viernes, 7 de agosto de 2015

hasta el tobillo de Bach


Así que se inventaron religiones y bombas de racimo. Que el oficio de profeta
conoció épocas de gloria. Se erigieron pirámides, torres de babel, catedrales para aterrorizar
al pueblo. Se construyeron suntuosos palacios y ciudades prohibidas. Todo dentro de un orden.

Es preferible callar y observar a la música, cómo sube al tren con su maleta de cartón,
se masifica en las estaciones del metro donde una secta puede perforar bolsas de gas sarín un día cualquiera.
Pero la música lleva los pantalones por las rodillas y se escucha a sí misma baqueteando,
rasgando la guitarra o trasteando el bajo. Un solo de trompeta es como su palabra de honor. La música
da su palabra al horizonte, en el pasillo del metro junto a una violonchelista
ciega, un organista colosal. Al underground acude el jazz a tomárselo con calma, con alma,
a tomar altura hasta el tobillo de Bach (es un decir). El sueño del jazz produce otros
sueños difíciles de condensar en un poema.

Así que los poetas fueron considerados artistas, y críticos hubo que afirmaron
la enormidad de su tarea sobrehumana, su calidad utópica, su capacidad para reseñar y transmitir,
sintetizar el espíritu de las naciones en una estrofa carismática; ah, narcisistas, ídolos del chovinismo criminal.

La elevación es positiva, necesaria, incalculable. Una buena ascensión y el cielo estará ahí para cubrir
expectativas. El cielo es un escándalo prosaico, vulnerable, es Bonito. Porque lo dice dios.
Van al cielo los mismos que van al club privado, aquellos que frecuentan los palcos,
las primeras filas de las representaciones católicas en sus cartujas y sus templos góticos,
los que reservan su localidad. Entran al cielo por la puerta grande, adornados a la última, con el último grito puesto
en la cabeza, los zapatos adecuados.

Dios hizo, pues, cosas espectaculares y otras menos arrogantes; creó clases sociales y las dotó de buen y mal gusto,
respectivamente. Dios se inventó el fútbol y el diablo contraatacó con el basket. Hay una guerra idéntica
a las guerras de los hombres, con bazucas y misiles tierra-aire. Sin sangre, solo una especie de botafumeiro,
un revuelo de plumas y cabello de ángel, pura repostería celestial.
Como Madison le dijo a Satanás: "tu nivel de servicio al cliente es una mierda"[1].

Así que la muerte se compadece y deja de agarrotar, de acogotar, de mascullar derrotas insufribles;
ella trabaja para un patrón odioso que son dos, abominables ambos para ella. Que no la dejan lucirse en la batalla,
no dejan que transcurra con idoneidad sin límite. Incluso su dalle es una farsa, ¡es apócrifo!
A veces, la gente sonríe antes de morir, inmediatamente antes. No son conscientes del gancho de la realidad
hasta que impacta y entonces no ven pasar una película fotograma a fotograma de sus vidas estériles o subjuntivas,
entonces mueren y solo tienen tiempo de blasfemar un poco, cada uno a su estilo,
con sus propias palabras y su fe. Con su esperanza intacta
y ese calor del metro filtrándose por las rejillas del silencio, colapsando el oído y la columna.

No hay tiempo de cavar un hoyo para el corazón. Ni se alcanza a recordar la felicidad de los volúmenes sagrados,
su incienso y la frescura agnóstica del mármol y la piedra. Solo llega la sed
y en lugar de un manantial brota un damero de jazz, el barrio y su claustrofóbica rutina.




[1] Palahniuk, 'Condenada'


miércoles, 5 de agosto de 2015

camino de santiago


Caminar la senda angosta por el monte, su extremo verdeazulado: insectos moribundos
-incluso unas pocas horas después de nacer-
y plantas que se plantan, ortigas que te hostigan, rosas que te rozan, brotes que brotan, ¡flores que afloran
por doquier!; un brote gigantesco en cada árbol. Vidas efímeras y holgadas repartiéndose un espacio común;
las alucinaciones a la vuelta de la esquina, seres del manga,
mitológicos, el cómic estallando en la realidad.

Caminar la senda angosta y ver pasar los autos con sus mesiánicos ocupantes,
mecánicos ocupantes rezando por el móvil, apantallados en sus asientos. La velocidad es un cociente; los coches
van tan limpios, irreprochables, como niños vestidos de primera comunión.

