jueves, 3 de octubre de 2019

apocalipsis marca acme


Ahora el poema se escribe solo, no desentona con nadie,
sometido a una ínfima presión, su resiliencia a motor, como un blindado chino
transportando cabezas nucleares por la plaza del pueblo un primero de octubre,
como una soldado alineada en pleno desfile con todos los planetas
de la tríada.

(Ah, la soldado es bella y estatuaria, recuerda un poco a los seres
mitológicos: es un ser estratégico, sin embargo.)

El poema no desfila, le falta marcialidad, pompa y forcejeo, su lírica
atenta contra la efemérides y el homenaje –no contra el homenaje heroinómano– y la presentación
ante los medios naturales. Su terrorismo es
apócrifo, es una lucha callejera sin martes por la noche ni barriles de brent.

Verso: se escribe a favor de obra. El verso se escribe con la mano
izquierda para que parezca que es del enemigo, que es de otro color; a eso lo llaman
cambiar de registro (también onanismo inspiracional).

Si refrescaran su conocimiento de la ferocidad del Ángel, su motivo
histórico, si entendiesen la lógica del polvo durante una carga de caballería, ese descenso
rutilante hacia la tierra, ese misil con el rostro de Ernesto Guevara en el costado (perdón, quise decir Che Guevara),
si un ovni como la guitarra de Woody Guthrie revisara al alza el precio del futuro.

Formidables aparatos,
aparatosas firmas (Acme, Cambell o Neslé). Conjurados todos
con la prosa, enturbiando el decisivo fallo del jurado, la punción confesional dictada en arte
menor, el ditirambo que se queda corto. Ahora el poema finaliza
entre estertores y gaitas, es un arlequín tan desarlequinado
que da miedo afinarlo en la memoria.



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