriéndose por dentro.
El asma, líquida sensación, asma y humo permanente.
Una barbaridad de humo en los pulmones. Es un verso para ella sin toser,
sin que te dé la tos en medio de aquel verso (y este ahogo en el ventrículo derecho).

Para ella la gloria parecida a un libro sin terminar del todo. El poeta marcaba líneas verdes
en la solapa de una congestión, subrayaba con bolígrafo rojo los errores del tiempo:
cuando pasaba augusto en su tartana vacía, cuando se detenía en los abrevaderos,
cómo se hacía el viejo curvándose en la longevidad de una palabra muerta.

Oh, si acaso ella lo escuchara, comprendiese y obrase, si escuchara el primer verso
de aquel poema corto. Para el libro, páginas en blanco: qué decir. Tamaño verso, grato,
emperifollado como Albertine antes de perder su libertad. ¿Dónde habrá un verso para ella?
Uno que la defina, que la guarde, que la ame por la blanca noche
y por sí. Decir que ella merece un verso ambiguo, un tratado romántico sin fisuras,
nada común. Las Princesas merecen cuentos acabados que las nombren, las coronen.

Así es la libertad de un lobo solitario, tan preciada cosa.
Verso que nimbe su cabello oscuro. Cetro y armiño, suyos tras la ceremonia,
claves de un poder estático. Verán los siglos proclamaciones semejantes, miles
celebrando la indiferencia de una muchacha tímida y real. Trompetas como cláxones,
balas silbando sobre las palomas. Todo el arte para ella, todo, hasta el cuadro de Janelle.

El asma domina la respiración e impide el recitado continuo, el recitado preciso
que convoca el milagro, los panes y los peces que salen por la boca, que fluyen y se ocultan
bajo una eternidad de pensamientos. El verso que también es otra Biblia pública,
es el evangelio de los mártires. Existen obras que contienen un coro de actualidad,
obras que significan historias, que transmiten historias casi reales
con profusión de detalles que incluyen los vestidos, las armas, el color de una mañana específica
atravesada de trinos y metralla, el dolor y la alegría, concurrentes y puros.  

En su verso, la cadena de los acontecimientos, la simetría, la cadena que se evapora
y se divide, deja de verse, que se evade hacia otra dimensión. La obra simultánea
colapsando el verso desde su inicio verdaderamente clásico. Amor y odio, vida y muerte,
todo subrayado en la misma línea sin música. También la música, el fondo oscilante y vocal,
la electrónica y el riff secreto de una guitarra mustia,
Kellindo Parker fusionando la mitad de un filete de ternera con puré de arándanos
y un pescado frito sin espinas. La sinrazón de un solo verso confundiéndose de alma,
apostando a caballo ganador con el dinero del hambre.

Un paseo por el cementerio, de sepulcro en sepulcro, luto y pasión. Emperifolladamente
paseando sin mirar atrás. Saborear el dulce néctar de la evasión, la nata de la influencia,
el pulpo de la soberanía. Para ella, una situación accidental,
un gramo de locura en las montañas de París; la crema del amor sentimental y pulcro
durante un rato en silencio, un pentecostés profano encapsulado en sábanas calientes
y el aroma indestructible de una vana promesa inundando el futuro de renunciación.






sábado, 15 de marzo de 2014

el arte de la flor


Es el arte un rosa pálido, un rosa intenso-emocional (qué íntegro). La rosa viste largas túnicas
para ella. Qué nos adeuda, la rosa qué nos adeuda, qué nos divide.
Divide la rosa un cuerpo en zonas, dibuja líneas modestas. Qué nos divide.
Ella fracasa otra vez, fracasa siempre. El arte no es para el amor,
es para el fracaso. Nadie triunfa aquí o allá: cuando se habla de amor
con esa lengua superficial del todo, con esa lengua muerta que simulaba
versos y tumbaba la voz. Hoy se trata del amor de ella, uno similar al próximo,
listo para zambullirse en el océano, surfeando en las dunas del mejor aliento.

Arte para qué os quiero. Libre del eslabón pacífico, libre del todo del aire
que rodea el alma con su fuelle, el ímpetu de la respiración. Respirar es
enojoso trámite, es común y corriente, nada puesto con estilo en su balda,
expuesto a la dedicación de los sabios o el remordimiento de los diseñadores.
El arte debe ser un libro raro, largo tremendamente, extraño por demás,
un cuadro bien pintado, del revés un cuadro impresionista, abstracto por término medio,
literal como un guernika adolescente y hambriento, al galope como en una sociedad bestial.

