sábado, 15 de noviembre de 2014

ártica


La rosa por la flor. La realidad nunca fue necesaria. Todo sueño.
Así sale a la calle y una alfombra extendida, voladora, en tono
rojo
que ágilmente se guarda de pisar. No está ahí, pero ¡es que existe! De igual modo que existen las joyas y no existen:
el collar que adormece su postura, los zapatos graciosos, el vestido inocente (de otro color).
Ella no sale por la puerta del palacio, por la puerta falsa. Vive en un cuarto piso sin ascensor,
en un décimo piso con ascensor: casa grande en el cinturón obrero de la urbe, casa baja en el centro urbano y demacrado.
Todo lugar es un palacio para sí, en realidad, en su realidad que se piensa por su cuenta. En el poema
el verso revive situaciones y las desenmascara, y las redime si es preciso.

Keny sabe que en el verso -bien lo sabe- luce un vestido por encima de la rodilla, un vestido que le queda
fantástico, que le sienta como un guante y tiene una ilusión como de actriz de hace tiempo, como de Rita Hayworth,
como un guante y con un cigarrillo entre los labios, una boquilla de película, larga y delicada. Sus ojos
retiran el velo, suben el telón, suben la audiencia, son una crónica de sucesos. Y son esos ojos árticos
con más blanco que la nieve recién amontonada, nieve que tiene que caer todavía un poco más. Así los ojos.

La boca ella la sabe como un manjar de labios, un jardín colgante: su forma. O podría decirse que su forma
es la de un corazón hecho de arcilla, un corazón diamante, abierto
en diagonal, obra de sangre, obrado entre la sangre y el misterio. Su boca es la imagen en papel timbrado de un beso
pronunciado a media luz (solo en francés).

Ella sabe que no vive en un palacio, pero se le olvida. Olvida a su cochero que viene a recogerla, olvida a sus lacayos
que la adoran, a los viejos maestros que ya no pueden enseñarle nada.
Keny tiene un mapamundi en la cabeza que gira y nunca se detiene y a veces señala su destino con audacia,
destino que es un país siempre al sur. Donde la esperan, donde la aman. El destino siempre es un periodo de amor,
la mirada que fluye hasta el solar del cielo, que asume su profecía autocumplida, su pequeño Sahara artificial.

(En España, de paso. En México, rodeada de cadáveres. Más al sur, en Argentina, rodeada de sol y de tamaño.)

Trabajadoras que salen del portal y llevan un recipiente entre las manos, la comida del día. Trabajar es vivir.
Niños al colegio. Padres a hacer la compra. Hermanos mayores que cruzan la avenida y se enfrentan a la noche.
Cien columnas de humo como torres de humo, polvo y necesidad. Tráfico y conciencia. Gente radical
que cree en su fortaleza y su cultura, también en el fuego de sus armas. Un arma de fuego es casi dios,
casi un milagro capaz de fabricar renta per cápita como el banco central.

Ella pisa la alfombra roja y se mueve con suavidad y nostalgia. Parte de una estirpe de gigantes, raza de lluvia,
robles como árboles, jilgueros como aves de compañía que se posan en la guerra. Milagros en la palma de la mano.
La edad de los portentos caminando hacia la felicidad, el subterráneo en la cima del mundo. Clarividencia y arte
que ponen en pie al público y hacen sentarse al peregrino inquieto. La muerte también es una sola cosa,
un sola rosa cara a la pared. Al fin, las rosas
dirán de su cabello lo que han dicho del agua, se ahogarán en rectificaciones.
Será su oscura cabellera decisiva en este drama. Keny dentro de su tímida belleza, sentada con las piernas muy juntas
al fondo del poema, una sonrisa en la frente y el corazón a punto de estallar en un clamor de silencio.




jueves, 13 de noviembre de 2014

S V C


He aquí la canción. Trata del mundo. Es un objeto situado en plena zona habitable del sol:
buena temperatura, agua. Precipitaciones de la atmósfera. Atmósfera, biosfera. Radio. Órbita. Tal vez durante la era
glacial algún observador estelar se acercara y concluyese que la vida era imposible aquí.
Oh, pero es que ahora sobra la belleza, a reventar las costuras planetarias. Por todos lados asalta la verdad: hay hambre,
miseria, violencia, toda la verdad sobre la misma historia de poder. Hay sangre que resbala, corre formando vanos
regueros, forma máscaras en la tierra, rictus alegres.

