viernes, 4 de septiembre de 2015

para Azealia, un ramo de so(u)l


Preámbulo

Azealia tiene razón.


PARA AZEALIA, UN RAMO DE SO(U)L


Más que una santa. Sus trenzas, sus coletas,
sus piernas, su pecho redentor tienen pretextos, razones para ello,
sus ojos declarados no culpables, sus piernas declaradas inocentes.

Para el disturbio y la reivindicación
de sus posibilidades, su estatura moral dentro del hueco. La pinacoteca del pop
y el cetro (caníbal) del hip-hop. No a cualquier hora surge un meteoro capaz de desgraciar
las saunas, los balnearios bálticos, todo tipo de antros medicinales.

Muchos gimnasios se quedaron sin clientes. La gente
se puso a bailar, ese ejercicio gratuito.
Los mininos abandonaban sus gateras y eran requeridos para el mimo general
(que no tiene que ver, pero es verídico).

El monte Fuji creció unos centímetros, incluso.
Y el monte Rushmore frunció el ceño -como monte-.

Entretanto, volaban los faisanes. Los poetas quedaban en el bar de enfrente
y recitaban alto y claro, con superioridad (que se note) y un trébol de cuatro hojas.
AZ tentaba a la suerte con su cabello
digno de un crédito extraordinario: ningún poeta le hizo un verso.

La música tiraba para dentro, tiraba de la sisa y de la axila
como un coloso acústico, meneaba los pelos como un roquero patizambo. Pero era rap y no podía combatirse
con armas convencionales, crucifijos o fuego. El rap parece inmune a la nostalgia
y a la historia, es un fiasco en condiciones, mayúsculo.

Santa Azealia crujía por poderes a los poderosos, dictaba X medidas
-sus medidas perfectas- más físicas que antieconómicas, por ejemplo.
Donde el mundo era un asco, ahí ponía el subtítulo de una bella canción.

Arte, Arte y más Arte.
Sus pezones proteicos como peonzas de marfil diamante, labios dinamiteros,
una colección de labios a partir de los veinte años (o los dieciocho), casi mayor de edad.

...

Epílogo

No existen profecías en realidad, solo parábolas.



miércoles, 2 de septiembre de 2015

nación de huesos


Nación de huesos repartida por el atlas.
Ella se desgarra,
agarra la manita de su hermano menor. Todo occidente es un flashback, el vuelco
que reluce, se retrotrae (y muere). A un tiempo de cuerdas y zapatos de cartón. Y así el mundo se reducía entonces
a llevar un par de botas apañadas, poseer un lazo de calor en cada extremidad.
Era aquel mismo arte de los constructores de templos y los maestros canteros
con la cabeza llena de arcos ojivales. Suena el órgano cada vez
que un niño es engullido por las olas, cada vez que las rocas
reciben una llamada perdida.

Las trenzas se han deshecho en el último registro. Ella se desgarra,
sujeta la manita que suda, desconfiada. Este calor es un color
de piel. Es la curva nasal o el pelo hirsuto, demasiado oscuro o demasiado eterno. Los labios que transitan
el rostro con avidez, sin risa. Una gota de agua es suficiente
para saciar el alma, una palabra es bastante
para darse por vencido.

Árboles que sueñan bosques, se enredan
en el juego abierto de las civilizaciones. Los automóviles ya no hacen gracia,
ni siquiera aquellos gloriosos títulos americanos que rodaban ausentes hacia el maldito infierno
y sus placeres. El viento se ha cansado de volar, hasta el aire
se dice que ya no importa una vida más, un año menos, una manita sucia emergiendo
del barro como un ánfora, adornando la playa con su duelo.

Ella se agarra a un estribo de luz. Sus ojos danzan por la malla feroz del horizonte. Está
autorizada a morir en un segundo plano, con los puños cerrados como piedras. Su belleza no le quita el sueño a dios
ni despierta a sus hijos. Su belleza es un cuerpo extraño
a la realidad que resplandece de neón y olvido.