La rosa tiene que llover; este aire rosa pálido. Ella tan morena que sucede un milagro,
¡es la belleza que no se quiere ver! Conmovedora belleza, corazón extraordinario.
La sangre fluye sin necesidad de sangre, no se recuerda bien, debe realizar un viaje de vuelta.
La vida es un territorio inhóspito, una habitación fría que memoriza sus grietas;
alguien pinta en las paredes un grafiti directo a la mandíbula, una pincelada
al pecho que oscila y se debate. La soledad se perfora los tímpanos a brochazos de Bach.

Lo de menos es el nombre del amor, que es el nombre de un arte moribundo y más rápido
para no ser peor de lo que fue. Primero se concibe una idea absurda, un tercio del poder,
luego se plasma y se interpreta con grandes dosis de calma y satisfacción,
por último se ventila el cuarto oscuro y el hedor se expande como la humanidad
o el tiempo que tarda en reverdecerse un campo de amapolas.

El arte es así la corrupción de un verso que engendra otra masiva explicación, libros
escritos en latín, pergeñados por verdaderos sicópatas de bata blanca, birretes o tricornios,
qué importa. El tono es un volumen de volumen incierto, aumentativo,
que se lee en un rato primordial. Hay que leer al poeta vulnerable,
al humilde poeta que no sabe bailar.

Ella solo ama a su manera que no quería amar(le). Y besa a su manera que no besa,
esconde su boca y se confirma en su distancia anónima, en su gasa y velo, en su velocidad,
su metro centímetro a centímetro de piel. Es un pastel de crema su piel redonda,
ruiseñor que se despierta cantando. Tanto arte debe de ser falso o es que tiene envidia
de las almas que gesticulan invisibles hasta la concreción de un manantial lírico,
una secuencia lógica de acontecimientos sobrenaturales a la vista del público gentil
que ovaciona por doquier su efecto doppler, silba una melodía alérgica al dulzor de las palabras.

Resucita cada mañana y ya no es ella la que sale a la calle a pasear su acento,
no es ella la que frecuenta los andenes con esa insurrección en la mirada;
puede notarse su arte diferente, su rosa más violento, un calor en la forma del azul.
Su arte ya no se enamora todo el día, ya va clavando los ojos en la tierra,
hay una diferencia en el gesto, se observa un laberinto que nunca estuvo ahí,
surge una sombra, brota un retoño oscuro entre sus labios callados de ser únicos,
labios que le dan cuerda a la sonrisa más hermosa del museo.

Rosa es el nombre del amor que nace y lloriquea por lo bajo, huérfano silencioso.
Hay que nacer para dar guerra. Respirar es una opción camaleónica;
se pueden hacer bromas con el aire y hasta se puede volar.
Volarse la cabeza es otra opción para dar guerra; nacer para el diluvio,
nacer con la cabeza bien alta, sin derramar una sola triste lágrima, por dentro de una canción,
dentro de un libro, en la portada del disco más ácido de la semana.

He aquí la poesía que horroriza al artista, artera más que etérea.
Poesía robada en la maternidad por una monja católica. Poesía disfrazada de perro.
El poema tiene que ser. Es un poema. Recibe sus visitas y pone la bandeja de plata,
saca la vajilla buena, las pastas de diez pavos. Es para enamorar. Su trabajo inocente
es el amor. Un amor inconsciente. Suena para ella con la voz en vilo, tiritando silencios de opereta.

Ella es la pequeña flor americana, rendida flor al unísono aclamada por el viento;
ella que mastica el verbo hasta hacerlo sangrar gotas de jazz,
letras paganas. Las manos aguardando el consejo de la noche.
Los ojos enjaulados en torres de marfil, ajenos al fulgor insomne de una estrella cualquiera.

miércoles, 12 de marzo de 2014

a este lado del sol


Hay que saltar. Azealia lleva un mendrugo de pan en el bolsillo.


No
Soy
Una
Princesa

Lo dijo así.


Camina y lejos de ella sus investigadores privados que la acompañan a todas partes
y no la pierden de vista. Su cohorte. Ella.
No hay Reina más poderosa.
En el barrio. Los contenedores suman gasolina, huelen a ceniza,
los escaparates apedreados o nuevos. Es la última noche.