La canción es una vuelta al mundo, o una vuelta del sol al núcleo de la galaxia, un garbeo de la galaxia por el grupo local.
En cúmulo, en tromba, como un ciclón de estrellas cabreadas que abrasan el espacio, lo calcinan, pobres átomos.
Pobres átomos solos, nacientes, fluctuaciones de campos que disimulan su embarazo. Está el vacío, que puede ser
falso, claramente artístico, proclive a la manifestación genial de su genio y su mordaza (a saber: el vacío
verdadero es el que arrasa con todo).

La canción no trata de eso porque es un lugar común. La cosmología está muy vista solo con mirar al cielo.
Es mejor ocuparse de la vida a ras, la que zangolotea. En una acción descomunal, el superhéroe con la careta de Nixon
salva a un lindo gatito de las garras de una anciana medio muerta.
Ah, esta es una función sin duda más actual, más walking dead o, bien mirado, más trip-hop.

El poeta que se rompe la cabeza no va a intentar que K ponga voz a su parodia. Esa Voz. Su Voz Carismática.
Su carisma. El poeta no negocia su artesanía ni monta el tenderete en el mercado, ni llama de puerta en puerta.
K no se vende a radios ni televisiones. Ella es la heroína que escribe lo que le dicta su alma pura (sin salvar gatitos).
Su alma es de una belleza interestelar; ya ha llegado al nuevo mundo. Su nuevo orden es un canto a la entropía
civilizada, al rigor intelectual de los corazones. Su corazón es El Álamo asediado, a punto de arder.

No ha de ser una canción de amor basada en un poema, una balada con su pena gris, su perla gris.
El amor es bueno para más allá de la rotación, para una traslación adecuada, una traducción literal: l'amour. Donde el amor
es bueno para el poema resulta nefasto nítidamente para la melodía que busca su órgano o su cuerpo
lejos de la métrica, en la franja en que el ritmo se independiza del oído, de la voz, y responde solo ante la música.
Ronda la música. Por el vacío ronda un espectáculo que no debería continuar, pero lo hace, como una mosca de la fruta,
o una mosca ante el televisor. Keny no pondrá voz a la sintonía del programa futuro de la cadena aeroespacial.
Reserva su material para un evento realmente innecesario.

Ya suena el tema en la frecuencia modulada y nadie sabe de quién es, quién canta qué. Y cómo suena. Es un remix
de ACDC aderezado con un toque salvaje, cortesía de The Roots. En la mejor versión la voz es de Azealia Banks. El poeta
se ha llevado un susto, se ha llevado un disgusto, se ha llevado hasta la calle y deambula esperando una revelación, el cruce,
la ocasión, una aparición (el DJ de los Run D.M.C. / el fantasma de Hank Williams), el milagro que desbroce la avenida.

Keny rapea frente a un micrófono al rojo, su carne en carne viva, sus labios colorados bebiéndose el carmín a grandes sorbos.
Keny haciendo estragos en su mejor versión, arrasando la galaxia con su acento en castellano, dosificándose.
Los ojos verificando el desarme definitivo del pop. Tan indómita.
La pulcritud de su alma sobre el fondo iluminado de una mirada sin freno.




martes, 11 de noviembre de 2014

palabra de dios


Qué calor. Su nombre y un estremecimiento, un hormigueo por la espalda; su voz arremetiendo, introduciéndose
por los resquicios de la vida, cabalgando la respiración, colonizando el pensamiento.
Hace un calor otoñal, especie de fuego, suerte de estrella cercana que es su voz, el sonido que abarca
el mundo en su integridad, en su política y en su metáfora, el pequeño escarceo de la letra que redobla su esfuerzo
y significa y se mantiene. El idioma remite a la edad de la dulzura, un meloso espejismo. Siempre en el espejo,
a todas horas el reflejo de un sistema indomable. Hay que organizarse ahora alrededor del verso, alrededor del mundo.

