domingo, 18 de noviembre de 2018

en la altura romántica del verso


Es el lenguaje poético, el lenguaje de la minoría. Ah, si Emily hubiese conocido la liquidez de las pantallas
blancas, su pluma inagotable, ¿no habría calado su entusiasmo la densidad perfecta del espejo? En el Parque los hechos
fluctúan como manivelas insomnes de un engranaje informal, nada es permanente, ni siquiera el recuerdo de la esencia,
su monolítica espuma.

Es que el lenguaje poético no tiene remedio, disimula
pero le crecen las uñas, y los dientes; digamos que reina en el vacío y se parece. Semejante a un Stonehenge
verbal, el parlamento definitivo, la mesa que nos representa. Sentados a la mesa, los poetas
comen sin apetito real; oh, ¿mas quién los sirve?, ¿quién ejecuta la danza interminable que adorna las deliberaciones?

Ella vigila todas las pizarras, absorta en la altura romántica de donde parte la primera parte
del verso contenido en el viento, su mirada está en peligro, sus ojos son partículas de cuerpo, obleas
consagradas a la revocación del paraíso. Hierba, hay, trenes que recorren praderas inauditas, líneas rectas que exudan
protagonismo y confianza, conducen al desánimo
y la renuncia. Se escucha luego el parloteo reciente de una nube, su eléctrico frufrú, la chispa
ondulante de su nueva palabra.

Naturaleza se dispara como un espíritu navideño, como una guitarra maledicente; los chicos vienen por el aire
atravesando desiertos, son como halcones, son como el polvo que rectifica su escultura, son como el tiempo. La penúltima
luz deja de leer estrellas y produce un sordo movimiento de dejadez infinita, un ruido
confinante, una desolación inmaculada. ¡Las cosas que han pasado! Ciertas inseguridades,
ciertos miedos que ahora desnudan su protocolo frente al ciclo bastardo de las noches.

Lenguas de fuego repasan la memoria de los ángeles y evitan la revancha; es preciso usar el sortilegio del agua,
pensar seriamente en la generación de una golem que no pueda autodestruirse; más: editar un manual de instrucciones
para la divina agricultura, el pastoreo ardiente de los condenados. Ver un Ángel es tan fácil
que no merece la pena pasar las horas escrutando el futuro con prismáticos de acero,
procesar el firmamento con un viejo telescopio de persianas bajadas.

Esta muchacha ha inventado la forma, el zigzag sin asterisco, la contención absoluta en cuatro líneas
viudas, ese cuarto menguante expresivo que tanto desenreda
el pensamiento; ha registrado el vuelo constante de una mala idea…Y su risa era un poema puesto a secar al sol,
el símbolo radiante de la lucha que viene.



viernes, 16 de noviembre de 2018

de la mano del hambre


De la mano de quién. De la mano del Ángel, su carga humana, su piel. Su disfraz,
la máscara del millón de dólares, el diamante de su cabello negro; una extrapolación sucede de improviso, un traslado
repentino, pues cambia el decorado y el asfalto
reconsidera su tamaño de piedra, oculta su porosa superficie, su mullida dureza. Pisar la hierba
es tentador, resulta un episodio inconformista. Las alas forcejean su extraña confianza en la longitud del aire,
presionan contra el azul con toda su redonda enormidad.

De la mano de quién. Destiny ha bordado un reloj de arena sobre la profesión del cielo. Un reloj de sol
sobre la procesión de las estrellas. Los árboles tienden a desaparecer bajo la niebla, tienden a reaparecer
a plena luz; la ciudad se adormece como desalmada a fuerza de opio y chimeneas,
agujeros por los que se filtra un tiempo por venir: ¡que dolorosa eternidad! Es que el tiempo se está desanimando,
que no quiere comer.

Dadle un poco de amor para comer. Los problemas multiplican su distancia, los pisos pierden las llaves,
horrorizan las aceras presas en su desnivel caótico, su ronda milenaria. Entonces, una carrera
feliz sobre la tierra fresca y concentrada, una carrera simultáneamente concedida
a la velocidad de las fronteras, de los ríos, con la envolvente urgencia de las olas.

