sábado, 16 de mayo de 2015

una habitación


Extenso amor. Si cabe dinamita en un abrazo, tanta luz.
Mirar atrás es un deber ahora, mirar hacia otro tiempo, en el tiempo, hacia la luz. Hubo una luz conspicua
que duraba un mes tras otro, no temía el dolor. Esta luz tiraba bibliotecas, contaba páginas,
deliraba versos inmediatos. No fue el profeta quien habló primero. Lo hizo una chica judía en una habitación del gueto.
Una chica africana en traslado forzoso, dinamitada. Y dios permanecía al otro lado de la ventana
mirando obscenamente, fisgando las vitrinas, quieto como un espejo deformante.

Este amor no es profundo ni sabe francés, no ha venido a través del océano cargado de cadenas, no ha sido
deportado. Es amor por el aire, literario y casual. El verdadero amor es una luz al pasar página, sabor a vida.
Hace falta ahora un tren que no se pare nunca, un pasillo largo como una tempestad,
oscuro como el fuego. Hay que poner tierra de por medio, distancia, y olvido.

A la distancia de un siglo la muchacha se mueve por la historia ajena a su importancia decisiva , ajena
a las miradas y los príncipes; solamente cultiva sus hoyuelos, graba un rayo de sol en su mejilla,
cuida su frente. Sus piernas permanecen ávidas de inconformismo, ligeras como espigas.

Cuando se adora la voz, se recrudece el poema en pocas líneas, el poema se vierte telegráfico, condensado
en la síntesis perfecta de un estado de ánimo (nada que decir). La voluntad no mueve montañas
ni considera espacios reservados al entusiasmo y la acción. Los pies regresan a una década
ominosa, saltan el riachuelo y ríen en la arena, cortejan túneles en la facultad,
desovillan dédalos marcados, juegan a los dados con los dioses al caer la tarde.

Es necesario encontrar el refugio del hombre, su rastro de piedad en la barbarie. Veréis entonces corretear torpemente
a los perros gordos del campo, notaréis sobre vuestro corazón su mirada
inteligente, humana. El reflejo es un orco, resulta arrollador, brilla de sangre negra, rezuma enfermedad
y astucia, una maldad atiborrada, aherrojada en el alma de las naciones.
Se ve que la humildad no es suficiente, no basta la locuacidad insulsa del predicador, su visión ultrajante
de la irrealidad, su vestigio terrible. Hay que golpearse el pecho con un cable, hay que sangrar por los ojos
y devolverse al fango, ritualizar la noche y ser de barro,
dejar entornada la puerta de la casa y esperar afuera a lo que pase.

Este amor no es tan hondo, está desnudo como un recién nacido, pero tiene mil años de vida,
un millón de años. Durante una eternidad ha observado el agua. Sin pestañear.

Amar ¡es tan urgente! Ver a dios en un labio y saber que no existe, conectar con la hierba, desvivirse
sin llegar a morir. Obrar. Obrarse en un milagro que siempre es imposible, un beso que no le exige nada a la literatura,
no se dobla ni parece ocultarse contra el muro, una lenta caricia desamada. El beso es un lugar en Francia,
es el fulgor de África, color canela, es dulzura, formidable risa que maneja la forma de los días a su antojo,
fiebre por un alma destinada al fracaso más exacto; ¡oh, la fecundidad del error, su generoso fondo!
En la boca juiciosa de una muchacha alemana: trance del arte parisino.

Amar es imprimir un beso en la nostálgica letra de un poema de amor y recorrer a ciegas las aceras del barrio puestas en pie,
concebir el aroma de las despedidas, conocer la desesperación, conjugarse en futuro imperfecto,
permanente pasado donde nada es mejor ni más amable que el odio.  


Charlotte Salomon

miércoles, 13 de mayo de 2015

filosofía a mano alzada


¿Qué filosofía? El rendimiento. El trabajo es un martirio, un martillo
sin hoz. La voz de los estadios enmudece, se difumina el cielo. Esta virtud es un trance
que ya no da de sí. Aun duele el recuerdo de otras vidas, otros mortíferos campos
al lado del río. Los ríos que también han pasado a mejor vida, no retienen el flow. En el espacio
crecen margaritas ful, una clase industrial de matorrales cuyo aroma es del aire. Todo inflamado hasta la náusea,
un incendio común: Montana en llamas para Ford o el escapismo en la literatura.