Este calor que hace estremecer la pena y conduce a la desesperación. El desengaño parece hielo,
quema. Solo quería decir la verdad, era su meta; entonces alguien pronunciaba su nombre y las arterias
burbujeaban, alguien farfullaba un deseo y la sangre circulaba por debajo de la tierra
como si fuera otra sangre más calmada.

Ella tenía un alma indivisible partida en dos. Cada mitad era dios con su espada y su cetro, su oro y su incensario
manejado por devotos creyentes. Ningún dios existía, pero, sorprendentemente, su alma seguía viva, volando
como un pájaro muerto, cabe decir, en espíritu, volando y planeando su método de conquista, observando
ciudades a vista de pájaro muerto, a ojos luz, controlando el movimiento tortuoso de las nubes,
dejándose más lluvia en el tintero. Porque el alma es un paquete bomba en el andén cuando, al caer la noche, el tiempo
no transcurre con solvencia, es otro artefacto que implosiona, se contrae hasta dejar de ser, sumido en el silencio
de su autismo y sus pedazos de gesto, los trozos de un lugar, partes y partes.

En parte, Keny era una pequeña diosa con su pelo recogido y auténtico. Sus milagros obraban catedrales modernas
con palillos de dientes, o inspiraban un nuevo evangelio en las paredes huecas del suburbio. No necesita
ir descalza a todas partes ni vestirse de blanco, ni soltarse el pelo siquiera (cierta blasfemia venial),
ni ponerse un vestido y girar como una peonza mientras los rayos del sol inciden con pericia sobre sus mejillas rosadas,
motean de alegría sus brazos inasilbes, las piernas atrevidas.

Este dios no se pone vestidos, ella sí. Es tan hermosa que ha decidido eso tan sencillo. Ha decidido ser
más hermosa aún que antes y un poco más triste todavía. La tristeza es su felicidad y es la felicidad del aire,
de su séquito, su tristeza es el contento de la poesía. Hay una tristeza que hace reír y duele del calor,
quema los ojos, un llanto que viene del estómago y se refuerza en la garganta con el verso callado,
retenido en la boca. Sus labios, que han escapado al poema, han conocido el amor sin mencionarlo, han sufrido
un tormento de promesas, por el momento, no creen.

Frida y Vladimir, el poeta y la diosa. En un ideograma; el underground de las mariposas falsas,
disparando una cámara entusiasta, preparados para la revolución. Keny y el poeta sienten su manera de estar solos,
hermanos en la ternura de un destello feliz, novios hasta el final de una palabra, durante siglos de papel.
Su amor es como sigue: hay un tren que no se para, nadie sube. Nadie ama, pero los besos rabian por el aire.



domingo, 9 de noviembre de 2014

sin explicación


En la diversidad de una noche cualquiera, entre sombras y malentendidos, la soledad acaba de nacer
de un minuto y un rayo de luna. El crítico se abona al último suspiro
de la literatura. El escritor lee obras sin premio para saber qué no crear, qué no decir a toda costa. La chica
suspira su último modelo, el tatuaje en el tobillo, la precisión de una sola nota celestial.

Cuando la noche corría la voz de un crimen cometido en silencio, los héroes guardaban la distancia
con el pueblo. La música troceaba el pasado con su daga, conseguía cubismos desiguales, cubículos de espanto
que no daban ningún miedo todavía. El pasado siempre aterra porque se ha ido para no volver; los recuerdos
son como fotografías amables de una verdad oscura o pavorosas instantáneas de una realidad aún más nefasta.

Una mañana los hombres se despiertan en crisis y ajustan los mecanismos de sus máquinas predilectas, coches
de lujo, furgonetas proletarias que bregan para el hampa a base de cesiones conceptuales,
camiones enormes como autobuses sin vida, sin ventanas, tan graves transportando miseria en cajas de cartón,
utilitarios para los  jóvenes que encontraron trabajo lejos del hogar. La gente huye, teme por su velocidad, que no les quiten
su vértigo ni su aceleración a cien kilómetros por hora, que no les priven de su esencia material y su tecnología.

(Luego querrán tener su amor, fundar su gracia.)