En el cielo hay un espejo donde todos los besos acaban por mirarse, todo el amor desparece.
Solo su corazón resiste el clavo de la lluvia, el peso amable de una verdad
sin límite, porque solo ella ha sufrido el tormento de contemplar la vida de los otros
desde la húmeda soledad de la muerte, la sagrada inocencia de una tumba sin nombre.





lunes, 31 de agosto de 2015

no hay más luz


Tira la urna de la dinastía.
Crea tu propio fan art desolador.
Compra una alfombra en el bazar de Ashgabat.
Estampa la urna de la dinastía Han, ¡esa que parece vieja! A cuentagotas. Para escribir un verso
prestigioso, vivo y trascendente, mejor que otros. Verso patentado, pulcro y parquímetro.
El verso tiene que medir lo que digan Nietzsche y su respiración. Si es demasiado largo, te la ganas.
La urna se rompe siempre al tercer intento. Sus pedacitos son valiosos,
casi como lámparas mágicas: si los frotas con ánimo, sale un arco de ceniza.

Ahora: vete comprando una máscara de gas.
Nunca se sabe cuándo.
Los necios destruyen ruinas en nombre de dios; sus coreografías son radicales, aldeanas
de un universo mínimo enrollado en alguna dimensión alrededor. Devoran cultura,
tragadores de artes. Ofrecen un espectáculo inofensivo,
si no fuera.

La mezquita y la iglesia tienen algo en común: inacabadas. Les falta el broche
apocalíptico, sin la presencia son meros alminares, campanarios unos enfrente de otros,
pasto de cigüeñas pixeladas.

Ya con el duro tracto invernal, cámara y música. Es un pacto entre un hombre con las manos en los bolsos
y una estación suicida de tres meses, un pequeño parto glacial. El hombre
que contempla un rapto de Basquiat, escucha algún
tornado elíptico de las estrellas del funk.
Digamos que es el arte popular y es la música africana más sofisticada del mundo.

Cae la urna y en ese instante suceden leves acontecimientos
a lo largo de todo el ecuador, la geodésica exacta que incluye la trayectoria del jarrón antiguo que desaparece
de un plumazo y por su orden: hay que fotografiar la efeméride,
hacerse con una cinta métrica del paso (en falso).

Es un acto terrorista como todo lo artístico, y feliz; lo feo y lo feroz del arte confraternizando como peones gombrowianos,
esa magnificencia de la verdad no escrita, de la belleza presentida
y nunca hallada; Courtney Love grabando para Empire, Ai Weiwei construyendo un recuerdo, la voz de Monica
directamente al corazón desde una arteria de la gran ciudad.

Tirar la urna, activar las esfinges del parque,
subir en ascensor hasta la última planta: no hay obra como el horizonte,
ni otra luz que la puerta de tu casa.




viernes, 28 de agosto de 2015

llegar a ser


Qué título. Sobrenatural. El juego táctico, mágico
pero así: lógico. Hay una lógica en la magia, como en el grifo del agua. Salir del barrio de las casas bajas,
del barrio con los perros y las balsas negras donde se refleja la luna como un mar inferior, sobre el mar, sobre el rap,
salir de casa y ver las armas brillando a la luz de los faros, el fogonazo repentino, la descarga
y la sangre nueva que es la sangre joven, que es la sangre del león.

El arte sube por los callejones del barrio y se retrata en paralelo al ocaso, rueda por la cuesta
con unas copas de más. Ah, el barrio..., no aquel tango feroz ni el otro medio semejante, arrabalero;
es un sitio grande y despoblado bajo el sol, un descampado para que derrapen los autos,
una esquina gigante, la furiosa otredad de un charco proletario, es la fealdad de los bloques, los jardines
turbios como caminos de grava, árboles fugitivos.

Sexo y tráfico de órganos. Un aroma rígido moribundo a hierba de primera y ataúd, el dulzor de la carne
batiéndose el cobre frente a la sed del viento. Tráfico: micras, gramos, onzas, una variedad
de corte. Un centro comercial como los otros. En ciertas calles, en ciertos reservados serios
y muy logrados, cinematográficos, hechos a la medida de los pantalones anchos y las botas de color café,
de las gorras de béisbol zurdas a rabiar. El barrio es un rostro moreno
entrando por la puerta de la iglesia, es un color marrón disparando balas de fogueo, yendo a la escuela en autobús.
Y es la fatiga de los trabajadores que regresan a casa por la noche
con las manos vacías.