Se supone una chica real: año mil novecientos treinta y tres. Antes de casi todo. Algo a punto de ocurrir, un billete
a California. La responsabilidad haciendo de las suyas. El despiste definitivo. Se supone
una chica irreal: año dos mil quince. La épica ha derrotado al sueño del arte. La ética se aburre.
Un conocimiento imperfecto de las cosas nuevas que parece sin embargo suficiente. Los coches
corren más, las personas hablan menos; un manifiesto orgasmo lidera las encuestas,
se derrite como un helado de café.

Los panfletos han erosionado la forma literaria. La novela profundiza por imperativo legal. La profundidad
es un absurdo lleno de des, cuando lo único realmente intenso es la aflicción e invocar al llanto se revela
la mejor, la única representación moral. Proclamar el llanto significa decir la verdad, aunque no se llore en público,
no se llore por las esquinas ni se solloce un poco para destacar entre la fauna retórica. ¡Oh, si hay que sufrir!
hay que sufrir. Están hartos los niños de sus juegos adultos casi profesionales, tanta escuela
y tan escasa ficción. Los libros merecen un escondite más alto, el estante superior.

El frío es un renegado crudo. Se trabaja al sol, también con cero grados, en la calle: afuera. Y las afueras
siempre fueron problemáticas. Fuera del Partido, fuera de la ley. Algunos matizaban sus conductas,
abrazaron un alma condensada que no era el alma del pueblo. El trabajo es un martillo sobre el cuerpo de la clase obrera.

Al pobre es necesario mantenerlo vivo, que haga sus dibujos en el aire. Siempre habrá una oración por Katerina,
y los niños jugarán sobre las placas arrancadas de las calles de Berlín; volverá la sangre
a secar la frente de los trabajadores. Y el mundo seguirá girando detrás de las montañas. Siempre habrá una piel
para sentir los besos del destino, una rosa mecánica para restaurar el orden deprimente de las alambradas
y disfrutar de aquellos libros innecesarios.

Esta verdad presenta un diseño desafortunado, parte de una imagen demasiado nerviosa,
inconcreta, se dobla demasiado deprisa, no reproduce un llanto convincente ni sale en defensa
del amor como le corresponde. La verdad es perjudicial y solo comparece en un mundo de sombras, entre sombras
y cadáveres bellos como estatuas de poder. Es un placer observar la decadencia
del espíritu, vaticinar el resto de una vida. Hay que morir con una lágrima en los labios, lejos del agua
que agita el pensamiento, de la tierra misma que se desmenuza con los dedos, sobre un lugar más alto, con la gravedad
de las palabras sumándose a un concierto deshilachado y triste.
Fuera de sitio y con el miedo en los talones.



domingo, 10 de mayo de 2015

un final


Arte no hay. La belleza siempre ha sido episódica, un mal sueño nada más. Ningún arte
supera su afán. Todo es literatura y la literatura no basta, no es inocente.

La juventud venera el arte, adora sus ventajas, su opacidad. El escándalo de la perfección apunta a las alturas.
Notorio es que los artistas sufren la incomprensión del camarero arisco, el desprecio de las máquinas,
su vida es de padecimiento y dolor intermitentes: cómo se sufre en el bar mientras
se espera un refresco, qué mal rato antes del café.

Hay que pensar. Y pensarse. La obra se piensa a todas horas: parafernalia. La obra se piensa y en five minutes
se ejecuta al vuelo. Desmontando al artista, se dice que el verso estaba escrito
como una letanía. El plagio está a la orden, no se reconoce una perversión más accidentada. La belleza
se licúa entre misterios, sale con la luna, con la suya. ¿No es bella la palma de una mano?, el síndrome, ¿no es bello?
La miseria excluye santidades y cantidades de que hablar, pues, ¿de qué cantidad estamos hablando?
¿Dónde está la pasta? Y este es el poema desde los tiempos de Keats.

Hay bruma, es cierto, persiste una inspiración latente, harto caliente, reincidente incluso,
que asalta madrugadas y convierte el tiempo en una mina de oro. ¡Ah!, entonces llega la Historia y lo arruina

todo con su ectoplasma redentor, su déjà vu.

 

Seres religiosos con la vista puesta en dios al fin y al cabo; al pasar el puente, la vista puesta en dios, al cruzar la calle,

al montar en el avión suicida. Nada para el arte sino la negación de su poder. La inteligencia

desalojada del trono, la élite apartada de sus responsabilidades. El poema en un ramo de dramáticas rosas,

la música enunciada hasta caer.

 

Anteayer, la Vergüenza. Hoy la proyección del extremo angustioso, la depravación. Coletazos

del monstruo, cámaras de tortura que aún albergan estallidos; el aire mismo contaminado por la abyección,

siglos de pensamiento débil entregado a la revelación, a la deidad y su monasterio draculiano;

eras de ansiedad moral. Los frutos en los árboles, la sal de la tierra, y el sudor.