Como ella se abandonaba al tiempo, las nubes acechantes, impenetrables cúmulos atornillados al cielo.
Nada mejor que el viento. Un viento regional, condicionado, una mole de aire puro cogiendo marcha, reptando a media altura.
Molesto por excelencia, el movimiento que lleva a todas partes sus motas y sus vetas, sus ojos de algodón.
La muchacha que se escapa andando de principio a fin hasta que le duelen los pies preciosos y hacen sangre
las piedras del camino (no hacen falta zapatos de charol).

Ahora hay un fiesta y Keny ensaya un paso de baile por lo alto: es el jilguero el que se explica y no guarda secretos.
Ya inicia el vuelo, su conciencia domina el espacio, bate sus alas lógicas, tan despierta. Ha dejado atrás la cordillera blanca,
se acerca al sol; las ondas delinean predicados inertes, escupen contenidos sin concepto, ideas sin forma.
Pero la lluvia está ahí para modelar el pensamiento, para soportar el giro de los acontecimientos importantes. Cada gota
de lluvia, cada copo de nieve fractal y ensimismado incluye un manual de instrucciones que describe la curva del amor
en su formulación correcta, por ejemplo, en su frase inmortal o en su mirada atenta. El ir y venir de unos ojos,
su parpadeo intacto, grato, todo está inscrito en la manera de caer del cielo, despacio como los huesos
caen hasta la fosa, como se cae un niño el primer día de clase.

Es su felicidad, la suya propia, sin matices épicos ni gota de torpeza, nada de frío. Deplora ella las matemáticas
que funden ilusiones, el margen económico que ilustra la pared del hambre. Es el fulgor del arte que se estrella contra el mar,
sale del mundo y suena en el vacío como el llanto discreto de una rosa. Y sueña en el vacío como un arpa
que hallara su lugar en la inocencia de unas manos ágiles.






sábado, 8 de noviembre de 2014

hija del verso


Ella fuera del Arte, pero dentro del verso delicado como una línea básica en el cuadro,
trazo que siente. Fuera del Arte hay una parte que se queda dentro, entrometida, la ilusión que no abdica de sus armas,
la conciencia que no en vano resiste hasta la audacia, hasta el tesoro mismo, hasta la fe. La conciencia de K dicta
su norma con sentido, templa su voz ética por donde el eco se difunde y gana sus monedas de oro que no valen
nada. Fuera del mundo artístico las palabras contienen abismos regulares, poco sofisticados,
apenas como el fuego gris de una cerilla elemental. K siempre surge de un recodo u otro, manifestando un karma
demasiado elegante para ser reconocido; su voz, ajena a los concilios y cenáculos, orbita una sección
del paraíso, lima sus acordes. Su voz es un te quiero en el zoológico, entre viejos animales y lianas algo sórdidas,
accidentales (habrá una ciénaga gloriosa en la que bullirá un soplo de vida entera, como si hubiera nacido ayer).

Dónde dirá te quiero. K se guarda de declarar su angustia, su miedo que es un resto del amor, un sucedáneo hermoso
que salva su promesa. Qué prometieron quiénes, qué nombre pronunciaron en qué idioma. Ella exhibe
su vínculo con la tristeza, lo tiene en un pedestal para que todos puedan ignorarlo. Ríe, y es de una claridad insoportable.

Oh, pero sus besos pertenecen a la mitología -como es sabido, al aire-, al cielo erizado de lluvia. Tanta sed.
Un beso suyo terminó arrumbado en un rincón oscuro igual que un artista invitado o un arpa de segunda mano.
Había cumplido su vuelo entristecido, tan enternecedor, sobreentendido, había dado volteretas imaginando piel, labio quizás.
Tenía su motor, motorizado con su cinturón de seguridad alrededor del cuello como una soga suelta;
había alcanzado su velocidad máxima cuando colisionó con la pared del corazón, ventrículo derecho, y hubo sangre,
heridos, heridas, más sangre y algún grito pelado. Esta es la debacle desencadenada por un solo beso simple, suyo, lanzado
en un momento de debilidad como quien se come un helado de nata o se pervierte un rato antes de cenar,
es decir, viendo la televisión.