Hay que saltar. Azealia saltó tan alto, saltó tan lejos sin romperse el astrágalo
un muro alto como la valla de Europa. Ayer paseaba por el patio sola en compañía de muchas.
Las chicas celebraban un acontecimiento, un intento.

La Princesa Azealia no era una princesa, pero no había Reina más orgullosa que ella
cuando aparecía por las calles siempre desiertas del distrito, siempre a oscuras, siempre
acostumbrándose al incendio.

Hay que saltar. El patio aconseja y ahí se aprende pero no se hacen amigas.
Ella sin drogas se fumaba un cigarrillo electrónico, votaba
por correo al Partido Comunista. Qué menos.
Los bloques amenazan con salir pitando de la ciudad, descimentados,
alargándose hasta la eternidad de un cielo gris.

La mafia reparte caramelos a la puerta del colegio electoral o a la puerta del cine:
es la doble sesión. Los disparos no dejan dormir al niño. Azealia un día será mamá
y sus hijos dormirán a pierna suelta, quizás en otro país. La manos de Azealia
experimentan un ciclo maternal, acarician tan flojas, suaves como fábulas.

A distancia, ¡cómo le hacen la corte! Enfrascados en sus tablas de snow,
hasta las cejas de pastillas para la tos, sampleando una auténtica sirena,
toqueteando frenéticamente un famoso disco de vinilo.

Un cuento. El cuento empieza mal para terminar de golpe con un beso en la frente
que es un golpe maternal o fraterno (trazas de un K.O. técnico). En el cuento hay una princesa de color
negro que es más hermosa que un reloj de pared, más hermosa que un rifle de repetición,
más bella que la catedral gótica más vieja del mundo,
más que el viejo caserón descascarillado de estilo gótico carpintero que no se tiene en pie,
preciosa como una estación espacial, como una sonda espacial, como una nave no tripulada;
más alta que el reflejo del sol en la cresta plateada de la cumbre.
La Princesa sonríe y se llama Azealia -dice el cuento- y es tan guapa que no hay fuentes
para ella, no hay agua más clara, no hay un cielo por fuera de sus ojos negros.

En el barrio la gente se provoca, los coches son provocativos. Fue un coche que atropelló
a un anciano y salió huyendo porque no sabía parar. Las chicas no saben parar,
y no quieren parar, llevan un mecanismo erróneo en el cerebro, sin mesura,
como unos pantalones más anchos.

Es cruzar la autovía y la poesía que se ha quedado al otro lado y la poesía no existe.
Los poetas no están a esta orilla del crimen. En este cuadrilátero de la ciudad
no existen versos como lágrimas ni palabras de amor. Ella no tiene quien adorne su esperanza,
quien la cuide a sorbos de nostalgia, quien se ocupe de su forma de besar.

La pobreza que tiene corazón y muestra cicatrices en el alma, tatuajes en el brazo
izquierdo de la vida, en la mano de un millón de dólares.

Azealia, hay que saltar. Sin rasguñarse, sin herirse, sin romperse el astrágalo
ni dejarse matar en el intento. 




lunes, 10 de marzo de 2014

sin título



https://www.facebook.com/eriko.hasegawa.10


















Esta noche la historia es como un furgón blindado:
nadie puede imaginársela por dentro.

La chica baila cinco segundos; las alarmas corean un éxito inaudito:
épica de invierno.      

En el barrio la gente se intranquiliza. Se tiran los precios y todo el mundo vende más barato.
La policía se mueve a cámara lenta
pero siempre encuentra a alguien hecho un flan.

Las bandas han dejado de hacer ruido.
Enmudecen los cascos, los coches pasan ingrávidos a su manera insostenible,
sin contestarse, reacios a los altavoces.

Los chicos se dan brillo envueltos en capas de silencio,
su trabajo limpio le hace gracia a la luna.

En otra imagen,
los murciélagos rizan remolinos y fintas sin dejarse ver,
las ratas se introducen por lugares angostos y los insectos duermen
abrazados al polvo.