El cielo no ha merendado hoy; se hace tarde y se va a ir la cama SIN cenar. El cielo es un dios enorme
que transige a veces, de veras. Es tan potente que rodea el planeta en un abrazo
asexuado. La poesía ha puesto en entredicho la virilidad de los cielos que son fuente de embargos sistemáticos,
ciclones absurdos y tornados geométricos. Nada más duro que un cielo en armas,
alzado como un puente belicoso.

Tierna la tierra. La tierra es tierna más que el mar. Tantos que la habitan, alberga una miríada  
de fanáticos organismos partidarios de la vida. Está cruda, esa es la verdad. ¿Quién no ha tragado tierra?
A la tierra muerta se le llama tumba. Un cementerio es un parque de atracciones algo patitieso, pedestre.
Los automóviles rastrean la tierra, la rastrillan, aceleran levantado nubes
de polvo para que se sepa; llevan lápiz y papel, dinero para la matrícula, aceite y mucha grasa, alguna pluma india en el capó.

Duelen los pies por el sendero estrecho y asesino punteado de grava, salpicado de cardos
incordiantes. Uno se ahoga ceñido al trazo ístmico  -no rítmico-, cambia el paso y se tropieza,
pisa sin fuerza como un raro saltimbanqui: puro exceso. En medio del camino,
un obstáculo (o)puesto en clara invitación a la pirueta triple, incitación a un acto salvaje; luego, las visiones del submundo
cerebral con sus trances y sus tableros ouija de madera noble. Vanos espíritus que recorren
vericuetos fantásticos asustados y solos. Una Harley-Davidson que aparece de la nada,
y es que hay un pacto con el dibujante (a espaldas del guionista de turno).

El cielo cuelga de un poste ecuatorial, calienta motores y desplaza hasta el plano donde reina el silencio una escuadra
de cúmulos ariscos. El suelo brega, coge tirria, brinda un colmo a los transeúntes, está hecho un asco de suciedad
y, sin embargo, presume de brillo elemental. Docenas de pájaros de distintas especies
acometen el himno, su dulzura pasa desapercibida. El fantasma del viento escupe cáscaras de luna.




martes, 4 de agosto de 2015

sin trabajo


Compromiso y pompas de jabón. Una gran depresión coloniza el barrio. Las chicas reanudan sus trenzas
divergentes. Consecutivamente, las nubes otean el panorama y se deshilan aburridas y mancas;
dos gorriones inician su gran salto y fallecen de un golpe de calor. El árbol más hermoso ha caído enfermo
y la avenida se hospitaliza, rugen sus sirenas. Lluvia viene al rescate, gime, gripa el motor
gigante de la calle, que ronronea ronco, insatisfecho. Un masaje líquido y venial por las primeras ramas,
un jilguero doctor, como en la gloria.

Se abre paso la hierba: es natural. Entre fogatas de mañana y cubos de basura desiguales,
la luz finge autoestima, se desploma derrocada sobre el mustio encerado, sobre el asfalto que rinde pleitesía a la ciudad.
Los bloques anuncian su violencia endémica, endógena, sobresaliente, la victoria de la seguridad social.

Los agentes del orden desenfundan sus mentes (con desenfado), arrastran por los pelos a una chica negra;
uno de ellos dobla su rodilla pesada sobre la espalda de la joven
y parece feliz. La población observa desde las ventanas, arropada en la cama,
en la sala de estar lo ve por la televisión apagada, lo escucha por la radio que dejó de funcionar.

No hay ratas hoy, las más gordas se han quedado en una página de Danilo Kiss.
Dicen que el KRIT pasó un día por el barrio con su cadillac y Jim Dodge tomó nota apalancado en su suite infernal, nada menos;
no andaba con Mara, que es más de ir al campo a oxigenar su figura. En la ciudad
mandan los químicos y sus auras fabulosas, sus chicos automáticos. La mercancía fluye de costa a costa;
multitud de seres familiares contribuyen al desarrollo del negocio familiar. La sangre por encima de la ley.

En el libro alguien ha escrito que la tarde va a morirse de historia. Suena un disparo
en el callejón y se abre la puerta del bar, un acto reflejo. Las chicas rompen filas hacia el parque que, a estas horas, empieza
a ponerse incomprensible. Hay un nubarrón de humo y un castillo con su Yung Rapunxel en la torre de control;
la música promete un baile tenebroso. El héroe está en casa rumiando su desgaste.