Por eso suena duro con esa contundencia metalúrgica, ese eco póstumo, gremial,
triste como un sedán aparcado en la crème de la nubada, como un cadillac vibrante cargado de chatarra o pelotas de golf.

El profesor sabe que Coko llegará a ser; es su palabra contra el destino. Por eso nunca la reprende
(ella, ensimismada, tarareando un éxito que es la banda sonora del futuro, sin hacer los deberes
un días tras otro). Sabe que la aritmética del barrio sirve para ordenar la realidad en clases sociales,
se trata de una cuestión previa imposible de eludir, una tragedia que se superpone a las siguientes.

Aquella voz que atravesaba los cristales para dejarse los ojos en el cielo.
Que bordaba los versos con secuencias de olvido y se elevaba hasta el anfiteatro de la felicidad.
A cualquier hora de la tarde, una muchacha con suerte,
la belleza del mundo creyendo ciegamente en la benevolencia del azar o, de otra forma,
en la discreta misericordia del tiempo, su monte de piedad.




martes, 25 de agosto de 2015

olskool


Punky apura un trago de Kut Klose. Ol-Skool. Los noventa revientan por la mirilla, por los resquicios,
el quicio de la puerta, se filtran. Entonces, el humo se elevaba puro
y desquiciado, salvaje como una nube roja en el desierto.

El desierto es un lugar para la alta política,
por los espejismos. Toda la sed es poca, arena por los huesos, arena y más: en los zapatos, encaramada
al mástil de la bandera negra. La música hace estrellas por ambos lados del estéreo,
es retomar el ritmo y ver un manto nada lúgubre, una finca luminosa entre dos ríos de luz oscura.
Tanta noche para no acabar de tropezarse con la luna. En el desierto, la música
infla su pecho de tormenta, rasca un tamaño de jazz indescifrable.

Punky no había nacido cuando los años ya perdían consistencia entre líneas y mensajes. Kut Klose
sonaba como un arma corta en el silencio, con la pureza y la necesidad de los corsarios,
ese llanto imprescindible del barrio grande elevándose hacia la salida
del espacio. Surrealista es la palabra que andaban buscando los surrealistas,
esa gente con bigote y amistades. Una pintura falsa y un falso bigote, como Groucho. Los detalles falsos
y la pintura más irracional en una foto fija de la realidad. Cachos de acontecimientos
repartidos por el tiempo en rebanadas mentales; colores fatuos, flacos,
engreídos como rosas de jardín.

Los noventa han terminado hoy, dicho sea de paso. La canción
se va agotando, el tacto se desprotege; las chicas siguen en el parque vendiéndole futuro
al mejor día de la semana. Sus piernas son una condición como aquella que salía natural por la puerta del destino.
Coko, con sus piernas de un kilómetro de luz de luna, poniéndose a saltar. Una voz 
donde llegar, a donde ir. Sin miedo.

Como cualquier década ominosa, la música continúa explicando los sueños.
Es un descalabro controlado que no tiene final. Por eso asistimos compungidos al baile, vemos bailar
a los muertos, y sus huesos retocan el lienzo aparte del paisaje común, la existencia
y lo demás que yace en nuestro apático cuadrante universal.




sábado, 22 de agosto de 2015

tratado de anatomía


No olvidar resulta una bendición.
La memoria debe ser obra de un dios sin palabras; es un hueco,
la memoria.

Nada en que creer fuera del alma.

Se desfiguran los cuerpos, la sangre corre por la cara del tiempo en lágrimas o ríos,
ríos de sangre, ríos de lava, agua que no hay. No puede olvidarse la maldad, el amor, el daño. El terror
se revive una y otra vez, el amor sabe a desierto, sabe a hierba,
como la verdad.

Oh, hay un rostro que no puede olvidarse. Jamás. Nunca podrá olvidarse.
Por más que lo destierren y lo entierren, y lo fotografíen después.
Hay un rostro que no se sabe dónde ni por qué, que está enterrado y muerto y ya desfigurado
y desarticulado, sus músculos dados por muertos, dados por muertos sus sentidos, su voz. Hay una voz
que no pregunta por su eco,
que no pregunta por sus besos -¡tiene tantos!-, una mano que es de todos.