Acelera la noche su parlamento oscuro, habla en lenguas vivas como peces,
cuenta una historia sin título.


domingo, 9 de marzo de 2014

blues


Pero las malas lenguas corroídas por la envidia, cierta prensa mundana.
Ella sufría la inquina de las facciones. Los titulares:


"La Princesa Azealia sorprendida en un fumadero de crack en compañía de lo mejor de cada casa"
"Al parecer, el novio de la Princesa Azealia es un maltratador con antecedentes penales por tráfico de drogas y estupro"



Las fuerzas vivas del reino se empleaban a fondo, incurrían en exclusivas falsedades en su contra,
no la perdonaban su origen incómodo, su querencia por la justicia universal,
(tampoco les gustaba la música que escuchaba a todas horas, Nas como Janelle,
y a veces Angel Haze).

Ella cantaba y dejaba que algún pajarito poco hablador se encaramase a su hombro.
No concedía entrevistas y se recluía en sus aposentos sin ni pizca de ganas de salir.
Fumaba cigarrillos rubios y leía novelas de Michael Chabon,
de quien admiraba su frescura narrativa.
No hacía caso de la prensa amarilla y esperaba su momento con un viso trágico en los ojos.

A millas de distancia, el poeta soñaba con frecuencia inaudita con aquella figura demasiado feliz,
la discreta diadema, la forma de sonreír hacia un cielo pacífico.
Con el debido respeto,
imaginaba su mano recorriendo el perfil armónico del rostro, la curva inmaculada de los hombros.
Escribía:

                        ¿Cómo puede el amor acariciar un sueño y convertirse
                        en un poderoso acto, una consagración?
                        Las nubes tienen vértices, sueltan cabos
                        por los que baja una legión de santos que bendice la guerra.
                        En tanto, su belleza sigue completándose en el aire quemado,
                        sigue ardiendo como el abecedario de la sangre;
                        oh, sus palabras vuelan inalterables por el medio adecuado al son,
                        hacen de sonido y reverberan, cuelgan de un muro antes posible.
                        Trazan simultáneamente sus líneas el pintor y el profeta
                        con el músico que organiza leves ceremonias. Pero ella
                        sigue alumbrando el cielo más oscuro,
                        ajena a los preceptos de su revolución.

Azealia, que no salía de palacio para ir a ninguna fiesta de disfraces, a ninguna estúpida fiesta,
ni tenía un novio presidiario (ni fumaba otra cosa que una hierba sublime),
no languidecía nada, sino que cada vez lucía más radiante; sopesaba su corona
plúmbea, la joya pesada, el motor del estado.

El corazón en llamas, entonaba un verso inadvertido con su mirada acústica,
los labios desplazándose hacia el centro del alma, la lengua caprichosa
redibujando un beso. Amanecía ya y el alba era un constante desafío,
una superstición. Azealia cantaba y parecía un blues:

                        ... como el abecedario de la sangre...




viernes, 7 de marzo de 2014

la edad de oro (tríptico inmortal)


Amanece una aurora basta (déjala que arda), a gasolina, tosca y sin estilo, que viste mal.
Ni siquiera los rayos solares, tan aseados y en línea, pueden sacarla de su fallida aparición,
rescatarla del fango celestial. ¡Que aprenda del crepúsculo fulgente!, ¡del alba sonrosada
del ayer! Esta aurora viste raro, lleva calcetines blancos de niebla matinal
y mezcla colores antagónicos sin fundamento ni gracia o abusa de los tonos más áridos,
monótonos y escasamente universales. Esto es un amanecer de hojalata,
una procesión de vidrieras afónicas y perlas falsas, bisutería básica, del montón.
Hasta el tocado es de mal gusto, ese limbo disfuncional acumulando miseria
sobre un horizonte de sucesos donde nada ocurre con naturalidad.
(Dijo el poeta)

Hay animales feos. Hay monos ridículos aunque no hagan el ridículo: son cosas distintas.
Detrás de la aurora parece que vaya a salir un monicaco haciendo su número,
un gibón o un gran mandril feroz e insatisfecho. Los monos aturden con su organismo prensil;
amanece y ya tenemos al gran simio eyaculando, el sinvergüenza.
(Anónimo)

La noche es mucho más elegante, con su traje de cola
que parece que es la noche de los óscar, exclusiva y genial. De noche, la sensación
es invisible, se libera una sensación bastante luminosa, da la impresión de que se llevan
los complementos indispensables y ni uno más, y todo sienta bien, al dedillo;
la moda es de una complexión nocturna o noctívaga, nictitante quizás, nocturnal para el caso,
la mejor moda a la última ellas se la ponen para que no se vea y eligen la noche,
claro está, el ocaso, la parte menos automática del día, esa parte manual.

