martes, 25 de septiembre de 2018

jorja en la burbuja del silencio


Jorja Smith suena en el espacio con su propia amplitud
escalofriante, no es que no se la entienda; acostumbrados a escuchar el mismo estado
tradicional (4ever). Jordan no conoce a Jorja Smith, su despierto estilo, la conmoción que desborda; ella,
abanderada de una alianza de espíritus, ella sordamente
en el recuerdo, en la matraca del aniversario y en el estreno de la reconciliación: su película doblada al sonido del agua
bajo aquel puente perfecto, romano y perfecto (entreverado), con su torre y sus piedras decorosas, sus piedras eternas
labradas por el cuerpo de otro sol.

                           Así que Jorja estruja (la burbuja d)el silencio y nadie averigua su acento, nadie entroniza su
colmena rubia, su rostro inconcebible, nadie critica la flor de su micrófono (su portavocía estética); es una posición la suya tan perturbadora,
tan indeseable como un puñetazo en la cuna, un escupitajo en el arte.
                                                                                                                             
Por el aire, Jordan vacía cubos de alma, trazas de un ser
superior, destina parte de su energía a la desorientación y el paroxismo. Ha leído
un poema esclarecedor porque alguien obraba digresiones en la rama equivocada de la lírica nativa y volaban las agujas
espinosas del pinar como una lluvia esdrújula contaminante.

El caminante acucia, ensucia la senda con su versificación emulsionada, antigua, llena de un ansia.
Vive en su mente un pueblo antiguo, lleno de ansia, desaforado. Su arte cobija docenas de palabras ilegibles
por cada palabra escrita en el destello del lago o en la profundidad del espejismo.

Una poderosísima concatenación de sucesos piramidales, confeccionados
exclusivamente por celosos trabajadores del sueño; la mentalidad se esconde tras una sombrilla
a rayas, es un viaducto por el que se desliza el terror de las miradas. La ciudad estremecida ahora, desorbitada
ahora, grotesca en su tamaño y su reiteración aparece en todas las pantallas echando humo como la casa del ahorcado;
en su vientre madura un proceso creativo, se desenvuelve el regalo de la noche,
crece el vigoroso encanto asociado a la estación del minotauro.

Jordan patea el asfalto con un poco de rabia, derrama un poco de sombra
sobre el amanecer, introduce su piadosa voz en el coro doméstico. Entonces escucha el ensalmo vertiginoso
en el cruce de caminos, las páginas caen heridas por el eco y el polvo se eleva como una bendición en el espejo celeste,
mientras el canto rocía la madera con todo tipo de calamidades, construye arcos de metal bajo cuya estridencia
pasan de largo los ojos del futuro.


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