Montañas: dadle un poco de amor. Es un teatro donde se oscurecen los sueños; la escena bulle de realidad,
trunca los procedimientos habituales, sustituye la iluminación por el encanto, el fondo por la fosa, la ropa por el mundo
que resuena en el vacío de la representación. Rota la noche, el cuadro elemental de la marea supura esta fracción
incógnita del universo. Destiny sostiene una región inobservable –clúster tan prosaico– en el cuenco de sus manos,
su hondura fluorescente. Juega a comenzar de nuevo, como una niña con zapatos nuevos,
inocula un virus milagroso en el primer corro del Parque, la voluntad de donde brota el humo de la fe.

Un aullido unánime de serenidad, una procreación de responsabilidades. La sordidez
da paso al pecado venial, y la broma pesada es una travesura del destino, ligera como el desaliento; Jordan
silba y el portal se desmorona y el claustro vuelve a apuntalarse, se reconstruye
a fuerza de consejo y convicción, de piedad y orgullo. Hay torres como labios, cipreses que asombran,
ruinas decididas por la nieve del futuro. Hay un precio marcado para cada sombra, pero nadie lo sabe
porque nada tiene valor en el infierno.


martes, 13 de noviembre de 2018

ocho milímetros de mermelada de fresa


Inmerso en un penal de soledades, se desintegra en la retina del hielo;
el Parque es un conglomerado de raíces, un laberinto condenado a la gravilla de la tarde, un solar con torreones.

Ahora: Jordan se ha enamorado de una sombra que se pierde, ondea en las esquinas como una bandera
mecánica, y su amor es tan extraño que se anuncia en las páginas blancas de la escarcha (y no en Times
Square). Es un amor a pies juntillas, de los que te adivinan el color de la desgracia.

El Parque acoge un fiel Ángel Guardián (está en los huesos) tan hermosa que parece hambrienta, tan hermosa como
medio muerta, sus rodillas extraordinariamente frágiles, hechas a semejanza de la lluvia, sus labios extraordinariamente.
El Ángel cuenta su milagro por las noches al calor del fuego y los niños
aplauden azorados, embriagados de una fina nostalgia que desconocen por completo.

Esta edad de las cosas que se parece al tiempo en el rojo de la sangre, en los viejos anillos de la tierra. Nombres
propios que deforman la voluntad del eco, interceden a favor de una corona de plata, llevan
flores en el autobús. Jordan. Destiny. Encogen si los nombras, se mueren si los nombras, desaparecen
si los olvidas en un bolsillo roto del pantalón. Han venido para quedarse en la inmensidad,
son inmensos como océanos de contenido, capaces de enloquecer a un millón de habitantes, de incendiar una ciudad
del horizonte al cielo que lo engancha, del origen al verbo.

Jordan ha escrito un libro blanco; tan en blanco como una mariposa en una nube,
como un ciego mirándose al espejo, como el mundo al revés. Ah, su poema es delicioso, es un poema de Amor
en clave natural, sin orden ni silencio, es un niño sin colegio; es: una mañana de abril. Pues nadie ha recorrido
su deseo ni su cuerpo ha sido acariciado, su rastro no se encuentra en la memoria,
nadie recuerda el aire pegado a su espalda furtiva, ni acompaña con palmas el sueño que retumba en su alcoba.

Nadie en la hierba, sino ella. Que ha mantenido la vista, todo un cerco de otoño en la mirada. Todo un fulgor de lluvia
en el tintero. La hierba se produce, es la manufactura del futuro; contemplad los espacios aéreos
fundidos en verde aguamarina, qué gracia del paisaje.

El humo nada tenía que ver con el sonido balsámico de la resurrección; una nueva patera musical acercándose a la orilla,
violentando la serenidad del clan, su farisaico desayuno al aire libre, sus tostadas calientes, la eucaristía
rodada en ocho milímetros de mermelada de fresa: nada demasiado convincente como para no estar ahí.



domingo, 11 de noviembre de 2018

eternamente


Subir un peldaño por la escalera del odio, tejer el ritmo y cablear una página en blanco. Actitud
y planeamiento. Jordan tiene un plano de la noche trazado a pulso sobre un cuadrante de estrellas inventadas,
escrito en el idioma cardinal de las aristas, de los artistas redondos; así no se pierde
nunca-jamás.