De tarde en tarde, todo sea, sale una tarde decente y vespertina (nada de té).
Aunque se sabe que la tarde se aburre de sí y de su tardanza como en acabarse;
es que la tarde finaliza tarde, en diferido, termina desganada, tirando luz,
fulminando monos hambrientos y frenéticos, monos bailongos e impúdicos
como seres de fiesta. Pero la tarde también incluso es propicia a otros animales
tal que algunos insectos que se escabullen y se crean a partir de cierta hora máxima,
cierto arco horario que sienten suyo y de su propiedad aérea, casualmente.

Amanece un desastre de alborada marítima, una sinrazón acristalada, cerúlea,
que sugiere promiscuidad desaforada y varios otros síndromes climáticos mendaces.
Es como un moratón en la frente del cielo, una espinilla lunar, un grano malicioso
antes del baile de fin de curso, justo al despertarse el día de la boda.
Diríase que suda el alba, que apesta ese dulzor a purpurina que expande su raquítico neón,
esa flojera tenebrosa, ese desacompasamiento artificioso, burdo y sin orquesta.

La noche es mucho más oscura. Tiene facilidad para combinar y combina con todo:
hacia la luz, combina con la luz, hacia el norte, combina entonces con una brújula o algo.
La noche fantasea y fabrica monstruos de papel para los niños soñadores, ¡tan creativa!,
fértil y dichosa. Porque la noche es un punto de encuentro, una formalidad ineludible
que exige buen comportamiento. De noche, el mundo se comporta y dice la verdad,
solo mienten las estrellas, que suelen ocultar su edad de oro.
(Dijo el mandril)


Azealia 





Finalmente, la princesa tenía un nombre suyo, imposible pero cierto (al parecer): Azealia.

Qué delicada ella. La Princesa Azealia no tenía que ver con elfos ni con duendes
ni con hadas madrinas ni con ninfas, cualquiera que fuese su condición áurea. Era una persona.
Encantadora. Simpática. Era una persona encantadora a más no poder.
Un ángel reunido, un arcángel en persona, una persona nada física,
sino una sociedad anónima perfecta, la familia completa, la familia estricta, la familia
que no discute y que se lleva bien. Era de un nuevo tipo de familia poco adoctrinada, poco
numerosa. Sus trenzas divisaban continentes, conquistaban ínsulas distantes. Sus trenzas
eran épicas, por consiguiente, o se batían en duelo por las armas, bravas como eran.
La Princesa Azealia era una mujer de armas tomar y a la vez la protagonista de todos los cuentos:
Rapunzel, Blancanieves, Cenicienta. Gretel también. Ella era un salto hacia la corrección política
leyendo en una novela de W. Mosley cuando Ratón se quiere cargar a un policía de Los Ángeles.
Ella es el pecado de una raza. Era el pecado de la raza blanca tan y tan pecaminosa:
vasos de leche con sonrisas fáciles y manos gigantescas para agarrarte mejor.

Decían las leyendas que la Princesa Azealia cantaba muy bien, algo como María Callas,
una mezcla de Liza Minnelli y Beyoncé, con esa legendaria tenacidad de Barbra Streisand
y la comicidad involuntaria de Shakira. Nada menos. Rapeaba a lo suyo
interpretando un baile mejor que el de Pulp Fiction porque ella sentía el ritmo
no como un canalla decadente, no como la rubia más oxigenada de la sala.

El poeta claro que estaba rendidamente enamorado de Azealia,
de su pelo tan largo y original, de sus narices plenas, de sus dientes como argénteos
y su risa argentina echando humo, de sus piernas bastantes y sus manos de piel. Y de sus ojos.
Los ojos de Azealia eran un bien común, un jurado piadoso,
mirarse en ellos era como renunciar al futuro.

El poeta intuía la sombra de Azealia, sus ojos mártires o su licor derramado. Contemplaba
la voz del tabique nasal y las trenzas modernas, el suéter Mickey Mouse, el diseño
de una vez. Ella percutía la voz sobre todas las prosas, borrando letras con la goma.
Esa voz flexible junto a los labios prójimos, comestibles labios hacia dentro de su propia sed.
Ella que cortaba, sangraba labios a medio hacer, dientes de leche, órganos suyos
para ver, litros de gravedad.