 

Arte no hay. Salvo un maestro de narices rojas y venillas etílicas, arte clown. El payaso concibe

ahora la mejor restauración, compila un rosario de escuelas y talleres, tendencias y virguerías

al alcance de una minoría reluctante, rimbombante y dada a su etimología y sus negocios

criminales. Hay un negocio en los museos y las exposiciones, en los auditorios megalómanos, llenos de melómanos y vates.

Pero ni siquiera el vacío es capaz de pilotar la nave del error.

 

El horror es como un alma gigante que no se desnivela, no duerme ni ambiciona otra manera de morir. El arte

ha sido emasculado: no hace falta citar a ningún genio. La belleza es horrenda desde el cielo, se ve

el charco, la insaciable fuerza del pasado estrujando los bordes del absurdo.

La inocencia ha perdido su relato.





sábado, 9 de mayo de 2015

dolorosa


Esta es una historia de otro mundo, la historia del amor
(desde el primer amor). Crónica del cine mudo, muda como un poema incómodo, exenta como un libro prohibido.
La historia cuenta con su propio idioma francés y su debacle. Se produce en lugares
anónimos, donde menos pudiera esperarse floreciese la chispa deportiva
del deseo, ese ingenio mental (jamás en una biblioteca: la gran literatura duerme fuera de casa).

El amor era un tomo escrito en una especie de francés luminoso y cordial,
no romántico. Vagaba
desnudo por callejones árabes y quintas avenidas, fulguraba sus brodways y seguía sus ways con indolencia
y motivo, estampaba su huella en el cemento arcaico del paseo
como si fuese una estrella de relumbrón y cierre. Modificado en una escuela de tuneo por gente dispar,
también modificada -no genéticamente- en sus convicciones y su aspecto,
el amor era un cambio y se echaba a llorar, era cambiar de ropa o de zapatos y echarse a llorar
por los renglones. No existía una frecuencia real para comunicarse. Nadie sospechaba por los anaqueles,
informaba sobre las estanterías únicas, tan divisibles, copadas por títulos
sedantes, novelas de un redondo y una violencia formales excesivos.

Ella caminaba, flotaba (―sé ingrávida)
por el pasillo empolvado de lágrimas, hojeaba un volumen estrecho
no voluminoso, poco planetario, satelital, y sus ojos divagaban por las páginas encintas maravillosamente gruesas,
reacias al abatimiento del marcador, a la afanosa mancha alimenticia. Cuesta imaginársela
-ser imaginal- ingrávida, personaje histórico fuera de fecha y frase, calumniado por el tiempo.
Mejor descalza, algo divina, algo dolorosa, bien que bienaventurada; durmiendo en un cajero automático
o una cabaña del parque. Como mandan los cánones.

Cuesta enroscar la redondez de autor, la obra maquiavélica, el resultado comúnmente aceptable
por la dilecta crítica y sus profundidades. Este amor se vuelve escurridizo como un sapo principesco,
se arrellana en un fondo cualquiera para que le saquen los colores. La historia
aturde, cuando hay luz porque hay luz, cuando no, porque hay luz. Es una fábula sin zonas muertas;
la sombra falta a clase, es marginada del abrazo interior,
se le cortan las manos sucedáneas, se le aplastan para evitarle malos pensamientos.

Los nombres del amor eran tres principales: Rama, Rosario y ¿quién?. Mas luego no eran ellas
la que hablaban en francés con los poemas, las que depositaban sus rosas en la tierra antes de nacer.
Alguien con un pañuelo en la cabeza cantaba sola anticipando el baile, se dedicaba
a construir espejos en forma de latido, a sepultar palacios bajo el paño de la noche. Y su nombre era un verso permanente,
largo como un excelso Browning, anular como todos los exilios. Su nombre se volcaba
sobre el aire, edificaba el aire con un movimiento plástico de su índice demoledor. 



miércoles, 6 de mayo de 2015

gran circo americano


¿Por qué el poeta fue abducido por una guitarra eléctrica justo antes de la felicidad?

Estaba el arte agotado en su peana, disoluto, cuando empezaron a caerle horas encima
como números primos, tan escuchimizadas. Al paso de los años, comenzó a sentirse bien
y a sazonar de estilo las miradas perdidas. Su espectáculo a tres pistas como el gran circo americano:
una en la escultura, otra en la pintura, la tercera en la música.

Así que el poeta quiso añadirse a la forma, quiso añadir forma a la performance y presentó una telaraña.
Los versos caían encima del arte como sondas geográficas o bajo la superficie (no se sabe aún), caían
indecentemente, con resuelta lentitud. Su polisemia cogió desprevenida
a la pintura, su rima desconcertó a la música, su trama intrigó sobremanera a la terca escultura, tan instalada de sí.