La oscuridad es mala consejera; hoy
suceden nuevos pogromos y persecuciones (y contradicciones eventuales). Gente vulnerable, genios que acaban
siendo perseguidos por drones con vello facial, metralletas de escarnio.
             En la azotea se encuentra un genio del amor disparando potencias, construyendo
elogios. Para esta tarde se espera un bombardeo, sería emocionante.                           

Jordan dice que tiene un plano de su cuerpo,
instrucciones para abandonar el alma en mitad de la calle, para encontrar a ciegas
el camino de vuelta.

Decir hogar es decir miedo, obrar un sueño a la puerta del baile, con ese acicate
elástico y esa motivación ardiente. El Parque. Vuelan golondrinas y otras
series, sus columnas vertebrales obedecen a un impulso (or)vital, planean la sublevación del bardo, giran un significado
dispuesto a resolver la vida de los árboles, a restregar el forro de la piedra.

Hierba en primer plano, con devoción, ultimándose. Existe un poder que reconvierte ranas en príncipes
culpables, princesas en rosas como pirámides rosas. La Princesa ha muerto en un canal de la tv., ha muerto en su palacio
de cristal, en su lecho, púrpura y cobalto –un pura sangre detrás de la manada. La actualidad
se manifiesta a través de sus medios de producción; distintas formas de consciencia compiten por aclimatarse a la irrealidad,
funden palabras que son metales preciosos y presentan sus credenciales de espanto.

Soledad y toda la paciencia finita del cosmos. Observad el monóculo del tiempo,
su hinchazón efervescente, adolescente, su codicia impura. Jordan dice: hemos ideado una base de hip-hop
que suena como la bella durmiente, algo del futuro que es inhumano (todavía),
aguarda el beso enfermo del dragón.

Fuego; ahora un bidón arde en la cruz de la moneda,
son las doce y el espejo se ha portado a lo grande, el cielo ha despejado la incógnita de ayer. El amor se ha teñido de rubio
en un salón al sur de la Avenida, ha escalado posiciones
dentro de lo posible.


lunes, 5 de noviembre de 2018

guía autorizada (para ver un milagro)


Se divide el cielo en dos franjas opuestas, absorbentes, iluminadas de forma
contraria como por un director de fotografía; en el centro de la imagen, Jordan camina o permanece
inmóvil, lleva un bolso o va con las manos en los bolsillos, en su esquina, un gato medio muerto
ronronea o merodea feliz.

Esto es fruto de una mente superior, por tanto,
atormentada. El suplicio es observar sin rumbo, de manera desprotegida y salvaje, entregarse al escrutinio
difícil del color y su realización, a desentrañar el meollo del ambiente y su insólita
cordialidad. Es decir, la magia contribuye a crear. Las palabras restituyen el fondo del mensaje,
pelean el trofeo de la comunicación, urden caravanas de contenido inefable.

Está parada (Jordan) en la tierra (o en la Tierra), detrás de ella crece un jardín, tras el jardín se divisa la silueta
arquitectónica de una mansión victoriana, simplemente un ejemplo más del vitalista gótico carpintero,
difuso, pero bien entendido, bien (de)construido. Da un poco de repelús examinar la tierna
alevosía del paisaje, el poético concepto que fluye de la escena,
perla de sudor la frente de los árboles, organiza barricadas de fruta –qué frivolidad.

Controlar al descuido un comportamiento ajeno a las convenciones y las coincidencias; amar el organismo radical
de la naturaleza. Sentir el calor, el rubor, el azogue y la sobreexposición, ese daño del carácter, esa función
renal del pensamiento continuo. Si no hicieran falta ángeles concretos, discretos, chicos y chicas de la calle,
ricos como la cerveza, negros como un pedazo del Arte monstruoso del KRIT.

Qué grave el rodaje de la vida: un capítulo al día. Sin embargo, un reparto
esperanzador, un elenco nutritivo, actores de segunda fila puestos en fila, actrices secundarias
protagonizando un remake de la inocencia, figurantes como figuras de una baraja de póquer. La poesía es cosa de átomos
metidos a poetas; lo importante es no perder detalle.