Nunca se vulnera el compromiso; doble o nada y los dados ruedan como impulsados por Einstein y su sombra a un tiempo;
el hampa cumple sus preceptos, es una religión desubicada, un perro grande
y silencioso, suelto para pisar las flores y embadurnar el álgido momento del jardín. Su buena acción: una política difusa,
una voz que se pasa de lista y pone faltas, tacha, pone cruces por el único motivo de su ausencia
y planta cruces reales delante de las puertas y los ojos.

Está el intelectual que fuma su marca en una pipa exótica. Toma notas -como Dodge-
para su próxima obra; el espectáculo fluye inagotable, las chicas con sus pantalones cortos no dan un respiro, se respiran
todo el aire que quedaba en el espacio abierto y llegan a la luna sin quemar un instante. La noche va embutiéndose
en el mundo con parsimonia y éxtasis: el público celebra el engranaje. De pronto, alguien cae en la cuenta:
ya es hora de fichar y no hay trabajo.



domingo, 2 de agosto de 2015

europa


Neruda pasea por Praga
después de la masacre. Juegan los niños, después de todo.
La casa, la celda, la habitación enorme donde uno no puede esconderse
de la suerte. La sala está bien iluminada, entra el sol.
Quién puede esconderse de la luz.

Nadie se extrañe de Europa,
llore por ella,
ruegue a qué dioses ni vacile en su fallo: este mal es el odio.
Odio a la luz de los niños que juegan
junto a los muros de la casa donde los héroes fueron torturados.

El odio se sumerge, pero sale a flote. Es una baba de odio que llega
hasta el desierto y se propaga
por todo el mundo fatigoso y cruel.

Cruces en llamas iluminan la costa donde se estrellan los barcos cargados
de almas. Dios no ha creado hombres, solo bestias.
¡Seguid alerta! La vida continúa antes de nacer: una reminiscencia.

Tampoco el Partido trajo la salvación. El milagro ha surgido
del pequeño corazón de una chica despierta, pero apenas ha alcanzado a revelarse:
no ha sido retransmitido ni ha captado la atención
de los juristas.

Ahora nadie pasea por Praga. La memoria consiste en olvidar;
el odio cansa menos que el amor
y es más amable.




viernes, 31 de julio de 2015

variaciones sobre un mundo agotador


Hombres: os he amado. ¡Estad alerta!

Otro libro se ha convertido en luz
interior. Los pasos son como latidos, despropósitos, ingenios que modelan el lenguaje. Se recapacita
y las reflexiones son mucho más complejas bajo el terror: al miedo, como al calor,
se agitan las ideas. Suena un musical de angustia, un jazz que no lleva a parte alguna,
estático. Zapatos de claqué, una divertida pajarita, la mesa puesta para cien invitados.

Se percibe el aroma de los platos que desfilan; es un destilado de sangre, sudor y fuerza. El sudor está grapado
ya a la piel, la sangre es un conglomerado seco, no fluye ni por dentro, se atasca
en un pozo de dolor agudo. Típico dolor de muelas arrancadas. De cuajo. Los instrumentos aúllan, asusta
verlos alineados sobre una bandeja de latón.
Se trata de dos manos y dos ojos. Laceraciones a cuatro manos, una bandada de procedimientos.

Las paredes oyen, todas la puertas chirrían con violencia. En cada corazón hay una habitación numerada
que es lugar de tránsito. Siempre se espera: en las estaciones, en las delaciones.
Por el aire los nombres se desplazan a gran velocidad, a menudo se confunden,
gritos que parecen el mismo grito, el mismo nombre.

Largas filas ahuyentan horizontes con su estoicismo; mansedumbre, demora y pedazos de pan. El pan,
de ayer, las horas pasan hoy. En la fila no se avanza lo bastante, es difícil dar un paso en falso
hacia la libertad, pero las nubes vuelan inocentes, libres también.

En la habitación ha empezado el espectáculo: cierren los ojos. Las almas se apresuran,
alean pensamientos nuevos. El hierro tropieza con los huesos que se funden y confiesan lágrimas de sal. Hay
perros que han comido bien, chinches que devoran almas. Se amontonan los cuerpos
como en una rebelión o un estallido. Una gota de sangre ha caído en la libreta vacía, ha hablado.