Como en todos los cuentos, durante un tiempo exacto, la Princesa Azealia
no perteneció a la corte y vagaba noctívaga adornándose a cada paso.
Y cuentan que sufrió la incomprensión, alguna forma de esclavitud. La indignidad rozó
su abundante cabello, aplastó su sonrisa con el peso muerto de una biblia blanca y restallante.
Pero Azealia era un espejo en sí donde se reflejaba dios, donde dios era tan negro
como una maravillosa noche. Oh, y vestía cuadros de Basquiat por encima de las rodillas,
zapatillas rosas especiales. Y el poeta la amaba afligido a mil versos por segundo.


desistimiento

  
Dos ojos simples vuelan al encuentro.
Averiguan la sangre que tiene que caer, desde qué altura, hasta qué puerto.
La nave suele llegar con retraso, dilatando su canción. Un aplazamiento
solicitado. La canción raspa, informa de una extraña intención.

La voz se intuye cuánta voz
El aire avanza
Nadie escribe su legado
La escritura no recurre al compromiso
Se abre a la frustración
Alguien sugiere una flor
Una venganza

El beso es tan obvio que resiste, se resiste al metro, abjura.
Sin contacto. Cada uno en su lugar, con su mérito a la espalda.
De una distancia puede decirse que es importante
y puede señalarse su tamaño. Ahora que se conocen todos los tamaños.

Es una caricia rota, el beso. Fue un recuerdo que tendrán los ojos.
Por la mañana la soledad entra en pánico. Se desayunan perlas de sudor.

El viento recorre pasillos elegantes, interminables como en una casa encantada.
Allí se pierden los besos en la oscuridad porque no iban dejando un rastro persistente,
tampoco un aroma.

Hay aromas inconfundibles que no paran de llamar.

La persuasión es líquida, se hace fuerte en la manera de mirar,
en el oficio. La realidad es en verso, pero no funciona tan bien.

Dos ojos desembarcan en la luna, de mirada en mirada. Surgen sobre una base azul.


martes, 4 de marzo de 2014

ni laura


Primavera en el Castillo. Del torreón espigado surgen vigas maestras, esqueletos
vivaces; una teja cae de cruz. El tejado no existe a lo largo del día,
por la noche se reproduce un trozo grande de uralita como en las cabañas del monte
(sin antena de televisión).

En su momento hubo cuántas banderas, cuántas trompetas saludaron el alba, jóvenes tambores,
soldados y arlequines. Las damas estrenaban sonrisa hacia el altar del trono,
sus zapatos valían un reino en ultramar, una especie de isla.

Se cruzaba el acero mientras sonaban los móviles de última generación;
los generales llamaban al orden, a la acción a sus huestes indignas,
(desharrapadas también). El tableteo de las ametralladoras marcaba el paso del desfile. La guerra
estaba fresca en la memoria. Toda guerra se parece a la siguiente. Y es un error.

Una pareja de novios debatía su reciente futuro en la esquina central del patio de armas.
La mujer del coronel supervisaba el guiso. El Castillo endulzaba sus oídos de coraza gótica,
fecundaba cañones por centenas, granadas vírgenes. En el salón real, el monarca
comprendía su parte de la situación, reinterpretaba su papel de príncipe incendiario.

Volaban las consignas por los pasillos atrincherados en su laberíntica impostura.
Las consignas decían que era hora de combatir el mal, hora de eliminar, cauterizar,
fundir el plomo de las calaveras enemigas. Las tropas aguardaban el milagro de su indefensión.

La hija del rey, que ni era princesa ni se llamaba Laura, vigilaba desde la almena alta,
rota almena deshilachada, con su ballesta equilibrada dispuesta y destinada al saqueo
de los corazones, el arrasamiento sentimental de las propiedades más humildes,
la confusión de las almas. Su propia alma distaba tanto de la eternidad...
Su espíritu era cómplice de alguna sombra oculta, su belleza era el eco
de una fantasía corriente, el reflejo de un grito abortado, la foto romántica de un niño infeliz.

La primera bomba cayó como un mensaje de texto con sus caritas enlodando la realidad. 
En los fogones, la bella cocinera repintó su pastel de zanahoria. 
Los pajes retardaban el aviso, pero corrían ligeros.

El silencio era exactamente esto.
La paz huía con un chusco de pan negro debajo del brazo.
Todo el Castillo era una ruina en ciernes. Un techo como el cielo de mañana.

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