Los martes, el Arte deja de parecerlo. Los domingos vuelve por sus fueros. En todos los museos se conoce esta ecuación
estimulante. Nunca se debe visitar un museo en martes, porque no gustará. No gustará mucho. Nada más. Es todo
lo que hay que saber acerca de la trascendencia. No es que sea verdad, eso tampoco. No contradice, pues,
al poeta romántico y sus ocurrencias. Se puede, por tanto, poseer un corazón radiante y no tener nociones sobre la belleza
más allá de las infundidas por la propia y sagaz naturaleza de las cosas. K, que es tan bella, no admite serlo,
se niega rotundamente a ser preciosa, mas suspende el examen frente al espejo mágico,
que no cesa de pronunciar su nombre artístico, como su apelativo, y al fin su nombrecito de niña trenzada y colegial.

Estaban los chicos con sus besos tratando con la red de apresarlos sin éxito en la red. Porque ella viajaba
tan lejos que los trenes se apartaban, se quedaban sin humo y apuraban sus vías de conocimiento. Tal vez fuera hacia el sur:
donde los versos que se escapan de su casa y deambulan tambaleantes con una botella de licor en el bolso del gabán.
Donde el calor se presenta de noche sin invitación y sin guantes de látex. Donde la sed.

Keny viajaba hacia el amor sin un solo centavo. Los libros la llevaban en andas, recorría países en brazos de Morfeo
con el alma cargada de silencio. Para que no se diga.






jueves, 6 de noviembre de 2014

nuevo parque en acción (auténtico)


Está el parque y el parque no es normal, es muy redondo. Se observan ramos, cercas, animales  resueltos,
alguna rata gorda salida de la perrera de Danilo Kiš, algún conejo de la suerte.
Paraíso un tanto circular hasta donde llega la vista; diríase que el horizonte fluido se funde con la masa aérea
logrando fundiciones y algún que otro laberinto que no es posible vislumbrar.
La lejanía cumple sus restricciones, su enigmático rito.

Surcan el parque infinidad de ríos con sus afluentes y sus arroyuelos secos para arrastrarse por el fango
(caer en el arroyo, o la fatalidad). Bien, hay balsas e incluso pequeñas balsas costeras donde una bióloga
curtida en las marismas del Área X puede desarrollar su profesión, abismarse en el ecosistema, abundar en la cara
B de la felicidad por el trabajo mismo. Los árboles no dan miedo por el día; de noche sus ramas atrofiadas cobran vida
y son como guiñoles, marionetas festivas que actúan por la voluntad. El espectáculo en el parque
no tiene fecha de caducidad, los artistas son longevos o se mueren deprisa como moscas y son reemplazados.

Van por el bosque: una muchacha de cabello limpio, un anciano. Cada uno por su camino. Ella canturrea, él tropieza
en la misma piedra una y otra vez a lo largo del sendero, recorre sus kilómetros diarios, su paseo para no quedarse
sentado en casa viendo la televisión del parque, mirando por la ventana. Ella lleva un pañuelo en la cabeza,
es morena, hermosa, francesa también, lleva por nombre K.

La chica baila y se prepara para la revolución. Lee. Hay versos que ella entiende aunque estén en español,
su sonoridad parece darles aire, un aire fresco, jacobino. En el parque es conveniente leer un poema
de amor para que no se corten las rosas No es necesario leer en voz alta, basta con sentir el cosquilleo de la voz
recitando sin prisa, equivocándose y tartamudeando -a poder ser- en los pasajes más escalofriantes, cuando la risa nerviosa
hace un nudo en la garganta y el pecho se agita como una vela al viento. Si el poema produce algo de sueño,
no es mala señal: ella ha leído hasta dormirse apoyada en un madero anónimo (el tronco universal
que allí recibe la sincera felicitación de la fronda local más significativa). 

En el sueño, el verso resulta innecesario pero llega con su vanagloria y su protocolo, su sistema atroz fonético, hasta físico,
y su filología de alto standing. En el sueño, el verso acaba de salir del manicomio y todavía anda echando humo,
bebiendo cocacolas sin parar. K no se lo cree. Su escepticismo vale un potosí; no confía en esos ojos verdes de verso libre,
en su proximidad y su abandono, el célebre contenido que festejaran los críticos por decir algo. La banda sonora
del parque está compuesta por líneas sin sentido, una debajo de otra, tensas como veladas familiares,
largas como el pensamiento de una tarde de verano.