Su cuello es un deber, un tratado de anatomía. Y de política. Su entereza, ¡qué estatura!,
ciclópea, de edifico; ese porte real, mayestático, más aún y todavía más que una Reina. Algo diferente
a llevar una corona, diferente a una diadema
y a un ramo de rosas. Una rosa quizás, apenas negra, quizá.

En la marquesina, su nombre. En el teatro, en el letrero de la tienda,
en la cabecera del periódico, en los anuncios por palabras, su nombre. En los libros que se leen en el metro,
en los libros que se leen en las aulas, en las librerías, en los andenes
-tan pesados-, en las cafeterías y en los bares que encienden la televisión. Su nombre.

Escrito en el espacio del arte.

Es una obligación. Este recuerdo no es una forma
de sacudirse el miedo como quien se mira en el espejo y deja atrás
una imagen -que se queda flotando en el centro del estanque- y sigue conspirando contra la realidad.
No. Este recuerdo es un mantra de precisión, la exactitud de unos ojos y una boca
reales, de un llanto que repite la infamia, que grita su dolor, todo el dolor.

Porque su nombre se remonta, es un satélite. Su nombre está al principio
de las canciones y los versos, pintado en las aceras con carmín, pintado en la puerta de la casa, grabado
junto a un millón de corazones en el corazón del parque.


jueves, 20 de agosto de 2015

Punky reta a Basquiat


Se hace la magia en un pequeño flash, esquemático, tres, cuatro colores, una extensión de color
y las cuatro pinceladas mágicas que daría un Hechicero Sioux
o Basquiat.

Los cactus alegran el paisaje con su monotonía sangrante,
su estilo de vida. Podría, ahora, forjar el territorio un gran vehículo, pero no hay carretera, ni senda,
solo la superficie del cuadro, un cuarto de estar ligeramente sucio
de arena y polvo blanco de obra.

Un par de criminales como en la ciudad fantasma. Esferas de maleza circulando sedientas por el barro
y sin mancharse. Personas que aguantan con estoicismo los cuarenta grados y no sudan una gota de mal.
El sudor es una mancha grotesca. Los niños sudan sin esa cualidad ingrata
del sudor adulto, del sudor adolescente que rebasa los márgenes de la decencia y el saber estar. En el cuarto de estar
se es o no se es, se suda, se duda también: cualquiera duda de sí
ante el televisor.

Y, no obstante, nada hay salvo una extensión sin extremidades propias, sin bulto y sin bullicio. El jolgorio está en el pueblo,
en el salón donde la única corista ensaya su paso de can-can y los buscadores de oro
se llevan las manos a la espalda. Al piano, Chico Marx.

En el dibujo, una muchacha espera (virtualmente) la llegada de algún tipo de ave, un ruiseñor, un mirlo (el señuelo).
En espíritu porque no puede vérsela en la carpa ni en la pista de baile improvisada,
ni preparando el ponche o ajustando el programa de la orquesta.

No hay nadie en realidad. El tren hace años que dejó de pasar aunque todavía se escuche su pitido elegante,
esa forma de felicidad, ese ritmo. Resulta que es la base que todos estaban apoyando,
el beat de los años veinte (o de los veinte años, es igual) que todos daban por perdido.

Un indio Sioux sabría de qué color exacto está la hierba y no sepultaría el tono bajo nubes borrachas.
Basquiat no dudaría un segundo en desmontar a Warhol -en deconstruirlo-
para completar la escena.

Punky (dontfwithme) aparece por un risco; se ríe porque el sol está en su cenit y los ejecutivos empiezan
a soltar la gota gorda, perlados y pelados, insomnes y cariacontecidos. Ella es la reina, la famosa maestra,
inocente como una odiosa comparación. Y su obra
es un milagro dentro de una caja negra, el decorado perfecto para asistir al drama obsceno de la soledad
y sus pecados. Víctima ella de una apariencia de dolor y un simulacro de conciencia.



lunes, 17 de agosto de 2015

y la música (I-ne-an)


Deletrear un paisaje en la memoria, una historia sin THE END. La niña está en la calle y juega,
hace sus deberes infantiles, para siempre.
Deletrear un sueño: I-ne-an (1).

