viernes, 7 de marzo de 2014

la edad de oro (tríptico inmortal)


Amanece una aurora basta (déjala que arda), a gasolina, tosca y sin estilo, que viste mal.
Ni siquiera los rayos solares, tan aseados y en línea, pueden sacarla de su fallida aparición,
rescatarla del fango celestial. ¡Que aprenda del crepúsculo fulgente!, ¡del alba sonrosada
de ayer! Esta aurora viste raro, lleva calcetines blancos de niebla matinal
y mezcla colores antagónicos sin fundamento ni gracia o abusa de los tonos más áridos,
monótonos y escasamente universales. Esto es un amanecer de hojalata,
una procesión de vidrieras afónicas y perlas falsas, bisutería básica, del montón.
Hasta el tocado es de mal gusto, ese limbo disfuncional acumulando miseria
sobre un horizonte de sucesos donde nada ocurre con naturalidad.
(Dijo el poeta)

Hay animales feos. Hay monos ridículos aunque no hagan el ridículo: son cosas distintas.
Detrás de la aurora parece que vaya a salir un monicaco haciendo su número,
un gibón o un gran mandril feroz e insatisfecho. Los monos aturden con su organismo prensil;
amanece y ya tenemos al gran simio eyaculando, el sinvergüenza.
(Anónimo)

La noche es mucho más elegante, ¡dónde va usted a parar!, con su traje de cola,
que parece que es la noche de los óscar, exclusiva y genial. De noche, la sensación
es invisible, se libera una sensación bastante luminosa, da la impresión de que se llevan
los complementos indispensables y ni uno más, y todo sienta bien, al dedillo;
la moda es de una complexión nocturna o noctívaga, nictitante quizás, nocturnal para el caso,
la mejor moda a la última ellas se la ponen para que no se vea y eligen la noche,
claro está, el ocaso, la parte menos automática del día, esa parte manual.

De tarde en tarde, todo sea, sale una tarde decente y vespertina (nada de té).
Aunque se sabe que la tarde se aburre de sí y de su tardanza como en acabarse;
es que la tarde finaliza tarde, en diferido, termina desganada, tirando luz,
fulminando monos hambrientos y frenéticos, monos bailongos e impúdicos
como seres de fiesta. Pero la tarde también incluso es propicia a otros animales
tal que algunos insectos que se escabullen y se crean a partir de cierta hora máxima,
cierto arco horario que sienten suyo y de su propiedad aérea, casualmente.

Amanece un desastre de alborada marítima, una sinrazón acristalada, cerúlea,
que sugiere promiscuidad desaforada y varios otros síndromes climáticos mendaces.
Es como un moratón en la frente del cielo, una espinilla lunar, un grano malicioso
antes del baile de fin de curso, justo al despertarse el día de la boda.
Diríase que suda el alba, que apesta ese dulzor a purpurina que expande su raquítico neón,
esa flojera tenebrosa, ese desacompasamiento artificioso, burdo y sin orquesta.

La noche es mucho más oscura. Tiene facilidad para combinar y combina con todo:
hacia la luz, combina con la luz, hacia el norte, combina entonces con una brújula o algo.
La noche fantasea y fabrica monstruos de papel para los niños soñadores, ¡tan creativa!,
fértil y dichosa. Porque la noche es un punto de encuentro, una formalidad ineludible
que exige buen comportamiento. De noche, el mundo se comporta y dice la verdad,
solo mienten las estrellas, que suelen ocultar su edad de oro.
(Dijo el mandril)


Azealia 





Finalmente, la princesa tenía un nombre suyo, imposible pero cierto (al parecer): Azealia.

