sábado, 15 de marzo de 2014

el arte de la flor


Es el arte un rosa pálido, un rosa intenso-emocional (qué íntegro). La rosa viste largas túnicas
para ella. Qué nos adeuda, la rosa qué nos adeuda, qué nos divide.
Divide la rosa un cuerpo en zonas, dibuja líneas modestas. Qué nos divide.
Ella fracasa otra vez, fracasa siempre. El arte no es para el amor,
es para el fracaso. Nadie triunfa aquí o allá: cuando se habla de amor
con esa lengua superficial del todo, con esa lengua muerta que simulaba
versos y tumbaba la voz. Hoy se trata del amor de ella, uno similar al próximo,
listo para zambullirse en el océano, surfeando en las dunas del mejor aliento.

Arte para qué os quiero. Libre del eslabón pacífico, libre del todo del aire
que rodea el alma con su fuelle, el ímpetu de la respiración. Respirar es
enojoso trámite, es común y corriente, nada puesto con estilo en su balda,
expuesto a la dedicación de los sabios o el remordimiento de los diseñadores.
El arte debe ser un libro raro, largo tremendamente, extraño por demás,
un cuadro bien pintado, del revés un cuadro impresionista, abstracto por término medio,
literal como un guernika adolescente y hambriento, al galope como en una sociedad bestial.

La rosa tiene que llover; este aire rosa pálido. Ella tan morena que sucede un milagro,
¡es la belleza que no se quiere ver! Conmovedora belleza, corazón extraordinario.
La sangre fluye sin necesidad de sangre, no se recuerda bien, debe realizar un viaje de vuelta.
La vida es un territorio inhóspito, una habitación fría que memoriza sus grietas;
alguien pinta en las paredes un grafiti directo a la mandíbula, una pincelada
al pecho que oscila y se debate. La soledad se perfora los tímpanos a brochazos de Bach.

Lo de menos es el nombre del amor, que es el nombre de un arte moribundo y más rápido
para no ser peor de lo que fue. Primero se concibe una idea absurda, un tercio del poder,
luego se plasma y se interpreta con grandes dosis de calma y satisfacción,
por último se ventila el cuarto oscuro y el hedor se expande como la humanidad
o el tiempo que tarda en reverdecerse un campo de amapolas.

El arte es así la corrupción de un verso que engendra otra masiva explicación, libros
escritos en latín, pergeñados por verdaderos sicópatas de bata blanca, birretes o tricornios,
qué importa. El tono es un volumen de volumen incierto, aumentativo,
que se lee en un rato primordial. Hay que leer al poeta vulnerable,
al humilde poeta que no sabe bailar.

Ella solo ama a su manera que no quería amar(le). Y besa a su manera que no besa,
esconde su boca y se confirma en su distancia anónima, en su gasa y velo, en su velocidad,
su metro centímetro a centímetro de piel. Es un pastel de crema su piel redonda,
ruiseñor que se despierta cantando. Tanto arte debe de ser falso o es que tiene envidia
de las almas que gesticulan invisibles hasta la concreción de un manantial lírico,
una secuencia lógica de acontecimientos sobrenaturales a la vista del público gentil,
que ovaciona por doquier su efecto doppler, silba una melodía alérgica al dulzor de las palabras.

Resucita cada mañana y ya no es ella la que sale a la calle a pasear su acento,
no es ella la que frecuenta los andenes con esa insurrección en la mirada;
puede notarse su arte diferente, su rosa más violento, un calor en la forma del azul.
Su arte ya no se enamora todo el día, ya va clavando los ojos en la tierra,
hay una diferencia en el gesto, se observa un laberinto que nunca estuvo ahí,
surge una sombra, brota un retoño oscuro entre sus labios callados de ser únicos,
labios que le dan cuerda a la sonrisa más hermosa del museo.

Rosa es el nombre del amor que nace y lloriquea por lo bajo, huérfano silencioso.
Hay que nacer para dar guerra. Respirar es una opción camaleónica;
se pueden hacer bromas con el aire y hasta se puede volar.
Volarse la cabeza es otra opción para dar guerra; nacer para el diluvio,
nacer con la cabeza bien alta, sin derramar una sola triste lágrima, por dentro de una canción,
dentro de un libro, en la portada del disco más ácido de la semana.

He aquí la poesía que horroriza al artista, artera más que etérea.
Poesía robada en la maternidad por una monja católica. Poesía disfrazada de perro.
El poema tiene que ser. Es un poema. Recibe sus visitas y pone la bandeja de plata,
saca la vajilla buena, las pastas de diez pavos. Es para enamorar. Su trabajo inocente
es el amor. Un amor inconsciente. Suena para ella con la voz en vilo, tiritando silencios de opereta.

Ella es la pequeña flor americana, rendida flor al unísono aclamada por el viento;
ella que mastica el verbo hasta hacerlo sangrar gotas de jazz,
letras paganas. Las manos aguardando el consejo de la noche.
Los ojos enjaulados en torres de marfil, ajenos al fulgor insomne de una estrella cualquiera.

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