jueves, 12 de septiembre de 2019

arte es sin saber


Arte es no saber lo que hace tu mano derecha, es un procedimiento
explosivo; en el Parque existen materiales de derribo plenamente conscientes
de sus atributos y su propiedad intelectual, pedazos de terreno sin ocupación alguna
dispuestos a servir a la elevada recreación artística. Oh, de la superficie
surgen los modelos, del rostro impávido de la roca nace la silueta del bisonte*. Todo está en el interior,
en nuestro interior y afuera, en aquella otra profundidad abisal propia del paisaje, del planeta; pues hasta
el centro de la tierra se amontonan capas y mas capas de realidad desbordante
unidas por el denominador común de la mera existencia y la simple reducción a una serie
de coordenadas espacio-temporales.

La historia del Arte será la historia de la ceguera y sus consecuencias físicas. La historia de lo que está
ahí, de lo que es, de lo que no se ve bajo la tierra, ni bajo el agua, ni por encima
de las nubes; nuestra visión es tan romántica, se limita a un mísero
rango de tamaños y moldes, un estrecho espectro coloreado por la luz. Pintamos la valla de amarillo
canela, pintamos un cuadro tras otro y los exponemos a la excitación
pública, organizamos maratones creativos con el foco puesto en la repercusión final de la ocurrencia
estética, reverenciamos al artista henchidos de egoísmo.

Ah, en el Parque no se da ese espíritu pancista de la clac, esa mutación
arrogante. Aquí la naturaleza se pronuncia a cada rato con la contundencia y el desapego
convenientes; aquí la naturaleza es el antídoto, es el museo nacional de pega, la galería zarista,
aquí la colección precede al coleccionismo. O es que el Arte se considera algo innecesario.

El pintor atesora su don en la intimidad del subconsciente, pero dibuja
cruces en la arena con un dedo, peces también de proporciones áureas; el poeta es un cantante de góspel,
el escultor edifica cartujas que echan a volar como aves mitológicas, en un mundo
sin clima, construye hogares, enciende el fuego del hogar,
excava pozos y profetiza cercados. Aquí los árboles diseñan su vestuario, los pájaros son
compositores, el cielo es un documento fundacional.

Arte es no saber, reconocerse en la ignorancia
canina y el flirteo con la desmemoria, ser paladín del olvido germinante, ser un ancla,
pesado como un ancla, pesar lo mismo que una onza de vacío verdadero, que una cucharada
de materia extraída del núcleo de un belicoso púlsar; ¿qué pesa más, un gramo de vergüenza o uno de amor?
Arte es amar la faz de la tierra, sus dos metros fosilizados en vano, el sustrato donde los huesos residen y fructifica 
la sangre, donde la mano izquierda convive con el odio,
retorna a su primer estado de facilidad y holgura,
su cualidad restauradora, su ingenio social, a la primera imagen
grabada en la piedra como un descubrimiento.


*ver John Berger: ‘Los pintores de la cueva de Chaubet’.


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