El milagro solo ocurre una vez, ni el rayo cae dos veces sobre el mismo libro, no excava
dos veces la misma sepultura genial. ¿Para ver un milagro? (chist!): es cuando duele el alma al cantar (los ojos cerrados, justo
para no ver). Jordan cierra los ojos cerca del optimismo rezagado del soul. Canta
con un instante de voz y un asmático chorro de silencio.


viernes, 2 de noviembre de 2018

no mires a la luz


Hay un acantilado por el que se despeñan las miradas, hay una producción
exagerada de matanzas, un desistimiento de la realidad. Las plantas se acercan a ver lo que ha pasado,
quién ha matado a quién. Hay una casualidad en todo esto, la reencarnación
de sucesos aparentes, su multiplicación inesperada. La fantasía no sustituye al milagro, por más que necesaria;
sigue el camino y hallarás un Hada vestida de blanco, su piel tan armoniosamente oscura,
sincera, extraordinaria como una verdadera religión, un paso obligatorio hacia la santidad.

             Es Destiny, que mora en una especie de transición estacional, su habitáculo en la parte
oculta de la ciudad, un lugar sin nombre bajo ninguna estrella. Su boca ha confirmado la forma de la luz: hoy
ha amanecido un punto de coral, una fragua detenida en el tiempo.

Vagabundos, marginados; hombres que se ponen de rodillas, estatuas valientes. Hoy ha sonado un himno
sin país y era un espacio entre el silencio y la música del agua, entre la algarabía de los chicos y el pesado
ciclo de la aurora. Por el camino, las huellas del pasado semejaban cápsulas de aire,
fórmulas doradas de la historia, tras ellas, la historia demandaba una explicación convincente, mostraba su esqueleto,
el probable andamiaje de su reino infantil, el plano de su biblioteca.

Destiny forja un poderío inconfesable, sus piernas obedecen a la noche, sus manos, al eco de la oscuridad; observa
el vuelo decidido de un ave exótica, sus alas graban en el humo una silueta afilada del giro y su elegancia,
brindan la posibilidad de la ascensión con sendas ráfagas de geometría; ah, ella es una estibadora de ángulos,
siempre atenta a la memoria del paisaje, su volumen creativo, eidético.

El milagro ha sucedido en otra aparición más
desinteresada, ha reincidido como un delincuente de otro mundo. Y las chicas han salpicado el cielo
con los ojos revueltos, y dios se ha desviado hacia la autoridad de la materia.

En este banco del Parque, un Ángel se desvive, borda su llanto con agujas de plata, un dedal en cada lágrima,
un sendero en cada beso desterrado al olvido, una sinrazón en cada párpado incendiado de esperanza. Las horas
terminan su batida, las hojas manan de los árboles desordenadamente, como en un funeral las familias
se toman de la mano; oh, dulce ser destinado al fracaso de la vida, su tentativa y su espectro, tú que obras
la inmensa felicidad de la sangre, no mires a la luz.



jueves, 1 de noviembre de 2018

trabajo en curso


Crear es moneda corriente, un trabajo en curso. Poetas que se pirran por su estilo
autorizan dramáticas enormidades, se documentan a porrillo, fusilan ideas a las tres de la mañana y hacen
sacas de autores cotizados.

Un día creamos un Golem y lo soltamos por el Parque: a ver. Decimos las palabras
elocuentes y lo soltamos en el rango superior de la Avenida: a ser. A lo mejor escribe un termo de café. Los poetas
fidelizan el género, componen el gesto y se comportan como si estuvieran en clase de lengua,
como suspensos en clase de literatura, números rojos en la cuenta editorial.

El Parque funciona en modo swing, es comida casera; los animales, las bestias, la Bestia, Jordan
y su circo pandillero, autopistas con cadillacs incorporados y canciones de McLyte (la clase obrera en progreso); el poema
–¿lo viste?– asiste, se compromete a deleitar sin instruir siquiera, sin darse a conocer apenas, sin cohabitar
con el Arte, sin seriedad ni compromiso; que le pongan falta. Si en la Avenida nadie lo ha reconocido,
nadie lo ha visto por el aire construyendo otra isla de significado.

Hoy, ni ángeles en el epicentro del drama, ni corsés depresivos que valgan ni películas
porno (ni remotamente). Jordan disfruta de unas penosas vacaciones sin maravillarse, pozo incluido. En el pozo
están caras las sogas, la gente se asoma para ridiculizar, tira una moneda como si fuera un verso
dirigido al corazón del espectáculo.