Personas en un mundo fatigoso, artistas de la monotonía y la ausencia, corazones precisos;
las cortinas echadas como en aquellos tiempos, la mesa puesta para los que faltan,
los discos apilados formando dos columnas clásicas: Louis Armstrong, Duke.
En casa, la familia aguarda masticando el silencio, igual que sus vecinos, o tal vez no.




lunes, 27 de julio de 2015

por el hueco del ascensor, un vestido de novia


Por el hueco del ascensor ha caído un deseo,
un vestido de novia. Chicas que al salir de casa dicen adiós. Hombres que no parecen diferentes.
La calle no resbala, las aceras no muestran turbiedad alguna ni esconden vegetación. El bosque recibe
su cuota de elegancia directamente de la naturaleza; hay una perfección innata
en el gusano de seda, una repugnante perfección en el campo natural.

Por contra, la gente permanece ajena, extraterrestre, fuera de foco; su forma de condenarse
resulta opaca. Es cierto que hay infierno, pero solo para los indeseables que no creen en él; se trata de una construcción
mental que, sin embargo, toma cuerpo en el inconsciente colectivo hasta suturarse
en la realidad. El infierno pertenece a ese diez por ciento.

Los infinitos son aparentemente distintos de la llama eterna y contrincante, de la lágrima pura
que reverdece su instinto al son de una banda de jazz mal encajada. El jazz es una maquinaria sagrada.
Pero hay tanto de cada que se supone no alcanza un final; una reproducción
tremenda e incontable por los siglos de los siglos, la duración máxima para el regodeo del mal, su confianza
en la sangre; oh, la destructiva pasión que sienten los poetas por el arte
es un síntoma frío. A pico y pala, un martillo neumático para demoler los templos, denigrar ese arte de siervos.

A vueltas con la raza, los artistas se comunican en un lenguaje local que no puede sustituir a la violencia.
El arte es una suerte de violencia en un entorno restringido, un ímpetu extremado e injusto
que se afana por destacar entre la multitud. Genios hay que se subvierten y divierten,
maman de un pecho exangüe, crean su propio mito con extractos de gloria depravada.

Literalmente, la vida se deforma desde el nacimiento hasta alcanzar el demacrado rostro que nos mira en el espejo.
A los diez años el rostro ha comenzado a ajarse, a devaluarse e imaginar los surcos convenientes,
el cuello ha iniciado su descenso hacia la tauromaquia.

Solo en su humanidad el genio se asemeja a dios. Teniendo en cuenta que dios no es sino un clown
con manecillas de reloj (un reloj de arena diseñado por Warhol). Si dios es tiempo,
el genio es un reloj de arena incalculable, la cascada que pregunta por el ritmo, el director de orquesta que da la salida
al funeral del jazz, o dispara un solo de samba que patea el asfalto embalsamado en humo y personajes especiales.

El policía no parece diferente cuando se acuesta después de una jornada codiciosa. Tal vez algo más grande
y más pequeño. Tal vez algo más íntimo y desacostumbrado al sueño.
Quizás algo más sucio y más contrario: extraño como un perro redundante.



Defacement (The Killing of Michael Stewart) by Jean-Michel Basquiat


sábado, 25 de julio de 2015

‪#‎SayHerName‬


No están los ángeles de luto. No existen tanto.
La biblia no prepara para esto. En la iglesia se escucha que hay amor. Con sus coordenadas
terrenales. El amor es un fracaso rotundo; cuánto sentimiento se retrae,
tira la toalla. Mejor no decir nada, no hablar de ello y dejar que sucumba, caiga por su propio peso ,
por la talla escrupulosa de sus besos aherrojados.

El amor solo existe cuando falta, cuando falla algún mando en su cabina. Yerra la voz, calla la luz. En la oscuridad,
las caricias son parte de una forma sin reflejo. Los espejos ocultan su afán corporativo
durante las noches más recalcitrantes, manejan un listado de paciencia,
sobreviven al odio. Venimos de una nube donde no se distingue
a dos palmos, donde la distancia es una cruz fallida, el paisaje, un fondo de armario; éramos eternos como niños,
sabíamos renacer entre la niebla, cómo llegar tarde a un cumpleaños.

Cazadores de destinos. La muerte ha desembarcado su problema, ha dejado caer un piano sobre el dedo meñique de la fe
arruinando su virtud, un piano, un hacha de guerra, una roca del tamaño de una casa común.
Los muertos se han quejado (amargamente).

La cuestión no es estar muerto, sino morirse. De qué. No es lo mismo, la noticia está en el modo, la casuística,
la serenidad del asesino. Ha ocurrido un accidente. La tierra tiembla, se derrumban
edificios, campanarios, matan gente, se abren simas nauseabundas de las que surgen seres encubiertos,
policías con pistolas eléctricas y placas herrumbrosas. Rompe el tsunami
y el agua bendita se desplaza a la velocidad del planeta con docilidad cinematográfica.
La realidad es fotogénica solo cuando niega el holocausto.