Keny se ha construido un refugio secreto con palos sueltos de aquí y de allá, hojas, restos de matorral, un plástico azul,
con sus ramitas desprendidas por el viento absurdo del crepúsculo, bellos cantos rodados. A su vera, el jilguero de siempre
-harto romántico- que le sopla el último grito del medio natural, el último sentimiento impreso
o el repentino flash que tintinea en las alturas. Ella atiende al cariño que fluye en español como una sombra, una quimera.
Siente el beso en la mejilla, la caricia en la frente, el abrazo invisible que no es, las palabras que fueron.

Está el parque (el auténtico parque de Echenoz), en el centro indecible de otro nido, instalando emisoras por el cielo.




lunes, 3 de noviembre de 2014

la rage d'aimer


¿Por qué no basta la palabra? Si no basta la palabra. Tristes, tristes melodías. Voz, perdida voz.
El poeta interroga a su pluma encogida, desplumada y seca, seca. El poeta escribe, escribe por encargo sin límite de amor.
Su límite, el amor. Sin límite de amor, hasta que duela y sangre. Esta pequeña herida rabia por el costado;
si ha dolido ha sido por amor, ha sido amada (ha amado). La herida que dosifica sangre por la tarima encerada,
artificiosa, resbaladiza y tersa como un alba mural, qué aurora peregrina. Ha amanecido y la tinta
languidece en el papel sin nombre, vacío, en blanco el verso blanco. Su contenido hiere, sangra por la piel, pregunta,
¿ha llegado el amor?, o se ha perdido. Es que no ha amanecido, es que no ha amado.

Dulce Princesa de Francia. Hombros derechos, perlados, hombros morenos, morena y dulce Princesa. Donde
las torres tienen precio y los puentes son azules, gárgolas que se mueren antes de oír su nombre. El beso suele hacer
su recorrido sin decir adiós, sin contraer una promesa ni jurar en vano su enaltecimiento, en alas, en brazos, como si fuera
un soplo que ha nacido para morir sin alma. Ha traspasado una cordillera, un alud de montes Pirineos, fronteras como armas
blancas, líneas de guerra, orgullosos valles largos como ríos de angostura perfecta. Ha atravesado transparencias,
penetrado las oscuras simas, dilapidado noches al calor de una hoguera estelar. El beso ha trascendido su corazón de lobo,
su aspecto canino, su placebo, ha desencadenado un magma anestesiante a sangre y fuego. El ansia
ha dirimido su asombro otorgándole una seguridad, una piedad como jamás se había suplicado.

Joven Princesa, ojos maravillosos hechos de niebla e ignorada ternura, hechos de paz, declarados como una flor en llamas
al fin de la batalla. En flor los bellos ojos negros como lugares encantados, como castillos de nata, como en su nube
gris. Despacio, se ha coronado, ha cesado en su planta y su esperanza y ha conquistado el cielo.
Ha desangrado el cielo y nada importa, no importan ya los versos extendidos, los versos espiados, logrados a la luz.
Nada importa la voz que sumaba melancólicos acordes a su llanto, ni guardan ya relieve las rimas personales, el azaroso
vacío que creaba silencio con tanta ligereza. Ese derroche de ternura impregnado en la voz que salía en la lengua,
del idioma preciso, esa humedad tan revolucionaria dividida en sus zonas transitables, vehiculares, áureas.