Tres silabas amables. ¿Cómo sería amar su nombre?, ¿cómo es? Se puede amar un nombre como K,
se puede amar a Rama, a Rosario y a Janelle, a AZ también. Se puede amar un nombre imaginario.
En la mente las personas son un rostro, una voz, son más una manera de moverse,
un definitivo aliento, la niña que juega por la calle salta de forma
artística, su gimnasia es elocuente.

Abrir la boca con dolor. I-ne-an. Un lugar en ningún lugar del mundo,
lejos de aquí y ahora, en la cara oculta del futuro. El sitio perfecto para quedarse y soñar.
Gatos que sonríen, gente cálida, osos que abrazan suavemente, sin zarpas de hierro ni cimitarras curvas,
una curvatura bella y delicada, mullida también para las horas muertas de la noche,

Nada grave si existe un fundamento. Qué ilusión. Una Odisea en marcha, un viaje trepidante
hacia el color del cielo; el parque de atracciones y la infecciosa melodía del algodón de azúcar, los buñuelos de nata,
(mecanismos y luces, rotación y balance).

Sobre la oscuridad un palacio se yergue donde encogen los miedos, el cabello
se trenza y la música enciende el corazón de las estrellas.
Un dragón sobrevuela el espejo del salón de baile
cuando hace trampa todo el universo. El infinito resulta en un dolor cerrado de los ojos. Una herida interminable.

I-ne-an, sin lágrimas de atrezo, sin una sola lágrima. Y sin poner acento en el deseo. La reconciliación
vestida de domingo, con su mejor traje de fiesta, su peinado vistoso, verdadero y feliz. Una mano suya, blanca
y diminuta contra la fe cobarde de los siervos. Su mano poderosa que infunde ánimo en silencio.
Su dulce voz armando paraísos con el alma rendida entre los labios.


(1) Disneylandia.- 'Underground', Haruki Murakami (1997-1998)



viernes, 14 de agosto de 2015

(ins)piración


Buscaba inspiración en su alma; usaba unos prácticos prismáticos mentales
y veía el algodón, la boca dulce y carnosa que se abría en pantallas emergentes
para decir: partes del Génesis, pero vas a morir como mueren los hombres.

El espacio donde nunca la encontraba era la sombra de esta sombra. Su carta era un jirón de abecedario,
su voz, un estado ideal. A veces gritaba el alma y se volvía gris. Decía (la fiebre):
rama frágil del éxodo...
Tales palabras robadas.

Todo seguido el arte. La inspiración rentaba; se vendían mil libros, completísimas obras,
tomos parciales, estancos, que ostentaban sus cuádriceps molares, su masa muscular y su mass media. Notas tomadas
al calor de la revuelta entre los nómadas revolucionarios y sus vespas de colores. El poema fardaba de noticia,
enfocaba su autoría -metafórico ardor- hacia las calles coloradas en llamas, vaticinaba un poltergeist
en la habitación del pánico, ¡manco profeta!

¡Este poema es basura como su padre!, voceaba el alma, pues
jamás erraba una recomendación ni flojeaba en las costuras de la melancolía, en la reyerta demostraba su ánimo. Hubo
una flor bastante mágica, grande como un girasol granate, aumentativa. Se bastaba la flor
para la épica, su melodía cautivadora.

Había nacido el verso continuo, distinto de la poesía por inspirado en la realidad.
Estropeado Estro, ¡oh, pátina felibre! Su diagnóstico secreto: funcionaba como un LP, a 33 RPM
y sin perder la calma. El aire le sentaba bien, se iba a tomar viento por las obras completas de Juan Ramón
fascinado por la jota poetriz. Pero la solución no pasaba por el aro de la ortografía y su plástica insurgente,
antes era algo orográfico, geográfico en el sentido de mayor relieve,
un comportamiento montañoso.

Dibujaba dioses el alma sin levantar el lápiz de la sábana,
de un trazo componía un monasterio con su eco, un perro ladrador, un arco voltaico al natural.
Mentía de memoria: pero vas a morir como nacen los hombres.




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