jueves, 26 de septiembre de 2019

noche blanca


Dicen que la poesía es interesante. En medio de la extensión
poética, ese ártico unidimensional

                           [los que la escriben
                           los que la leen]

En ese espacio de tamaño familiar,
tan familiar, la obra se compadece de sí misma, se compone de sí misma y adquiere un significado
a-po-te-ó-si-co.

Los que la escriben divagan sobre las pretensiones, los lagos musicales, las aleaciones
léxicas, los evisceramientos verticales,
zonales, la verticalidad de los enunciados; cierta incapacidad expresiva
elevada a la categoría de acto sa(n)grado.

Los que la leen, la recitan, se apropian de un extremo o de una extremidad
ajena, distinta, que no les pertenece, gatean como gatitos, patean como patitos, aletean,
se zurran, en fin: haraganean a granel pero con mucho
estilo, un estilo acendrado nada pusilánime sino estomacal, pulmonar, grandilocuente, elocuente
de veras, y considerado.

             Se tropiezan con un ángel y no saben distinguirlo, y aletean torpemente
como extraños; si se topan con hartos paraísos, los desmienten y contradicen, los anulan en serie,
disfrutan de una trágica disfunción interpretativa.

Destiny® ha planeado desde la vanguardia
dispuesta a redimir a cara descubierta a una procesión de inválidos; su magisterio
ha convocado al mal, que se ha manifestado en forma de policía de tráfico
desprovisto de cultura urbana, un escéptico.

En la novela alguien que pregunta a alguien: “¿sabes qué es un pueblo de noche blanca?”
(es el sheriff del condado). Para eso
están los ángeles, para entrometerse y pintar la noche de color café. El milagro
siguiente será escribir un poema interesante,
no estresante, inmaculado hasta donde pueda serlo la victoria, discreto y con una formidable resonancia,
como un lazo de blues lanzado contra el profundo centro de la nieve.



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