No basta la palabra, no llega, no llena el trauma del silencio, el hueco enorme que causa la despiadada ausencia
de un sonido cortés. Enganchado a una canción, deshidratado siempre, al borde del colapso, con esa industria juvenil
acariciando sus sienes ya desnudas, plateadas,  aferrando su lápiz desmochado, harto de lanzas y aguijones. ¿Qué se ha
de decir?, ¿qué desmontar?, o contar, ¿qué escribir? sino la noche que desaparece como por arte y se anodina.
Bajo el mar, sobre el acantilado desarmar un puzzle construido sin poética, mecánicamente. Junto al mar, los árboles
muestran un sentido ínfimo y realmente sucio, no forman bosque ni pueden influir en la política, son insignificantes ramas
que acuden a un funeral de estado laico: ni siquiera se esfuerzan por creer en dios. El mar absorbe toda la fuerza
de la naturaleza, se domina a sí mismo en un estricto género literario que no admite pausa ni interrogación,
se revuelve contra los ascetas, contra la forma, quiere aire, un vuelo corto de sus olas gigantes.

Nada más, dulce Princesa, que unos ojos para ver el mar, solamente unos versos para escuchar el agua, un corazón
para besar al amor donde más le duela al amor, donde más rabia le dé
que más le duela.




domingo, 2 de noviembre de 2014

la mejor solución


No fue un sueño (nunca lo es). En esa extremidad de la melancolía, ese cuerpo tendido al sol,
hubo un enigma con su resolución, su proceso, pero que fue real como el tacto de las máquinas, frío agridulce,
como la sensación que surge de la soledad cuando se estrena. La solución nunca estuvo entre dos lágrimas,
ni pudo entreverse a través de los cristales empañados de orgullo; no fueron, lívidos, los cuellos a estirarse
a fin de conservar su primacía, con tal de ver la realidad que pretendía situarse en el campo más falso, otro esquema
menos expuesto a la inteligencia y sus ardides.

Y parece mentira que se produjera el contacto, así, sin pudor ni distracciones, que fuese tan necesario
como una casa perdida o un molino de viento. El contacto tuvo lugar en un lugar difuso, extremo y casto, un tercer lugar
de paso a parte alguna. Pasaba el tiempo entonces a su aire con la velocidad feliz del tren mecánico y su cordura
disimulando un par de volutas de humo entre las faldas de la mesa camilla, arrasando las cortinas
con la felicidad absurda de su traqueteo fiel. La felicidad es un presente infectado de auténtico color o perdido de futuro,
que se sube encima de la silla y zapatea con ínfulas de artista adolescente; o cualquier otra cosa.
La felicidad es un palacio mortecino con su luz adormilada, actualizada, más reciente que la luz solar
y sus ocho minutos de angustia.

Aquel sofisticado roce, la cicatriz que deja una puñalada por la espalda. Y no. Estaba la caricia
estipulada, estrangulada con esos dedos altos de goma o mazapán, esas muñecas sin vida hinchadas
de venas y recuerdos. Diríase que la sangre retiene su porcentaje y su destino: sabe cuándo.

No hubo sueño ni ensoñación perfecta, ni abordaje, fue un naufragio a toda costa, en toda regla.
Las luces removieron su foco y el espejo, sincero, reflejó una profundidad desconocida. Hasta el beso
todo había sido pasión, fuego incesante. A partir de ahí, la fantasía tomó las riendas rigurosamente
y cada certeza posibilitó su correspondiente asunto sucio a expensas de una objetividad malintencionada.

Que las Hadas existen igual que las Princesas de Francia (también los ángeles de Brooklyn). La Princesa
de Francia puede tener el cuello recto y enjoyado, disponer de una corte panorámica, o ser una muchacha
triste con el alma entre los dientes, triste como una sombra que diese sombra al amor, como una luz sin repertorio.

Ella soñaba con un alma por las nubes, núcleo y epicentro, al alcance de nadie, un alma para no ser besada
que permaneciese ociosa en su elevado atrio, simplemente existiendo ante los dioses sin humillarse ni rendir pleitesía.
Alma sobre la misma vida, ajena al tacto evocador, inmaculada. Tal vez fuese de pronto un jilguero encomiable
o quizás se tratase de otra serie lírica, como al punto los cielos recobraron la forma
y el amor se deslizó por su crónica pendiente desafiando al lenguaje, pues vino a culminarse un lance agotador
cuyo escenario era el verso condenado al olvido, donde pudo el espíritu palpar con timidez a su contrario, parte de sí,
superar la distancia entre ambos soles y, en un eterno instante, torcer la voluntad de la materia y darse por completo.







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