Qué delicada ella. La Princesa Azealia no tenía que ver con elfos ni con duendes
ni con hadas madrinas ni con ninfas, cualquiera que fuese su condición áurea. Era una persona.
Encantadora. Simpática. Era una persona encantadora a más no poder.
Un ángel reunido, un arcángel en persona, una persona nada física,
sino una sociedad anónima perfecta, la familia completa, la familia estricta, la familia
que no discute y que se lleva bien. Era de un nuevo tipo de familia poco adoctrinada, poco
numerosa. Sus trenzas divisaban continentes, conquistaban ínsulas distantes. Sus trenzas
eran épicas, por consiguiente, o se batían en duelo por las armas, bravas como eran.
La Princesa Azealia era una mujer de armas tomar y a la vez la protagonista de todos los cuentos:
Rapunzel, Blancanieves, Cenicienta. Gretel también. Ella era un salto hacia la corrección política
leyendo en una novela de W. Mosley cuando Ratón se quiere cargar a un policía de Los Ángeles.
Ella es el pecado de una raza. Era el pecado de la raza blanca tan y tan pecaminosa:
vasos de leche con sonrisas fáciles y manos gigantescas para agarrarte mejor.

Decían las leyendas que la Princesa Azealia cantaba muy bien, algo como María Callas,
una mezcla de Liza Minnelli y Beyoncé, con esa legendaria tenacidad de Barbra Streisand
y la comicidad involuntaria de Shakira. Nada menos. Rapeaba a lo suyo
interpretando un baile mejor que el de Pulp Fiction porque ella sentía el ritmo
no como un canalla decadente, no como la rubia más oxigenada de la sala.

El poeta claro que estaba rendidamente enamorado de Azealia,
de su pelo tan largo y original, de sus narices plenas, de sus dientes como argénteos
y su risa argentina echando humo, de sus piernas bastantes y sus manos de piel. Y de sus ojos.
Los ojos de Azealia eran un bien común, un jurado piadoso,
mirarse en ellos era como renunciar al futuro.

El poeta intuía la sombra de Azealia, sus ojos mártires o su licor derramado. Contemplaba
la voz del tabique nasal y las trenzas modernas, el suéter Mickey Mouse, el diseño
de una vez. Ella percutía la voz sobre todas las prosas, borrando letras con la goma.
Esa voz flexible junto a los labios prójimos, comestibles labios hacia dentro de su propia sed.
Ella que cortaba, sangraba labios a medio hacer, dientes de leche, órganos suyos
para ver, litros de gravedad.

Como en todos los cuentos, durante un tiempo exacto, la Princesa Azealia
no perteneció a la corte y vagaba noctívaga adornándose a cada paso.
Y cuentan que sufrió la incomprensión, alguna forma de esclavitud. La indignidad rozó
su abundante cabello, aplastó su sonrisa con el peso muerto de una biblia blanca y restallante.
Pero Azealia era un espejo en sí donde se reflejaba dios, donde dios era tan negro
como una maravillosa noche. Oh, y vestía cuadros de Basquiat por encima de las rodillas,
zapatillas rosas especiales. Y el poeta la amaba afligido a mil versos por segundo.


desistimiento

  
Dos ojos simples vuelan al encuentro.
Averiguan la sangre que tiene que caer, desde qué altura, hasta qué puerto.
La nave suele llegar con retraso, dilatando su canción. Un aplazamiento
solicitado. La canción raspa, informa de una extraña intención.

La voz se intuye cuánta voz
El aire avanza
Nadie escribe su legado
La escritura no recurre al compromiso
Se abre a la frustración
Alguien sugiere una flor
Una venganza

El beso es tan obvio que resiste, se resiste al metro, abjura.
Sin contacto. Cada uno en su lugar, con su mérito a la espalda.
De una distancia puede decirse que es importante
y puede señalarse su tamaño. Ahora que se conocen todos los tamaños.

Es una caricia rota, el beso. Fue un recuerdo que tendrán los ojos.
Por la mañana la soledad entra en pánico. Se desayunan perlas de sudor.

El viento recorre pasillos elegantes, interminables como en una casa encantada.
Allí se pierden los besos en la oscuridad porque no iban dejando un rastro persistente,
tampoco un aroma.

Hay aromas inconfundibles que no paran de llamar.

La persuasión es líquida, se hace fuerte en la manera de mirar,
en el oficio. La realidad es en verso, pero no funciona tan bien.

Dos ojos desembarcan en la luna, de mirada en mirada. Surgen sobre una base azul.


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