Duérmete, dice la rima, y lo repite por la calle con profusión del eco paranoico. Resulta que el Parque
desemboca en un pasillo de hospital pintado de blanco hospitalario; y la piel del Ángel destaca en el quirófano, hace juego
con las cortinas de la sala de autopsias –un centenar de creativos aguardan la confirmación del deceso (lo que no se produce).

El poema trepida hacia el silencio, forma una borrasca huracanada al pie del Minotauro,
es un clásico de las barbaridades; ni es especial ni se merece el repaso de la profesión, no es profesional ni se merece.
Oficio y contracción, desigualdades que aguardan su balance, alguien que se tambalea al subir al autobús,
niños, queridos niños cubiertos de postillas, plagados de granitos,
sujetos no verbales, huérfanos de la creación.

Creer es lo correcto. Viene en las escrituras, sale en la pantalla de la noche: todas esas
estrellas confirmadas, todo ese paseo de la fama. Si no crees lo bastante, te conviertes en un espectador, coges la enfermedad
y te pasas de listo, te conviertes en un escritor y vives como un tonto que se muere por dentro. Eso es.



lunes, 29 de octubre de 2018

acerca de la noche


El espejismo se hace presente, es el presente invadido por recreaciones de la perversidad
futura; lo cierto es lo que permanece invertido,
pertenece a una sociedad sin límites.

La fotografía capta un esbozo real, sobreviene con toda su apariencia, realza cualquier flaqueza imaginativa;
orgullo de la tecnología, su resolución resuelve disputas matemáticas: Harlem a principios de los noventa, el manifiesto
oficial de la cancha de basket, los surtidores de verano y la ferocidad de un ángel de cartón. Cuántos
ángeles verificados, auténticos como una bala en el cerebro, como una ala norte,
semidioses cultivados en el polideportivo, héroes de la pista de baile.

No existe otra bendición semejante, otra contradicción con mayor poder sugestivo. Son nuestras Sisters With Voices,
seres humanos sobre un fondo apocalíptico de destrucción metódica; donde estuvo el centro
comercial hay un montículo improductivo, radiación que se te mete en los bolsillos. Hasta los ángeles se acercan
con trajes impermeables, parecen astronautas del quinto paraíso, oh, espacio amurallado (no hay espacio para el amor).

Amor es lo que traen en los bolsillos, pequeñas píldoras, miniaturas del superlativo amor que salva galaxias en apuros,
planetas inocentes. En realidad, no hay un espejo suficiente para tanto dolor; Jordan no se mira en el espejo,
tiene la dentadura en mal estado, dientes mellados, muelas picadas, acné juvenil a los 25, el pelo negro y lustroso, eso sí,
el pelo en su lugar, rizado y llamativo, mullido como una solución habitacional de dos por dos.

Ahí está el dilatado, remozado delirio, la mesmerización involuntaria, el mecanismo
autónomo de las revelaciones, (esto es) the miracle. Producido por Destiny (o por Disney), dirigido por Destiny, algo acerca del destino,
por supuesto, acerca de la noche en que todo terminó.

La nave especial desciende con apabullante aparato escéptico; de ella sale un robot mayordomo con la bandeja del soul,
su voz es la voz del cantante de gospel y brilla en el desierto, cautiva auditorios, diviniza el polígono del Arte. En realidad, el Parque
sustituye al vacío; el Parque nada en sangre. Pinchas un alma y derrama un litro de sangre azul, pinchas un millón de almas
y tienes un océano de luz que es necesario ocultar.

Jordan se mira en el agua azul y de su reflejo surge una materia pensante que no se puede comer pero
da forma; y la forma es un cuerpo de atributos espléndidos, neumático pero invisible, es un donativo para el hambre,
precuela del amor y sus misiones, solo efecto, sin causa ni pecado.



sábado, 27 de octubre de 2018

monte carmelo


Pulir la tetera con sus tazas, sus platillos de porcelana carísima, tomar
el té en el vagón restaurante; en esa esquina tétrica del Parque con la Avenida donde se ligan los gramos
más puros de la marca, el verdadero polvo de ángel, la subida sin estrés, el linchamiento
capcioso de la angustia y sus quehaceres románticos; es como vender piezas
decorativas replicadas en la obra del último minero espacial.