Crecía el verbo exuberante para pasmo y experiencia de la crítica, público espanto. Las revistas se rifaban
su nombre en la palestra, humeaban los teletipos modernos, incendiados los mails, las cajas de música a reventar
de piano. Entonces entró en foco la publicidad (¿o fue la autoridad?) rompiendo la cadena
con su puesta en escena enérgica y feliz, tan del gusto. Y fueron sucediéndose los anuncios rastreros,
las faltas de ortografía, la funesta presión del solecismo y el teatro burgués.

Las muñecas, los chales por los suelos como arroyos, nada en posesión. Las muchachas a sus cosas:
sus paseos dominicales, sus estrépitos, sus libros. La danza arrinconada, casi estereotipada en flases de concierto,
fases clínicas. ¡Oh, la espontaneidad de la tosca materia! El desparpajo elegante del lenguaje común, la renta del argot:
en el argot del barrio, un trompo era un billete grande, cuatro, una fortuna sideral. Así se borra la historia
de los páginas bellas, exactamente de este modo abúlico y servil.

Estaba el arte dilatándose de parto, con sus contracciones monetarias y su estocolmo residual. Por cierto
que parió un ratón gigante como una montaña rusa, tuvo gemelos en dibujos animados, se montó una farándula
para el cómic, mafia de soñadores.

El poeta todo lo grababa, detectivesco, lo anotaba todo en su libreta anaranjada que llamaba la atención
más que unas rastas. Metódico, se asomaba a los oficios sin intención de trabajar, se asomaba a las iglesias sin intención
de un padrenuestro, sin motivo, sonreía a los bebés bien alimentados (que invariablemente apuraban
sus gestos de superioridad). Escribía dádivas y cuentos, herejías, dilemas. Se enroscaba en la noria
plateresca o volvía a las andadas por su pie.

Al quinto aviso tronó la tormenta y se mostraron equívocas las estatuas, sobreexpuestas,
los cuadros sepultaron su cordura entre rimeros falsos de irisada ignorancia, la canción del verano
se congeló en el último puesto del extracto. Tuvo que ser la ópera, de nuevo ensimismada, la que bordó el poema
para la histeria selectiva (con ayuda de un ballet hidráulico), la que sintió en sus carnes la pertinaz
nostalgia de los cómicos y se trató de un gremio en el pediatra como si fuese en serio.

Pues la felicidad de aquel entorno tendía al infinito. En tal diáfano instante de confrontación entre las artes,
de mordaza y orden, un súbito flamenco alegrándose de todo lo demás, la obra por supuesto
y el genio desnivelando el testimonio de su floja memoria. 




domingo, 3 de mayo de 2015

camposanto


Ahora di: el universo es un campo.
No un campo magnético. No el campo de Higgs. El universo entre dos planos, empujado a la barbarie
de las rosas tímidas. El horizonte como una línea rota en su matriz, truncada. Y la vida sonámbula,
oscura como una noche de protesta.

Verde universo, húmedo de soledad; nubes aparte, alguna lluvia que descendiera suelta del espacio.
La vida de los niños es un antes del trabajo que durará para siempre. Hay una redención por el trabajo:
horas-días-años, todo lo mensurable. El campo está en Polonia (Estado de Alabama), se parece a un desierto
frecuentado por lobos, sin desalambrar.

Allí duerme la luna como un sol de terciopelo, duerme sin rostro, atrapa cualquier clase de frío,
de crudeza. La luna encoge el pecho de los novios, la piel se torna gris en su presencia, esa raya
infinita tendida sobre el hueco del crepúsculo.

La noche viste acero, levanta cruces enfermas donde huelgan las flores. Los árboles vomitan sombra,
menudean hojas muertas. Atrocidad tras lenta atrocidad, la forma del terreno surca mares, atropella
sentimientos; hay un petróleo oscuro como el agua,
ceniza que desuella montañas de vapor capaces de cortar la respiración
de la hierba. En tan estricto ámbito, las cabañas asombran por su aura, mientras se derrumban las casas nobles
y los panteones chorrean infecciones del alma. Este área del grandioso vacío, esta penumbra cósmica
en la que se aúnan la miseria y el odio, universo escuálido y glauco dejado de la mano del tiempo.