Se burla de todos, el amor. Los ángeles visten túnicas a flor de piel, prendas unisex,
discurren algoritmos desnatados, destensados, que no sirven para poner en marcha la máquina del tiempo.
En otra dimensión, pero en este mundo, unos seres ingratos que no se reconocen a simple vista
manchan la reputación de la materia, farfullan un idioma universal.

En Texas, Sandra Bland ha muerto porque es la tradición.
Era joven y hermosa, alta y orgullosa de su voz, libre como un sueño inalcanzable. Ella, sobre la hierba, sometía al imperio,
construía una imagen poética. Ahora y para siempre el enemigo es un ángel vestido de azul. 



jueves, 23 de julio de 2015

un caballo indescriptible


Dulce temblor que viene a recordar el fuego. Los ángeles sospechan de otro dios,
otra María luminosa. Una chica morena -siempre K- deambula por el salto
sin tropezar en el presente. Su potestad es la mirada
escrutadora, capaz de discernir y de evaluar, considerar un trance o resumir una consecución. Ha descubierto
un resplandor en el último horizonte, allá que sueña América con más praderas verdes, más calor. Dulce su mano dulce,
aletea un segundo este milagro y la realidad se modifica, se mortifica porque ha soñado ella,
ella ha saltado fuera de su amor.

Hay un caballo cerca del camino. El sendero que arrecia y se conforma, se derrite entre altísimos y cipreses,
héroes escénicos. El deseo ha moderado su conciencia. Los planetas reprimen, expectantes, una exclamación de asombro:
Marte está en la guerra, Venus, en su piel. Todo viste dorado, el esplendor no surge de la hierba
mortecina ni del cielo miserable que ondea como un trapo deslucido, nace del corazón de la montaña, al ras
de la marea, como el río dispone su caudal entre dos peñas gemelas. La tierra ha recibido su encargo
más difícil y debe responder por tal debilidad. Ese camino no tiene descripción, es imposible su curvatura solar,
su desencanto personal y etéreo, sin flores ni guirnaldas, sin un tipo de hierba más briosa, ni una sola
placa familiar. Rojo que resalta su finura de hierro, azul que reverbera como un paso de siglo, verde que ratifica su catálogo
de incendios. El arte de cavar bien hondo no es (oficio) trivial.

K ignora una maraña de sucesos, la hechura del espacio, su real urdimbre cochambrosa,
más relata un capítulo de sombras, pero formidables. Conoce una canción y es suficiente para situarse dentro del reloj;
sopla el futuro por todos los oídos, por las perneras, desde el tobillo misterioso al muslo derramado en carne. La parte
suave de la medianoche especula con el tiempo, germina como una plantación de mariposas, K
resulta que ha venido a propagar la llama.

Nada más que un camino para el sueño, divisadero que alumbra la fortuna de otear
o medir la longitud del abismo. Trazas de literatura desperdigadas por el suelo como piñas secas, maná para la lumbre,
palabras huecas como el mismo idioma que se cuelga de los muros bajos del monasterio. Una senda
hacia el sol. La tragedia de estar vivos, tantos como iban desapareciendo por la cuesta
sin tararear un grito, sin entonar un cómico castigo ni luchar por su vida como fieras salvajes. El recuerdo es un arma
labrada con honor. Ella retuerce el acero y lo excomulga antes de lanzarse a la revancha. Ya lo había escrito
en la canción de ayer, la última de un álbum memorable que todavía late en el silencio.

Los poetas se burlan de la noche que hace, no renuncian al frío de los cuerpos;
su espejo es demasiado pequeño para K, que ocupa un eslabón tremendo en la cadena del aire,
cuya voz se derrumba con un escalofrío divino. Parece que la ciudad dormida ha festejado el poema con una tormenta
de placer, ha hincado una torre de humo en el tablero celeste, se ha despojado del ruido.

La chica más hermosa pretende visitar un hospital en ruinas. Ha recorrido el mundo hasta la estación del tren
y en el apeadero se halla, prodigiosa, esta visión de la felicidad sin existencia apenas, su espejismo
completo. Tiende K a la aparición de su figura endemoniadamente bella, su plataforma de estrellas bajo el brazo, labios
que demandan la plenitud de un beso audaz para su boca inocente, una forma
sincera de besar su espíritu y compartir una brizna de su alma con las nubes que saltan y se abaten.




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