Con los ojos vidriosos y la copa de vidrio; la naturaleza ante los ojos,
deliberadamente natural, hecha un pastiche químico, el vertedero, la guinda basural del monte carmelo,
el extremo aritmético de la mejor narrativa equilibrada.

Jordan ha sido captada en el momento de. El humo era una humareda, la hierba
era un kilo de hierba prensada del país, un rollo de césped artificial, una pradera americana, el humo era un bisonte
enamorado, una pluma en el viento (Vurt). La física de las emociones
en busca de un significado cegador.

Vienes por el círculo máximo de la traslación, adviertes un horizonte
circular, una montaña rota por el ábside. Los animales, los edificios, la ciudad a imagen de Escher y sus filigranas
expresionistas, su escalera ominosa, gomosa o gnóstica, el calibre, la escala virtual
de sus remesas gráficas. La nota es el ascenso, el mismo cielo que supera la cantidad del aire,
incluye el ritmo granulado de la piedra, esa novedad artesanal.

Vamos a la tienda y compramos la tetera perdida, el objeto arqueológico, el no sé qué del siglo XXI,
la puridad del intelecto vendida y fósil, fosilizada, líquida como el hielo que se deshace en la piel curtida del amor. Jordan
va y contiene la respiración, es toda aliento, es un ave mística,
dulce y repentina, y dulce.

Desde el vagón restaurante,
el campo es fruto de una suposición peculiar. Hay teorías al respecto, poemas al respecto,
rimas punteadas por una legión de regidores. Una muchacha aspira el rearme de las rosas, lleva la nieve en el pelo,
tan blanca, y su vestido blanco es un rayo de sol, sus labios tiene fe, pero no en el día de mañana,
es la fe del carbonero, que no guarda distancia entre un ramo de sombras 
arriesgadas y un juego de té delicadamente imaginario.



miércoles, 24 de octubre de 2018

héroes de bcrst


Pájaros norteamericanos, perros de Bcrst. Frases
como meteoros que prohíjan la verdad, honestos vértices del interlineado, números
primos acercándose a la velocidad del trueno al final de una serie irreal, el infinito mar de la literatura; Gargantúa y Pantagruel
perfilados por un jilguero de Wisconsin, escritos en el vértigo de un giro postal, al dorso
de una noche anunciada sin tiempo.

La gran escatología literaria directa hacia el manicomio de la red social; todos dando pie,
digresiones sobre un pie normal, variaciones sobre la mansedumbre de las bestias. Pastorcillos inmersos en la vorágine
del milagro, graduados en la involuntariedad de las cosas del cielo, en lo imprevisible y lo tremendo,
dignos herederos del mayor borracho de la historia.

En el Parque no se detiene la rueda, obliga, deforma la realidad con su estallido,
es una subida de tensión social; Jordan asciende (qué va, sube) la escalinata, ¡qué va!, una escalera de peldaños rotos,
peligrosos, la madera podrida del estado, remonta un espectáculo de nubes
tan veraces, tenaces, locas de hielo y humor gris: es la reina del otoño pero no hace mlgrs, su amor no pesa tanto ni pesa
demasiado para ello, su amor es (hasta ahora); era una fecha de caducidad, una flecha lanzada por un ciego.
Aunque sucede el milagro, aunque suceda y la tierra
reverdezca a todo tren y el campo rechace la solemnidad de su pasado, y el humo
sea como el hijo pródigo de la inocencia.

Estamos en la intersección, el divino conjunto, dentro de la mandorla escalofriante
donde la luz procede y la sombra es un procedimiento sin registro de salida, un recurso infeliz. La luz
viaja como Katerina, como si fuera a salvarse por primera vez, de nuevo como si el mundo
no fuese el despeñadero que es, la fotocopia de ese anhelo perfecto que siempre ha ansiado ser. Hoy, las barcas mascullan
su impulso moderado, el agua decide un grado menos de entusiasmo, se resiste a caer por el hueco tangible del silencio.

Sueños norteamericanos, héroes de Bcrst. Fresas inmediatas, flores tísicas, abejas de otro
canto, poetas manchados de carbón, princesas rusas, poetas manchadas de carbón; ah, la escuela
de lo extraordinario, la violencia teatral del verbo, capaz de organizar una función sagrada con un cabo de cuerda
y un pájaro enjaulado.



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