Di ahora: el universo es un patio miserable, un cuerpo extraño
cargado en parihuelas por el campo. Los muchachos aguantan el peso intolerable de la física, el peso
permanente de la ética endurece sus músculos. Ella que todo lo ve. Ahora se ha desarrollado, ha ensanchado
su nariz preciosa y ha endulzado sus labios, su piel morena ha adquirido el tono del jarabe,
la miel del caramelo y el suave aroma de la persistencia.

¡Qué bonita! avanza, corre, surge entre los tallos altos, cruza el riachuelo con los pies descalzos y se moja
la cara que brilla como un orbe. Su casa está en el límite, y del hogar en ascuas brota la fumata blanca, el humo sacro
que perfuma los sueños. Soñar es fácil, tanto como imaginar un mundo menos torturado, apenas libre,
digno de su hermoso desencanto.

Continúa el esfuerzo bajo el sol inclemente, bajo la trata del sol, el maltrato del fuego. La risa se ha estrellado
contra el vuelo de los brazos exhaustos. Las amigas cantan en voz baja y el universo se abre hasta engullir
el sonido del arpa que manejan los ángeles, el secreto murmullo de los violines,
la parte rigurosamente cierta de la realidad.   


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viernes, 1 de mayo de 2015

por dios


Hace tiempo que los cielos se hundieron
bajo un millón de cruces, una pirámide de palabras huecas. La primera palabra fue Dios,
que significaba la inocencia prohibida, el desencanto. 

Ellos usaban su vocabulario técnico
para referirse al mundo; venían de muy lejos porque habían dominado la energía,
ocupado el espacio. Desde la montaña, alcanzaban a ver el horizonte dorado
de la propiedad, ensayaban en orden sus voces codiciosas, vociferaban altura y escupían ceniza,
vomitaban el cianuro de sus corazones.

Su flexibilidad, su propiedad sobre las almas; el saqueo incontrolable e histórico. Mencionaban a dios
a todas horas de manera cobarde y suntuosa. Su dios era un pergamino arrugado y sucio encontrado en el río,
húmedo a todas horas, a ojos vistas un pergamino en blanco para escribir el nombre
de la infamia, el apelativo corrupto de la deidad autosuficiente, insolvente a todas luces. ¡Ah!, y la memoria
que sacaba a relucir el odio más elemental. La herencia tumefacta,
intacta de sus padres -aquellos seres despreciables-, su lengua común, su lenguaje político, y hepático, y turbio,
manchado de hidalguía como ininteligible.

Acaso todas las palabras eran dios, terminaban en dios;
empezaban con la de de dedo que apuntaba al infinito o se acurrucaban en el diccionario más sentido y más tétrico,
(en un sentido tétrico) ese libro constante, eufórico de acepciones y minúsculas,
dotado de caracteres impensables, rictus inesperados del idioma, mocasines del habla: escrito para sojuzgar imágenes
y juzgar el pensamiento.

Por el río bajaba el pensamiento como un torrente de furia. La luna, tan promiscua, andaba
en tratos con un rey y la espuma brotaba sumergida en el llanto de los niños. Una pelota de harapos por el suelo,
concentrada en su mundo sin espacio, sujeta al polvo
de la calle -semejante incendio-, al paso desahuciado de los años. No jugaban los niños, no trasteaban con las ramas
bajas de los árboles ahorcados en su miseria, sus juguetes despedían una luz salvaje que acababa
en una noche fresca interminable. Sin duda, qué bonita ilusión, qué amalgama de sonidos encauzados por el aire,
recogiendo lágrimas a manos llenas.

En otro libro: dios está arrancándose una postilla, sonándose la nariz con un pañuelo roto que es un trapo oscuro
repugnante. Dios está meneando el esqueleto de un hombre muerto, fracasando
de nuevo en el trabajo. Ha recibido el pago a su pereza y la sangre ya le ciega las costillas, el pelo se le mete por la boca;
caen gotas de sudor desde su frente apócrifa para regar los yermos.

Los pobres tenían puesta su fe en el dios que asaltaba pequeñas aldeas en países remotos,
violaba mujeres hermosas, niños, transportaba rehenes, prisioneros a través del océano. La pérfida gente de dios
se cubría de gloria por unas pocas monedas, su traición era recompensada con creces en el paraíso
y los sacerdotes cumplían con su vocación y su trabajo, su programa máximo hacia la salvación
de los rebaños. Solo que un ligero olor a sangre congelaba el ambiente
al despuntar el alba; solo que a golpes aumentaba de tamaño hasta el hedor insoportable de la podredumbre,
un olor a carne debilitada, podrida bajo el sol, que salía del templo y se extendía
como una maldición por los hogares reducidos a cuadras, las mentes reducidas a habitaciones del pánico,
los cuerpos reducidos a su naturaleza, hijos de dios.




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